UGT no se aclara

Los 600 aspirantes a concursar para obtener una de las 32 plazas de policía local convocadas por el ayuntamiento e impugnadas por el sindicato UGT están que trinan. Preparan incluso una movida contra ese sindicato, cada día más manipulado desde su partido, que ha hecho de la lucha contra la alcaldía su objetivo preferente hasta el punto de caer en contradicciones como ésta de exigir más plazas pero oponerse luego a su convocatoria. No se aclara, UGT, o será que no se puede soplar y sorber al mismo tiempo, pero el caso es que ya tiene enfrente hasta los propios sindicatos a los que disputa el pastel y desde ahora tendrá también a incluso a los aspirantes a trabajadores. Es mala cosa hacer política desde el sindicato y peor si cabe hacer pura oposición partidista. Quedar tan visiblemente reducida a sombra de un partido –lo mismo en el Ayuntamiento que en la Diputación– resulta, en todo caso, una deslealtad demasiado grave. 

Reyes y osos

Un funcionario ruso de la región de Volgoda, situada a cuatrocientos kilómetros al norte de Moscú, ha denunciado públicamente que, a fines del mes de agosto pasado, el Rey de España habría dado muerte a un oso, “de un solo disparo”, en el curso de una cacería. Un pacífico oso amaestrado, para más inri, que vivía su oficio titiritero en una aldea rodeada de abedules y que fue emborrachado arteramente para la ocasión por unos sicarios que le proporcionaron un potente cóctel de vodka y miel. Ni que decir tiene que la Casa Real se ha apresurado a desmentir el incidente, digámoslo con suavidad, y que las propias autoridades rusas, a pesar de mantener abierta una comisión investigadora cuyos resultados se conocerán probablemente enseguida, también han negado cualquier responsabilidad del monarca. Pero se sabe que el pobre plantígrado, que se llamaba “Mitrofán”, era un “oso bondadoso y alegre” que divertía a los aldeanos con sus festivos equilibrios, a pesar de que fue conducido al lugar del suplicio encerrado en una jaula como los bandidos antiguos cuando eran atrapados por los romanos. Ignoro qué hay de verdad y de mentira en la conseja, pero me interesa de ella la vitalidad de las leyendas, el hecho de que, tantos siglos después, la imaginación siga enredada en tramas imaginarias o auténticas de reyes y osos, como aquella que tan malamente terminó para Favila, aunque en este momento se discuta la posibilidad de que aquel magnicidio no fuera obra de la bestia acosada sino acción maquiavélica de la nobleza goda, e incluso un rito de paso en el que el animal del rey pudo menos que el rey de los bosques. Dios y el pobre Favila me perdonen, tratándose como dice la leyenda de un elegido de la Virgen, pero no se me ocurre nada más justo que decir que en el pecado llevó la penitencia.
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Hay gustos para todos, eso no se discute, incluyendo, porque está a la vista, el deleite de descerrajarle un tiro a bocajarro a un oso para alfombrar con su piel curtida el pie de la chimenea. De hecho también hay opiniones enfrentadas frente a la caza del oso, entre unos campurrianos que se quejan de sus rapiñas y agresiones, por una parte, y quienes se desviven por garantizarle a esa amenazada especie un hábitat seguro y hasta una dieta saludable. Sobre lo que no me parece que pueda haber hoy grandes discrepancias en un país civilizado es sobre el hecho de que el jefe del Estado acapare la actualidad cinegética por fusilar a un animal briago como un cosaco y sin defensa posible, mientras en el ordenamiento jurídico vigente en su reino se castiga a los maltratadores de animales hasta con penas de prisión, que era algo que no ocurría en tiempos de Favila. Uno iba, en todo caso, por el lado teórico, concretamente, por el hecho singular de la persistencia de los temas míticos y su parentela legendaria, en el caso presente el del combate singular entre el Rey y el Oso que ha de acabar trágica pero eficientemente bien con la muerte de uno o con la desgracia del otro. Hombre, y a uno, eso sí, le parece más grave que el Rey consienta (¿o propicie?) la demora constitucional de los derechos hereditarios entre la hembra y el varón, que el disparate, todo lo brutal que se quiera, que supone reventar a un oso a quemarropa con un cartucho de bala, pero eso no quiere decir que no le vea el lado impresentable a la imagen –cuya fidelidad ya se verá—de un Rey parapetado encañonando con su repetidora a un animal borracho. El pobre Favila no llevaba más que su puñal cuando se echaba a los montes allá por Cangas de Onís en busca del legendario enemigo cuya muerte le permitiría ingresar en el círculo viril de la tribu. Lo que no es el caso del Rey, vamos, por más vueltas que quieran darle los cortesanos y esa burocracia rusa capaz de abrir una investigación para dilucidar qué ocurrió con el oso del Rey antes que para poner en claro las circunstancias que acabaron con la vida de una periodista crítica con el régimen.

