Nihil novum

Mi comentario sobre el desnudo macho me ha procurado el reproche blogosférico de cierto profesor que ve en mis bromas y veras algo así como una patente de antigüedad y anacronismo. Me llega a reprochar, ya puesto, que limite mi tema a los bomberos y policías nudistas sin acordarme de que mucho más emblemáticos de la modernidad serían los varones ‘metrosexuales’, esos pisaverdes ‘rafinés’ terciados de románticos y dieciochescos, que echan la mañana a perros entre el gimnasio y el salón de belleza para mantener el músculo vigoroso por dentro y glabro por fuera, un reproche muy poco justo pues, aparte de que me parece que se trata de fenómenos distintos, no es difícil saber que la metrosexualidad no es un invento de Mark Simpson popularizado por Beckham, como parece creer la muchedumbre, sino una moda de lo más antiguo. ¿O habrá que recordar que los romanos imperiales se pasaban el día dedicados a sus “cura corporis”, esos desvelos estéticos que empezaban por el meticuloso peinado, seguían por el rizado de la barba y daban con el “metrotribuno” o lo que fuera en la torturadora camilla del “dropacista”, soportando que le arrancaran el vello con aquellos ungüentos depilatorios de resina y pez de los que tanto satírico se burló con razón? Plinio describió con detalle estas modas y las circunstancias de su industria pero quizá a uno le llama más la atención la guasa que César hubo de soportar indiferente, según cuenta Suetonio, por parte de sus contemporáneos porque, aparte de su obsesión por ocultar la calvicie y extremar el rasurado de la barba, se hiciera depilar con pinzas o incluso arrancar de raíz el vello con ungüentos de hiel de cabra o sangre de murciélago, como recuerda el viejo Plinio, y que Aulo Gelio consideraba más bien piompas. Nada (o casi nada) hay nuevo bajo el sol, como nos enseñó el Eclesiastés. Zerolo es tan antiguo como Alcibíades, ni más ni menos, sólo que veinticinco siglos más tarde.
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La curiosa evolución del igualitarismo, desbocada en nuestro momento histórico, pivota sobre un doble intercambio de roles que complican y confunden el resultado de sus razonables efectos. Uno es la tendencia de las hembras a buscar su liberación calcando las actitudes de los machos, y otra la réplica de los varones haciendo suyas las genuinas de las mujeres, en una suerte de doble suplantación que está sirviendo –progresos aparte, que los hay—para desencantar el ideal de una sociedad equilibrada de verdad y realmente igualitaria, en la medida en que de ella va resultando un orden oscuramente epiceno en el que la confusión trata desesperadamente de ocupar el hueco que debería llenar una también nueva razón social. Nunca me pareció que fuera una respuesta razonable por parte de las sufridas mujeres renunciar a una estética inmemorial que es tan suya como demuestra su propia supervivencia, ni me lo parece ahora que los hombres ganen ni aporten nada al nuevo modelo mimetizando la actitud femenina, doble error que no erradica la discriminación ni reduce la injusticia sino que, simplemente, provoca confuso barullo donde no lo había. Ese Simpson creía, la criatura –un poco como mi interpelante– que el metrosexual era un producto actualísimo, un joven urbanita, rico y liberado, fundador de una especie de moderna “vanidad masculina” (la expresión es suya), porque no sabía, seguro, lo que les recuerdo que ocurría ya en la vieja Roma, ni se le habría ocurrido pensar en aquellos patricios soportando que el “tonsor” les rapara cruelmente las barbas, castigara sus rizos, les disimulara las canas como ironizaba Marcial, o extendiera sobre sus mejillas la “pasta del rubor” antes de pintarles unos lunares garbosos, en plan “mignon” ilustrado. Beckham es hoy lo más parecido a César, ya ven la novedad. Quizá no estuviera de más que Capello le echara un ojo a la historia de sus antepasados.

