Tejados de cristal

No me parece del todo razonable la exigencia del PP de que le actual alcalde de Valverde y presidente de la Diputación deba entregar la cuchara por haber sido imputado por la Fiscalía y soportar duras peticiones de prisión e inhabilitación a causa de varios presuntos delitos que habrá que esperar a que sean sentenciados por la Justicia. También hubo políticos del PP imputados, más de una vez, y hemos de recordar que entonces ocurrió al revés, es decir, que el PP pedía presunción de inocencia mientras que el PSOE le echaba los perros al imputado. A Cejudo, desde luego, tendría que sorprenderle menos que casi nadie este aprovechamiento táctico del terreno que hace la oposición aunque sólo fuera porque se ha distinguido siempre en esas jaurías adversarias cuando sin contemplaciones al rival y exigiendo justicias prematuras. Lo malo de esta patulea es que saben demasiado poco derecho para andarse con tanta judicialización. 

El mal voluntario

Un juez italiano acaba de empapelar de nuevo al expresidente Berlusconi acusado de diversas corrupciones entre las que estaría presuntamente probada la compra de un abogado falsificador y bajo vehemente sospecha cierto fraude fiscal cometido en torno a los derechos cinematográficos de su grupo empresarial. Al mismo tiempo, dos diputados belgas han propuesto una ley que convierte en inelegibles a los políticos convictos de corrupción en cualquiera de sus modalidades, una sanción hasta ahora reservada en exclusiva para los culpables de delitos de racismo. En España también rebulle la gusanera con motivo del anuncio de no sé qué “decálogo” –¡otro!—que el PSOE ha propuesto para proscribir lo mismo el agio que el peculado en relación con los negocios de la vida pública. Una maravilla ética, un amanecer moral que, sin embargo, ha sido oscurecido súbitamente en Brasil con la elección aplastante –seis de cada diez votos—de un presidente como Lula que hace años ya reconoció la catástrofe moral de su partido al pedir públicamente perdón bajo la atenuante de sentirse traicionado, faltaría más. La crónica de la corrupción brasileña resulta ya inacabable e incluye desde la compra de votos a la financiación ilegal del partido del Gobierno pasando por el soborno de diputados, una insostenible situación que Lula ha ido bandeando a base de deshacerse de un par de ministros, un presidente de su partido, dos de empresas públicas y una legión más de personajillos menores, cuando ya no ha habido otro remedio. Algún dirigente lulista fue sorprendido en el fielato del aeropuerto forrado de dólares, cuarenta personas han sido acusadas formalmente de corrupción por la Procuraduría General y cuatrocientos funcionarios de la Cámara de los Diputados –de la que un presidente ya hubo de dimitir acusado de cobrarle la mordida al concesionario del bar de la institución—podrían estar involucrados en esa tupida trama mientras se investigan judicialmente desvíos de fondos y blanqueos de dinero a tutiplén, pero Lula –“el hombre más honesto de Brasil”, según él mismo—ha vuelto a ganar por goleada como ya le ganara al profesor Cardoso. La copa de la democracia luce espléndida a pesar de su raíz podrida.
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Se ha dicho alguna vez que nuestras sociedades mantienen frente a la moral una actitud que recuerda el puntillo de honor de que alardean los granujas. Mañana mismo, no lo duden, comenzarán de nuevo en Brasil las acusaciones contra los manejos del poder, los más encanallados testimonios sobre la venalidad de los hombres públicos, el vendavalillo sobre el flexible cañaveral de la astucia política. Es probable, en todo caso, que ni en Brasil ni en ninguna parte se desmienta la extendida presunción que ve en la podredumbre del poder un mal inevitable y en la corrupción de lo público una enfermedad voluntariamente aceptada. Apenas hay país del mundo en este momento en que no se agite la gusanera del agio, sin que sea posible distinguir para el caso entre tiranías y democracias, concordes todos los regímenes en ese inconfesable postulado de la inevitabilidad de la corrupción. Un viejo mal, desde luego, que conocieron todas las culturas políticas y sobre el que se ha acumulado una ingente mole de racionalizaciones hechas a medida. Los pueblos braman contra los podridos pero olvidan con facilidad el agravio deslumbrados ante cualquier espejuelo manejado con destreza cuando no seducidos sublimadamente como el pájaro por la serpiente. Cuentan que el currante Lula se hace cortar sus trajes por el sastre más caro de Brasil y es público y notorio que se ha convertido en el baluarte de los mangantes, pero eso parece estimular a un pueblo de pobreza legendaria en lugar de revolvérselo en contra. Como en Japón, como en Italia, como en Francia, como en España, como en Palestina o Costa de Marfil. La democracia es legítima incluso para demostrar que la corrupción no es otra cosa sino un mal voluntario.

