Parlamento cerrado

La autonomía andaluza no tiene Parlamento hoy por hoy, a no ser que consideremos como tal a un costoso edificio y a una nómina de aquí te espero. Así, el Presidente –el mismo que dice que “lo propio de la Derecha es fusilar, a ser posible en las cunetas”—ha determinado que la Cámara no funcionará en tanto que la candidata Díaz, que es su jefa, no resulte investida. Pero ¿y si esa investidura se retrasa hasta septiembre o hay que convocar nuevos comicios? ¡Ah, pues nada, el Partido ante todo y caiga el que caiga! Grave cosa, un Parlamento que ni legisla ni controla al Gobierno y que, encima, nos cuesta un ojo de la cara. La verdad es que, con ese Presidente, sería ingenuo esperar otra cosa.

La lista más votada

No cabe la menor duda, con la normativa en la mano, de que la lista más votada no lleva anejo el derecho a gobernar. Así está establecido por más que los partidos hayan hecho con esa providencia de su capa un sayo, contribuyendo a deslustrar un sistema de representación en el que, paradójicamente, gobiernan con inusitada frecuencia no quienes ganaron las elecciones sino quienes las perdieron, lo que provoca que una mayoría de ciudadanos no se vea representado por quienes aúpan la conveniencia o el capricho de los partidos. Así comenzó la ruina del PSA, cambiando cromos en las primeras municipales, y así ha ocurrido luego un poco por todas partes, hasta el punto de que, a pesar de que Ciudadanos defiende por sistema impedir este contrasentido, su hombre en Málaga ha tenido la ocurrencia de reclamar la alcaldía a pesar de no haber logrado sacar más que 3 candidatos de 31, ni que decir tiene que a cambio de un complicado cambalache en el que ofrecería a cambio, no sólo la Diputación provincial, sino el gobierno de varios pueblos de la provincia. Y eso es hacer de la mayoría absoluta artificial una dictadura legalizada en la que el ciudadano no ve más que un absurdo abuso. En Francia, por ejemplo, al existir una lógica “segunda vuelta”, la izquierda vota a la derecha responsable cuando se presenta un peligro extremo como el lepenismo. Aquí, no, aquí ni siquiera se ha llegado a comprender que es una barbaridad estigmatizar a un partido que representa a la mayoría minoritaria de los españoles.

Por lo demás, el argumento de los “bloques”, válido en la intención revolucionaria, no lo es en una vida democrática normalizada, pues ya me dirán qué tiene que ver, pongo por caso, un moderado PSOE que, al menos en las presentes circunstancias, apenas alcanza la socialdemocracia, con un Podemos que –en virtud de un juego de palabras en desuso– toma por referente a Lenin, o por qué un partido de gobierno como el PSOE llegó a firmar, junto a ETA, con tal de aislar al PP, el pacto del Tinell. No es aconsejable mantener un sistema en el que votar a un partido puede suponer, en la práctica, votar a otro por completo diferente, al menos si pretendemos luego no quejarnos de la abstención. Claro que resulta más fácil gobernar en mayoría aunque sea artificial que verse obligado a hacer Política con mayúscula gobernando en minoría. Quizá la razón de esta tendencia resida en la mediocridad que, en este momento más que nunca, personaliza nuestra vida pública.

Tal como estamos

Lean con atención la Encuesta de Condiciones de Vida que confecciona el INE y verán abrumados cuál es la situación real de los andaluces, siempre por encima de la media nacional pero negativamente. Más de tres de cada diez está abocado a la pobreza mientras esa media española es sólo del 22 por ciento. Y luego, para llorar: una de cada cuatro familias llega a fin de mes con el agua al cuello, seis da cada diez renuncia a las vacaciones, la mitad sobrada no podría hacer frente a un gasto imprevisto, casi el diez por ciento tiene carencias que limitan su dieta o impiden la climatización de sus hogares. Menos mal que llevamos más de 30 años gobernados por la “izquierda obrera” que si no…

La bala inocente

Vuelvo sobre el tema de la pena de muerte y, con concreto, sobre el auge del pelotón de fusilamiento que en alguno de los Estados Unidos, como comentábamos aquí hace poco, ha vuelto a ser elegido como método idóneo del suplicio. En esta ocasión se trata de Indonesia, el país más poblado del mundo, célebre por su implacable respuesta al tráfico de drogas, de la que son partidarios más de ocho de cada diez de sus habitantes. Se trata esta vez de un súbdito francés, Serge Atlaoui, convicto de haber trabajado en un laboratorio que fabricaba “éxtasis” y que, del mismo modo que hace bien poco tiempo otros extranjeros, ha sido condenado a morir ante un pelotón de fusilamiento que utilizará para salvaguardar la conciencia de los verdugos el viejo truco de distribuir entre el pelotón de doce fusileros sólo tres balas reales, siendo las demás de fogueo. Proteger la conciencia de los verdugos es una prueba contundente de que el acto mismo del asesinato legal no es humanamente aceptable, pero ese procedimiento fariseo de las balas reales y las inocuas descubre, además, la necesidad de paliar la mala conciencia de los ejecutores que, a cinco o diez metros del reo, se disponen a acribillarlo, sentado o de pie, con los ojos vendados o mirando de frente a los asesinos. La ferocidad del viejo procedimiento no acaba de ser enmascarada por esa liturgia funesta que ofrece al supliciado elegir su postura y garantiza al verdugo la improbabilidad de su culpa.

