Donde las dan . . .

Mala noticia política la petición fiscal de años de cárcel para el presidente de la Diputación, malísima en lo que ya es casi precampaña electoral, y pésima a poco que se le tuerzan las cosas. No se debe jugar con fuego y, probablemente, a nadie se la habría ocurrido tirar por esta peligrosa trocha si no fuera estimulado por el escandaloso ejemplo que los propios políticos dan al judicializar sin descaso la vida pública. Puede que el PSOE comprenda ahora lo arriesgado que resulta lanzar piedras al aire sobre las propias cabezas, y hasta que acabe entendiendo que una injustísima campaña como la que ha utilizado durante años contra el alcalde de la capital ha podido servir de estímulo a otros para denunciar al denunciante. Como poco, Cejudo tendrá que afrontar la campaña en su pueblo bajo esa grave imputación de la fiscalía, sin descartar que un traspié acabe sin más con su aventura política. Donde las dan las toman, dice el refranero. Parece que estamos oyendo al ahora imputado cargar la suerte contra el adversario sin la menor contemplación.

La historia inventada

En una extravagante irrupción en la noosfera demagógica por la navegamos, el viejo maestro Noam Chomsky, el mismo que durante un cuarto de siglo alimentó nuestro argumentario contra la guerra y la injusticia, ha salido por peteneras afirmando solemnemente que el desenlace de la Reconquista gótica y cristiana de España provocó nada menos que el desguace de un imaginario sistema de convivencia tolerante que, por lo visto, habría existido en la España islámica. Se ve que hasta su guarida del mítico ‘MIT’ no ha llegado la Historia de España más que en fascículos o quizá lo que ocurra es que deba su visión del pasado hispano a cualquier ‘wikipedia’, pero la verdad es que resulta chocante tanta ignorancia en un sabio tan eminente y tanta simplicidad en un espíritu tan complejo. No vamos a descubrir ahora la singularidad de un brillante francotirador que lo mismo se acreditó valerosamente contra guerras e injusticias (Vietnam, Irak, Líbano, tantas otras) y contribuyó al descrédito del imperialismo americano, que ha defendido, entre otros disparates, el derecho de Corea del Norte a fabricar bombas atómicas, impresentables posturas antisemitas (recuerden el “caso Faurisson”) o el del gorila venezolano a revolucionar un país  e incluso un continente a base de la demagogia más bajuna. El gran Chomsky es así –tómenlo o déjenlo—y nada de eso oscurece su mérito intelectual, su fundación de la gramática generativa o su demoledora crítica al conductismo, pero no me digan que no es significativo que un sabio tan encumbrado haya logrado la rareza de ser repudiado a un tiempo por judíos y palestinos. Algo debe querer decir, después de todo, que Fidel Castro le profese tan gran devoción como para asistir a sus charletas sentado en la primera fila.
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Gana terreno, al parecer sin grandes oposiciones, el mito inconsistente del paraíso islámico y su destrucción por los “bárbaros del norte” en los que el otro Castro, don Américo, no veía más que mesnaderos de una ‘contra-yihad’ mientras su adversario Albornoz los veía como templarios de un “vivaz neogoticismo”. Pero si tampoco es cosa de pedirle a Chomsky que se meta en honduras, la verdad es que no estaría de más que alguien le contara la historia completa, sin olvidarse ni de las tolerancias cristianas que hicieron posible la recepción europea del saber antiguo, ni de las ferocidades de almohades, almorávides y otros hijos del desierto. Por ahí se ha dicho con razón que si Boabdil llega a ganar su guerra perdida y logra devanar del revés la madeja de la Reconquista, España sería hoy, ciertamente, una prolongación sin más del tercermundismo islámico, para entendernos, una especie del Túnez si es que no del Marruecos que conocemos, eliminadas por inconcebibles nuestras eras de oro y de plata, con lo que ello hubiera acarreado a la cultura occidental en su conjunto. Muchos de los que hoy buscan –seguro que de buena fe—la sociedad tolerante confunden cernudianamente la realidad con el deseo, contribuyendo a erigir, frente al mito de la Reconquista que postulaba mi maestro Maravall, otro mito infinitamente menos cercano a la realidad además de enteramente inverosímil. A Chomsky le convendría enterarse de qué habla antes de pronunciarse, pero de buena fuente, no del regajo de esa nueva tópica que confunde adrede las fuentes cordobesas que arrullaban el amor udrí con las cimitarras o el tambor de Almanzor en el confuso chafarrinón que propicia y financia el interés político. Sobre todo porque son muchos años siguiendo su trabajo, alumbrándonos con sus gramáticas y recargando pilas en el generador sin fondo de su honestísima rebeldía intelectual. Muchos no podrán imaginarse la confusión que nos produce a sus viejos seguidores escucharle decir en público tonterías semejantes.

