Ni contigo ni sin tí

El señor Sánchez ha decretado incontinente el aislamiento del Partido Popular enviándolo al lazareto del que sólo se escapa por la mayoría absoluta. Por su parte, la señora Díaz recrimina a Rajoy que el PP andaluz no la suba en peso a su presidencia absteniéndose en su investidura. Consideren el doble dislate y vean hasta qué extremado punto los políticos rebajan la Política a ras de un suelo que impide necesariamente toda altura de miras. Y de paso, cómo camelan a los electores, como si éstos fueran bobos y carecieran de criterio propio, vendiéndoles cuatro tópicos de repertorio. Al bipartidismo, de momento, no lo erosionan tanto los “emergentes”, antisistemas o no, como ellos mismos, los dos partidos amenazados.

Vender el cuerpo

La policía acaba de impedir “in extremis” que una banda criminal lograra su propósito de comprarle un riñón a un inmigrante indigente para salvar la vida del hijo de un capo criminal. Le pagaban seis mil euros por la víscera, imagino que un precio normal en el mercado de órganos, que unas veces se abastece empleando estas ofertas de hambre y en otras ocasiones secuestra niños bolivianos, pongamos por caso, para extirparles la córnea que precisa otro mortal más afortunado. Ya vimos un reportaje periodístico en el que se probaba de qué manera ominosa funcionaba en México ese negocio pero es de conocimiento general que por todo el planeta se trafica hoy con los órganos que los pobres de solemnidad deciden vender acuciados por la necesidad y con frecuencia amparados por indignos profesionales. ¿Cómo de desesperada ha de estar una criatura para entrar voluntariamente en un quirófano a vender su propio cuerpo de la misma manera que se embarca en un flotador a la deriva en busca de una orilla amiga? La verdad es que estamos asistiendo en este siglo XXI a la degradación fatal de la condición humana, con sus pobres despiezados, sus niños soldados y sus niñas suicidas, las mafias campando por sus respetos lo mismo en África que en Asia y los países avanzados mirando para otra parte cuando no permitiendo la complicidad de sus propias policías en el inicuo negocio. Tocamos el techo del progreso con los pies hundidos en el cieno de la desigualdad extrema y el lobo humano diezmando sin descanso la majada.

Esta vez, al menos, se han torcido los planes de mafiosos, bien que el desgraciado de turno –arrepentido de su mutilación en última instancia—haya debido sufrir el castigo canalla antes de que la policía lograra liberarlo. Pero cabe preguntarse cuántos “donantes” andarán en las mismas, porque no parece probable que estas mafias funcionen si no es al por mayor. En la cima de esta civilización prodigiosa parece que hemos alcanzado lo más profundo de la miseria humana, niños vendidos o utilizados criminalmente, mujeres explotadas, inmigrantes víctimas de las mafias, seres desahuciados por la desigualdad que llegan a venderse por piezas para sobrevivir, toda una nueva esclavitud que es contemplada por los afortunados si no con indiferencia al menos con una distancia desoladora. Un riñón vale seis mil euros, eso es todo. Quien todavía piense que no hemos tocado fondo es un cómplice de la tragedia o le falta poco para serlo.

Nuevo caciquismo

Romanones recorría su feudo cambiándole a los electores por tres pesetas las dos que su hermano y rival político les había dado ya. Susana Díaz no hace eso, sino que libra, a escasos días de las elecciones, la pasta del subsidio agrario (el mal llamado PER), incrementando considerablemente la primera anualidad. Luego se quejarán de que por ahí se hable del “voto cautivo” y se vea el “régimen” andaluz como una réplica de aquellos añejos sistemas que se hacían con el apoyo electoral pagando con dinero público o privado. El caciquismo no muere, sólo se transforma, y los caciques sobrevenidos lo saben tan bien o mejor que los de antaño.

Un parque móvil

Casi al tiempo que el voto de calidad del presidente del CGPJ y del TC, Carlos Lesmes, decidía autorizar la publicación de las listas de defraudadores en el BOE, el noticiero gráfico nos descubría en Barcelona la escudería acumulada por el hijo de Pujol, un parque móvil valorado, de momento, en un millón y medio, euro arriba o euro abajo. ¿Para qué quiere un tío una escudería semejante? Ésa no es, sin embargo, la pregunta del millón sino la que plantea de qué nido ha salido esa fortuna y, sobre todo, porqué andamos todavía en los prolegómenos de los debates de la investigación en lugar de tener ya hace meses en la cárcel a una familia, la de los Pujol, que ha saqueado al erario público hasta el punto de pasar de la clase media más bien tiesa a una oligarquía que puede permitirse el lujo de coleccionar supercoches y esconder con celo el mapa del tesoro en el que figura una equis señalando la isla del paraíso fiscal donde se entierra el cofre. Insisto, ¿por qué no están los Pujol ya siquiera con un pie en el trullo, una vez comprobado que ni el patriarca es capaz de justificar ese dineral que no ha podido salir de su sueldo ni a tiros? ¿Y por qué los hijos –uno entrillado por su negocio con las ITV y otro que deja chico a Houdini en la piscina fiscal—siguen por la calle, tan tranquilos, vigilados por los paparazzi? Dicen que la Justicia es ciega y yo lo creo a pies juntilla.

