Cuentos y tebeos

A los niños de última generación les andan implantando gratamente en las meninges una amable discoteca basada a un tiempo en el embrujo suave de la música barroca y en el atractivo irresistible de imágenes realmente seductoras. Dicen que la mera contemplación/audición de esos ‘cedés’ (carísimos, por cierto) estimula el desarrollo neuronal, pone al rojo la trama de axones y sinapsis, y contribuye, en fin, a adelantar mejorando las capacidades del nene, que es algo que, obviamente, mal podía esperarse que hicieran los viejos estímulos. Un “Matacán” de Javier Caraballo se ocupaba ayer mismo aquí de la vuelta del ‘Capitán Trueno’, personaje que el todavía ministro de Justicia ha explicado a la nación que no era sino la imagen de un héroe libertador de los currelantes sometidos a “un régimen represivo o a alguna dictadura monstruosa”. Así como el chauvinismo galo lo tiene fácil con la leyenda narcisista de ‘Astérix’, la recuperación de la memoria lúdica española ha de habérselas, como es natural, con una galería de personajes que transparentan, por uno u otro costado, las estrecheces morales y físicas inevitables en un país de postguerra en el que el hambre se aliviaba en la caricatura de ‘Carpanta’ mientras que en los perfiles falangistoides de ‘Roberto Alcázar’ (reparen en el apellido) y ‘Pedrín’ sublimaban las ínfulas juveniles, o en el que los mandobles de “El Guerrero del Antifaz” funcionaban como el catalizador de las energías tradicionales de nuestro exacerbado maniqueísmo. El Gobierno puede pensar lo que quiera, pero a uno le parece que donde de verdad está la molla sociológica de aquel país convaleciente es en la cómica excentricidad de ‘Carioco’, en la inverosímil estridencia de ‘Doña Urraca’ y, en definitiva, en el chafarrinón grotesco –el “Callejón del Gato” de Valle, una vez más—que formaba aquella santa compaña de friquis en los que el país veía retratado al vecindario sin percatarse de que, en realidad, se estaba contemplando a sí mismo. Cuando con el tiempo descubrí que las hazañas de “El Cachorro” no eran del todo inventadas sino que sus piratas (el capitán Morgan o el Olonés) eran el trasunto relativamente fiel de la historia del filibusterismo comprobé, una vez más, que no hay que tomar al pie de la letra la distinción entre literatura (esto es, sociología) y realidad.
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No creo que hayamos ganado gran cosa con el paso desde aquella Arcadia sentimental por la que campaban princesas y paladines, al escenario neobarroco en el que las fornidas amazonas devoran sexualmente a sus rivales u orinan en público (sic). Y sí creo que perdimos no poco abandonando la filosofía adulta que en dosis homeopáticas suministró a sus críos la generación del 68, qué se yo, desde ‘Carlitos’ a ‘Mafalda’, esas epopeyas porteñas en las que alguna vez Umberto Eco entrevió la versión hodierna de la “comedia humana” de Balzac. Con el mensaje párvulo se está haciendo una demagogia que no creo que vaya a ninguna parte, simplemente porque lo que al niño le pueda interesar no ha variado en esencia desde el neolítico para acá, como en poco se diferencian las ‘barbies’ multifunción de hoy de las conmovedoras muñeconas que cada dos por tres aparecen en las sepulturas musterienses. La Junta de Andalucía acaba de pedir, por ejemplo, “que se reelaboren los cuentos para adaptarlos a los roles que desempeñan hoy las mujeres”, ya ven qué cosa, y ya ven qué contumacia a la hora de mantener la absurda idea de que el niño es un idiota al que se puede “socializar” (ay, Propp, Bettelheim y demás compañeros mártires) coloreándole al pastel el aflictivo croquis por el que se guían los mayores. En la Jemá’ el Fna de Marrakesh los cuentacuentos recitan sus relatos como quien vierte formol sobre su viejo mundo. Por aquí los cuentistas se dedican a otra cosa y hay que reconocer que les va de perlas.

