Pobreza y miseria

Conviene comparar el obligado sofisma que empleo el presidente Chaves en el Parlamento –no hay tantos pobres, venía a decir, sino personas que viven en el “umbral” de la pobreza—con la crítica severa lanzado por el Arzobispo de Sevilla, cardenal Amigo, reivindicando una adecuada y justa conceptuación del pobre y del “sin techo”, un criterio alejado de los tópicos en que se apoya para justificarse la inepcia política. Los datos son concluyentes y tremendos, diga lo que guste Chaves, y las condiciones de los marginados son cada vez más desdichadas, lo que no deja de constituir una curiosa paradoja tras un cuarto de siglo de un “régimen” de izquierda que se reclama “socialista obrero”. Que la propia Iglesia denunciante podría hacer mucho para paliar esa tragedia es tan cierto como que la Junta no debe esperar ayudas a la hora de remediar ese fracaso social básico sino actuar con sus propios medios. Un cuarto de siglo es mucho tiempo para seguir con las prórrogas o con los sofismas. Y una sola noche al raso, con el estómago vacío, más todavía. 

Dudosa nueva era

Dudosa nueva era la que promete el urbanismo auspiciado desde el propio poder, en este caso el del PSOE onubense, propiciando crecimientos urbanísticos que impliquen auténticos saltos poblacionales en el vació. Fíjense, en El Almendro, con 600 habitantes, se proponen construir 3.200 viviendas; en Ayamonte, una población de 18.000 almas, el proyecto (inevitables golfs y puertos aparte, claro) pretende hacer 6.300. En Punta Umbría, ya saben que el propio Chaves hubo de paralizar el “megaproyecto Barrero” y en Gibraleón, qué duda cabe que siguiendo cálculos electorales, el Ayuntamiento tránsfuga propone una ordenación nueva que eleve los habitantes de los 16.000 actuales a 35.000, puñalaíta derecha al costado de la capital que sería la sufridora de esa sangría. ¿Es “sostenible” un modelo majareta de crecimiento o se trata solamente de que a grandes proyectos, grandes beneficios? En cualquier caso, está claro que no tiene sentido desbaratar de un zarpazo y sin mejores razones las proporciones de un tejido social elaborado por los siglos. 

