El Jefe Provincial

El incidente de El Granado –a saber, la orden de paralización de un proyecto dañino para el ‘medio ambiente’ impartida no por la Junta de Andalucía sino por el secretario provincial del PSOE, demuestra a las claras que el partido en el poder ha reproducido fielmente la vieja estructura de poder del “régimen” anterior, a no ser que se prefiera la explicación de que todo “régimen”, sea cual fuere su índole y condición, tiene a actuar de la misma manera. En la provincia no manda, pues, ni el Subdelegado del Gobierno central ni el delegata de la Junta (que se hace llamar equívocamente, contra lo ordenado por el TSJA, “del Gobierno”), sino el baranda del partido –“todo el poder para el soviet”, ya saben—que lo mismo monta un megaproyecto en Punta Umbría que lo desmonta donde no le conviene. Como en lo antiguo, el jefe político provincial está por encima de la Administración. Lo que no sé si se han dado cuenta es de que ese sistema, normal en las dictaduras, destroza por completo la lógica de la democracia. 

Merienda de negros

En un periódico europeo leo esta expresión, que muchos reputarán racista, no me cabe duda, en relación con las escamantísimas elecciones que van a celebrarse en el Congo tras casi medio siglo de ordeno y mando, Sólo Mobutu –el protegido de las democracias occidentales, cuya fabulosa fortuna embargada reclama ahora su viuda– mantuvo el país en un puño casi un tercio de la centuria pasada. Su nombre, Mobutu Sese Seko, significaba literalmente en su dialecto tribal, por lo visto, “el gallo que se tira a todas las gallinas del corral”, pero luego ese desgraciado país –que en su día ya “compró” como quien compra una finca, en plan ‘Gog’ y también apoyado por la silenciosa complicidad de Occidente, el rey belga—ha sufrido dos pavorosas guerras entre las más terribles registradas en el continente, que ya es decir. Y ahora se trata de imponer a ese pueblo roto y maltratado, hambriento y tronzado por el fanatismo, una democracia pura y dura calcada del modelo convencional en el mundo desarrollado, un buen deseo que a lo peor no resulta más razonable que tratar de encasquetarle un frac a un gorila. El prólogo fue ya tremendo y tuvo en los sucesos de agosto pasado su más dramática expresión con las matracas de Kinshasa en las que cayeron 120 víctimas según el cálculo civilizado. Y el epílogo deberá producirse dentro de unos días cuando, bajo la autoridad moral (¿) de la comisión observadora que se ha gastado 500 millones de euros en organizar los comicios, se haga público el sólo relativamente fiable escrutinio de unas elecciones a las que no parece que acabe concurriendo ni la mitad de los 25 millones de votantes que se reparten básicamente entre Joseph Kabila y Jean-Pierre Bemba, aparte de algunos testimoniales que andan enredando ingenuamente el patio. Si gana Kabila se confirmará como el jefe de Estado más joven del continente aunque bajo la sospecha nunca desmentida de que, en realidad, el “hijo del jefe” ni siquiera es congoleño sino ruandés. Si pierde, puede que la guerra reaparezca, es decir, que continúe, sólo que ya con democracia. La “buena conciencia” del hombre blanco se conforma con poco.
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La ocasión devuelve a la actualidad un debate que en vano trata de ocultar la corrección política: el de si la democracia, el régimen de libertades y el sistema de representación tal como lo entendemos los civilizados desde hace veinticinco siglos, es “exportable” a los pueblos exóticos o no lo es. Claro que ya sería suficiente grave la discusión del estado actual de la democracia en nuestro propio terreno, la desnaturalización profunda de su sentido, el rapto partidista de su realidad, le exclusión práctica del ciudadano del sistema de autogobierno. Pero una cosa es la crisis de un sistema y otra su radical incompatibilidad con las ‘condiciones objetivas’ (con perdón) en que viven los pueblos atrasados. Ver en Joseph Kabila, sobre quien pesa hasta alguna sospecha de no ser enteramente ajeno al asesinato de su padre, un líder democrático, constituye un simple ejercicio de voluntarismo, igual que verlo en su rival Bemba, incluso si a uno no se le ocurre mejor alternativa. Pero de la misma manera que los atenienses estaban convencidos de la inexportabilidad de su sistema genuino de gobierno, tal vez el llamado “mundo libre” debiera plantearse de una vez si el mantenimiento de estas ficciones no acarrean más daños que beneficios. ¿Una democracia en un país fundamentalista, en una sociedad tribal, en un pueblo sumergido en el primitivismo? Hay cuentos de la lechera que pueden servir de ansiolítico para los espíritus sensibles y, de paso, de excelentes plataformas para mucho negociante, pero la realidad es que de cuentos no pasan. Habría que tener el valor de prescindir de esas comedias empezando por reescribir el guión dentro de nuestro propio teatro. Tal como están las cosas, ni las democracias pueden librarse de la hipocresía ni las tiranías del cinismo.