La marcha atrás

El coche fantástico tenía marcha atrás. Tanto que el consejero ha podido devolverlo por la vía rápida urgido por un Chaves que ha debido comprender que la cosa era d elo menos presentable, incluso en estas circunstancias. No estaba bien ni medio bien eso de comprarse un coche a sí mismo, quiero decir, que el consejero le vendiera el coche oficial al ciudadano, y es lástima que haya sido preciso armar un escandalillo para que una cosa tan elemental fuera aceptada por Chaves. Ya sólo le queda aplicarle el cuento a su propio “caso” y, superada la falsa coartada de la legalidad del acto, aceptar que no tiene pase que los hermanos menores del presidente se adjudiquen contratos de la Junta presidida por el hermano mayor. Sólo el encanallamiento de la vida política explicaría que de estos gestos correctivos (forzados o no) se saque partido, porque lo que está bien bien está y no es justo hacer astillas del árbol caído. A mí no me paree, por ejemplo, que lleve razón IU cuando conceptúa ese chungo trapicheo como un acto político irreversible, cuando tendría sin salir de caso muchos otros de calado infinitamente mayor. 

Ingenieros y testaferros

Cuanto más se bucea en el frustrado megaproyecto de El Granado más claro va quedando que la Universidad onubense está perdiendo el tiempo por no aprovechar del tirón a estos magos de la ingeniería financiera, el similiquitruqui promotor y el poraquitequierover. Resulta, por ejemplo, que las dos empresas que aparecen como impulsoras del lío, cuentan como administrador único con una tercera en la que, junto a una misteriosa nómina extranjera, figuran algunos personajes zascandiles de esos que no pueden disimular le inequívoco perfil conseguidor ni la condición del testaferro más clásica. ¿Y de esa farándula  no se ha enterado Barrero hasta ahora? ¡Vamos, hombre! El auténtico quid de la cuestión va a acabar estando justo en ese punto, esto es, en explicar por qué ahora el partido que manda en la provincia se planta frente a un proyecto que es evidente que debido de estar auspiciando desde el inicio. Que lo probable sea que al alcalde de El Granado se lleve a la tumba lo que sin duda sabe, no cambia las cosas.

Reliquias salvajes

El postulador de la causa de beatificación del papa Wojtila, monseñor Slawomir Oder, ha debido salir al paso, bastante cabreado según leo, por la osadía de algunos comercios romanos, muy próximos a la sede papal, de ofrecer en sus escaparates a los peregrinos y fetichistas en general falsas reliquias del difunto pontífice. No sé bien por qué las llaman “reliquias salvajes” pero he logrado enterarme de que se trata de medallones que contienen trocitos de tela procedente del vestuario pontificio y que habrían sido frotados ritualmente sobre la losa de su tumba, evidente e innecesaria duplicación de la magia de contacto que el Vaticano ha censurado como se merece, especialmente indignado ante una publicidad que anuncia precios variables –entre 3 y 5’25 euros– según el tamaño de los milagrosos talismanes. A monseñor no se le ha ocurrido, sin embargo, mejor reacción frente a semejante abuso que ofrecer, a su vez, reliquias gratis de Juan Pablo II a quien las solicite por escrito a la oficina de postulación, lo que rebaja considerablemente el valor moral de la protesta originaria en la medida en que entra sin contemplaciones en el juego mágico no sólo pidiendo cartas sobre el viejo y dudoso tapete, sino erigiéndose sin complejos en banquero de la timba. Se comprueba, una vez más, que al catolicismo le cuesta desprenderse de su ganga medieval y todavía más, si cabe, cortar por lo sano con ridículas supersticiones que, en definitiva, no son distintas de las toleradas como legítimas por la propia jerarquía, de las que apenas se diferencian en otra cosa que en la ‘denominación de origen’ administrada burocráticamente por Mgr. Oder. No se trataría de desterrar la superstición sino de reglamentar su comercio reservándose siempre la patente genuina de lo que fue históricamente un negocio colosal.
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Hay una vasta literatura eclesiástica sobre ese tema de las reliquias sobre el que se encarnizó Voltaire al denunciar su uso como el del instrumento idóneo para encadenar al pueblo, aunque yo  no he visto condena más expeditiva que la que Calvino le lanzó en su tratado específico, al decir que, en vista de cómo había funcionado durante siglos el mercado de reliquias, el fiel que adorara los huesos de un mártir correría inevitablemente el riesgo de adorar sin pretenderlo los despojos de un bandolero o quién sabe si los restos de un perro. Una reserva que, a pesar de la dureza, suponía asumir la razón última de esa magia que, por lo visto, hasta el severo reformador consideraba operativa y eficaz en caso de ser auténtica. La Europa cristiana soportó durante siglos el próspero comercio de las reliquias que tiene páginas tan legendarias como el robo del cuerpo de Marcos por los mercaderes venecianos, hace poco cuestionado como otro probable fraude no muy alejado de la hipótesis calvinista, pero que, al margen de los relicarios célebres, acabó acumulando un horripilante muestrario menor en las iglesias de todo tipo y un poco por todas partes. Lo notable es que en pleno pontificado de un teólogo tan esmerado como Ratzinger se mantenga una tradición a todas luces fetichista que san Agustín censuró con palabras tremendas al decir de los adoradores de reliquias que “se entierran con los que ya están enterrados”. El tráfico continúa en pleno siglo XXI, en todo caso, tarifado con precisión en las botigas vaticanas o gratuito en las covachuelas de la fe, como si nada hubiera cambiado desde que los concilios primitivos cedieran a la presión supersticiosa de las muchedumbres desesperadas reconociendo el valor estos vestigios, dientes, cabellos, cabezas cercenadas, trozos de hábito o simples objetos potenciados por el contacto con el santo despojo. Los reyes de Francia no viajaban jamás sin la capa de san Martín ni Franco se metió nunca en carretera sin el brazo de la doctora Teresa. Monseñor Oder sabe lo que hace montando su ‘dumping’ frente a la almoneda de Wojtila.

