Cuesta abajo y sin frenos

Una concejal tránsfuga de Gibraleón se nos aparece revestida de apoderada de una de las empresas ligadas al macroproyecto de El Granado que el mismísimo secretario provincial del PSOE onubense ha creído oportuno paralizar en vista de tantas irregularidades. ¿Y cómo no conocía esa circunstancia el paralizador, tratándose de una colaboradora tan obediente y próxima? El alcalde de Nerva, por su lado, se ha contratado como quien no quiere la cosa con el grupo empresarial al que venderá terrenos, por lo visto, a precio de saldo. Que no, que esto no tiene fin, y no lo tiene porque a ver quién es el espíritu puro que tira la primera piedra, porque el cúmulo de enredos urbanísticos demuestra que aquí el personal va por libre y los partidos también, cada cual desde su parcela de poder. ¿Cómo pedirle probidad y decencia a una ciudadanía abrumada por este mal ejemplo de la clase política? Casos tan desconcertantes como los referidos demuestran que la culpa no está sólo en la base sino en las alturas.

Sexo a la carta

En esta huida hacia delante que ha convertido la legislatura actual en un tobogán, el Congreso acaba de aprobar una ley de Identidad de Género que permitirá a las personas elegir su sexo con independencia del que la Madre Naturaleza, en su inescrutable sabiduría, les hubiera asignado. No harán falta en adelante –insiste la ‘agriprop’—ni siquiera la mediación de un cirujano que le enmiende la plana con unos retoques imprescindibles, imagínense, a esa masdrastona, y menos aún –¡para pleitos andan los jueces!—la bendición de una sentencia, sino que bastará para irse derecho al Registro y pedir que te pongan una uve donde constaba una hache o viceversa, que el pretendiente no esté a gusto con su cuerpo, o por decirlo en la jerga falsaria de los padres conscriptos, padezca “disforia de género” diagnosticada formalmente aunque, eso sí, el médico (colegiado, faltaría más) habrá de hacer constar, para evitar tropezones, la “disonancia entre el sexo morfológico inicialmente inscrito y la identidad de género sentida por el solicitante”. Sexo a la carta, se llama eso, aunque me da el pálpito de que, al margen de los beneficios psicológicos que, sin duda, habrán de proporcionar a los pseudomutantes, una ley como ésta contribuirá decisivamente a desactivar nuestra ya maltratada seguridad jurídica. La izquierda española ha saltado de un brinco desde el no poco feroz convencionalismo sexista (la persecución de los homosexuales no fue menor en ella que en la acera de enfrente) a esta especie de “self service” en el que toda calamidad semántica es posible empezando por la que implica falsificar la relación conceptual para llamarle “matrimonio” a lo que nunca lo fue o para que dos mujeres puedan ser madres al unísono de una misma criatura.
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No hace falta que me expliquen que estas truculencias no son gratuitas sino que tienen por misión ocultar el vacío programático de una política forzosamente improvisada y recuperar por el lado más fácil la mordiente radical. Eso lo sé de sobra, como lo saben los propios legisladores. Pero tampoco se me ocultan los riesgos que implica un orden legal en cuyo marco el sexo, por no salir del ejemplo, resulte reversible a voluntad y sin siquiera requisitos razonables. No sé si la nueva norma permitirá ese milagro burocrático una sola vez o cuantas el disfórico quiera, porque ya me dirán que podría objetarse a un transexual que ya cambió una vez de “género” –como dicen ellos a pesar de la Academia— si, arrastrado por la disforia, pretende posteriormente cambiar de nuevo dos o diez veces más. No sé, de verdad, pero me desasosiega ver que la izquierda resigna en la derecha la tarea de preservar el sentido común, como si poner en almoneda el acervo cultural de la especie fuera a rellenar el hueco de su clamorosa renuncia a subvertir el orden económico, o como si fuera imaginable un orden social sostenible en el que el ciudadano tenga en su mano forzar su condición retorciendo su identidad. Un progresismo dimitido, que disputa a dentelladas a los conservadores la causa liberal, que nos entrega con armas y bagajes al mercado y parece definitivamente incapaz de excusar la corrupción, trata de legitimarse compensando sus flaquezas con gestos y palabras extremados que nos han colocado ya, sospechosamente, muy por delante de las vanguardias más audaces de la cauta Europa. Leo que, al menos de momento, han quedado fuera de esta ley los extranjeros y los menores, pero todo se andará si la izquierda no recupera su genuino sentido e insiste en la pantomima de confundir el designio revolucionario con un libertarismo que hubiera horrorizado a la acracia clásica y cuyos promotores habrían acabado en el paredón si los pilla el soviet. Uno siente también cierta disforia múltiple, no quiero engañarles, ante esta sociedad majareta en la que todo mamarracho y cualquier insensatez van teniendo ya cabida.

Las cosas de comer

Nadie ha podido explicar hasta ahora por qué es menester ampliar el número de diputados de esa cámara no poco inútil que es el Parlamento de Andalucía, pero ninguna persona informada habrá dudado tampoco, a buen seguro, de que lo que pretende IU con esa ampliación es facilitar al acceso de sus candidatos, alguno de los cuales, como el mismísimo coordinador regional, Diego Valderas, llega dos elecciones quedándose en la cuneta y sin obtener escaño. Pagarle a IU los favores políticos a base de estirar el hemiciclo para que entren más será un disparate si antes no se explica qué razón justifica esa ampliación del teatro y del gasto. ¿O es que con más diputados las cosas hubieran sido distintas en la actual legislatura o en las pasadas? Que esos “profesionales” pretendan blindarse su salario es comprensible. No lo es que se juegue con algo tan serio como debe ser la representación parlamentaria de un pueblo. 

