Lucha desigual

Denuncia CCOO que hace un año que puso en conocimiento del presidente de la Junta y de su consejero de Presidencia la situación de irregularidad y abuso en la gestión de personal por la que atravesaba y atraviesa una Diputación Provincial convertida no sólo en asilo de “arrecogíos” perdedores de elecciones, sino en tropa obligada a desfilar al paso marcado por el sargento chusquero. Un presidente/alcalde acusado de acoso laboral y una vicepresidenta/candidata a medio minuto de lo mismo dan una idea de la merienda de negros que hay organizada en la Dipu de Cejudo, pero CCOO informa ahora que ni Chaves ni Zarrías han querido saber nada de la cosa sino que han dejado hacer a sus virreyes lo que les ha venido en gana. De lo que tal vez hay que responsabilizar también y no poco a una oposición que no ha logrado siquiera hacerse oír. A Chaves, presidente doble, ni eso, a ver para qué. 

Moriscos y andalusíes

Una propuesta de la Junta Islámica de España, respaldada por IU y el PA, acaba de plantear la concesión de la nacionalidad española a los descendientes de los moriscos expulsados del país hace siglos argumentando su petición en el presunto olvido a que habría estado sometida esa minoría que la realidad es que no ha dejado de estar presente, y bien presente, en la historiografía española. O sea que vamos de nuevo por la veredita, sin duda sugestiva, de la leyenda áurea de las llaves de las casas perdidas y conservadas como oro en paño en las moradas del exilio, y el bello cuento del maltrecho idioma intacto en el formol de la nostalgia a través de los tiempos. A ver a quién no le han enseñado en Marruecos una de esas herrumbrosas ‘claves’ o quien no ha tenido ocasión de hacerse en Estambul con uno de esos periódicos redactados en el habla arcaizante de nuestros trasabuelos en que se sustenta el mito de la añoranza y agarra con fuerza el rizoma de la exigencia. Hace bien poco he escuchado en la tele a uno de esos “exiliados” hablar con explicable distancia de este derecho olvidado –como tantos derechos—que tras cinco siglos a él le parecía más bien una curiosidad que otra cosa. Pero la verdad es que hace mucho que sé que el tema morisco, polémico o apologético, es uno de los asuntos inacabables de una historiografía en la que han echado su cuarto a espadas desde feroces partidarios de la expulsión, como Boronat o Dánvila,  hasta clásicos de todas las tendencias que van desde Amador de los Ríos a Le Flem, desde Serrano y Sanz, a Caro Baroja, desde Juan de Ribera a Ladero, desde Lapeyre a Reglá, desde Cardaillac a García Arenal, o de Domínguez Ortiz a Bernard Vincent, y me quedo bien  corto en la enumeración. Con motivo de mi estudio sobre el ‘Tesoro’ de Covarrubias tuve ocasión de valorar la dureza de corazón de un espíritu bien amable, en otros sentidos, como el del patriarca Ribera, impertérrito a la hora de purgar Valencia de aquellos “moros renegados” a los que la “fatwa”, en efecto, autorizaba a fingir la conversión dado que “el Islam no busca mártires pues exige sólo fidelidad interior”. Viejo y triste episodio, historia en bruto, en definitiva, no menos lamentable que el imperio impuesto por la invasión pero, qué duda cabe, lamentable desde nuestra perspectiva actual.
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No es poco lo que sabemos sobre la realidad morisca, en todo caso, aunque ello parezca pesar escasamente en el ánimo presentista de los actuales justicieros que proponen, ya de paso, la bizarra extravagancia de incluir en el mismo precepto legal una alusión genérica a los “andalusíes” que permitiera aprovechar el trámite lo mismo a nuestros primos americanos que a los solicitante de Andorra, Guinea Ecuatorial, Filipinas o la ibérica Portugal. De manera que o mucho me equivoco o podríamos vernos de sopetón inmersos de nuevo –¡pero, en esta ocasión, sin saberlo!—en el dilema que tan bien representa, valga el ejemplo, el panegírico de H. Ch. Lea frente al desdén de Menéndez Pelayo. Mercedes García Arenas sostuvo que pocos temas españoles han acaparado tanta atención historiográfica a través de los tiempos, pero está visto que el viaje de la reivindicación política no pasa por el trópico del saber sino que suele navegar de bolina a favor de los vientos dominantes. ¿A quién podrían reclamar sus pagos perdidos los hijos de Witiza o, antes que estos, los suyos, la descendencia celtíbera que hablaba latín corrupto, vale, pero que incluso enviaba césares a Roma? No suelen cuadrar las cuentas del pasado si se las echa en el ábaco del presente y menos, claro está, si se las calcula con la cuenta de la vieja. Tendrían que informarse nuestros legisladores, ya digo, entes de adoptar esa medida (o cualquier otra) en lugar de aviárselas con un volatín en el vacío. A las “pragmáticas” las carga el diablo cuando le apetece aunque a veces no lleguemos nunca a saber si con dinamita o con goma 2…