Grifos y quimeras

La polémica levantada por la sugerencia de la ministra de Medio Ambiente (ella dice que sacada de contexto, pero bueno) sobre la solución que supondría reducir el consumo de agua a sesenta litros por habitante y día no ha hecho más que airear un tema tabú al que nadie quiere enfrentarse en esta parte desarrollada del planeta. La situación real del problema, desde luego, justifica de sobra la preocupación de la ministra española, con independencia de que tal vez su comentario no fuera afortunado o careciera del imprescindible peso argumental. Que hay sed en el mundo, que hay muchedumbres privadas del agua en vastas zonas del planisferio conocido, no es ninguna novedad. Hace años hizo furor la noticia –las imágenes, porque fue una tv la que lanzó el tema—de las madres etíopes obligadas a recorrer leguas diariamente para acarrear hasta sus míseros ‘hogares’ (valga la expresión) la cantidad mínima exigida por la subsistencia, y no menos ruido vienen provocando, sobre todo en la sensible Europa, los avisos de las organizaciones sanitarias de mayor crédito sobre el impacto mortífero que la escasez de agua supone para muchos pueblos afligidos por tasas de mortalidad infantil idénticas a las de hace siglos. Famosa fue la campaña de una ONG, creo que “Médicos sin Fronteras”, cuando organizó una intensa campaña basada en la idea de que un simple lavado de manos reduciría exponencialmente las enfermedades infantiles más mortíferas. Pero si ya sabíamos que más de mil millones (uno de cada cinco) habitantes de la Tierra carece de agua limpia en su vida diaria y que millones de niños fallecen anualmente por esa carencia atroz, el Informe sobre Derechos Humanos 2006 de la ONU viene ahora a reforzar el viejo argumento de que esa situación critica –de la que en absoluto se libran los países desarrollados– no se debe tanto a la escasez del elemento como a la exclusión provocada al alimón por la pobreza y la pésima gestión política de ese recurso. Más apocalíptico si cabe, algún experto sostiene que no hay que descartar que una discriminación vital semejante pueda traducirse en conflictos violentos a corto y medio plazo, un hecho que, después de todo, no constituye ninguna novedad en la historia humana, tantas veces polarizada en la lucha por la exclusividad del pozo o por el control del río. Lo único nuevo en esta vieja guerra es el hecho de que la escasez afecte también al paraíso y no sólo a los trascorrales del universo capitalista. La imagen (divulgada hace años) de la madre sedienta con el cadáver del niño en brazos no es ni de lejos tan inquietante como la del grifo seco en París o en Nueva York.
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Es probable que la solución no estribe tanto, pues, en contingentar rigurosamente el agua, o en aumentar su precio, como se viene haciendo ya muchos países europeos (el precio español es ridículamente bajo en relación con los vecinos), sino en atacar a fondo una situación social que parece haberse conformado con indiferencia con el carácter estructural de su marginalidad. Hay diferencias, hay despilfarros, hay pérdidas lamentables en la gestión del agua, por supuesto, aunque lo que hay, sobre todo, es una tremenda conformidad con la injusticia como lo revela que si en USA o Japón un ciudadano dispone para su consumo de 350 litros de agua al día y en Europa alcance los 200 litros, la media en el África subsahariana se discute si queda más cerca de los 10 o de los 20 litros por persona, es decir, un abastecimiento insuficiente que pone en peligro la propia vida. Y lo malo es que se habla mucho y se hace poco. Siempre que sale este tema recuerdo la elocuente broma de Henri Michaux, ese genio que pateó tanto mundo olvidado, y que venía a decir que si un contemplativo se echa al agua, no tratará de nadar sino de comprenderla, con un previsible resultado: que se ahogará. He cerrado mi dossier sobre al agua, pleno de protestas y admoniciones, sin poderme quitar de la cabeza la imagen de ese ahogado.

Los que tienen que enseñar

Hoy habrá huelga de profesores en Andalucía, y la semana próxima, y sabe Dios cuántas más, salvo que Dios lo remedie, porque lo que es esta autoridad no lleva trazas de solucionar el gravísimo problema de la indefensión del docente. Que la Junta haya tapado esa tremenda realidad es absurdo; que no se haya personado nunca en un procedimiento judicial por agresiones a uno de sus enseñantes, resulta lastimoso; que el TSJA opine, ¡al fin!, que pegarle a un profesor no es sólo una falta sino un delito de atentado bien pudiera ser el principio de una solución. Es urgente desterrar la idea de que el enseñante forma parte de un maltratado servicio doméstico incluso en los hogares que carecen de él. Y urgente exigirle a la Junta que proteja a esos funcionarios propios, colegas, por cierto, de la propia consejera o del mismísimo presidente. ¿Consideraría la Junta mera “falta” una agresión a Chaves o a doña Cándida? Por si acaso, mejor será no dejar en sus manos el remedio sino rematar aquella reacción judicial. 

Pujol en Valverde

La asamblea valverdeña de IU  parecía la última vez más el camarote de los hermanos Marx que una auténtica reunión de sus ‘bases’, reforzadas éstas con presencias agradecidas que iban desde ciertas asociaciones civiles hasta la parentela de los voceros a sueldo del alcalde en apuros. Y por supuesto, la reacción ante el apuro consistió, una vez más, en el ataque a la prensa (no a la propia y bienpagada, se entiende, sino a la crítica), con especial mención de este diario en el que Cejudo y su antiguo enemigo y ahora socio en el “pacto de progreso”, ven el mayor peligro para sus blindajes. Quien compromete a Cejudo, en todo caso, es su propio partido cuando dice en Madrid, referido al PP, que no se concibe un cargo político imputado, pero él prefiere el viejo argumento pujolista que, traducido, vendría a decir que “quien me ataca a mí, ataca a Valverde”. De cara a la municipales, al PSOE se le tuerce la propaganda con casos como el del “coche fantasma” de Pérez Saldaña o la grave acusación de la fiscalía contra Cejudo. Los periódicos no tienen en ese negocio otro papel que el del espejo que les corresponde en toda democracia.

