Palos y velas

Que cada palo aguante su vela, eso es lo más justo. Por eso tiene sentido la maniobra del PP de llevar al Congreso la exigencia de que se acometa de una vez la carretera Huelva-Cádiz, ahora vetada al alimón por le PSOE e IU. La medida no tiene por objeto ganar lo que sin mayoría no se puede, obviamente, sino dejar claro quien está a favor de esa obra trascendental para la provincia y quien se opone a ella, del mismo modo que en su día se forzó a los diputados onubenses del PSOE –los mismos que votaron todo lo votable cuando ocurrió lo del ‘Prestige’– a descubrirse votando en contra de que se concediera a los quemados del gran incendio onubense la ventajosísima condición de “zona catastrófica” para luego votar a favor de que se le concediera a los quemados de Guadalajara. Está bien que el pueblo sepa lo que hacen sus representantes, pero con nombres, apellidos y etiqueta de partido.

El peligro invisible

Un fantasma recorre Europa, si me disculpan la imagen marciana, desde Londres hasta Posadas, la pacífica localidad cordobesa en la que una familia ha sido devastada de manera fulminante por algún agente letal desconocido que la autoridad, por el momento, no ha sido capaz de identificar. A diferencia de lo ocurrido en Londres, donde los facultativos determinaron enseguida la autoría del ya célebre ‘polonio-210’, la sustancia radiactiva presumiblemente suministradas por el espionaje ruso al colega disidente Alexander Litvinenko, los forenses de Posadas no han sido capaces, tras la autopsia realizada, de determinar más que una vaga teoría según la cual parecería poco probable que las tristes muertes que llora ese pueblo hubieran tenido como causa la alimentación alimentaria. Los investigadores foráneos han dado atacado cabos enseguida determinando que también la esposa del espía envenenado como el ex primer ministro Yegor Gaidar o el académico italiano Mario Scaramella habrían sido contaminados con la misma sustancia asesina de la que, por si algo faltaba, han sido localizados restos significativos en varios aviones de línea así como en al menos una docena de lugares repartidos por todo Londres. Pero tanto en esa gran metrópoli como en el modesto pueblo el miedo anda haciendo estragos entre una sorprendida población que no sabe por dónde ni a santo de qué se le viene encima semejante amenaza. Se repiten periódicamente en esta sociedad hiperestésica episodios de alarma e incluso de terror provocados por la amenaza invisible que, como en el escenario de las pestes antiguas, sugiere el riesgo de una indetectable presencia ante la que al ciudadano no le queda otro remedio que aguardar pasivamente el reparto caprichoso del destino. El progreso de la comunicación ha traído muchas ventajas pero también este efecto negativo que encierra su capacidad de inquietar a la muchedumbre sin mayores miramientos.
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Pasó en su día con la tragedia del aceite de colza, se repitió cuando la verdadera crisis alimentaria que llegó a provocar el susto de las “vacas locas” o el posterior de las dioxinas, por no hablar del disparate organizado en torno al aceite de orujo, y en todos y cada uno de los casos la crisis hizo su trabajo, fue diluyéndose luego hasta pasar por completo al olvido de la población sin ofrecer, en ningún caso, explicaciones claras sobre lo ocurrido. La leyenda del veneno imprevisible, la amenaza, real o supuesta, del agente mortal, la sombra funesta aunque tal vez imaginaria del peligro que no puede verse y queda fuera de control, medran imparables en la opinión pública hasta desatar la histeria con la que algunos harán fortuna sobre la ruina de otros y la jindama de la mayoría, realidad repetida que pone en evidencia la ventaja estratégica del Mal sobre el Bien, la superior credibilidad de sus artimañas (Hanna Harendt, Primo Levi, el propio Poe o Lövecraft) respecto de las razones opuestas, la chamba que favorece de modo fatal las sugestiones irracionales frente a la resistencia de la razón humana. No es que la historia que se inicia en el espía Litvinenko tienda a la novela, sino que la novela hace tiempo que descubrió estas fallas de la conciencia por las que cualquier infiltración cabe holgadamente y más en una sociedad sometida en tan alto grado a la tiranía del mensaje mediático. En Posadas cunde un miedo conectado de manera inconsciente con los temores londinenses quizá porque el fantasma de Goya se pasea hoy a grandes zancadas por el alfoz de esa aldea global que insisten en negar los ciegos voluntarios. Que es lo mismo que ocurrió en los EEUU cuando la leyenda (o lo que fuera) del ántrax o en medio mundo ante la sombra esquiva de Al Queda. La postmodernidad nos ha devuelto a la alcoba infantil y ha apagado la luz. Nunca el Mal jugó con tanta ventaja ni el Bien tuvo menos baza que en esta timba planetaria que va siendo ya el nuevo siglo.