El amigo íntimo

Lleva toda la razón el diputado de IU Ignacio García cuando reprocha al presidente de la Junta, Manuel Chaves, que en su ir y venir a Marruecos eluda escrupulosamente cualquier alusión al  clamoroso incumplimiento marroquí de las resoluciones de la ONU amén de la falta sistemática de respeto a los derechos humanos que se denuncia en el país vecino. Once visitas a Marruecos son muchas visitas, en cualquier caso, sobre todo si se tiene en cuenta lo poco que han valido a la hora de resolver los grandes contenciosos entre ambas orillas aunque tal vez hayan beneficiado lo suyo a otros intereses económicos de los que la Junta parece haberse convertido en auténtico agente comercial. No sólo Bush y Aznar incumplen las resoluciones de la ONU, subraya García, que no ve razón  para disimularle al gobierno marroquí su contumaz postura antidemocrática. Aunque no estaría de más insistir, de paso, en que un presidente de Andalucía no es un viajante ni un ‘corredor’ de inversores.

Alguacil alguacilado

Como era de esperar, no ha tardado el PP en reclamar al PSOE que cumpla su promesa de apartar de las próximas elecciones municipales a los imputados por la Justicia, tal y como habría prometido le partido en su famoso “Decálogo” contra la especulación, pero también a los eventuales aspirantes a candidatos imputados por presuntos delitos ecológicos o de contratación irregular, acoso laboral o violación de los derechos humanos, que no son precisamente para tomados a broma. Y entre ellos al que resigna el gobierno de Valverde en su biempagado socio de IU reservándose para sí el virreinato de la Diputación, y que arrastra nada menos que una imputación por “mobbing” a la que pudiera sumarse más pronto que tarde otra similar presuntamente perpetrada en el área de la candidata Parralo. Estas cosas pasan por juidicializar la política pero, más que nada, por ver sólo la paja ajena olvidando la viga propia. 