Nihil novum

Mi comentario sobre el desnudo macho me ha procurado el reproche blogosférico de cierto profesor que ve en mis bromas y veras algo así como una patente de antigüedad y anacronismo. Me llega a reprochar, ya puesto, que limite mi tema a los bomberos y policías nudistas sin acordarme de que mucho más emblemáticos de la modernidad serían los varones ‘metrosexuales’, esos pisaverdes ‘rafinés’ terciados de románticos y dieciochescos, que echan la mañana a perros entre el gimnasio y el salón de belleza para mantener el músculo vigoroso por dentro y glabro por fuera, un reproche muy poco justo pues, aparte de que me parece que se trata de fenómenos distintos, no es difícil saber que la metrosexualidad no es un invento de Mark Simpson popularizado por Beckham, como parece creer la muchedumbre, sino una moda de lo más antiguo. ¿O habrá que recordar que los romanos imperiales se pasaban el día dedicados a sus “cura corporis”, esos desvelos estéticos que empezaban por el meticuloso peinado, seguían por el rizado de la barba y daban con el “metrotribuno” o lo que fuera en la torturadora camilla del “dropacista”, soportando que le arrancaran el vello con aquellos ungüentos depilatorios de resina y pez de los que tanto satírico se burló con razón? Plinio describió con detalle estas modas y las circunstancias de su industria pero quizá a uno le llama más la atención la guasa que César hubo de soportar indiferente, según cuenta Suetonio, por parte de sus contemporáneos porque, aparte de su obsesión por ocultar la calvicie y extremar el rasurado de la barba, se hiciera depilar con pinzas o incluso arrancar de raíz el vello con ungüentos de hiel de cabra o sangre de murciélago, como recuerda el viejo Plinio, y que Aulo Gelio consideraba más bien piompas. Nada (o casi nada) hay nuevo bajo el sol, como nos enseñó el Eclesiastés. Zerolo es tan antiguo como Alcibíades, ni más ni menos, sólo que veinticinco siglos más tarde.
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La curiosa evolución del igualitarismo, desbocada en nuestro momento histórico, pivota sobre un doble intercambio de roles que complican y confunden el resultado de sus razonables efectos. Uno es la tendencia de las hembras a buscar su liberación calcando las actitudes de los machos, y otra la réplica de los varones haciendo suyas las genuinas de las mujeres, en una suerte de doble suplantación que está sirviendo –progresos aparte, que los hay—para desencantar el ideal de una sociedad equilibrada de verdad y realmente igualitaria, en la medida en que de ella va resultando un orden oscuramente epiceno en el que la confusión trata desesperadamente de ocupar el hueco que debería llenar una también nueva razón social. Nunca me pareció que fuera una respuesta razonable por parte de las sufridas mujeres renunciar a una estética inmemorial que es tan suya como demuestra su propia supervivencia, ni me lo parece ahora que los hombres ganen ni aporten nada al nuevo modelo mimetizando la actitud femenina, doble error que no erradica la discriminación ni reduce la injusticia sino que, simplemente, provoca confuso barullo donde no lo había. Ese Simpson creía, la criatura –un poco como mi interpelante– que el metrosexual era un producto actualísimo, un joven urbanita, rico y liberado, fundador de una especie de moderna “vanidad masculina” (la expresión es suya), porque no sabía, seguro, lo que les recuerdo que ocurría ya en la vieja Roma, ni se le habría ocurrido pensar en aquellos patricios soportando que el “tonsor” les rapara cruelmente las barbas, castigara sus rizos, les disimulara las canas como ironizaba Marcial, o extendiera sobre sus mejillas la “pasta del rubor” antes de pintarles unos lunares garbosos, en plan “mignon” ilustrado. Beckham es hoy lo más parecido a César, ya ven la novedad. Quizá no estuviera de más que Capello le echara un ojo a la historia de sus antepasados.