Predicar sin trigo

Que no se enfade el enojadizo alcalde de Sanlúcar la Mayor (antes jefe de escoltas de Chaves) si vuelven los dimes y diretes sobre el presunto ‘pelotazo’ que habrían dao en el municipio los sobrinos del expresidente González al comprar un terrono destinado a la expropiación pero recalificado tras su compra por ellos. Mejor que enfadarse, que explique el escandaloso procedimiento de aprobar esa recalificación por procedimiento de urgencia y contra el criterio de la oposición que protesta, con razón, por esta manera desahogada de pasarse por el arco el trámite del debate en comisión informativa. Más vale una vez colorado que ciento amarillo, eso es verdad, pero más lo es todavía que este tipo de trampantojos contradicen frontalmente la cacareada cruzada anunciada por el PSOE contra la corrupción… de los rivales. Que no se enfade el alcalde, insisto, y que comprenda, en cambio, que si lo que ha hecho no es lo que parece, todo podría ser relativo en adelante. 

Mal comparado

Mal comparado: en tiempos de Carlos Navarrete y Marín Rite sería impensable la vileza que supone colgar un video en la Red con calumnias contra el gobierno municipal, como ha hecho alguien tan próximo al partido que resulta que la voz que se escucha en él es la misma que presenta la campaña de la candidata Parralo, como el embuzonamiento panfletario perpetrado por una UGT reconvertida en rastrera vanguardilla del partido en su lucha contra el alcalde. Han insultado a Huelva al insultar a su Ayuntamiento (ésa era la tesis del viejo PSOE), han recurrido a la calumnia a pesar de que por ese motivo el secretario Barrero está pendiente de que el Tribunal Supremo resuelva la justa querella que la he interpuesto Pedro Rodríguez y han rescatado el repugnante culebrón de las llamadas telefónicas del pobre chófer para insistir en su inútil acoso a un alcalde que lo es, desde hace dos legislaturas, por mayoría absoluta.  A ver quién da más. O menos. El barrerismo ha despojado al PSOE de su primitiva civilidad. Seguro que a los onubenses no se les escapa ese encanallado efecto.

