La gran comedia

Cada paso que se da en la instrucción del lío de Marbella pinta peor para la Junta. Mala cosa ha sido el endoso por parte de Roca de la responsabilidad que le correspondía a una Administración autónoma dueña de todas las competencias urbanísticas, peor si cabe el descubrimiento de la mediación del exconsejero Montaner –mucho después de dejar de serlo—con lo peor del gilismo y en el momento más sospechoso. Lo único que alivia la presión sobre Chaves, creciente cada hora que pasa es la estudiada, consentida y alentada comedia rosa que distraer a la opinión pública con los chismes de esas comadres y esos largones friquis que están prestando al poder un servicio impagable. Quizá cuando amaine la cháchara se entrevea mejor el decisivo fondo político de un saqueo inconcebible sin connivencias o, cuando menos, sin deliberados disimulos. Probablemente Chaves no esperaba el sesgo que está tomando el mayor escándalo de la democracia. Y más probable todavía que sea consciente en este momento de donde puede romper esta marea si las evidencias siguen como van. 

Tejados de vidrio

La candidata Parralo ha probado a las primeras de cambio lo que vale un peine cuando se rompe la baraja. Ya es demagógico, además de cansino, cifrar la estrategia de acusar al alcalde de especulador, pero más tonto es si cabe no tener previsto, dadas sus circunstancias familiares, que cada vez que esgrima ese fantasma le van a agitar enfrente realidades incómodas. Parralo llega a la candidatura gravada por una relación familiar más que evidente con los intereses urbanísticos, lo que no tendría por qué ir más allá si ella guardara las formas, pero si no las guarda, ya sabe desde antier lo que le espera. Pero aparte de todo, ya me dirán que es eso de una líder//alternativa que huye despavorida de su escaño a esconderse entre fieles en cuanto silban los primeros tiros. Quizá esta “espantá” no sea sólo una anécdota sino la revelación del error crítico, a lo pero irreparable, que ha cometido su partido, una vez más, al elegir una candidatura sin peso. 

Traje de caballero

Leo el análisis de Edwy Plenel, el viejo ‘lemondiste’, sobre el triunfo soberbio de Ségolène Royal en las “primarias” del socialismo francés –¡allí sí, y sin pucheros!—que han confirmado una vez más el aforismo de Churchill: no hay peor enemigo político que el compañero de partido. Gran ridículo de Strauss-Kahn (apenas un 21 por ciento frente al sesenta sobradísimo de la candidata) y de Laurent Fabius (ni el 19 por ciento siquiera), ejemplar fiasco del “aparato” masculino del PSF cuya dificultad para ver a Royal como presidenta bromea Plenel con la metáfora del traje de caballero en el que los tataranietos jacobinos no han sido capaces de ver enfundada a una hembra. Todos sabemos cual es el papel que la imaginación política atribuye en Francia a la mujer revolucionaria, entrevista siempre en torno a la guillotina o apedreando la carreta camino del suplicio. Aceptarla como primer magistrado ya era harina de otro costal y, desde luego, si la oposición liberalconservadora hace acopio de las descalificaciones recibidas por la dama de sus conmilitones durante esta campaña previa, la verdad es que lleva más de la mitad del trabajo hecho. Nadie coqueteó siquiera en Francia hasta ahora con la idea de que una mujer presidiera la República, pero tampoco había previsto nadie la irresistible ascensión de Le Pen que Mitterand supo respaldar en la sombra para, aprovechando el intenso descontento social y el rechazo de la inmigración, dividir el voto derechista. Y ya saben lo que ocurrió en las elecciones del 2002, un fantasma que circula de nuevo apuntando hacia las que vienen en el 2007. Plenel no desdeña esta comparación que, en ambos casos, respondería a esa paradójica  mezcla de esperanza y desesperación perceptible hoy a ojos vista en la sociedad francesa, en especial por el flanco de la izquierda política, sino que señala el despiste de los opositores internos de partido y su ceguera voluntaria como el signo de la larga y profunda crisis que viven unas ‘élites’ incapaces de ver la nueva realidad. La paliza preelectoral ha sido de aúpa, en todo caso. Habrá que ver ahora en qué medida el coste de la batalla facilitará a la derecha su trabajo político.
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¿Populismo tal vez? Es probable que haya llegado la hora de revisar el tópico rechazo del populismo concebido como hijuela del viejo tronco de Poujade. En Francia y un poco por todas partes, porque la experiencia resulta ya abrumadora en el sentido de demostrar la viabilidad de liderazgos ciertamente populistas que nada tienen que ver con la derecha extrema. Bourdeau se planteó el tema más de una vez y estos días se recuerda el libro de Yves Mény –comentado en esta columna hace tiempo—en el que se preguntaba si la irrupción del populismo no estaría descubriendo que la verdadera enfermedad que mina la democracia actual es justamente la ausencia del pueblo en nuestra práctica política. O lo que es lo mismo, la sustitución de la presencia popular por la influencia de los “aparatos”, la deliberada reducción del papel del ciudadano al de elector y del papel del elector al de convidado de piedra al festín cuatrienal. Que en este caso ha dado de sí una feroz oposición a lo que –a la vista está—era la voluntad de una cualificadísima mayoría de militantes y, tal vez, del descoyuntado electorado de izquierda, y una oposición basada, no cabe la menor duda, en el sexo de la aspirante. No hace tanto tiempo que el PS de Marruecos impidió con su abstención que prosperara en el “parlamento” marroquí una ley de igualdad entre hombres y mujeres. Y aquí no hemos salido aún de un régimen de ‘cuotas’ que vuelve verdaderamente inverosímil, por el momento, la candidatura de una mujer a la cúspide del Gobierno. ¡Si ni siquiera hemos sido capaces de quitar de la Constitución la sálica preterición de la hembra en la línea sucesoria a la jefatura del Estado! Hay que saludar a Ségolène, no cabe duda. Darle, por lo menos, la bienvenida al infierno.