Una vergüenza nacional

Muchos de ustedes recordarán diez, veinte, cincuenta casos desesperados que debieron tragar con la lentitud del procedimiento de indulto. Otros tantos, quizá más, tendrán aún en la memoria la vertiginosa rapidez con que –lo mismo los gobiernos del PSOE que los del PP–  resolvieron situaciones que afectaban a personajes conspicuos. Lo que acaba de hacer el Gobierno es más nuevo: indultar en una semana a un alcalde de su propio partido, el de Carboneras, condenado por el Tribunal Supremo por un delito electoral, ni que decir tiene que para posibilitar que repita en las próximas municipales. Sin arrepentimiento, sin excusas siquiera, a pesar de una intolerable resistencia a cumplir la sentencia: sólo con el carné en la boca. Una decisión que evidencia el nulo respeto del Gobierno por la Justicia y su desaprensiva indiferencia ante una opinión pública que no podrá entender cómo es posible que se indulte a un reo de delito electoral para que repita como elegible. Los ha habido peores, qué duda cabe, pero éste es posiblemente el sartenazo más indecente propinado por el Gobierno a la momia de Montesquieu.

Fútbol y política

Sigue pareciéndome inconcebible el disgusto de los estrategas del PSOE ante el éxito del Recre (cuentan que hasta se ha llegado a brindar por alguna derrota del Decano) pero la beri es que el Recre está alcanzando esta temporada la cota más alta jamás soñada desde que hay fútbol en España. El sábado atronaron el Colombino gritos espontáneos de “Huelva, Huelva, Huelva” bajo los que subyacía algo más que entusiasmo deportivo, una baza que no cabe duda que será aprovechada por el actual Ayuntamiento –salvador arriesgadísimo de un club que sus predecesores abandonaron a su suerte hasta el borde del abismo—y, en consecuencia, podría acabar perjudicando electoralmente al rival. Deporte y política vuelven a conectar, sin duda, magnificado el contacto por el éxito sin precedentes del equipo que representa a la provincia. Al PP n le faltan títulos, ciertamente, para frotarse las manos. El PSOE lo va a tener crudo para superar su antigua falta de visión. 

¡Mi caaasa!