Nuestros muertos

No sé cómo se le habrá quedado el cuerpo a mucha genet, pero en especial a la familia Jiménez Becerril, tras escuchar al presidente del Gobierno apoyar al asesino que dijo que “sus lágrimas son nuestras sonrisas” legitimándolo como un agente del “proceso de paz”. El mayor asesino en serie de  nuestra historia, parte en ese “proceso” secreto, el mismo vesánico que hace nada y menos amenazaba a la propia Justicia y proclamaba su contumacia, tratado con guante de seda –¡qué agravio para el Arropiero o el “mendigo del martillo”!—con el visto bueno explícito del jefe del Gobierno. No cabe mayor ignominia, no es posible concebir mayor insolencia oportunista, cuesta aceptar que desde la legalidad se puedan sostener esas posturas auténticamente cómplices e insensatamente injustas. El terrorista De Juana no es un arrepentido –ni siquiera era cierta su huelga de hambre—sino un instrumento de ZP en su calculada huida hacia adelante. La memoria de nuestros muertos planea sobre esta historia inaudita que están escribiendo con renglones torcidos entre los bandidos y nuestros gobernantes.

Donde las dan . . .

Mala noticia política la petición fiscal de años de cárcel para el presidente de la Diputación, malísima en lo que ya es casi precampaña electoral, y pésima a poco que se le tuerzan las cosas. No se debe jugar con fuego y, probablemente, a nadie se la habría ocurrido tirar por esta peligrosa trocha si no fuera estimulado por el escandaloso ejemplo que los propios políticos dan al judicializar sin descaso la vida pública. Puede que el PSOE comprenda ahora lo arriesgado que resulta lanzar piedras al aire sobre las propias cabezas, y hasta que acabe entendiendo que una injustísima campaña como la que ha utilizado durante años contra el alcalde de la capital ha podido servir de estímulo a otros para denunciar al denunciante. Como poco, Cejudo tendrá que afrontar la campaña en su pueblo bajo esa grave imputación de la fiscalía, sin descartar que un traspié acabe sin más con su aventura política. Donde las dan las toman, dice el refranero. Parece que estamos oyendo al ahora imputado cargar la suerte contra el adversario sin la menor contemplación.

