Paripé vergonzante

El “caso Chaves” es natural que sea pinchado, en la medida de sus posibilidades tanto por la Junta como por sus actores. No van a reconocer así como así que en torno al Presidente sus familiares han tejido un entramado de influencias como una catedral ni se les puede pedir que se traguen ese amargo veneno que los dejaría a los pies de los caballos. Pero una cosa es reconocer ese humano derecho a salvarse de la quema y otra muy diferente recurrir a paripés tan ignominiosos como el de respaldar la no responsabilidad política de un director general hermanísimo que adjudica un contrato a la empresa que “asesora” el otro y en la que trabaja su propio hijo, con el propio argumento de ésta. El “caso Chaves” lleva el mismo camino que el “caso Guerra”: degradarse a fuerza de maniobras equívocas. Lo único coherente que hasta ahora cabe registrar en su crónica es el forzoso silencio del Presidente.

UGT viaja sola

Los sindicatos con representación en el Ayuntamiento de la capital, es decir, CCOO, CSI-CSIF y STAH, están que trinan con la UGT por haberse saltado a la torera, al parecer, todas las bardas y formado por su cuenta y riesgo una junta de personal,. Que no tiene más valor que el que ella quiera darle, por supuesto, pero que, por si acaso, sus rivales van a llevar ante la Justicia para ver cómo se come ese raro menú. Tras ello está, sin duda, el control de la Policía Municipal que UGT pretende consolidar y, por supuesto, el manejo de los hilos en los procedimientos de recluta de nuevos policías por parte del consistorio. Pero de ser la cosa como la cuentan aquellos rivales, la verdad es que UGT –en especial tras el papelón que está haciendo en Diputación—parece que pierde el rumbo y navega un poco a la deriva entre los sargazos de la dependencia partidista.

Los pobres ricos

Las elecciones en Ecuador –un imitador  (¿un títere?) de Chávez, un magnate bananero y una ‘barbi’ platino—han conseguido asomar a titulares por el hecho significativo de que sus dos millones y medio de emigrantes hayan votado masivamente en el extranjero por obligación legal y, en consecuencia, con el único propósito declarado de evitar la multa. Inquieta  a los observadores con sentido común que se establezca en la región otra base del chavismo, así como el hecho de que la alternativa en la política hispanoamericana continúe entrillada en el peligroso binomio explotación-indigenismo. En este caso, los ecuatorianos eligen un presidente para suceder a los nueve que, entre tumultos y asonadas, han desfilado en los nueve últimos años –a presidente por año, que se dice pronto– tres de ellos tan fugazmente que ni han terminado el mandato. Y lo hacen en un país atribulado del que los ciudadanos huyen a la aventura porque baja el nivel de vida, suben la inflación y el paro (grave paradoja antikeynesiana) y hasta apunta una oscura crisis financiera tal vez producto de las guerras intestinas que libra la propia oligarquía. Ecuador tiene doce millones y medio de almas (dos y medio, en el extranjero, sobre todo en España y los EEUU) y una economía dual basada en el petróleo y las remesas enviadas por los emigrantes, que, medianamente ordenada al bien común, como diría el clásico, haría de un emporio de un país que produce 380.000 barriles de crudo al día (de los cuales procesa más de 150.000) y que ha recibido de sus emigrantes en los últimos veinte años nada menos que 18.000 millones de dólares, es decir, tres veces su presupuesto nacional y un quince por ciento del ingreso. Pocos escándalos como éste de Ecuador, un país sobrado de riqueza pero forzado a buscarse la vida fuera por un modelo de organización corrupto contra el que la mayoría hace tiempo que renunció a luchar. Los gorilas tienen en él una besana abonada y, evidentemente, lo saben bien.
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La evidencia de que el atraso de muchas naciones no responde a factores objetivos sino a los poderosos designios oligárquicos, por lo general conectado con los grandes intereses externos, gana terreno cada hora que pasa. No tenemos más que imaginar lo que podría hacerse en un país como Ecuador, con tantos recursos y una población tan modesta, a poco que una mínima voluntad de justicia inspirara el gobierno de las cosas. Y sin embargo, no parece que claree el horizonte ecuatoriano bajo la doble luz de un bolivarismo, obviamente ajeno a la realidad, y la rapacidad de un capitalismo incapaz de plantearse siquiera los riesgos que, ante esa aventura desconcertante, corre el continente en su conjunto. Países ricos en recursos y con poblaciones discretas que viven situaciones de pobreza extremada cuando no de miseria, “pobres ricos” sin otra salida que la que le ofrece la incierta odisea migratoria, y políticos incapaces de repensar el modelo social en términos tan viables como equitativos: mal cesto podrá hacerse con semejantes mimbres. Lo demuestran esos nueve presidentes meteóricos volteados en nueve años, pero lo prueba sobre todo esa riada humana de su diáspora emigrante que el domingo pasó por sus consulados proclamando descarada que si votaba no era por sentido cívico ni compromiso alguno con una clase política vista como una banda exactora, sino por librarse de la multa que impone el voto obligatorio. Ahí está, junto a la paradoja ecuatoriana, la posibilidad cercana de que desde México a Perú pasando por Brasil y Venezuela, un mesianismo montado sobre la violencia y la corrupción se apodere las esperanzas de unas muchedumbres que viven míseras sentadas sobre sus enormes tesoros. Malo si ganan unos, peor si lo consiguen los otros. Estos pobres paradójicos escenifican, un poco por todo el mundo, la tragicomedia de una política que les es tan ajena como su propio destino.