El paripé del ladrillo

Buena le puede caer encima al propio PSOE si se decidiera alguna vez, que no lo creo, a aplicar ese famoso ‘Decálogo’ contra la corrupción urbanística a sus propios concejos y “amigos políticos”. Para empezar porque cuesta entender que el partido que cobró de Gil por recalificar e ingresó la manteca en su cuenta corriente –“caso Montaner”— y que tiene en su crónica negra tantos “casos” incómodos, tenga la osadía de cargar contra los demás en plan adalid de la virtud cívica y la regeneración política. No se olvide que en esa crónica figuran desde los allegados íntimos del expresidente González hasta los escándalos en curso, pasando por el “caso Guerra” o el enredo del “maletín de Ollero”, la portavoza marbellí García Marcos y otros conseguidotes, y tantos alcalde, concejales  o responsables de partido implicados presuntamente en el negocio maldito. Chaves mismo hubo de parar en seco un megaproyecto costero auspiciado por uno de sus secretarios provinciales y no sabe qué hacer con las demoliciones pendientes de aquellos amigos ni cómo explicar sus propias cuitas familiares. Esperar que eso lo resuelva un ‘decálogo’ oportunista constituye una estupenda ingenuidad.

Boca cerrada

Ni mu ha dicho Salud, ni esta boca mía ha dicho el SAS, ante la filtración de que en el hospital “de referencia” ‘JRJ’ los niveles de legionella serían en este momento los más elevados de su historia. ¿No saben qué hacer, no tiene solución el gravísimo problema que se puede llevar por delante a muchos enfermos inmunodeprimidos, o es simplemente que a la Junta, a la consejera y al delegata les da lo mismo tres que trescientas? Y en cualquiera de esos supuestos, ¿piensan acaso dejar correr las cosas, sin tomar medidas, a ver qué ocurre? Verdaderamente los trucos gestores del SAS rayan en esta ocasión –de ser cierto lo que se ha filtrado—en la pura temeridad, sobre todo teniendo en cuenta que el problema no es nuevo sino que, en realidad, lo más probable es que sea ya crónico en ese edificio hospitalario con tan pocos años de servicio. El SAS, en todo caso, callado, y la dicharachera consejera, punto en boca. Ellos dirán que mientras el Parlamento siga sumido en su profunda siesta, a ver para qué van a exponerse a un verdadero lío. 

