Vivir del cuento

La saga de las corrupciones que afectan a nuestros dos grandes sindicatos “de clase”, UGT y CCOO, ha alcanzado verdaderamente un nivel intolerable. Hace tiempo que el negocio de la “formación” navega bajo sospecha, pero ahora no se trata ya de sospechar nada sino de afrontar la realidad, una realidad que no es otra que el fracaso o la pudrición, si prefiere, de unos “agentes sociales” que, perdida por completo su identidad y su sentido utópico, han degenerado en una simple burocracia ya veremos hasta qué punto delincuente. Piensen en los orígenes, en figuras como las de Pablo Iglesias, Anselmo Lorenzo, Mora, Farga Pellicer y tantos otros luchadores abnegados que jamás dejaron de trabajar por sus manos y nunca, por descontado, se propusieron vivir a costa de su tarea revolucionaria. Es verdad que han cambiado muchas cosas en la sociedad, también que, ya en los años 60, André Gorz avisaba que el sindicalismo debía refundarse si no quería perecer, como lo es que, mientras duró la dictadura franquista –a la que se le puede reprochar todo menos la brutal  desregulación del empleo que nos han traído social-demócratas y liberales—quienes se dedicaban a la defensa de los trabajadores actuaban con severidad, decididamente sometidos a la exigencia de un movimiento obrero hoy inimaginable. Piensen en Nicolás Redondo o en Marcelino Camacho y, aunque no sea agradable ninguna comparación, díganme si cabe parangón alguno con los actuales dirigentes. O piensen en aquellos luchadores que soportaban la represión sin tregua mientras organizaban sus “cajas de resistencia”, y pónganlos frente a una dirigencia como la actual que viste “prêt-à-porter”, viaja en coche de alta gama y encima se lleva ilegalmente millones de euros del contribuyente desviados de su objetivo final. ¿Alguien se imagina a aquellos guerreros librar una factura falsa o darse el capricho de un crucero por el Báltico?

 

Decididamente, lo dudo. Ya sé que a quienes denunciamos alto y claro estas cosas nos acusan de prófugos si no de algo peor. Lo que importa, en todo caso, no sería eso, que personalmente me trae al fresco, sino la evidencia –ya de sobra probada—de que este sindicalismo oportunista es, además, un instrumento podrido que resulta imprescindible refundar. Es más, me temo que ya sea tarde hasta para las posibles explicaciones. El largo silencio ante denuncias tan demoledoras dejan tan desnudos a Méndez y a Toxo como al rey de la fábula.

Marx el incomprendido

No se me arremolinen, oigan, que no soy yo la fuente de este título no poco paradójico, sino un asistente vaticano de primer orden, el profesor Stefano Zamagni, de la universidad de Bolonia y de la John Hopkins, hombre de confianza de los dos últimos pontífices y pluma decisiva, según dicen, de la encíclica “Caritas et veritate” en la que Benedicto XVI, como ya había hecho su antecesor, no dejaba de censurar los abusos del capitalismo. Zamagni asiste también con su consejo a Romano Prodi, así que hace a pelo y a pluma doctrinales, y se ha plantado en la Universidad de Loyola para decir alto y claro que el papa anda diseñando una reforma profunda de la Curia y de la Santa Sede, de paso que ha pontificado (Zamagni) sobre la inevitabilidad de un capitalismo “necesario para la gente” que él, en plan Duguesclin, ni condena ni defiende. Sostiene el sabio –como ya hiciera hace decenios Sorokin—que las revoluciones valen para destruir pero no para construir, y propone una defensa de Carlos Marx al que dice que “la crisis le ha dado la razón”, para añadir que el marxismo es un “diagnóstico acertado, pero una terapia errada”, aparte de sugerir que Marx no perseguía ninguna revolución sino que fue Lenin quien, traicionándole, la impuso por las bravas. “Tú lees la encíclica “Rerum Novarum” y lees “El Capital”, quitándoles el título, y no sabes distinguir quien es uno y quien es otro” (sic), sostiene, ya embalado, no sin añadir que aquella es mucho más fuerte que “El Capital” porque sostiene que “la explotación es un pecado contra Dios”. Uff, que mal rato. Hay gente capaces de hacerte sentir nostalgia de los Althusser y los Lukács a base de añadirle sifón a una doctrina que anda, por el momento, hibernada, quién sabe si en espera de mejor coyuntura. Yo que el papa Francisco me ataba los machos.