La historia inventada

En una extravagante irrupción en la noosfera demagógica por la navegamos, el viejo maestro Noam Chomsky, el mismo que durante un cuarto de siglo alimentó nuestro argumentario contra la guerra y la injusticia, ha salido por peteneras afirmando solemnemente que el desenlace de la Reconquista gótica y cristiana de España provocó nada menos que el desguace de un imaginario sistema de convivencia tolerante que, por lo visto, habría existido en la España islámica. Se ve que hasta su guarida del mítico ‘MIT’ no ha llegado la Historia de España más que en fascículos o quizá lo que ocurra es que deba su visión del pasado hispano a cualquier ‘wikipedia’, pero la verdad es que resulta chocante tanta ignorancia en un sabio tan eminente y tanta simplicidad en un espíritu tan complejo. No vamos a descubrir ahora la singularidad de un brillante francotirador que lo mismo se acreditó valerosamente contra guerras e injusticias (Vietnam, Irak, Líbano, tantas otras) y contribuyó al descrédito del imperialismo americano, que ha defendido, entre otros disparates, el derecho de Corea del Norte a fabricar bombas atómicas, impresentables posturas antisemitas (recuerden el “caso Faurisson”) o el del gorila venezolano a revolucionar un país  e incluso un continente a base de la demagogia más bajuna. El gran Chomsky es así –tómenlo o déjenlo—y nada de eso oscurece su mérito intelectual, su fundación de la gramática generativa o su demoledora crítica al conductismo, pero no me digan que no es significativo que un sabio tan encumbrado haya logrado la rareza de ser repudiado a un tiempo por judíos y palestinos. Algo debe querer decir, después de todo, que Fidel Castro le profese tan gran devoción como para asistir a sus charletas sentado en la primera fila.
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Gana terreno, al parecer sin grandes oposiciones, el mito inconsistente del paraíso islámico y su destrucción por los “bárbaros del norte” en los que el otro Castro, don Américo, no veía más que mesnaderos de una ‘contra-yihad’ mientras su adversario Albornoz los veía como templarios de un “vivaz neogoticismo”. Pero si tampoco es cosa de pedirle a Chomsky que se meta en honduras, la verdad es que no estaría de más que alguien le contara la historia completa, sin olvidarse ni de las tolerancias cristianas que hicieron posible la recepción europea del saber antiguo, ni de las ferocidades de almohades, almorávides y otros hijos del desierto. Por ahí se ha dicho con razón que si Boabdil llega a ganar su guerra perdida y logra devanar del revés la madeja de la Reconquista, España sería hoy, ciertamente, una prolongación sin más del tercermundismo islámico, para entendernos, una especie del Túnez si es que no del Marruecos que conocemos, eliminadas por inconcebibles nuestras eras de oro y de plata, con lo que ello hubiera acarreado a la cultura occidental en su conjunto. Muchos de los que hoy buscan –seguro que de buena fe—la sociedad tolerante confunden cernudianamente la realidad con el deseo, contribuyendo a erigir, frente al mito de la Reconquista que postulaba mi maestro Maravall, otro mito infinitamente menos cercano a la realidad además de enteramente inverosímil. A Chomsky le convendría enterarse de qué habla antes de pronunciarse, pero de buena fuente, no del regajo de esa nueva tópica que confunde adrede las fuentes cordobesas que arrullaban el amor udrí con las cimitarras o el tambor de Almanzor en el confuso chafarrinón que propicia y financia el interés político. Sobre todo porque son muchos años siguiendo su trabajo, alumbrándonos con sus gramáticas y recargando pilas en el generador sin fondo de su honestísima rebeldía intelectual. Muchos no podrán imaginarse la confusión que nos produce a sus viejos seguidores escucharle decir en público tonterías semejantes.

El casuismo de la Junta

El caso de la señora que solicita la eutanasia está poniendo a la Junta en el incómodo terreno que ella misma había allanado a la buena de Dios con su huida hacia delante en ese delicado tema. Dice la consejera, por ejemplo, que no es lo mismo administrarle una inyección letal a quien, en uso de su libertad, la reclame, que desconectarla del “soporte vital”, no se pierdan el alarde de casuísmo que no hubiera cuadrado ni al jesuita más clásico. Pero sí que es lo mismo, en el fondo, más allá de las formalidades, puesto que, en uno y otro supuesto, se trata de facilitar la muerte de una persona a petición propia, y ése y no otro es el debate sobre el que la Junta se pronunció hace mucho, sin encomendarse a Dios ni al diablo, aunque ahora trate de ponerle una vela a cada uno. A mí me parece un solemne fariseísmo apoyar la eutanasia solicitada (como yo mismo apoyo) para perderse luego en el tiquismiqui forense. A la Junta le ha llegado en esta cuestionada materia, mucho antes de lo esperado, el implacable cobrador del frac.