El casuismo de la Junta

El caso de la señora que solicita la eutanasia está poniendo a la Junta en el incómodo terreno que ella misma había allanado a la buena de Dios con su huida hacia delante en ese delicado tema. Dice la consejera, por ejemplo, que no es lo mismo administrarle una inyección letal a quien, en uso de su libertad, la reclame, que desconectarla del “soporte vital”, no se pierdan el alarde de casuísmo que no hubiera cuadrado ni al jesuita más clásico. Pero sí que es lo mismo, en el fondo, más allá de las formalidades, puesto que, en uno y otro supuesto, se trata de facilitar la muerte de una persona a petición propia, y ése y no otro es el debate sobre el que la Junta se pronunció hace mucho, sin encomendarse a Dios ni al diablo, aunque ahora trate de ponerle una vela a cada uno. A mí me parece un solemne fariseísmo apoyar la eutanasia solicitada (como yo mismo apoyo) para perderse luego en el tiquismiqui forense. A la Junta le ha llegado en esta cuestionada materia, mucho antes de lo esperado, el implacable cobrador del frac. 

Cifras que hablan solas

Cien denuncias contra el Ayuntamiento ha presentado el sindicato UGT en dos años, más o menos –hagan las cuentas—a una cada dos días, y encima dicen los denunciantes que no se trata de hacer política connivente con la oposición que tan malamente ejerce “su” partido sino de corregir las formas de actuar del gobierno municipal. En la Dipu, en cambio, donde las quejas se amontonan, CCOO denuncia sin cesar esa connivencia y al presidente le piden años de cárcel por “mobbing”, UGT no dice nada, sino que calla y trinca disciplinadamente. Las cifras hablan solas, en todo caso, y es de suponer que los ciudadanos se formarán su propio criterio ante datos como el que acabamos de dar –cien denuncias en dos años–, demostrativos de una intención obstruccionista tanto como de la dificultad real con que traba a la tarea de gobierno una estrategia semejante. No saben que hacer ni lo han sabido en estos últimos once años, perdidos definitivamente en el camino del Juzgado. 