El vertedero de Europa

Aquí no hay movilizaciones como las registradas en Alemania al paso del “Tren de la Muerte” cargado con residuos nucleares, pero sí que tenemos un diputado “verde” integrado en el PSOE –y que cada cual resuelva esa ecuación como pueda—que un día sí y otro también denuncia algo tremendo y luego descansa como la divinidad. La última de Garrido ha sido afirmar que el vertedero de Nerva habría que cerrarlo porque lleva camino de convertirse en “el vertedero de Europa”, dado que en él se sepultan los residuos portugueses y de otras naciones. Garrido afirma incluso que el vertedero en cuestión “no fue construido para satisfacer una demanda interna sino para convertirlo en un gran negocio, a costa de la salud, la seguridad y el futuro económico y social de la provincia” onubense. La pregunta es por qué no denuncia esa barbaridad en el Congreso al que pertenece o cómo explica su militancia en un partido que desde el poder organiza y permite semejante atentado medioambiental. Pregunta sin respuesta porque ese “verde” es elegido y cobra a la sombra de PSOE, y ya se sabe que con las cosas de comer no se juega. Seguro que le advirtieron esto último al negociar su candidatura. 

UGT y las municipales

Otra vez carga UGT contra el Ayuntamiento de la capital y su alcalde, que es de lo que se trata, por delegación del “partido hermano”, de nuevo retrata la política de personal de la institución como una práctica perversa y trincona, inaceptable para su sensibilidad sindicalista. Claro que en Diputación son sus “primos de clase” de CCOO los que la acusan a ella de mangoneo y connivencia con los que mandan, de auténticos legitimadores de los designios partidistas de Cejudo contra los trabajadores considerados rebeldes o simplemente “no adictos”. ¿En qué quedamos, a quién creer, a UGT en el Ayuntamiento o a CCOO en la Dipu? Con un buen montón de lamentos de trabajadores y el presidente gravemente imputado por ‘mobbing’, la respuesta no parece demasiado difícil. Pero, además, hay que insistir en que UGT está actuando hace tiempo en el Ayuntamiento como punta de lanza de una oposición partidista a la que la verdad es que no se le ocurren grandes ideas. Algunos de sus jefes ya han recibido el premio del ascenso político, coche oficial incluido. No es extraño que los demás aspiren a lo mismo. 