Guante de seda

Hace nada y menos la consejera de Educación reconocía en público la existencia de un registro andaluz de la violencia escolar que según ella no existe. Antier mismo el Consejo Escolar ha propuesto sustituir por “aulas de convivencia” las expulsiones hasta ahora reservadas a los casos más tremendos de indisciplina y degradación de la vida escolar. Y todo ello a pesar de que –según sus propios datos: el Consejo es un apéndice de la consejería—uno de cada cinco centros considera que la convivencia dentro de él es mala. Nada puede la razón contra el designio demagógico de camuflar la grave situación que vive nuestro sistema educativo y denuncian miles de profesores, muchos de ellos agredidos o testigos de agresiones, seguramente motivada en el cálculo electoralista que cuestiona cualquier medida que implique disgusto para algún sector. Les aconsejo que sigan con atención en estas páginas el ‘diario’ del “profesor Cuyami”, uno de los sufridos maltratados por el “buen rollito” que la consejera esgrime y avala ese sumiso Consejo. O que lean la sección de sucesos. Por desgracia, también en ella verán el alcance de esta estrategia del guante de seda. 

Especies protegidas

Ahora Resulta que tanta guasa con la fortuna que dedicamos a la protección del lince, a los pasos subterráneos, la resiembra de conejos o la limitación de velocidad, no nos ha librado de la riña europea, que estos días nos acaba de enviar desde Bruselas todo un ultimátum exigiendo la eficacia de esa protección. Es curiosa tanta diligencia teniendo en cuenta que nadie se ocupa demasiado –y menos en Bruselas—de proteger a los pueblos perjudicados por las medidas conservacionistas, como nadie gasta un minuto en considerar qué podría hacerse para aliviar los problemas de  ‘Sapiens sapiens’ amenazado por la invasión urbanística, de nuestros escasos bosques incendiados a quemarropa o de los ciudadanos atrapados en el embudo del tráfico costero. Ya quisieran muchos colectivos (ancianos/pensionistas, inmigrantes, dependientes, enfermos en espera y demás) gozar de tanta atención como gozan esas especies dilectas de nuestros próceres. En Bruselas y aquí.

Batallas perdidas

Si hace unos días pudo sorprender a algunos la disposición del papa Ratzinger a restaurar el uso de latín en la misa, dos noticias han venido luego, y en un mismo día, a poner de relieve la profundidad de la crisis que, por debajo de las apariencias y hasta de los síntomas, atraviesa el montaje religioso. La primera es la decisión del presidente del Cabildo catedralicio de Córdoba de apear el crucifijo de la pared de una capilla en la había de celebrarse un acto cívico o, por mejor decir, político sin más, como es una entrega de condecoraciones concedidas por la Administración. El segundo es el comunicado de un grupo de 38 especialistas coránicos, que incluía varios grandes muftis, en el que se dirige al pontífice felizmente reinante un severo varapalo, se le especifica una larga lista de errores cometidos en la famosa homilía de Ratisbona, y se le tiende una mano teológica con la posibilidad de un entendimiento que evite futuros conflictos. Se trata, como puede verse, de dos hechos nada insignificantes, el primero porque versa sobre una reivindicación secularizadora típica –la neutralización del símbolo de la cruz—y el segundo porque roza siquiera tangencialmente ese carisma mayúsculo que es –al menos desde hace siglo y pico pero, en realidad, desde hace muchos más– la pretensión de infalibilidad del papa. Es verdad que el canónigo cordobés coincide con los guardias civiles jiennenses y algunas asociaciones de padre en el deseo común de extender la laicidad a todos los ámbitos de la vida pública y que, en lo que se refiere al segundo asunto, el carisma mentado se refiere al gobierno doctrinal del rebaño propio y no del ajeno, pero aún así, juntos ambos acontecimientos, apuntan con gesto inconfundible en la dirección que la sociología del conocimiento viene señalándole hace la tira, tras las huellas de Max Weber, a una religión que tiende fatalmente a secularizarse en un mundo que se desacraliza a calzón quitado. Para entender este proceso no hace falta, a estas alturas, echar mano de los fenomenólogos. Un dúo entre un canónigo y un muftí resultará siempre más convincente que la romanza de un papa solista al que no acompañan ya ni sus alféreces.
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Sería curioso comprobar qué clase de respuesta obtendría un colectivo de clérigos cristianos si reclamase a imanes y ayatollás un acuerdo previo a sus dogmas y el visto bueno para sus fatwas. Pero sin la menor posibilidad de asistir a ese cónclave imposible –ni de que, ni por asomo, el muftí aceptase jamás que una mano ‘infiel’ anotara el margen de la Sunna o el Hadit– admitamos que estas llamativas defecciones, además de estar dejando al Paráclito a la altura del zapato, no dejan de constituir un exponente irrebatible de la debilidad ante la presión del tsunami islamista que está arrasando ideológicamente al mundo occidental. Uno comprende con facilidad la crisis anunciada por aquellos sociólogos con sólo fijarse en cómo ese cabildo confunde sus perfiles con los de una caja de ahorros, y más todavía si se detiene ante la inconcebible imagen de un papa rígido cuando no implacable dentro de casa pero flexible hasta la jindama a la hora de enfrentarse a la intemperie. En el mundo islámico, así en general, sucede, en cambio, lo contrario, a saber, que la sacralidad del universo se afirma y el espacio libre a la acción laica se reduce paralelamente hasta casi desparecer, lo que confirma doblemente el acierto de los teóricos de la secularización que, en fin de cuentas, venían a decir que la religión es planta que crece vigorosa en el suelo del subdesarrollo pero que se viene abajo a medida que la sociedad se moderniza y aleja del modelo arcaico. Quién sabe si los tiros de la animosa restauración de los latines litúrgicos apadrinada por Ratzinger irán por ese lado. Yo lo que sé es que, de momento al menos, el imán de Fuengirola habla por sí y ante sí mientras al papa de Roma le leen la cartilla, como a un seminarista, los sabios del Islam.