Dura lex

Es un error o un truco plantear la negativa judicial a conmutarle al bailaor Farruquito la pena de cárcel por simples trabajos sociales en beneficio de la comunidad. Delitos contra la seguridad del tráfico con resultado de muerte, omisión del deber de socorro y simulación de delito no pueden quedar en un quítame allá esas pajas redimible con un simple gesto de cinismo forzado. Permutar la pena a ese ciudadano supondría un efecto seguro de desmoralización masiva, mayor si cabe que el que ya ha producido la esperpéntica saga del caso desde que se produjo. No se trata de venganza y menos del leyes del Talión, sino de un elemental sentido de la Justicia que nos dice que no se puede matar a un peatón, darse a la fuga y culpar falsamente a un tercero sin pagar por ello. Es probable que si los hechos hubieran ocurrido al revés el condenado llevara ya meses en la cárcel. No se trata, por tanto, de perjudicar la famoso sino de no favorecerle por esa circunstancia. 

Más pajas y vigas

Es curioso que al mandamás del PSOE, Javier Barrero, le resulte tan inconveniente el megaproyecto de El Almendro como para arrogarse la autoridad de la Junta y mandarlo parar, tratándose de algo tan similar a lo que él mismo lucho a brazo partido por sacar adelante en Punta Umbría. Parecidas circunstancias del suelo, la misma ambición megalómana de las urbanizaciones, los hoteles de lujo, los campos de golf y la Biblia en pasta, con la diferencia de que ei en Punta Umbría quien mandó parar fue Chaves, investido de autoridad legítima, en El Almendro el “comandante” se ha colocado solo los galones en la bocamanga. No se ve lo mismo un  supernegocio que le pilla a uno a mano que otro que se ve de lejos en manos de terceros, está visto, pero el caso es que en esta provincia manda más Barrero que la Junta y sus prohibiciones partidistas se imponen a los legítimos decretos administrativos.