Para eso están

Es probable que la peor consecuencia del comentario, bien desafortunado, que hizo en torno al problema migratorio el sensato Defensor del Pueblo, haya sido envalentonar a ciertos profesionales del “agiprop”, como ese presidente del Consejo Audiovisual de Andalucía (CAA), brazo armado de la consejería de Presidencia contra la independencia de los medios, que ha explicado el tremendo fenómeno no como un problema gravísimo en sí mismo y por sus circunstancias, incluyendo las políticas, sino “por la espectacularización y canalización que se dan en las informaciones sobre inmigración, debido a la compulsión mediática (no se pierdan el malicioso solecismo) que imprime un ritmo acelerado al trabajo del periodista”. ¿Y qué sabrá del trabajo del periodista este mercenario compulsivo que vive del Poder dedicado a servirlo gustosamente a la  carta?  Para eso están los bienpagados: para dorar la píldora, para ‘mediatizar’ la realidad, para sofistiquear como monosabios en torno a los que pagan. Menos lógica tiene, desde luego, que otros se dejen embaucar.

Ni una

Mala suerte la de los estrategas picapleitos del PSOE en su campaña de ‘irás y no volverás’ contra el Alcalde: también la denuncia del incierto mamoneo en torno a las fuentes ha sido archivada del tirón  por una Fiscalía que entiende que los hechos denunciados no dan para un mal repaso. ¡Y van dieciséis, si la cuenta no me falla! ¿Alguien puede entender en Huelva que una oposición se dedique a perseguir al alcalde en el Juzgado durante varias legislaturas, a pesar –que ya es pesar—de haber perdido todas y cada una de esas iniciativas penales emprendidas con el objetivo único de ganar en el estrado lo que se perdió en las urnas? El lío de la Isla Chica, el del Parque Moret, el del alumbrado de las Colombinas, el del aparcamiento de la Casa Colón, el del Palacio de Deportes, el de la selección del PDL, el Mercado de Abastos, el convenio de terrenos en la universidad, el desalojo de dependencias municipales… Demasiadas cuerdas para un violín. Pocas veces procede llevar la política ante los jueces. Llevarla por sistema es un auténtico fraude aparte de que, como en este caso, puede constituir al mayor de los ridículos.

‘Cave canem’

