El mercado sano

Un cuadro del malogrado Jackson Pollok es desde hace unos días el más caro de la historia de la pintura. La tela, “Nº 5, 1948”, ha sido vendida, en efecto, en 140 millones de dólares americanos, batiendo en pocos meses el récord establecido, como sabrán, por el “Retrato de Adèle Bloch-Bauer” realizado por Gustav Klimt, obra robada en su día por los buitres nazis y devuelta finalmente a los herederos del pintor. El martes sacará a subasta Christie’s otro retrato, esta vez picasiano, cuyo precio se espera que duplique sobradamente  el que pagó su actual propietario no hace más que un decenio, y estamos hablando de cifras que rondan los cincuenta millones. El honor de encabezar esa ránking millonario es, desde luego, efímero y pasa sin contemplaciones de Van Gog a Rubens, lo que quiere decir que obedece a una lógica del gusto más atenta a la oportunidad mercantil que a las razones estéticas. Por encima de las elucubraciones de Engels, el producto del arte se ha convertido en una mercancía sumamente práctica que con frecuencia otorga a los herederos la fortuna que negó a los propios artistas, al tiempo que ofrece a los inversores ocasiones pingües y a los millonetis la oportunidad de privatizarlo, si no metiéndolo directamente en la caja fuerte de un banco, al menos reduciéndolo a material decorativo para su exclusivo disfrute. Un experto belga en la materia acaba de decir que esa carrera sin freno no tiene otra explicación ni leyes destintas a las que impone en el Mercado el acreditado juego de la oferta y la demanda, válido igualmente para establecer el precio del diamante, el del barril de ‘brent’ o el del fletán canadiense que, por lo visto, está en peligro de extinción lo que, como en el de las obras maestras, favorece la evolución al alza de su albarán. Esperaremos al martes para ver qué ocurre finalmente con ese “Retrato de Ángel Fernández Soto”  del maestro Picasso que, sin duda, contribuirá a encumbrar aún más la fortuna de su numerosa prole. Entre tanto, échenle un vistazo al Pollok en cuestión y luego hablamos, si quieren.
                                                              xxxxx
La cuestión que esta carrera comercial plantea a los expertos y, claro está, a los aficionados en general, es la de saber si, a esta paso, las grandes obras que vayan apareciendo en el mercado irán a parar a la cámara oscura, sustraídas a la contemplación pública, como ese Van Gog desaparecido, también récord en su día, el “Retrato del Dr. Gachet”, que dicen que se guarda celosamente en la acorazada de un holding japonés. El capitalismo exponencial (y me pido los derechos del ‘copyright’) está ganado el pulso a la sociedad civil a la que, con tanta vehemencia como dudosa verdad, se suele señalar como destinataria genuina de la obra de arte, de modo y manera que cada vez hay más museos y museíllos oligárquicos cerrados a cal y canto en los que nunca penetrará el ojo público. De lo cual resulta que, en fin de cuentas, el materialismo marxiano se quedó más que corto a la hora de fulminar la mercantilización de ese producto del trabajo humano, sobre cuya eximia ‘unicidad’ teorizaba el ingenuo de Stirner, y que en consecuencia los museos públicos –es decir, la gente del común– lo tienen crudo en el futuro para competir en las pujas con el potentado, ‘coonaisseur’ o mero juntacuadros, que ni se molesta en acudir a la subasta para llevarse el trofeo a fuerza de millones. A otro experto le leído, menos mal, que siempre nos queda la esperanza del legado y los depósitos, es decir, el gesto del coleccionista que entreabre neronianamente el postigo para compartir su tesoro y, de paso, quién sabe, si aumentar la leyenda y con la leyenda el ‘caché’ de su propiedad. Es el mismo perito que dice que no hay miedo porque “el Mercado está sano” y porque, en definitiva, las obras maestras, con el tiempo y una caña, al museo han de volver inexorablemente. Hasta en pleno naufragio, como pueden ver, la esperanza es lo último que se pierde.