La mirada inocente

Me fascina redescubrir en mi nieto la confusión instintiva entre realidad y ficción. Un coscorrón en una mesa provoca automáticamente en él la reacción de castigarla como responsable imaginario del percance. Una caída en picado le hace golpear el suelo con frenesí convencido de que la culpa de su tropiezo es ajena y no propia. Cuando lo veo sumido en esos ajustes de cuenta con la materia inanimada recuerdo la intuición de la vieja y no tan vieja antropología (Morgan, Lévy-Bruhl, Evans-Pritchard, Eliade…) de que el animismo primitivo viene a ser, en definitiva, la prolongación grupal, societaria, de la experiencia infantil. Los andaluces quizá más que ningún otro español nos acordamos de la madre del pestillo con el que nos pillamos el dedo o le recordamos impíamente sus difuntos a la piedra con que nuestro pie tropieza, qué duda cabe de que por nuestra culpa. La sugestión del principio vital en lo inanimado es cosa de niños pequeños o grandes, indistintamente, aunque cuando termina por encajar en el sistema de creencias colectivo sufre una transformación conceptual y eleva su rango hasta confundirse con la realidad misma. En un libro reciente, D.A. Norman, un sabio de la Northwestern University, llega a conclusiones no muy distintas a propósito de la ‘realidad virtual’ que nos invade y que va ganado terreno día a día en la realidad monda y lironda. El sabio pone el ejemplo de los juegos interactivos, en los que ve una “vida simulada” obediente al jugador como se supone que la vida auténtica lo es a su creador trascendente, y no le falta razón, en cierta medida, aunque sin perder de vista que esa teoría puede resultar de lo más disolvente desde una perspectiva noológica. Uno quiere demasiado a su nieto como para admitir que su innata confusión instintiva –su conocimiento aparencial—, ese legado del sueño amniótico, perdure más de lo razonable. Cualquier día de estos pienso decirle, con dolor de mi corazón, que la culpa del tropiezo no la tiene el escalón sino el pie.
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Consideren el caso llamativo del camelo colado recientemente por el Nacional Geographic en ese reportaje, por otra parte espléndido, sobre la vida intrauterina de los animales y en el que aparecía la seductora imagen de un feto desarrollado de elefante, cordón umbilical incluido, que ha resultado ser una simple y habilísima réplica de silicona del alevín de proboscídeo Ya ven como no sólo los bebés sino también los adultos propenden a conferir estatuto de realidad a lo simplemente imaginario, con cuánta facilidad otorgamos esa condición a lo meramente sugestivo, o con qué grado de ceguera aceptamos como ciertos los más falaces perfiles. Millones de personas se han emocionado contemplando a ese elefantito nonnato que, en realidad, no era más que un amasijo plástico hábilmente inscrito en una circunstancia de la que recibía gratuitamente su credibilidad, contando, desde luego, con la impericia del ojo humano y con esa suerte de perceptiva infantil que, durante toda la vida, informa nuestra actividad racional y, en no pocas ocasiones, hasta nuestra inteligencia crítica. Llegamos a viejos golpeando el suelo tras la caída, nos cuesta renunciar a la ilusión de que el mundo en su plenitud es un despliegue de materia viva sobre la que nosotros –soberanos interinos de ese reino inexistente—ejerceríamos nuestra monarquía absoluta. No me parece que vaya muy descaminado Norman, pues, con su propuesta que, en definitiva, viene a continuar por otros derroteros las antiguas intuiciones de la etnología y, principalmente, ésa de que todos, chicos y pequeños, unos más y otros menos, propendemos a concebir la realidad como un ‘continuum’ en el que no hubiera lindes claras entre el ser verdadero y el imaginado, entre el espíritu y la materia. Yo mismo me sumo con frecuencia a los cabreos de mi nieto y castigo al pico de la mesa o al doloroso esquinazo, y no sólo por seguirle la corriente. Sino por si acaso…

Los reyes de la casa

Tremendo, desconsolador el informe de la Fiscalía del Estado, difundido por el del Defensor del Pueblo, sobre el maltrato infligido por los jóvenes a sus padres y parejas. Una cifra intolerable de menores violentos –más de uno diario—dejan en evidencia las estrategias desdramatizadotas en que los poderes públicos, aparte de su alivio coyuntural, suelen encontrar una coartada para conjurar problemas de no fácil solución. En la casa, en las relaciones, en la escuela o el instituto, en la calle si se tercia, crece la violencia juvenil y seguimos no sólo sin ser capaces de atajarlas con medidas razonables, sino contribuyendo más o menos deliberadamente a mantenerla o fomentarla disimulando la problemática de una cultura que se nos ha ido de las manos. El Defensor clama –¿en el desierto?—contra la incapacidad administrativa (o sea, política), contra la debilidad familiar, contra la ausencia de políticas de prevención y hasta contra concesiones absurdas tan lesivas como la de los “botellódromos”. No le han de hacer ni caso, ya lo verán. 

Razón electoral

No los mueve otra cosa, no hay que darle vueltas: el interés electoral. Ahí está el giro completo dado por el PSOE en el Ayuntamiento de la capital a propósito de la estruendosa polémica de la reordenación de la Isla Chica, campaña del “cero viviendas” incluida, y su urgente adhesión a la propuesta de nuevo proyecto defendida por el alcalde. Media hora bastó para borrar de la memoria histórica a un Pepe Juan Díaz Trillo, ¿se acuerdan?, y para comprobar que la candidata no tiene voz o habla a través del ventrílocuo. Habrá, en fin, viviendas en la zona maldita, y hoteles, y zonas verdes, y centros para el comercio y la Biblia en pasta, y lo habrá con el consenso unánime de todos los partidos, que es lo que desde el principio debería haber ocurrido para que Huelva no perdiera unos cuantos años. Y encima, al final gana el alcalde, que es a quien se trataba de perjudicar (hasta por vía penal, no se olvide) y nadie pierde salvo quienes vean comprometida su credibilidad. 