Lo de Barcelona no es peor que lo de Valencia o que lo de Andalucía, por supuesto, pero al menos en estos dos casos ya hay personajes y personajillos que han pasado por la trena mientras sobre otros se cierne nada menos que el fin deshonroso de su carrera política, y hasta un guardia civil le echa mano al cogote a Rato como si fuera un camellito cualquiera para encajarlo en coche policial. En Barcelona, no, tal vez porque allí a la alta delincuencia la protege la bruma del tacto político que aconseja pillársela con papel de fumar antes de acercarse a los grandes mangantes y sus fautores. Un tío que junta en plena crisis una escudería de excepción no tiene defensa si no puede –como no puede el “hereu” del ex–Honorable—explicar el origen de tanto rumbo. ¿Veremos alguna vez entre rejas, no a los octogenarios patriarcas, que esos ya se fueron de rositas, pero, al menos, a sus aventajados retoños? No nos hemos dado cuenta quizá, pero de ello depende, entre otras cosas, que podamos seguir considerándonos una democracia.

Los mandados

Están que trinan los funcionarios tras el intento de la Presidenta en funciones de desviar hacia ellos la responsabilidad por el tremendo lío de la adjudicación de la mina de Aznalcóllar a un “grupo de amigotes” –alcalde del pueblo dixit—y su cortejo de firmas falsificadas y presiones de los que mandan a los mandados. Y lo están especialmente, porque saben que pasarán las elecciones antes de que se aclare la responsabilidad directa de Díaz y, una vez más, quedará la imagen de que fueron ellos, los “manguitos”, quienes perpetraron el desmán. El “caso Susana” ha llegado demasiado tarde quizá para poner las cosas en su sitio, pero aún les queda a ellos la baza de contarle al juez ce por be cómo ocurrieron las cosas. ¿No hay sindicatos de funcionarios? Pues ¿entonces…?

Filosofía del desastre

Nos informa Oliveira Martins en su “Historia de Portugal” que el célebre terremoto de Lisboa duró cinco años (1755-1760). “El Señor arrasó la ciudad con todos sus moradores y sus arrabales… y destruyó las calles y las casas, los templos, los monumentos, las instituciones, los hombres y hasta sus ideas”, dice apocalíptico, justo cuando Voltaire, hasta entonces engatusado por la teodicea de Leibnitz que veía en el nuestro al “mejor de los mundos posibles”, se distanció horrorizado para escribir su patético poema sobre aquel desastre y volver a la perplejidad para concluir que el problema del Mal físico carece de respuesta intelectual. Lean esa maravilla que es el “Cándido” para calibrar la hondura de esa desilusión filosófica que ningún intento posterior ha logrado superar. Miramos hoy al Nepal destruido sobre el que las réplicas siguen aumentando la destrucción y los muertos, y de nuevo nos asalta la evidencia del absurdo, enemiga de cualquier cataplasma providencialista. ¿Dónde está Dios?, se pregunta un monje tibetano, confundido por la dimensión inconmensurable de la catástrofe, supongo que para responderse con amargura las mismas respuestas de Voltaire –“eterna reunión de inútiles dolores”—y mandar luego a por uvas al doctor Pangloss. No hay respuesta moral a esa cuestión, ya digo, hasta el punto de que Juan Antonio Estrada tituló su obra clave “La imposible teodicea”.

Tiembla la tierra y todo intento de justificar la existencia del Mal se derrumba como un castillo de arena aunque los pueblos se levanten luego de nuevo y sigan confiados su camino renovadas sus esperanzas y olvidados los rigores. Y hasta puede que el desastre enriquezca a los más avisados, tal como el de Lisboa montó en burra al marqués de Pombal: “Sobre las ruinas de la ciudad maldita se levantó la Jerusalem del utilitarismo burgués, sobre las migajas de Síbaris, la efímera Salento de Pombal”, lamenta Oliveira. Y nosotros miramos a Nepal, contemplamos el infierno sobrevenido en el que un pueblo ve incrementada su inmensa miseria con la fatalidad del cataclismo y arden los cadáveres en las piras improvisadas cuyo humo parece simbolizar la inutilidad de la esperanza. El “mejor de los mundos posibles” deja mucho que desear, sin duda, y no siempre a causa de la maldad humana, como sostiene ese idealismo contemporáneo que explica el Mal como el precio de la Libertad. Es un enigma el mundo para la mirada del filósofo. No hay silogismo posible que dé cuenta del daño.