¡Que desastre!

Cuando Chaves se bajó a este moro forzado por González, algunos saludamos su venida como remedio –y eso está en la hemeroteca–al decaimiento provocado en la gestión de Borbolla por el boicot implacable de Guerra. Poco nos duró, sin embargo, el arrobo, pues ya en su primera comparecencia, el “presidente a la fuerza” recibió a la prensa encaramado a un estrado al que separaba de la canallesca un elocuente cordón rojo. A Griñán lo conocíamos más, al menos algunos, desde sus tiempos de “vice”, cuando trataba de suplantar a su propio consejero, y luego, tras su sorprendente salto al Gobierno de González –nunca acepté la descortesía de mi periódico llamándole “Un tal Griñán…”– , todavía le saludamos algunos como “ministro favorito”, del mismo modo que cuando se alzó en la presidencia de la Junta –y vuelvo a remitir a la hemeroteca– lo acogimos como la “esperanza blanca” de un “régimen” ya a la deriva. Luego todo ha discurrido cuesta abajo, rodeada la autonomía de su cordón de “clientes” en medio de una escandalera incesante, a la que El Mundo contribuyó durante años, muy a pesar suyo, con su indeclinable deber de información. Andalucía ha sido el Puerto de Arrebatacapas durante este decenio, y Chaves y Griñán han permitido y utilizado sin escrúpulo el disparate de la corrupción masiva como exoesqueleto de su hegemonía financiada. Nunca esta democracia había conocido un escándalo mayor: dos Presidentes de la Junta y del PSOE, y no menos de siete consejeros y cientos de imputados suponen una carga que ningún partido puede soportar.

Da pena contemplar el mutis por el foro que hicieron esos vapuleados por el Tribunal Supremo tanto como sulfura comprobar el descrédito que han legado a esta Andalucía de perfiles cervantinos que ahora se pregunta qué va a ocurrir con la fortuna malversada, pues si se confirma la sospecha generalizada de que no será devuelta jamás, los causantes últimos del saqueo deberían ser expuestos en la picota y los penúltimos, penitenciados en la cárcel. ¡Qué pena, de verdad, comprobar que hemos sido los costaleros de esta vergüenza que nos convierte en el pueblo más babieca (o más pícaro) de España! Ahora conocerá Chaves el injusto y amargo sabor que produce el mismo banquillo que él utilizó para amordazar a los periodistas, y Griñán, tal vez, lo inútil que resulta la soberbia y el engreimiento. Andalucía ha tenido mala suerte con sus responsables. Y eso, evidentemente, no debe ni puede quedarse así.

El deseo y la realidad

La hermosa plaza de Sintagma, en Atenas, se ha visto abarrotada de partidarios de Syriza –el Podemos griego—al enterarse de que, mientras las Bolsas europeas se disparaban, sus implacables dirigentes entregaban la cuchara en Bruselas. La causa era que, más allá del sincorbatismo, los Tsipras y los Varoufakis han cedido al aceptar un ajuste de 8.000 millones, una rebaja de las pensiones exceptuadas las mínimas, una severa limitación del superávit, y la promesa de no despedir –de momento—a más trabajadores públicos además de limitar la edad de las jubilaciones. Adiós al sueño, en fin, esto es lo que hay, porque una cosa es prometer la utopía y otra, muy lógica, no encontrarla, fin de la ilusión de los duros a dos pesetas y de los perros atados con longaniza. La Unión Europea se ha mostrado inflexible, no sólo por el riesgo que entraña dejar al extremismo campar por sus respetos, sino ante la experiencia del desastre griego anterior a esta situación, tal vez la situación social más corrompida del continente. Alguien ha dicho estos días que no basta la austeridad para resolver la cuestión griega sino todo un cambio de mentalidad y un severo ejercicio de disciplina social, mientras nada menos que Habermas critica la dureza de la situación y clama porque la UE sea, al fin, algo más que una unión monetaria. Quienes clamaban en la plaza Sintagma eran esta vez los propios adeptos de Syriza, sorprendidos al comprobar lo poco que tiene que ver la realidad con el deseo.
Los partidos de la “casta” han tenido por norma no cumplir con sus promesas electorales, pero tal vez esa licencia no valga para quienes han arrasado en las urnas prometiendo lo incumplible para acabar estrellándose contra el sólido muro de la racionalidad liberal de los “castizos”. La demagogia resulta útil para agitar pero de poco sirve llegada la hora de la gobernación, sencillamente porque no tiene encaje posible en el esqueleto inquebrantable del Sistema. Tsipras o Iglesias ganan –sobre el paisaje desastroso de la crisis– porque ilusionan a los lastimados y a los ingenuos con promesas inviables, pero hemos de ver en qué poco tiempo habrán de doblegarse ante la tiranía de los presupuestos que es el recurso de las democracias frente a los prestidigitadores de la política. O la integración o la quiebra. Ese duro dilema desafía hoy a una “revolución” que pretende ingenuamente integrarse en el sistema de libertades.