Tuve oportunidad hace poco (quizá lo haya contado ya aquí en alguna ocasión) de escuchar al profesor Rodríguez Brown, ponente en una de nuestras “Charlas” onubenses, su desasosegante teoría de la burbuja inmobiliaria que él explica divinamente con la fábula del país que se acostó tieso y se levantó millonario una  buena mañana. Hay muchos españoles que, de buenas a primeras, a vueltas con hipotecas y recortes bolsilleros, se han visto de pronto poseedores de una pequeña (o no tan pequeña) fortuna que, sin embargo, no les permite cambiar su estatus ni saltar de un nivel a otro más gastoso y confortable. ¿Quién no tiene una vivienda millonaria en este país en el que los expertos de Bruselas se extrañaban hace ya años ante el hecho que, que a pesar del vértigo mercantil, seis de cada diez españoles vivieran en casa propia, una cifra que luego se ha incrementado y que supera con creces a la estadística europea? Hay quien no la tiene, claro que sí, pero esa muchedumbre de dueños millonarios anclados, que vive como el avaro encerrado en su arcón, constituye, sin duda posible, uno de los fenómenos más curiosos de nuestra historia económica. Hay en este momento en España un puñado de proyectos desmesurados que pretenden construir en viejos pueblos nuevas poblaciones mayores que la entidad originaria, última fórmula de la “especulación desenfrenada” que un relator de la ONU acaba de descubrir en nuestro país. Los periódicos cubren hoy grandes espacios diarios con la crónica de sucesos notables producidos en ese sector y casos como los de Ciempozuelos o Andretx, entre cientos que no es cosa de repetir ahora, demuestran que la tentación del agio urbanístico se ha convertido en una irreversible gangrena del partidismo que corrompe la vida municipal tanto por la izquierda como por la derecha. Toda una nueva picaresca ha florecido en torno a un negocio que comenzó en la noche de la Historia con el sencillo gesto de ocupar la caverna vacía. Pero a ver quién para ahora esa “locomotora” que dicen que es la que de verdad tira todavía de este tren que sabemos de dónde viene pero nadie podría decir a ciencia cierta a dónde va.
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La “paradoja de Brown”, como yo propongo llamar a la broma de nuestro amigo, dice mucho, entre bromas y veras, sobre la inconsistencia de esta cultura económica que está produciendo el fenomenal milagro de crear una legión de millonarios confinados en su áureo territorio y pendientes de la evolución del ‘euribor’. Somos millonarios impracticables, nuevos ricos sobrevenidos en un casino que dificulta al máximo la ‘conversión’ de las ganancias mientras las ruletas siguen distribuyendo fortunas que, en cierto sentido, va a haber que considerar imaginarias a fuer de impracticables. Nunca hubo en nuestra sufrida nación más gente que contara sus caudales en el orden de los millones pero tampoco se registró en él nunca un mayor consumo de ansiolíticos, hecho que, a mi modo de ver, resulta bien significativo. Una legión de potentados cautivos en una burbuja que acaricia onánica e inútilmente el sueño de una liquidación opulenta que seguramente será el yerno o la nuera quienes acaben efectuando. A la ONU se la ha pasado por alto, en todo caso, algo capital, a saber, que esa ficción masiva, fraguada mágicamente en el calderón del mercado, es la que ha permitido el largo periodo de expansión que está haciendo de nosotros esta extraña raza de ricos sin dinero, esta tropa de millonarios entrampados. A saber dónde estaríamos ya si no fuera por ese mercado exactor que se apoya, y de qué manera, en la política podrida pero cuyo decisivo tirón nadie discute en serio. Otra cosa sería que la burbuja estalle y esa ciudad alegre y confiada vaya directamente a hacer puñetas. Con nosotros dentro o flotando como asteroides en la órbita enigmática que nos trazó por su cuenta la vieja pulsión patrimonial.

Predicar sin trigo

Que no se enfade el enojadizo alcalde de Sanlúcar la Mayor (antes jefe de escoltas de Chaves) si vuelven los dimes y diretes sobre el presunto ‘pelotazo’ que habrían dao en el municipio los sobrinos del expresidente González al comprar un terrono destinado a la expropiación pero recalificado tras su compra por ellos. Mejor que enfadarse, que explique el escandaloso procedimiento de aprobar esa recalificación por procedimiento de urgencia y contra el criterio de la oposición que protesta, con razón, por esta manera desahogada de pasarse por el arco el trámite del debate en comisión informativa. Más vale una vez colorado que ciento amarillo, eso es verdad, pero más lo es todavía que este tipo de trampantojos contradicen frontalmente la cacareada cruzada anunciada por el PSOE contra la corrupción… de los rivales. Que no se enfade el alcalde, insisto, y que comprenda, en cambio, que si lo que ha hecho no es lo que parece, todo podría ser relativo en adelante.