Parralo perdió el AVE

No estuvo en Madrid para asistir a la presentación de nuestro Festival Iberoamericano de Cine la vicepresidenta de la Diputación y candidata a la alcaldía, Manuela Parralo. Dice que perdió el AVE –toquen madera…– enfatizando la excusa, pero lo que esta ausencia deja claro como el agua es que la larga pelea que, después de más de treinta años, por poco nos deja sin Festival, no era sino otro forcejeo de partidos, un tirón más de la alforja del Superalcalde, y que una vez liquidada esa cuestión, ya el jodido Festival interesa poco, al menos hasta que lleguen las cámaras y haya ocasión de posar para la galería. Cualquiera puede perder el AVE –¡que nos lo cuenten a los onubenses!—pero no resulta fácil admitir que lo pierda un responsable político cuando la ocasión es relevante. ¡Enseguida pierde el AVE Parralo si se llega a tratar de recibir a ZP en Santa Justa! Pues eso, que van a lo que van. A lo que no van, ni siquiera acuden. 

Black out

Una operación rutinaria efectuada en el marco de la red europea de electricidad –cortar la corriente de una línea de alta tensión para evitar riesgos a un buque turístico que viajaba por el río Ems—ha dejado a oscuras media Europa. Francia y Alemania, Austria, Bélgica, Italia, Croacia y, por supuesto, España, se vieron privadas de energía en el incidente más grave registrado desde 1970, no se sabe bien si como consecuencia de un fracaso del sistema o a causa de la súbita demanda de electricidad provocada por la caída del termómetro en Alemania, donde se registraron temperaturas por debajo de los 0 grados. Enseguida se han disparado las leyendas según las cuales podrían haberse perdido fortunas en materiales sensibles averiados por la descongelación y un ejército de viajeros de ascensor se habría visto atrapado, a pesar de la hora, como en un “remake” del célebre apagón de Nueva York que cuentan que arruinó a mucha gente mientras otra daba rienda suelta a sabe Dios qué escondidas fantasías ligando en los ascensores o procreando en sus lechos legítimos. Nunca se sabe toda la verdad tras estas movidas que, a mi modo de ver, lo que prueban es que estamos viviendo en un mundo progresivamente frágil o, lo que vendría a ser más o menos lo mismo, que viajamos a hombros de un goyesco gigante con los pies de barro. La globalización será muy buena para que nuestros tenderos hagan su agosto comprando ropa falsificada en el hormiguero chino o para que nuestros magnates ganen de calle la batalla a los síndicos con la amenaza de la deslocalización, pero poco a poco vamos teniendo evidencia de que encierra también sus problemas entre los que no es el menor un hecho sobre el que ha puesto el punto Romano Prodi: que no se puede colectivizar en serio una comunidad tan compleja sin una autoridad común. Si no voy a repetir lo del “efecto mariposa” será porque lo ha recitado ya hasta el sacristán, y no porque no me lo pida el cuerpo. La verdad, en todo caso, es que un tío corta un cable en Baviera y deja a oscuras Barbate. Díganme si no es para cuestionarse las ventajas del globo.
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Me ha interesado particularmente en el debate la idea de cierto ecologista que ve en el apagón la prueba irrefutable de que la energía es una cosa demasiado delicada como para entregarlas en manos privadas. O esa otra, planteada en Francia, que sugiere que el capitalismo del sector está creando, en efecto, gigantes con pies de barro a fuerza de elevar su estatura. Y uno no sabe, por descontado, si esta razón económica es correcta o no lo es, aunque el protagonismo de E.ON en esta batalla no deje de proporcionarnos argumento para esa novela. Lo que sí va teniendo claro es que tal vez el sueño de la expansión global acabe en pesadilla y que lo mismo que un día –una noche, para ser exactos—ensombrece a un continente, cualquiera sabe en qué circunstancias puede acabar haciendo saltar por los aires la feria entera. O bien, que al final no haya más remedio que erigir autoridades colosales, tal vez planetarias, para controlar adecuadamente el cotarro, lo que, sin duda, podrá beneficiar funcionalmente a un mundo que, sin darse cuenta apenas, anda poniéndose en manos de un cíclope a cuyo único ojo los peatones de la historia hemos de aparecer como borregos, que es lo suyo, y al que quién sabe si llegará el momento en que haya que pensar en cegar, en plan Ulises, con el astil incandescente. No tengo yo la sensación, desde luego, de que vaya a resultar fácil desmontar este mecano prodigioso. Sí la tengo, y cada día más vehemente, de que los grandes progresos que entraña globalizar la vida van a parar, mayormente, a unos cuantos bolsillos mientras dejan a la inmensa mayoría a dos velas y expuestos al apagón. Ahora podemos comprender todos que lo de la opa a Endesa no era tan sencillo. A veces no hay nada como la oscuridad para ver las cosas claras.

Divinas palabras

Los domesticados sindicatos le han dicho un año más a la Junta que muy bien por el Presupuesto mientras el consejero les estrechaba la mano sin descruzar los brazos, que ya es estrechar. Es muy convincente el pastón recibido, qué duda cabe, pero como hay que guardar las formas, los síndicos han esgrimidos dos palabras como dos lanzas de papel para que no se diga y cuele lo de la aquiescencia crítica: todo está muy bien pero hace falta mayores cuotas de “eficacia y eficiencia”. ¡Toma tesoro de la lengua española! Por lo demás, ya saben: caritas de buenos, sonrisas corteses, comentos y canapés. La política de “concertación social” ha logrado reeditar las paces sociales basadas en el verticalismo que a todos integra. No está don José Solís, la sonrisa del régimen, pero la verdad es que ni puñetera falta que hace.