Auri sacra fames

Unos contables chinos han descubierto en los sótanos del Hong Kong & Shanghai Bankimg un alijo de nueve toneladas de oro en lingotes propiedad (es un decir) de don Augusto Pinochet, el patriota chileno, alijo cuyo valor se estima provisionalmente en unos 160 millones de dólares, que habrá que sumar al de los depósitos auríferos que el general tenía en el neoyorkino Banco Rigss. El oro, no falla. A un socialista que daba lecciones mediterráneas de progreso moral, como Bettino Craxi, también le descubrieron apilados en la cámara acorazada de un banco suizo su buen montón de oro en barras, que es, por lo visto y como sabemos desde la más remota antigüedad, el último o tal vez el primer objetivo de todo patriota tiránico. Ahora vuelve a hablarse en España del “oro de Moscú” que el rehabilitado Negrín habría hecho enviar a la Rusia de Stalin, dicen unos que para saldar la deuda bélica y otros que para ponerlo a salvo de la rapacidad fascista, pero que en la segunda mitad de los felices 70 mi amigo Ángel Viñas rebajó sensiblemente con las cuentas en la mano, pero durante años el franquismo divulgó el tópico del “oro de Praga” –¡para repartir oro estaban los checos!—con que se estaría financiando la resistencia interior, por entonces unidimensional, como se sabe.  Los tiranos no se andan con chiquitas a la hora de forrase el riñón, quizá porque andan mejor informados que nadie sobre la volubilidad de unos valores que lo acuestan a uno opulento y acaso lo despiertan tieso como una mojama. Oro en barra: no hay ansiolítico más eficaz contra la hipocondría del tirano que la visión de los lingotes apilados cuidadosamente como un zigurat sobre el que, llegado el caso, poder tocar el cielo con la mano. Recordando el pasaje de Polidoro, el hijo de Príamo vilmente traicionado por el rey tracio, Virgilio despotricó en la ‘Eneida’ contra esa “auri sacra fames”, esa execrable hambre de oro por la que el ser humano es capaz de hacer cualquier cosa. No sólo cambiar el oro en plomo, como hacen a diario los poderosos de este mundo, sino de la hazaña inversa, cambiar el plomo en oro, que tanto escandalizaba a Racine. El patriotismo comparte con la avaricia y el filibusterismo esa convicción de que no hay inversión más segura que el tesoro escondido.
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Vieja e indestructible obsesión. Se dice que don Felipe II mantuvo encerrado en El Escorial a un alquimista majara que prometió el milagro hasta que obtuvo un dudoso metal amarillento con el que pagó, no sin resistencias y altercados, a algún Tercio de Flandes. Hitler mismo financió secretamente la transmutación, como tantos otros sátrapas deslumbrados por el mito del oro, ese deslumbrante misterio que Iung jugaba a explicar como el resultado de la luz solar tejida por el tiempo. Pero todos, encumbrados espíritus alquimistas o míseros dictadores, tienen en común el convencimiento de un privilegio que nada expresa mejor que el engreído lema de aquellos buscadores, “aurum nostrum non est aurum vulgi”, nuestro oro no es el de la gentecilla del común, claro está, sino algo alto y excelso. El expolio de los pueblos es lo normal en las dictaduras pero también en las democracias, que ofrecen métodos más sutiles aunque no menos efectivos, para arrebatarle al vulgo su tesorillo y amontonarlo en la cilla secreta como la hormiga almacena el grano en espera del invierno. Lo de Samuel Jonson una vez más, “el patriotismo es el refugio de los canallas”, sólo que certificado en la imagen de la pila de lingotes resulta más convincente y demoledor. Pinochet, por ejemplo, resulta que no era un patriota, convencido o equivocado, sino un simple ratero a gran escala que, como Perón y tantos otros, incluía en el mapa de la patria los paraísos fiscales. La patria como ceca: vaya negocio. Decían los antiguos que es el oro el que posee al avaro y no al revés. La filosofía de la miseria, como sabemos, oculta muchas veces la miseria de la filosofía.

Erre que erre

Ha insistido el presidente Chaves en las bondades del nuevo Estatuto, pactado al fin con el PP, con la falsedad evidente de que el concepto de “realidad nacional” se mantiene como estaba en el texto acordado en la cámara andaluza. Y eso no es verdad, sino todo lo contrario, como puede ver cualquiera que lea lo que decía la redacción anterior y la nueva. Parece mentira que todo un Presidente pase por encima de la evidencia y le venda a los ciudadanos lo que no es cierto, por más vueltas que quiera darle, cosa que, por una vez, hay que agradecerle a la habilidad negociadora del PP que ha sabido exigir en el último momento. Es verdad que a Chaves le da lo mismo lo que el Estatuto pueda decir, una vez solucionado el contencioso catalán y perdida la ocasión de aislar al PP, que es de lo que se trataba. Pero no está bien que un Presidente retuerza la verdad y camelee con sus administrados. Erre que erre, vale, pero los andaluces deben saber que el Estatuto no dice, como Chaves pretendía, que Andalucía sea una “realidad nacional” sino algo completamente distinto.