La costrumbre mosaica

La organización Mundial de la Salud (OMS) va dando palos de ciego por el planeta en busca de una panacea que contenga la epidemia del SIDA. La última de sus ocurrencias gira alrededor de la idea de que tal vez la circuncisión de los varones pudiera ser un remedio nada despreciable frente a la enfermedad dado que, según parece, el prepucio posee un cierto tipo de células especialmente propicias al contagio de ese azote, mientras que la piel que recubre el glandes (y ustedes disculpen la inevitable manera de señalar) resulta ser menos sensible y más sangrante, dos circunstancias que favorecen su relativa inmunidad. La OMS lleva realizadas ya varias experiencias epidemiológicas, según veo en revistas especializadas, entre ellas alguna poco ética llevada a cabo en Kenia y Uganda que no ofrecía al grupo de control la posibilidad de circuncidarse, y ahora es la universidad de John Hopkins la que anda empeñada en averiguar el tema en grupos elegidos de ugandeses aunque teme no disponer de resultados fiables hasta dentro de un par de años, lo que supone conceder al mal un nuevo y preocupante plazo. Si de esta febril diligencia acabara desprendiéndose una conclusión favorable, la OMS anuncia que recomendará a  ciertos países “políticas de promoción de la  circuncisión masculina” que, eso sí, en modo alguno han de suponer el abandono de otras precauciones cuya eficacia está más que probada, como el uso del condón, el control de la poligamia o el retraso de la edad de iniciación al sexo entre las poblaciones de esos que el gran Bruno Bettelheim (y es el segundo día que lo cito) llamaba “países iletrados” en su impagable obra sobre “Las heridas simbólicas”. Estamos a diez minutos, pues, de renovar la “costumbre mosaica”, el precepto levítico (Lv, 12,3) que disponía la ablación del prepucio al octavo día del nacimiento del varón. Abraham tenía 99 años cuando se circuncidó y su hijo Ismael 13 (Gn., 17,24). Hubo de llegar el humanismo paulino –ese factor civilizatorio de tan largo alcance—para que el viejo rito sea substituido por la norma moral y ha tenido que llegar el SIDA para volver a él.
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Lo que sí se va comprobando con el tiempo es que muchos de esos ritos tradicionales escondían muy justificados propósitos sanitarios, pero la circuncisión –que desconocían por completo los pueblos indoeuropeos pero no los egipcios, por ejemplo, de los que, con casi total seguridad, la adoptó el pueblo hebreo hasta hacer de ella nada menos que el símbolo de su “Alianza” con Dios—ha llegado a ser esa “marca” de raza que tanto tiene que ver con la suerte de ese pueblo. En el Medievo hubo pensadores como Tomás de Cantimpre (el que sostuvo que los hebreos menstruaban) y algún otro zambombo que llegaron a certificar como “hecho científico” un catálogo de “enfermedades judías” vinculadas en ocasiones a la circuncisión. En la Postmodernidad estamos comporbando que era al revés, y ahí está para probarlo ese proyecto de la máxima organización sanitaria que esperemos que, de llegarse a poner en práctica, supere del tirón la rancia carga simbólica y sustituya los cuchillos de bronce o el aparato de Séfora por medios más acordes con los tiempos y la vida. Caen los mitos uno tras otro, se desacraliza a calzón quitado (y nunca mejor dicho en este caso) un mundo que no sabe bien a dónde va tal vez porque ignora demasiado de dónde viene. Claro que en la ‘banlieu’ parisina se siguen infibulando niñas y que hay familias inmigrantes que se bajan desde nuestra tierra al moro para someter a sus hijas a bárbaras ablaciones. Que tomen nota los fanáticos de la “multiculturalidad”, ese mito hodierno y vano, con el que pretenden solucionar lo que probablemente acabarán pudriendo sin remedio. Pocos se acuerdan ya de que el ‘piercing’ de las orejas que ha llegado hasta nosotros fue un estigma femenino en los guetos antiguos. Puede que la OMS consiga hacer de la “marca de Abraham” una benéfica señal de salud.