La vía rápida

Una noticia triste el telediario nos ha amargado una sobremesa más revelándonos que un viejo caballo australiano, campeón de cien derbis, no habría fallecido de muerte natural, como se creyó en su día, sino que fue envenenado con cianuro por alguna mafia americana de las que han operado por tradición en las carreras. La imagen del pobre animal, disecado en uno de esos museos yanquis que conservan cosas tan peregrinas, viene a sumarse, por tanto, a la larga galería de envenenados que, de un tiempo a esta parte, no deja de aumentar, descubriendo cada dos por tres crímenes horrendos y lejanos que quitaron de en medio, por la vía rápida, a rivales incómodos. Cuando hace unos años se descubrió que el cabello de Napoleón contenía entre siete y treinta y ocho veces la cantidad normal de cianuro, un vendavalillo conmovió las entrañas chauvinistas para finalmente acabar desinflado ante la probable evidencia de que el veneno hallado se debiera a una causa exógena, sin descartar ni mucho menos al mismo tiempo el uso que de ella hacían los románticos como arma contra los progresos de la calvicie. Cada vez hay menos dudas de que el papa Luciani, el pobre, fue víctima de ese mismo veneno que esta temporada, a consecuencia de la boga de los Borgias, grandes expertos en su uso letal, tanto está dando que hablar a detractores y partisanos de esa peregrina tropa valenciana. Desde Sócrates a Arafat pasando por el presidente ucraniano Víctor Yuschenko, es innumerable la nómina de víctimas que han viajado o casi al otro barrio con ese terrible bonobús, aunque tengo para mí que muchas más han de ser las que se fueron de puntillas sin despertar siquiera la sospecha de su victimario. He visto con tristeza a ese caballo, momificado en su peana como un faraón o un morabito, mudo y piafante en su altivez detenida, y se me ha pasado como un nubarrón por las mientes hacerme, por si las moscas, con un buen gato catador al que darle a probar mi parvo viático. Nunca se sabe, oiga.
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Para que no falte de nada, en la duermevela de madrugada oigo en la radio traer a colación el mal fin del astrónomo danés Tycho Brahe cuyas pésimas relaciones con Keplero han dado pie a los peor pensados a no despreciar la hipótesis de que el mercurio que lo mató no fuera del todo ajeno a este discípulo genial y encabronado. Pero lo verdaderamente notable es la constancia con que el hombre ha cultivado el veneno, ese instrumento que unas veces ve como remedio, como era el caso de Marcel Achard, y otras, como le ocurría a Baudelaire, como un simple ingrediente de esa facultad humana, al parecer imprescindible, que es el odio. Lo del caballo australiano, es distinto y más prosaico, claro está, pues hasta en la muy franquista Zarzuela madrileña corrieron más de una vez rumores de dopajes y envenenamientos más o menos mafiosos –sin excluir la efemérides de la Copa del Generalísimo, no se lo pierdan–, lo que nos lleva a terrenos simplemente competitivos. Es probable que sea mayor de lo que imaginamos el número de animales –racionales o no— envenenados por esa causa en apariencia menor que es la emulación o el simple espíritu competitivo, aunque no creo verosímil que tanto verdugo haya tenido ocasión de inspirarse en Achard, desde aquella Locusta que proveía a la realeza neroniana y a la que Galba tuvo que liquidar, hasta los celosos cortesanos que reventaron a Rasputín. No hay que echar en saco roto los barruntos de Freud sobre el instinto homicida ni entregarse a literaturas como esa insufrible escena del tránsito de la Bovary, para describir la cual Flaubert hubo de dejarse las pestañas estudiando los principios venenosos y sus efectos. Hay quien ha dicho que en todo hombre hay un envenenador potencial que aguarda solamente la circunstancia apropiada. La competencia del amante, las apuestas 13 a 1, el joyero de la abuela, la opa hostil, quién sabe. En el caballo embalsamado he creído ver a nuestro mono loco con el prontuario en la mano.

El poder del partido

Que un secretario provincial del partido le pare un proyecto urbanístico en marcha a un alcalde propio supone, además del hecho gravísimo de que el partido sea la instancia real del poder en lugar de la Administración, que la responsabilidad de tantas corrupciones como vivimos en el día a día al partido corresponden en la medida en que, si quiere, como acaba de demostrarse, está en su mano evitarlas. ¿Quién es el secretario del PSOE onubense para pararle una obra al alcalde sociata de El Granado? ¿Qué papel tiene, entonces, la Junta de Andalucía, única titular legítima de esa competencia y qué responsabilidades habrá que exigirle por semejante cesión? Y si se demuestra, como se ha demostrado, que tanto la Administración como el partido conocían hace meses las inconvenientes circunstancias del proyecto, ¿por qué ni una ni otro han reaccionado hasta ahora? Se dice con razón que no es cuestión de alardear con “decálogos” en la mano sino de dar ejemplos convincentes. Y desde luego uno de ellos no es ver a los secretarios provinciales del PSOE como si fueran los viejos jefes del Movimiento.