Arte y política

Sonora y absurda polémica la levantada por el “bellotari” al anunciar su propósito de recurrir constitucionalmente el flamante Estatuto a causa de la, desde luego, extravagante necedad de reclamar la competencia exclusiva en el flamenco o en la gestión de una cuenca hidrográfica multicomunitaria. Desde la Junta, pero más todavía desde IU, se le acusa de ignorante esgrimiendo la banal explicación de que la exigencia de la Junta se limita al territorio regional (¡) como si otra cosa fuera posible y como si ello salvara la cuestión del absurdo que supone la exigencia misma. Como se ve se trata de hacer ruido, todo el ruido posible, en torno a un texto estatutario que, naturalmente no exige, como el catalán, participar en las leyes orgánicas o blindar planes de inversión, sino pamplinas como las que sublevan a Ibarra. Esta historia interminable es el mayor cuento del envergue jamás contado en la autonomía. Si se va a notar poco su extravagancia es justo por la inania de este régimen autonómico hace tiempo pervertido en puro montaje partidista. 

Mal octubre

Malos han sido los datos sobre el empleo correspondientes al mes de octubre, pues Huelva aparece en el pelotón de cabeza del ránking de parados. Más paro que la media andaluza, más que la española, es un dato malo que no podrá ser imputado esta vez a ningún Ayuntamiento, como se ha hecho recientemente en la capital, sino que habrá que reconocer que seguramente obedece al descuido o maltrato de otras Administraciones, empezando por esa Junta que para el próximo ejercicio ha rebajado las inversiones provinciales en un puñado de millones. Contra el paro, como contra otras adversidades sensibles, los partidos deberían olvidarse de su forcejeo electoral y unir fuerzas en una misma dirección, que es justo lo contrario que vienen haciendo hasta ahora, a saber atribuirse las mejoras del empleo y achacar al rival los malos y peores. Otra cosa es preguntase por qué Huelva pierde más empleo que casi todas las provincias andaluzas y qué remedios convendría aplicar. Con las cosa de comer no se juega, dicen los políticos. Ya podrían aplicarse el cuento. 