 

Proliferan estas banalizaciones de ese “corpus” doctrinal que, disperso entre la economía, la sociología, la antropología o la historia, puede decirse que dinamizó el pensamiento durante casi todo el siglo pasado y aún sigue latente hoy bajo el alud de los convencionalismos. Lo que no podía imaginarme es que los banalizadores llegaran hasta la cámara papal y anduvieran por ella como Pedro por su casa (nunca mejor dicho). ¡Hombre, se agradece una voz que reclame atención ante esta merienda de blancos, pero se agradecería en ella un tono más discreto y repensado! Tirar por la trocha más a mano no suele llevarnos casi nunca a buen puerto.

Anguita

IU no es lo que fue. Ni mucho menos. Comparen el palabreo insolvente de los Valderas con las críticas de Rejón, pongo por caso. Ahora es Julio Anguita el que se descuelga con valor afirmando que él no apoyó en pacto con el PSOE en Andalucía mientras considera que el mismo pacto en Extremadura “sí ha servido para algo”. Y añade como un eco de sí mismo: “Negociar un programa y no estar bajo la consigna y estandarte de ‘todos contra el PP’, porque hay otros que “hacen cosas parecidas”. Mala suerte la nuestra al perder los pocos dirigentes capaces y promocionar a los inútiles. Anguita sigue vivo. Los “pactistas” remunerados muertos como momias.

El viejo oficio

El proyecto de castigar a los clientes de prostitutas ha sido contestado en Francia por un manifiesto firmado por 343 (“cabrones”, sería la traducción literal) que piden libertad para ese esparcimiento inmemorial –“¡Touche pas à ma pute!”, o sea, a mi puta, ni reñirle—de inmediato contestado por otro, en este caso de 90 féminas movilizadas en Alemania por Alice Schwarzzer, que reclaman, por derecho, la abolición de esa suerte de esclavitud considerada como el más viejo oficio de la Humanidad. ¿Quién ha dicho que prohibir la prostitución sería como prohibir la lluvia? ¿No se acabó aboliendo la esclavitud, ese sólido pilar de las sociedades clásicas y modernas? Vieja y controvertida cuestión que ya en el XVIII pretendió resolver sin éxito Cabarrús y que en el umbral de la España romántica, en 1822, una ley planteó bajo la excusa de la “tolerancia” considerando que el servicio de la ramera protegía el hogar, ideología de remoto trasfondo agustiniano, que sólo invertiría sus términos ya en el siglo XX. Franco, que no en balde había sido legionario, estableció en 1941 un Registro Oficial en el que se controlaba a las rabizas proporcionándoles un carné sanitario con el correspondiente aval médico, pero en 1956, acaso por influencia del Opus, según se decía, la prohibió de raíz mediante un decreto-ley que, lógicamente, jamás habría de cumplirse –¡la agustiniana cloaca, ya se sabe!— aunque diese lugar a ruidosas expulsiones masivas como la que en Sevilla ordenó un Gobernador numerario de la orden citada. La prostitución ha llegado a plantearse como un derecho inalienable de la mujer –el derecho al propio cuerpo—pero las feministas de la Schwazzer ven a esas 700.000 putas que se afanan en Alemania como víctimas de una nueva esclavitud, la “white slavery”, razón por la que levantan su bandera contra los “cabrones” viriles que reclaman libertad absoluta para sus escarceos.