Pedrada al “Régimen”

Las dimisiones fulmíneas de Chaves y Griñán, además de la de sus ex-consejeros cierran un capítulo y abren una grave perspectiva al “régimen” autonómico andaluz. Alguien tendrá que explicar desde el PSOE –tan severo siempre con “los otros”—que ha ocurrido en Andalucía durante este decenio negro para que, no ya un Juzgado, sino el Supremo ponga en el escaparate a su plana mayor, algo inédito hasta ahora en nuestra democracia. Se podrá frenar la investigación, parcelar el trabajo de la juez Alaya o salir por peteneras, pero lo que resulta evidente es que este “overbooking” de máximos responsables en el banquillo exige explicar, sin más excusas, qué ha ocurrido aquí.

El cajón del sastre

Ha dicho el candidato Sánchez en este periódico que no cree que Pablo Iglesias (el de Podemos) haya podido pasar en horas veinticuatro de la socialdemocracia de Lenin –él refuerza la cosa y dice “de Stalin”—a una democracia como la nuestra, menguante si se quiere, pero en la que cabe la libertad. También podría decirse de él, que no hace ni un mes que se comparaba sin complejos –con un burdo juego de conceptos– con la socialdemocracia del “padrecito” georgiano, y no ha dudado en pactar sin condiciones con una izquierda, como el PSOE, que hasta ayer consideraba tan “castiza” como la derecha. La socialdemocracia, tan combatida como despreciada por los socialistas clásicos, incluyendo a los comunistas, ha tenido que soportar muchos decenios de desprestigio por parte de unas izquierdas “revolucionarias” que, llegado el caso, liquidaron incluso a militantes tan irreprochables como Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht echando luego sus cadáveres a un canal berlinés. Los mismos que ahora apelan a la socialdemocracia la han rechazado siempre motejándola como “socialtraidora” por la razón elemental de que lo que ese término significó siempre, no nos engañemos, fue la negación implícita pero activa de la utopía en que el sueño revolucionario –el “cambio” verdadero– fundaba su razón de ser. La socialdemocracia fue toda la vida una pulsión centrista, hábil competidora en un mercado ideológico confuso, lo que explicaría que hasta la nueva derecha haya incorporado no pocos de sus postulados y objetivos.

Es el mercado electoral el que ha forzado la extensión inmoderada de este concepto desde que se descubrió que la mayoría silenciosa –de derechas o de izquierdas—tiene a concentrarse en la zona templada del ideograma, aunque eso mismo convierta en curiosa la convergencia de los nuevos centristas con los radicalismos más descarnados. ¿Cómo explica el PSOE su pacto con gentes con cuyas declaraciones recientes podría hacerse la más procaz de las antologías –“Arderéis/ como en el 36”, “El papa no nos deja/ comernos las almejas”, etcétera—o bromea con repugnante humor sobre el genocidio nazi y las víctimas del terrorismo, al tiempo que se postula como el nuevo “centro” equilibrador de esta sociedad cada día más excéntrica? ¿No anda el propio PP coqueteando con la misma ilusión y expoliando por su flanco a la izquierda? ¿Quién diferenciaría, en la práctica, a Solbes de Montoro o a Solchaga de Guindos? Por no comprenderlo así, andan en Grecia como andan.