El perro de Paulov

El único modo que tengo de reconciliarme mínimamente con el panfilismo animalista es recordar al perro de Paulov que venía en mis textos liceanos. Esas imágenes marcan a cualquiera, y más a un niño sensible e incipiente hipocondriaco, a ver qué quieren, nada menos que un pobre perro atravesado por un tubo por el que, motivado por el tintineo de la campanilla que anunciaba el festín, destilaba el jugo gástrico en un recipiente. Ya de mayor, no  sé por qué, he asociado muchas veces la estampa de aquel pobre animal con la imagen de esos presos, generalmente norteamericanos, a los que la autoridad utilizaba como cobayas en peligrosos experimentos a cambio de reducciones de pena y más aún cuando me ha llegado la especie, seguramente creíble de sobra, de que, presos aparte, la laboriosa y expeditiva farmaindustria ha estado experimentando con cobayas humanas e inconscientes en plan de ver qué pasaba con la “nueva molécula”, que es como los cúrsiles del ‘marcahndising’ han enseñado a decir a los representantes. El progreso médico, en especial el farmacológico, se ha basado en estas prácticas peligrosas sin las cuales, hay que reconocerlo, andaríamos aún con el Dioscórides a cuesta moviéndonos entre el áloe curalotodo y la explosiva triaca, lo cual no justifica sus métodos, pero evidentemente relativiza sus consecuencias y, en especial, la responsabilidad de los experimentadores, a base de la teoría del mal menor. ¿Qué es preferible dañar a un perro, un chimpacé o un ratón, o lanzarse sin paracaídas, tras cada hallazgo de laboratorio, a su aplicación en humanos? Pues teniendo en cuenta la teoría y el proyecto de ley de Derechos de los Grandes Simios y la ahora anunciada sobre el buen trato a los animales de granja y experimentación, no sé que se podría responder, francamente, sin perjuicio de tenerlo más claro que el agua. Con estas pamplinas ultramodernas ocurre siempre igual: que hay que saltárselas de un brinco dialéctico porque si te obcecas en mantenerte en su plano lógico vas al agua.
                                                                xxxxx
Uno tiene la sensación ante tanta extravagancia de que vamos que nos matamos hacia un humanismo proyectivo, inaplicable al hombre y exclusivo para el resto de las especies. Se “siembra” de víboras con dinero público un paraje en el que, al parecer, peligra la supervivencia de esos bífidos, se castiga severamente al ciudadano asustado que da muerte a la culebra como Hércules a la hidra, se pena con cárcel la captura de un par de jilgueros y se pretende, ya puestos, igualar los derechos de nuestros primos simiescos dedicándoles una piedad y una atención que pocos consagran a los ancianos abandonados o a los pensionistas en ruinas. Y ahora, en fin, se trataría de reducir al mínimo –¿y quién pretendería otra cosa?—el sufrimiento de los animales de laboratorio o de granja, garantizándole un hábitat y un transporte confortables, en especial a las cobayas, animales a los que tanto debemos, y que la Ley de Bienestar Animal define, a mi modo de ver de manera un poco obvia, como “seres vivos sensibles” y, en consecuencia, acreedores a un buen trato que nadie en sus cabales les discutiría. Es posible que este conflicto/confusión entre el reino animal al que pertenecemos todos y la república social exclusiva del ser humano acabe por constituir uno de esos rasgos de época que, con el tiempo, caracterizan el pasado con el trazo enérgico de la caricatura. Como lo es que un buen día, los animalistas caigan en la cuenta de lo anacrónico que resulta este neofranciscanismo en el que no creo que, ni por asomo, los peces salgan a la superficie a escuchar la prédica del ecólogo. Acabo de enterarme de que un viejo amigo, líder de la medicina alternativa en nuestro atrasado país, se ha refugiado en una clínica convencional en busca de esa iatrogenia contra la que tanta homilía lleva largada. Ojalá que estos francisquillos tardíos no tengan que recurrir nunca a la cobaya para curarse en salud pero en cuerpo ajeno.

Un pasillo de comedia

Raro Estatuto para Andalucía el aprobado en el Congreso por unanimidad, cuando los andalucistas se encierran simbólicamente para celebrarlo en el Parlamento por considerarlo “claramente inferior” al arrancado por Cataluña, y cuando el presidente de Extremadura –cuña de la misma madera partidista—anuncia que lo recurrirá ante el Tribunal Constitucional por incluir la arbitraria reivindicación de una cuenca, como la del Guadalquivir, que comparte territorialmente con otras comunidades, y por declarar exclusivas y reservadas las competencias sobre el arte flamenco, tontería verdaderamente sin parangón en nuestra historia estatutaria, con ser ésta procelosa y rica en dislates. La comedia, en todo caso, ha echado ya el telón, y es poco probable que los “reventadores” puedan con la “claque” por muy buenas razones que tengan para patear la obra de nuestros padres conscriptos. Se ha aceptado –por unanimidad, insisto—un papel segundón para nuestra región. Va listo quien pretenda que los cómicos repitan enmendada la función. 

Guerras sindicales

Si enojosa, pro decirlo con suavidad, resulta para el presidente de la Diputación verse en imputado de graves delitos y acusado con dureza por la Fiscalía con motivo de un supuesto caso de “mobbing”, tremenda resulta la contundencia con que Comisiones Obreras ha culpado a UGT de los numerosos problemas que, desde hace tiempo, vienen viviendo en la institución no pocos funcionarios ajenos a la línea de estricta obediencia partidista que desde arriba se les impone. Decir que UGT consiente y respalda esa política de personal es mucho decir, pero en las actuales circunstancias, no cabe duda de que es decir más todavía. No se entiende el empecinamiento cerril de esa política que tantas presuntas víctimas se ha cobrado ya, en especial teniendo en cuenta la espada de Damocles que supone una imputación tan rotunda del propio presidente­. Con los sindicatos echando leña al fuego bien puede ocurrir que los apuros de Cejudo acaben como el rosario de la aurora.