Médicos en el alero

No se explica la situación de muchos médicos del Servicio Andaluz de Salud (SAS), la que atraviesa ¡desde hace 20 años! el colectivo de pediatras contratados a los que la consejería considera tan poco que ni puntúa su antigüedad, lo que viene a ser como tratarlos en plan subcontratilla o así. Y como los pediatras, los psiquiatras, igualmente discriminados en términos laboralmente inaceptables pero sanitariamente disparatados. ¿Necesita el SAS más especialista o no los necesita? En el primer caso carece de sentido, incluso resulta atentatorio contra la buena marcha del servicio contratarlos de mala manera (es verdad que hay casos peores: en urgencias o en verano se ha llegado a contratar médicos por días y hasta por horas), una circunstancia que, de ser conocida por los pacientes, generaría la lógica inquietud. Y en el segundo, ya me dirán por qué se contratan colectivos importantes de facultativos. El SAS falla por la gestión no por el servicio. Eso es algo que los ciudadanos deben saber y que la consejería se encarga de que no sepan. 

Huelva no se los merece

¿Han notado ustedes la atmósfera de tensión creciente en nuestra provincia? Dieciséis patinazos judiciales del PSOE en su acoso al alcalde de la capital, dos querellas de éste contra los acosadores y una más en su contra por el asqueroso invento de las llamadas del móvil, Barrero imputando a Pedro Rodríguez bajezas que está demostrado que son un invento y su autodidacta Jiménez haciendo méritos en la escalada de insultos y zafiedades, un caso de ‘mobbing’ abierto en la Dipu al propio presidente y otro que está al caer tal vez en lo alto de la vice/candidata, despellejamientos mediáticos, teles cercadas por hambre y periódicos salvados de las aguas, unos pelanas autoinvestidos de sicarios del PSOE amenzando mafiosamente a un ciudadano –en plan ‘bellotari’ Ibarra—con partirles las piernas si no remiten sus críticas, alcaldes, concejales y “amigos políticos” empapelados por esto o por lo otro siempre por denuncia del rival, recalificaciones, manguis, asaltos a emisoras… Huelva no se merece esta miseria política. Nunca en toda la democracia hemos vivido una crisis semejante de indecencia pública. 

Cuentos y tebeos

A los niños de última generación les andan implantando gratamente en las meninges una amable discoteca basada a un tiempo en el embrujo suave de la música barroca y en el atractivo irresistible de imágenes realmente seductoras. Dicen que la mera contemplación/audición de esos ‘cedés’ (carísimos, por cierto) estimula el desarrollo neuronal, pone al rojo la trama de axones y sinapsis, y contribuye, en fin, a adelantar mejorando las capacidades del nene, que es algo que, obviamente, mal podía esperarse que hicieran los viejos estímulos. Un “Matacán” de Javier Caraballo se ocupaba ayer mismo aquí de la vuelta del ‘Capitán Trueno’, personaje que el todavía ministro de Justicia ha explicado a la nación que no era sino la imagen de un héroe libertador de los currelantes sometidos a “un régimen represivo o a alguna dictadura monstruosa”. Así como el chauvinismo galo lo tiene fácil con la leyenda narcisista de ‘Astérix’, la recuperación de la memoria lúdica española ha de habérselas, como es natural, con una galería de personajes que transparentan, por uno u otro costado, las estrecheces morales y físicas inevitables en un país de postguerra en el que el hambre se aliviaba en la caricatura de ‘Carpanta’ mientras que en los perfiles falangistoides de ‘Roberto Alcázar’ (reparen en el apellido) y ‘Pedrín’ sublimaban las ínfulas juveniles, o en el que los mandobles de “El Guerrero del Antifaz” funcionaban como el catalizador de las energías tradicionales de nuestro exacerbado maniqueísmo. El Gobierno puede pensar lo que quiera, pero a uno le parece que donde de verdad está la molla sociológica de aquel país convaleciente es en la cómica excentricidad de ‘Carioco’, en la inverosímil estridencia de ‘Doña Urraca’ y, en definitiva, en el chafarrinón grotesco –el “Callejón del Gato” de Valle, una vez más—que formaba aquella santa compaña de friquis en los que el país veía retratado al vecindario sin percatarse de que, en realidad, se estaba contemplando a sí mismo. Cuando con el tiempo descubrí que las hazañas de “El Cachorro” no eran del todo inventadas sino que sus piratas (el capitán Morgan o el Olonés) eran el trasunto relativamente fiel de la historia del filibusterismo comprobé, una vez más, que no hay que tomar al pie de la letra la distinción entre literatura (esto es, sociología) y realidad.
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No creo que hayamos ganado gran cosa con el paso desde aquella Arcadia sentimental por la que campaban princesas y paladines, al escenario neobarroco en el que las fornidas amazonas devoran sexualmente a sus rivales u orinan en público (sic). Y sí creo que perdimos no poco abandonando la filosofía adulta que en dosis homeopáticas suministró a sus críos la generación del 68, qué se yo, desde ‘Carlitos’ a ‘Mafalda’, esas epopeyas porteñas en las que alguna vez Umberto Eco entrevió la versión hodierna de la “comedia humana” de Balzac. Con el mensaje párvulo se está haciendo una demagogia que no creo que vaya a ninguna parte, simplemente porque lo que al niño le pueda interesar no ha variado en esencia desde el neolítico para acá, como en poco se diferencian las ‘barbies’ multifunción de hoy de las conmovedoras muñeconas que cada dos por tres aparecen en las sepulturas musterienses. La Junta de Andalucía acaba de pedir, por ejemplo, “que se reelaboren los cuentos para adaptarlos a los roles que desempeñan hoy las mujeres”, ya ven qué cosa, y ya ven qué contumacia a la hora de mantener la absurda idea de que el niño es un idiota al que se puede “socializar” (ay, Propp, Bettelheim y demás compañeros mártires) coloreándole al pastel el aflictivo croquis por el que se guían los mayores. En la Jemá’ el Fna de Marrakesh los cuentacuentos recitan sus relatos como quien vierte formol sobre su viejo mundo. Por aquí los cuentistas se dedican a otra cosa y hay que reconocer que les va de perlas.