 

Hoy ha cambiado ese negocio, ciertamente, evolucionando desde el proxenetismo del rufián hasta la sociedad anónima, de tal manera que las viejas “casas de tolerancia” se han reciclado en presuntos hoteles en las que la legión inmigrante es forzada a trabajar a destajo. Habrá comercio del cuerpo mientras exista la desigualdad extrema, y los clamores alienados de las propias víctimas no harán caer, desde luego, las murallas de Jericó. La “nueva esclavitud” es otro subsector de peso en nuestro PIB. Ya me dirán que puede enfrentar a eso el progreso moral.

Suma y sigue

Devastadora la declaración ante la Guardia Civil de la interventora jefa del Servicio de Fiscalización de la Junta sobre el saqueo de los ERE. “Nunca en mi carrera profesional he visto nada igual”, asegura, mientras el Consejo Consultivo de Andalucía –que no es sospechoso ni mucho menos– se ve obligado a parar en seco el intento de enterrar vivos los expedientes de las subvenciones ilegales renunciando, en consecuencia, a recuperar el dinero despilfarrado: “La Administración no actúa ni adopta compromisos al margen de todo procedimiento”, advierte. El tema se le va poniendo color de hormiga a la presidenta Díaz, forzada a aclarar si es heredera o cómplice del gran desmán.

Bob Esponja

Estoy al día de las aventuras de Bob Esponja por influencia, mejor por imperativo, de mi nieto. Le tengo simpatía al personaje, tanto como a su jefe Don Cangrejo, a la estrella de mar Patrick, al cascarrabias Calomardo, al desdichado Patricio o a la ardilla anfibia Arenita. La saga de los intentos de robo de la fórmula de ‘Cangreburgers’ por parte de Plancton viene a ser como un ingenuo Simenón infantil, así como la aventura de la ballena-top Perlita sugiere actitudes juveniles bien reconocibles. Contra la serie y su personaje, los borricos del Tea Party traen desde hace años una perra tremenda porque ven en ellos un instrumento subliminal del ecologismo y de esa progresía que teme y denuncia sin tregua el cambio climático. Pero ahora, con motivo de un episodio en el que el jefe despide a Bob para ahorrase unas perrillas, los borricos han girado en redondo hasta reconvertir sus críticas y denuestos en alabanzas al supuesto giro que permite ver en Bob, como consecuencia de su despido y de su rechazo del seguro de paro, nada menos que toda una crítica al “Estado-Providencia”, justo cuando en los EEUU se ha reducido drásticamente el programa de ayuda alimentaria que afectaba a casi cuatro millones de ciudadanos sin recursos. “Bob critica ese modelo estatal y defiende la autosuficiencia”, argumentan sin mucha convicción contra el asistencialismo. Yo no entiendo casi nada, lo confieso,  pero tengo para mí que mi nieto y sus amiguetes no deben de haber olido estas morcillas políticas porque me consta que siguen atentos a la pantalla.

 

Hilan delgado los simbólogos de los partidos cuando revuelven hasta los seriales infantiles en busca de apoyos subliminales contra sus respectivos credos. Y ven mal, por ejemplo, que una serie se oponga a la destrucción de la atmósfera mientras celebran que un pringadillo indefenso como Bob proclame que el tiempo libre y la sopa boba no lo atraen tanto como el honrado trabajo. ¡Eduquemos a la gente nueva en el credo neoliberal para segarle hierba bajo los pies a la utopía redentorista, nunca se debe subestimar la trilita revolucionaria que encierra un dibujo animado! Bob Esponja es hoy para mi nieto lo que para nosotros, en los años de plomo, fueron Roberto Alcázar y Pedrín, el Capitán Trueno o el Guerrero del Antifaz. Pero Franco, al menos, cerraba los ojos ante la galipa de Carpanta en tiempos del racionamiento. El Tea Party debe de ser la rehos cuando un reaccionario Bob Esponja se convierte en su ideal.