Rebajas en Ciudadanos

Frente a una presidenta Díaz que ya le para los pies inquietos a Ciudadanos avisándole de que lo pactado necesita su tiempo para llevarse a efecto, el partido “emergente” ralentiza sus tiempos y rebaja sus intenciones, negándose por ejemplo, en que se constituye una comisión parlamentaria para investigar el “caso Aznalcóllar”, que pilla de pleno a Díaz. ¿Acabará Ciudadanos con el mismo síndrome que ya afectara al PA y luego a IU, ese “síndrome del socio” que permite al PSOE comprometerse con lo haga falta para luego dar tiempo al tiempo? Pues si así sucede, que se mire Rivera en el espejo de los socios anteriores: no ha habido un socio de la Junta que no se haya achicharrado sin remedio.

La mala fama

                                                            Para la juez Alaya, con respeto

La fama de Andalucía y de Sevilla anda por los suelos. Se hacen lenguas los críticos pregonando la garduña que es Sevilla como si no fuera cierto que, al menos hasta cierto punto, en todas partes cuecen habas. Cuento viejo es ése, que viene reptando desde el Siglo de Oro. ¿Hay quien dé más, en este sentido, que las novelas de Cervantes? Lean el espléndido prólogo que Rodríguez Marín puso a “Rinconete y Cortadillo”: Sevilla era ya una celebridad entonces por su picaresca, su delincuencia organizada, sus coimas, sus timbas o su inmenso lupanar pero, sobre todo, por la connivencia de las autoridades con los jícaros, regatones y malandrines. Francisco Ariño da cuenta en su crónica contemporánea de aquel público desmán y llega al punto de ver en la figura del severísimo cuarto conde de Puñonrostro, Asistente de la Ciudad, “el prototipo a la sublime creación del Quijote”, por decirlo en palabras del paremiólogo Sbarbi. Tan solo se vio el Conde en su tarea, que nada menos que Arias Montano lo recomienda a Felipe II y le dedica uno de sus comentarios a los Psalmos, concretamente al XXVI, donde dice: “Porque usted se afana y esfuerza por cuidarse de una caterva de hombres corrompidos por la avaricia y que incurren en toda clase de fraudes”, y ha sido rechazado por los patronos que han pretendido difamarlo incluso mediante calumnias, por lo que “no debe parecer extraño ni difícil que por eso desistiera del eficacísimo servicio del bien común y público que ha emprendido”.

Sevilla era entonces, se ha escrito, “merienda de negros con ser blancos los que se la merendaban”, pero el Conde era tan firme como comentan los dos muleros en “La ilustre fregona” cuando predicen “que dejará presto el cargo porque no tiene condición de verse a cada paso en dimes y diretes con los señores de la Audiencia” y, en efecto, Astrana anota que “dos años después le sucedería don Diego Pimentel”. Otro crítico opina que “de la impunidad nace forzosamente la licencia”. ¿Ven qué actual resulta ese panorama y con qué facilidad se podría poner rostro y nombre a los protagonistas hodiernos? No gustaba la justicia del Conde, “que estaba hecha a prueba de sobornos; a cuantos abusaban y robaban, grandes y chicos, es decir a las tres quintas partes de la población, no pareció bien tanta legalidad, pues al cabo –dirían—no hemos venido a redimir el mundo sino a comérnoslo”. ¿Les suena el cante? A mí, francamente, sí.