Costar un riñón

Acabamos de enterarnos por la prensa de la oferta hecha por un matrimonio leonés interesado en “cambiar” un riñón por una vivienda. Se trata de una pareja pobre, enferma, que carece de techo, que opina –y para darle o quitarle la razón habría que colocarse exactamente en su lugar—que “sin un riñón se puede vivir mejor que sin una casa”, y no se lo ha pensado dos veces para meterse en el mercado, consciente de que, aunque la venta de órganos esté prohibida, ninguna ley prohíbe que se cambien las “cosas” libremente, en función del juego de oferta y demanda. Pero la mujer de la oferta va más allá incluso y fuerza el argumento con una afirmación que parece inspirada en la más pétrea teoría de la reificación o incluso cogida de prestado al ideario de Karel Kosic –“Yo con mis cosas hago lo que quiero”—pero que, en todo caso, además, no disuena demasiado en medio de la algarabía de este mercado persa. Si se venden y alquilan los cuerpos completos a ver qué puede oponerse, ni moral ni legalmente, a la decisión de cambiar un órgano que ni siquiera es indispensable y menos en el ambiente tenso de ese ‘statuts necesitatis’ que, si justifica un robo, bien puede justificar también una mutilación. ¡Vaya usted a exigir rigores al almotamid de esta lonja en que se venden sin control hasta los tuétanos propios y ajenos! Y más cuando también acabamos de saber que en China –a pesar de medidas como la reciente prohibición de comerciar con los órganos de los ajusticiados– está en marcha un mercado de trasplantes de órganos obtenidos en vivo, o que en los EEUU ya hay grupos influyentes de médicos que, frente al llamado “turismo de trasplante”, postula ya la regulación formal de la compraventa de órganos humanos, controlada por la propia Administración, como el medio idóneo para contrarrestar un tráfico ilegal que la OMS cifra nada menos que en el diez por ciento de los trasplantes practicados en el mundo. Si en aquella Babilonia un injerto regular viene a costar casi 200.000 dólares mientras que en Pakistán sale por quince mil, la verdad es que cuesta echar en saco roto el planteamiento de los facultativos.

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No existe en ese mundo, en cualquier caso, ningún escándalo moral comparable a este expolio de los pobres por parte de los ricos que es evidente que cuenta, al menos, con la vista gorda de la autoridad no sólo en las áreas míseras –como algunas hispanoamericanas que, en manos de las mafias, se han convertido en auténticos almacenes de órganos y vísceras– sino en países como Pakistán, en los que es público y sabido de sobra que un riñón se vende sin problemas a mil dólares la pieza, o como esa India a la que, no sin malévola retranca, algún organismo internacional ha tenido la desfachatez de llamar “el bazar del riñón”. En Perú o en Colombia hace años que funciona el rapto de menores destinados a lejanos quirófanos en los que serán despiezados según las necesidades del mercado, unas veces demandador de córneas, otras de hígados y hasta de corazones, y la cámara oculta de este periódico, sin ir más lejos, ha probado la lenidad con que la Justicia mexicana trata a esos criminales cuando se les descubre con las manos en la masa. Una inmensa casquería alumbra su escaparate desde Lahore a León pasando por medio mundo y hasta parece que el Poder no ve otra solución posible que regularizar la lonja para evitar abusos excesivos, controlar los precios y quien sabe si, con el tiempo, acabar cobrando de paso alguna alcabala sobre ese matute atroz. Siempre recuerdo que en el repetido tema pictórico del milagro de san Cosme y san Damián, la pierna negra injertada prodigiosamente al paciente blanco anunciaba ya, en plena Edad Media, este tráfico desigual y esta demiurgia clasista que hoy día va perdiendo incluso la incómoda mordiente del escrúpulo moral. “Yo hago con mis cosas lo que quiero”. A ver quién le quita su razón a esa leonesa desesperada.