La buena educación

                                                                  Para Luis Carlos Rejón
Nos estamos europeizando, incluso globalizando, al menos en un rasgo que se afirma sin pausa, y que no es otro que la convención de que hablar de política es de mala educación, como hace mucho que sabe la sociedad británica o la china, aparte de todas las que han padecido dictaduras. Cuando un país cree necesario mantener el silencio político es que vive bajo algún género de tiranía o que algo no funciona en su democracia, como ocurriera en la Rusia soviética (y al parecer también en la actual) o en la Inglaterra victoriana. En la familia de Chesterton no se hablaba de política y hacerlo en la mesa en España, según recuerda Pérez de Ayala, constituía una insólita provocación a todo lo largo del primer medio siglo XX en el que la Guerra Europea o la Semana Trágica, la liquidación del Imperio o la contienda de Marruecos dividían la estimativa española en dos mitades enconadas. Hay mil anécdotas sobre comidas silenciosas en las que guardaban discreto silencio republicanos y monárquicos, germanófilos y aliadófilos, católicos y librepensadores, un poco como ya podemos ir contándolas nosotros, los españoles de hogaño, que conocemos la creciente dificultad de hablar de política en privado sin provocar tensiones impropias pero reales, en ocasiones rayanas en la violencia. Cada día se invoca más el espurio ejemplo británico de que hablar de política es de mala educación y cuando eso ocurre es que, en efecto, algo grave amenaza la convivencia ciudadana hasta el punto de censurarle una de sus manifestaciones más naturales. España se está dividiendo a marchas forzadas en dos bandos que me guardaré de encajar en el mito de las “dos Españas” –que va de Larra a Ortega pasando por don Marcelino y tantos otros— cuyo nocivo alcance puso de relieve Santos Juliá y sobre el protestaron sin éxito tanto don Américo Castro como mi maestro Maravall, pero cuyo perfil demediado está ahí patente como un atentado ontológico a nuestra realidad íntima. No hay dos Españas, cierto, pero se procura que las haya, se rompe, se enfrenta, hasta conseguir conferirle la apariencia de realidad genuina. Estos niñatos con pasamontañas y estos policastros (¿les suena?) van a sacar del sarcófago a Balmes y a Maeztu, los muy soplapollas.
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No es un riesgo, es una realidad: en España hoy es inconveniente hablar de política incluso en familia.  La verdad es que ese efecto terrible se ha conseguido en los dos años largos de legislatura en que se ha promovido la aniquilación del rival conservador, se han abierto las viejas tumbas piadosamente olvidadas y se han profanado y expuesto temerariamente las momias de los secretos de familia. Las esquelas mortuorias de moda constituyen un aviso tremendo porque en ellas se saca ya a pasear en plan zombi hasta a los abuelos de una y otra parte, pero más me inquieta todavía que en la intimidad se esté imponiendo la providencia de silenciar victorianamente la conversa política como si se tratara de una infracción temeraria, o que el espíritu simplificador esté imponiendo el absurdo recurso taxonómico de encuadrar por sistema al disidente en el otro bando. Nunca en este cuarto de siglo ha sido menos libre, en este sentido, la convivencia privada de una sociedad que guardó silencio obligado durante tantos años y de nuevo se ve forzada a cerrar la boca ante la indisimulable fractura ideológica y social. Algo especialmente curioso cuando las diferencias reales entre los partidos que sostienen esas pasiones son mínimas y la inmensa mayoría de los comensales no podrían, a buen seguro, argumentar cuerdamente esa distinción que con ferocidad, sin embargo, mantienen. Comidas silenciosas, prudentes sobremesas con comensales hablando del tiempo, miradas cómplices. Nunca hemos sido menos libres desde que hay democracia al menos en ese ‘sancta sanctorum’ que es el comedor o la sala de estar.

¿Qué nos está pasando?

Alarmantes además de tristes las declaraciones que ayer hizo Luis Carlos Rejón a este periódico. Su confidencia de que “por primera vez, tiene miedo”, su denuncia de que, por encima de ideologías lo que prima entre nosotros es el insulto y el grito, la intolerable realidad del acosa a que lo han sometido grupos juveniles –otra vez los “incontrolados controladísimos” de las Juventudes que sean—y la crisis de unas libertades que no podíamos sospechar que pudieran pudrirse tan fácilmente y menos que las pudiera la miseria partidista. “¿Qué nos está pasando?”, se pregunta el ahora profesor y viejo militante. Una pregunta que sólo tiene una respuesta comprometida pero que con su solo enunciado pone los pelos de punta al menos a los que sabemos lo que vale un peine en situaciones sin garantías de libertad. La responsabilidad de los partidos en estas aventuras canallescas de sus alevines es obvia. Es a ellos y no a los gamberros a quienes hay que pedirles cuenta, yo creo que preferentemente en los tribunales.