Ni que decir tiene que el suplicio de Atlaoui no provocará más que un simulacro de revuelo diplomático para ser olvidado luego en pocos días, como lo fueron los de sus predecesores, aunque la propia comedia de las balas de fogueo no deje de ser elocuente porque revela un indudable desajuste entre la legalidad y el sentido moral: hay que garantizarle al sayón la improbabilidad real de su crimen y aliviar su conciencia con una pamema que, a mi modo de ver, debería aumentar el sentimiento de culpa de todos y cada uno de los miembros del pelotón por medio de una inquietud acaso más desasosegante que la que provocaría la certeza de la responsabilidad. Porque no hay bala inocente que valga en un pelotón que intenta diluir la culpa cierta en un montaje coral que repite como un eco la culpa entre todos los miembros del coro. Un fusilamiento es un acto único con independencia del número de actores. Si no lo fuera no tendrían que recurrir quienes lo perpetran al triste expediente de la bala de fogueo.

Votos y pactos

Vamos a asistir a la mayor demostración de pactismo registrada en la crónica autonómica. Legítima pero dudosamente, multitud de ganadores de los comicios –o sea, de listas más votadas—no gobernarán sino que tendrán que conformarse con la oposición, algo que no entiende bien una importante mayoría. La candidata Díaz anuncia que hará lo que sea con tal de descabalgar al PP, Podemos le dice a ella –de momento—que de cambio de cromos, nada, Ciudadanos le sacará las castañas del fuego probablemente y en Málaga –hay que suponer que sin el visto bueno de Rivera— un concejal impaciente pretende la alcaldía a pesar de no contar más que con 3 ediles de 31, a cambio de la Dipu y otras plazas. Esta democracia precisa un reajuste y más con tanto novato ambicioso.

Crepusculario

Mis encuentros con Miguel Veyrat –medio siglo de afecto y comprensión— son la ocasión, supongo que mutua, de ajustar nuestras cuentas generacionales. Sobre el velador, nuestras cuitas, la incomodidad depresiva, los recuerdos y añoranzas, también nuestros fracasos. En la generación –en la nuestra—hay muchas vidas paralelas, parece que hemos recorrido en formación los periodos en que Gunther S.Stent dividía la genética y también la Cultura –el clásico, el romántico, el dogmático y el académico—antes de arribar al “fin del progreso” (sic). Miguel es torrencial y choca con mi propia vehemencia, pero coincidimos y discrepamos en paz, recordando viejos tiempos, nuestras servidumbres ideológicas, ¡tantos errores!, y ahora este crepusculario más bien apacible aunque nunca libre del tormento de la duda. Salen a relucir Paul Ricoeur, nos agarramos a Iung como a un salvavidas, Miguel condena a Lacan, el que “inventó con sabiduría aquello mismo/ que trinaba el mirlo/ en su jardín,/ que no existe muerte personal que/ valga –que siempre se muere/ en otro al que la culpa del fracaso se transfiere…”, ay, “sólo se tiene a sí mismo como sujeto en goce fratricida…”, pues ¿y Filón, el pobre, y sus gnósticos puenteados por Pablo de Tarso, inventor del alma?, ah, no, ahí discrepamos, pase lo de Platón, el designio de Miguel de aniquilarlo, y su teoría de los nuevos bárbaros, los del Sur, que nos invaden como es ley de vida, pero no lo del Evangelio de encargo, eso no.

Ahora iremos a votar, a ver qué nos queda, lejos ya de las imaginarias disciplinas, a elegir para alcalde al que limpió el barrio, qué coños, pero antes leemos los poemas de “El mirlo en el diván”, el amor “¿…sería acaso aquella pregunta/ que intentó alcanzar el Ser de Otro…?”, es curioso esto de las vidas paralelas, del paradigma generacional, nosotros, los caídos de otros tantos guindos, los que quisimos cambiar el mundo de raíz y nos dejamos en ello la piel de las manos. Miguel no pierde el humor, es casi un cínico terciado de epicúreo, un “ex” de tantas cosas e ilusiones, ¡qué estafa!, y tomamos en paz de nuestro café, nuestras huellas se juntan y confunden en la arena de los años ingenuos hasta llegar a este crepusculario, el mármol del velador, el mirlo, ¿qué fue de Althusser tras arrojar a su mujer por la ventana? Nos vamos, un día más. Coincidir es un privilegio aunque sea con reparos. ¡Los viejos amigos! ¡Cómo nos engañaron, camarada!