Para eso están

Es probable que la peor consecuencia del comentario, bien desafortunado, que hizo en torno al problema migratorio el sensato Defensor del Pueblo, haya sido envalentonar a ciertos profesionales del “agiprop”, como ese presidente del Consejo Audiovisual de Andalucía (CAA), brazo armado de la consejería de Presidencia contra la independencia de los medios, que ha explicado el tremendo fenómeno no como un problema gravísimo en sí mismo y por sus circunstancias, incluyendo las políticas, sino “por la espectacularización y canalización que se dan en las informaciones sobre inmigración, debido a la compulsión mediática (no se pierdan el malicioso solecismo) que imprime un ritmo acelerado al trabajo del periodista”. ¿Y qué sabrá del trabajo del periodista este mercenario compulsivo que vive del Poder dedicado a servirlo gustosamente a la  carta?  Para eso están los bienpagados: para dorar la píldora, para ‘mediatizar’ la realidad, para sofistiquear como monosabios en torno a los que pagan. Menos lógica tiene, desde luego, que otros se dejen embaucar.

Ni una

Mala suerte la de los estrategas picapleitos del PSOE en su campaña de ‘irás y no volverás’ contra el Alcalde: también la denuncia del incierto mamoneo en torno a las fuentes ha sido archivada del tirón  por una Fiscalía que entiende que los hechos denunciados no dan para un mal repaso. ¡Y van dieciséis, si la cuenta no me falla! ¿Alguien puede entender en Huelva que una oposición se dedique a perseguir al alcalde en el Juzgado durante varias legislaturas, a pesar –que ya es pesar—de haber perdido todas y cada una de esas iniciativas penales emprendidas con el objetivo único de ganar en el estrado lo que se perdió en las urnas? El lío de la Isla Chica, el del Parque Moret, el del alumbrado de las Colombinas, el del aparcamiento de la Casa Colón, el del Palacio de Deportes, el de la selección del PDL, el Mercado de Abastos, el convenio de terrenos en la universidad, el desalojo de dependencias municipales… Demasiadas cuerdas para un violín. Pocas veces procede llevar la política ante los jueces. Llevarla por sistema es un auténtico fraude aparte de que, como en este caso, puede constituir al mayor de los ridículos.