Los romanos avisaban al merodeador de sus villas con un aviso leal: ‘Cave canem’, ojito con el perro. La sociedad avanzada nos avisa hoy, no de la guarda canina, sino de la vigilancia electrónica y personal que comenzó siendo un capricho paranoico tal vez, pero que se ha convertido en un fabuloso negocio y en una vergüenza pública. Los frecuentes episodios de atracos en serie, asaltos de viviendas, brutales maltratos y secuestros, han disparado, en todo caso, un miedo que tan sólo los insensatos podrían calificar a estas alturas de injustificado. Uno de esos incidentes terminó no hace mucho, como recordarán, con la muerte de un asaltante a manos del asaltado y desde entonces se ha disparado en la opinión española un debate sobre los límites de la legítima defensa que el caso de la familia de joyeros Tous ha avivado sensiblemente al conocerse la noticia de que otro asaltante habría muerto abatido, en esta ocasión, por los disparos de un familiar que ejercía al mismo tiempo de agente de seguridad. La polémica se centra esta vez en las circunstancias de la reacción defensiva, al desconocerse por el momento cómo se produjeron realmente los hechos y si el asaltante muerto portaba armas o fue abatido desarmado, pero en cualquier caso, reproduce e intensifica la discusión remachando la tesis, no poco gratuita, de que la legítima defensa es imposible en la práctica, una tesis que, en mi opinión, no es inocente sino que trata de arruinar un viejo principio jurídico jamás discutido, tal vez con la intención de exacerbar la inquietud y desacreditar ese derecho universal en un país en el que, curiosamente, es posible que haya hoy –y no sólo como repuesta al terrorismo sino como consecuencia de una innegable situación de inseguridad–más ciudadanos que nunca pertrechados de un arma legal para su defensa propia. No hay que ser jurista para saber que para que esa defensa sea legítima lo único preciso es que el peligro del que se defiende el agredido sea real y que el medio empleado sea proporcionado a la circunstancia. Y hay que insistir en que nadie va a ver defraudado su derecho a la autodefensa si cumple esas dos condiciones. Los que agitan la especie contraria andan buscando, sin duda, su renta política.
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Un viejo equívoco ideológico que gravita sobre esta cuestión viene a sugerir que la actitud conservadora predicaría el rigor defensivo frente a una actitud progresista que lo relativizaría, y es curioso que esa palabra, “defensa”, figure en el vocabulario (y por tanto, en el imaginario) de la derecha al menos desde el siglo XIX. Sin embargo, la voz de un izquierdista tan cualificado como Louis Blanc (un madrileño desconocido, por cierto, miren por donde) proclamó por su cuenta que cuando la sociedad sanciona al ciudadano que actúa en legítima defensa, en realidad no lo juzga sino que lo asesina. Y es que la seguridad, prerrequisito de la sociedad ‘civil-izada’, no es de izquierdas ni de derechas, sino que pertenece al repertorio básico del Estado de Derecho, lo que quiere decir que cuando incidentalmente no está asegurada por éste y la amenaza se cierne sobre el ciudadano, una lógica elemental contempla el derecho legítimo de éste a recurrir por su cuenta a la violencia, lógicamente dentro de ese marco racional que establece la proporcionalidad del medio empleado. Al margen del anecdotario (triste anecdotario, qué duda cabe) es obvio que esas tesis desmoralizadoras son posibles sólo porque la inseguridad es hoy una realidad que una incomprensible estrategia presupuestaria del PP y del PSOE, de los dos, ha agravado con mal remedio al reducir las plantillas policiales justo cuando arreciaba el peligro delincuente. Pero difundir la idea de que la legítima defensa es impracticable constituye, además de un disparate, un atentado más a la tranquilidad pública, hoy (como ayer y como antier) en almoneda. “Vin vi repellere licet”, decía Ulpiano. No seré yo quien le contradiga.

Leyes y trampas

Sanidad enviará al BOJA su decisión de que a partir de junio del 2007 los plazos de espera quirúrgica en las famosas ‘listas’ del SAS se acorten sensiblemente. Nada dice de los trucos que se vienen empleando para prolongar la espera y entre los que están dar por perdidos los estudios previos a las intervenciones y similares que en algunas provincias les ha quitado de encima el mochuelo de la protesta pública hasta que se descubrió el pastel. El SAS hay que repetirlo, es un más que aceptable sistema público de salud que arruina su prestigio y el derecho de los usuarios, que es lo más importante, por fallos de resta naturaleza, casi siempre originados por la estrategia ahorradora a ultranza que mantienen sus gestores. Esas listas de espera, por ejemplo, tras un cuarto de siglo de funcionamiento, deberían haber pasado ya a la historia pero están ahí, desesperando a los pacientes y desacreditando al propio SAS, que debería perseguir en vez de amparar a los truquistas, como ha hecho hasta ahora.

Cosas de mujeres

No es sólo el ‘delegata’ de Salud, el inefable XXXXX, quien se desentiende de los derechos de una médica como si con él no fuera la cacareada obligación de igualdad entre los sexos. En el propio Instituto de la Mujer va a despedirse estos días en bloque  al medio centenar de empleadas que, desde hace años y con notable éxito, venía asistiendo a las mujeres, orientándolas laboralmente, y nadie ha dicho ni pío, como ni pío ha dicho nadie ante la tensa situación (casi un pleito ya) que vive en Diputación alguna mujer que se considera ‘acosada’ precisamente en el área que encabeza otra mujer, la candidata a la alcaldía, o como ninguna voz se alzó –aparte de la honrosísima de la propia consejera—para condenar la acción del “compañero” de partido condenado por la Justicia como agresor de una mujer. Una cosa es predicar y otra dar trigo, ya se sabe, como una cosa es defender a la mujer y otra olvidar que hay mujeres y mujeres, no sé si me explico, además de hombres y hombres.