El menú saludable

Están muy preocupadas las autoridades sanitarias europeas (y americanas, ‘of course’) por los avances del sobrepeso. En nuestro continente, por lo que sabemos, esa plaga va ganado terreno en casi todos los países, y pinta de modo alarmante en algunos como Irlanda, Dinamarca o Luxemburgo. Sólo la mitad de la población del Paraíso está conforme con su peso, es decir, con su cuerpo, mientras que cuatro de cada diez se consideran angustiadamente demasiado gruesos, en especial las hembras, si hemos de creer las conclusiones del Eurobarómetro y no veo por qué no. Los expertos insisten en que un factor importante de este indeseable engordamiento del personal es consecuencia de nuestra vida progresivamente sedentaria y del desdén por el deporte (sólo la mitad de los europeos declaran haber practicado alguno), subrayando que catorce millones de niños considerados técnicamente gordos son demasiados niños gordos. No se trata sólo de que los niños coman poco pescado sino de que también muchos adultos, espantados por las informaciones sobre los riesgos de su ingesta que se van conociendo últimamente, están rededuciéndolo en su dieta. El abuso del azúcar, al que The Lancet endosa nada menos que tres millones de muertes anuales, es otra amenaza cierta, manifiesta en el alarmante incremento de la diabetes en todo el planeta y, en especial, en los países pobres. La Comisaría de la Salud europea y su Comisión para la Nutrición acaba, sin embargo, de felicitar públicamente a Coca-Cola, Pepsi o Mac Donnald por su decisión de renunciar a la publicidad de sus productos dirigida a menores, pero el ministerio de Sanidad español ha denunciado a Burger King por mantener en vallas, teles y webs la propaganda de su producto-estrella, la hamburguesa ‘XXL’ –328 gramos, 971 calorías (la mitad de las precisas para el adolescente) y 25 gramos de grasa saturada—y manifestar su decisión de mantenerla en función de que “los gustos e intereses de nuestros clientes priman por encima de todo”. El eslogan de la empresa es elocuente: “¡Cómete una y después no habrá nada que se te resista!”. Irresistible.
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El pulso entre la salud y el gusto está decidido de antemano. Sólo los animales llamados inferiores parece que dispondrían de ese instinto seguro que les hace rechazar el alimento nocivo e incluso procurarse la purga adecuada para paliar el exceso eventual. El animal racional, no. Lo demuestra la actual polémica sobre la licitud o conveniencia de la intervención estatal en el delicado terreno de la demanda, en especial cuando prima la libertad del gusto por encima del derecho a la salud. Este Poder picado de puritano que pretende adelgazar a la masa, retirarla del tabaco y forzarla a ejercitarse en el gimnasio tendrá poco que hacer a corto y medio plazo frente al poder de un ‘marchandising’ que logra indefectiblemente convencer al individuo de que el libre arbitrio implica el acierto, según la vieja ‘doxa’ que postula la imposibilidad de que cien  mil millones de moscas se equivoquen al elegir su alimento predilecto. Por lo demás, a la vista está que el Poder felicita a unos y censura a otros, sin entrar siquiera en el fondo de la cuestión que, en este caso, no debería ser otro que la índole auténticamente repugnante de esos nutrientes vencedores en la guerra del gusto. El ultraliberalismo tiene expedito ese campo por más que los poderes escenifiquen la comedia del control e incluso amenacen, como antier mismo hacía el comisario europeo del ramo, con unas misteriosas medidas que se harían inevitables en el caso de que la ingenua ‘autorregulación’ que se le propone a la industria no consiga, como se le propone, cuadrar el círculo. Leo en una publicación de máximo prestigio la hilarante propuesta a los hambrientos del subdesarrollo de no olvidarse del ejercicio moderado, comer más fibras, reducir grasas, y en definitiva, perder peso. Confío en que no les llegue siquiera tan humanitario consejo.