El coche fantástico

No comparto el criterio de la oposición al calificar de modo tan alarmante el trapicheo del consejero de Agricultura, Pérez Saldaña. Comprarse rebajado el coche oficial no es tanto un caso de “corrupción con mayúscula”, como se ha escuchado en el Parlamento, sino un ejemplo de supuesto de catetismo friqui, que ni es único ni presumiblemente será el último, por desgracia. Lo que si pone en evidencia el lío del coche es el alarmante progreso de la visión patrimonialista de nuestra clase política, el hecho de que un hombre público no sea capaz de medir la distancia entre esa dimensión y su ámbito privado. El consejero Saldaña, por ejemplo, es muy libre de hacer el ridículo rebañando el plato hasta acabar la hogaza, sin perjuicio de que reconozcamos que la culpa no es enteramente suya sino de quien le permite esas modales políticos. Mucho ‘código’ y mucha ‘tolerancia cero’ mientras ellos se llevan  casa hasta el carro del parque móvil, siempre, claro está, y ahí está lo malo, con el informe favorable en el bolsillo. Son unos cutres además de unos carotas, lo de abajo, los de arriba y los de enmendio.

Candidatos e imputados

Ha proclamado Cejudo en la asamblea del PSOE de Valverde que, cuando obtenga el placet de Barrero, volverá a presentarse a las municipales y ganará por mayoría absoluta. Bueno, hombre, eso será lo que será, porque ya la vez pasada no consiguió ese listón aunque, a pesar de que prometió irse si no lo conseguía, ahí sigue. Verán ustedes: yo creo que uno imputado no tiene por que renunciar a la vida pública mientras no se dicte sentencia firme contra él. El tema está en que yo no soy el PSOE, y en que el PSOE sí sostiene desde su misma Ejecutiva Federal, cuando se trata de un  alcalde del PP por ejemplo, que un imputado ha de dimitir sin más e irse a su casa. De manera que no se trata de que Cejudo quiera repetir o renuncie –¿y a dónde iba a ir, la criatura?—sino de que el PSOE se aplique a sí mismo el cauterio de esos ‘códigos’ que redacta para los demás. A quien no le llegará la camisa al cuerpo es al monaguillo de IU que, bien pagado por supuesto, lo ha sostenido durante esta legislatura. Ése mejor que se vaya buscando con tiempo otro oficio donde servir.