Justicia de cine

Habrá que ir al Bellas Artes madrileño a ver la exposición que, con los materiales del famoso “Archivo Kaplan” –el juez que actuó de fiscal en Nuremberg– ha organizado el incansable César Vidal. Aunque sea para prevenirnos ante la inminente movida que ha de organizar la condena de Sadam Husein o la de Milosevic. Mucha gente se tienta la ropa todavía pensando en aquellos cadalsos y en aquellas celdas porque alegan que el proceso célebre no fue sino un ajuste de cuentas impuesto por los vencedores a los vencidos, lo cual no deja de ser una verdad como una casa, peor como una casa, a mi juicio, sustentadas sobre frágiles cimientos. Estamos viéndolo con los dos canallas citados más arriba, dos sátrapas omnímodos que exterminaron pueblos sin tentarse la ropa pero que reclaman para sí todas las garantías de la ley más exigente. Y lo seguiremos viendo cada vez que un tirano comparezca ante una Justicia imprescindible una vez apeado del poder, porque uno de los grandes avances de nuestra civilización (aunque no siempre de la de ellos) es el garantismo, la estricta observancia del mandato penal y de la forma procesal. Cualquiera de esos bárbaros puede despellejar a un ser indefenso o masacrar una aldea con sólo hacer un gesto al edecán, pero exige para sí mismo toda la ventaja que proporciona la letra de la ley, la grande y la chica. Un problema que, naturalmente, no tendrá arreglo en tanto que el espíritu de la civilización no sea íntegramente aceptado y se pongan las bases de una justicia penal internacional a cuyo fuero nadie escape y cuyas normas a todos conciernan. Mientras tanto habrá que continuar instalados en el dudoso dilema que opone a la idea de una justicia universal la alternativa de la impunidad. Los EEUU, si ir más lejos, se niegan a aceptar para sí mismos esa Justicia sin fronteras que ellos, sin embargo, impusieron en Nurember como ahora imponen en Bagdad, pero muchos puristas se mantienen enrocados en un ideal inalcanzable en la práctica mientras otros, también numerosos, opinan que  no es justo aceptar la impunidad del bárbaro. Me temo que lo más peligroso de esa división es la lejanía que implica entre el estrado y la calle.
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Siempre me llamó la atención el embarazo que produce en los juristas la aceptación de estas liquidaciones de cuentas legales. Hay incluso quien hace compatible el rechazo una Justicia impuesta como la que se le aplica a Sadam con la aceptación de una injusticia como puede ser la que propone la aplicación ‘circunstancial’ de la ley a los asesinos terroristas. O quienes alegan que no es equitativo un juicio como el de Nuremberg por enjuiciar en exclusiva los crímenes nazis olvidando los perpetrados por los aliados. Artur London nos contaba en París que cuando los chambelanes de Stalin trataban de explicarle los pormenores de aquel montaje judicial, el “padrecito” repetía absorto en las volutas desprendidas de su tabaco: “¡Las listas, las listas!”: en lo único en que el exterminador estaba interesado era en saber a quién iban a colgar y cuándo. Es probable, en resumidas cuentas, que nunca alcancemos esa discreta convención jurídica que permita enjuiciar con garantías a tantos malhechores supremos de la Humanidad. Y que mientras tanto debamos aviárnoslas debatidos entre la impunidad más lacerante (ahí están Pinochet o Videla, ahí los líderes africanos, ahí los magnicidas de las grandes potencias) y el ajuste ocasional de situaciones extremadas. Personalmente puedo estar sin concesiones contra Abu Ghraib o Guantánamo, pero nunca sentí la tentación conmiserativa ante la figura declinante de Hess arrastrando sus culpas en Spandau ni me conmueve lo más mínimo el alegato de un malvado como Milosevic o la arenga de un genocida como Sadam. Quizá debiéramos embridar nuestro garantismo excedentario sin perjuicio de la defensa más enérgica de una Justicia cabal.

Universidad de calidad

No está nada mal, en principio, el criterio de ligar la financiación pública de nuestra Universidades a la calidad de sus enseñanzas. No hay por qué gastar lo mismo en una que prospere a ojos vista e investigue cumplidamente que a otra que se milite a pasar el curso. Ahora bien, ya veremos qué ocurre con los “indicadores” que servirán a la Junta para establecer ese nivel, porque si es obvio que algunos son fácilmente valorables, otros pueden ser auténticas trampas que permitan a los políticos barrer para donde les convenga. No se olvide que hoy funcionan en nuestra enseñanza superior criterios tan absurdos como primar financieramente a los centros investigadores en función del sexo de sus expertos, por no poner más que un caso descomunal, y que conceptos como “calidad docente” y otros por el estilo podrían prestarse a cualquier interpretación. La medida, en todo caso, supone un avance que debe ser aprovechado. Más de una universidad va a tener tajo sobrado por delante para no quedarse atrás.