Todos catalanes

Hace un par de años o así, a muchos nos sorprendió ver al profesor Josep Fontana encargado de la inauguración de un simposio que, organizado por el Institut d’ Estudis Catalans, se congregaba bajo el rótulo insensato de “España contra Cataluña”. La mayoría de los historiadores solventes se pronunciaron con dureza sobre el acontecimiento y Álvarez Junco no se cortó un pelo para recordar que Fontana habría pasado del marxismo más ortodoxo al nacionalismo más febril. El debate no era nuevo, desde luego, pues –incluso prescindiendo de lo que despectivamente se llamó historiografía “romántica”– ya habían apostado por una historia “nacional(ista)” personajes de la talla de Rovira i Virgili, Ramón d’Abadal o Ferrán Soldevila–, e incluso el Jaume Vicens Vives, que tanto influiría sobre Jover y al que tanto respetaba mi maestro Maravall, no dejó de arrimar el ascua a esa sardina. Una cosa era, sin embargo, reclamar ciertas limitaciones a lo que se dio en llamar historiografía “castellanista” –personalizada en Menéndez Pidal, sobre todo—y otra muy diferente pretender escribir de plano una historia nueva sin límites incluso para la imaginación más desbordada, como pretende, al parecer, la “Universitat Nova Historia”, en cuyo congreso de Montblanc se ha defendido la catalanidad de Cervantes –¡que dicen que se llamaba Joan Miquel Servent!–, de Hernán Cortés, de Las Casas y hasta de la doctora Teresa, y se ha afirmado que la Celestina, el Lazarillo y hasta la obra de Lope no fueron escritas en castellano sino en catalán. El neo-romanticismo actual ha dejado chico a su ancestro y a los popes de los “Jocs Florals”.

El drama de los nacionalismos es que, generalmente, comienzan con alguna razón pero terminan reducidos en su propia caricatura, y el catalán no sólo no va a ser una excepción sino que va batir las marcas de insensatez más acreditadas. Lo cual no debe reducirse a una anécdota o simple incidente ya que, en realidad, constituye un intento soberano de estafa cultural y política, con independencia de que, como en el caso comentado, esa iniciativa, que Elliot calificó de “ disparate”, más mueva a hilaridad que a irritación. En Palos andan que echan chispas contra la profanación que supone negar la salida palerma de las carabelas colombinas e incluso afirmar que el descubrimiento de América fue obra de la “corona catalana”, pero, evidentemente, no ha de llegar la sangre al río. Siempre hubo majaretas aunque también en esa ralea hayamos progresado una barbaridad.

Incorregible nepotismo

Circulan por las llamadas “redes sociales” listados de los “parientes” de líderes del “régimen” beneficiados en tratos y contratos, relaciones no siempre bien informadas pero, en general, indiscutibles. Hijos, hermanos, sobrinos, cuñados o, simplemente “amigos políticos” de los que mandan en Andalucía hace más de treinta años medran y, en su caso, se enriquecen, a costa de los impuestos de todos. Apenas falta gerifalte que escape a esa regla incorregible de un nepotismo que en la etapa de Susana Díaz no ha cesado ni por asomo. Han redescubierto el método de Cánovas, un siglo y cuarto después del inventor del caciquismo.

Regalo de bodas

No sé si será verdad pero me entero por la prensa portuguesa de que el jugador madridista Cristiano Ronaldo le ha regalado a su representante, Jorge Mendes, como regalo de bodas, una isla griega. Es verdad que Grecia incluye en su territorio nada menos que seis mil islas de las que apenas un centenar han sido habitadas por el hombre, pero el lector participará tal vez de mi estupor por ese regalo que la mitología reservaba a los dioses y que hoy está al alcance de una estrella del fútbol como el genial portugués que no se sabe cuánto ha pagado por la isla, aunque parece que algunas de esas islas, valoradas entre tres y cincuenta millones de euros, podrían pagarse con menos de un tres por ciento de lo que el Real Madrid pagó hace seis años al Manchester por el jugador. Nada tiene que ver este fútbol con el que se practicaba en mi niñez, cuando los equipos cruzaban la península en tren y dormían en pensiones modestas lo justo para encarar el partido, entre otras razones porque el fútbol de entonces distaba más del “beau monde” que del proletariado, incluidos sus héroes más descollantes. A esa boda del representante de Ronaldo han asistido, entre cuatrocientos invitados, los grandes financieros del negocio como Florentino Pérez, Román Abramovitch o Nasser Al-Khelaïfi, quien más quien menos –incluidos los futbolistas invitados– a bordo de su avión privado, y se dice que, sumados todas sus fortunas, el montante no bajaría de veinte mil millones de euros. Un premio Nobel cualquiera no desearía para su hijo mejor profesión.
El estrellato futbolero ha llegado a constituir un estamento propio en una sociedad profundamente desequilibrada en la que la desigualdad ha alcanzado cotas históricas sin provocar el rechazo de los inferiores que, como ocurre actualmente en China o en África, pagan por las camisetas de sus ídolos lo que no habrán de comerse en un mes. Imaginen cómo se verá el festín de que hablamos en una Portugal devastada por la crisis, que a duras penas sobrevive para recuperarse, lo que, como es lógico, abonará el cínico sermón de Mouriño sobre el escándalo que supone lo que cobra Casillas en el Oporto, como si él trabajara a destajo y no perteneciera a esa afortunada legión. El fútbol es hoy –aspecto religioso aparte—una poderosa industria que explota la fascinación universal que embelesa a “homo ludens”, el último protagonista, diga lo que diga Huizinga, de esta tragicomedia cada día más problemática que es la vida.

Cisma en Jaén

Coincidiendo en el tiempo pero muy lejos en el espíritu de las ardidas palabras del papa Francisco sobre los “diferentes” hasta ahora rechazados por las bravas, el ordinario de Jaén ha proclamado que “la transexualidad incapacita para los derechos y deberes propios de la vida y del amor” ya que se trata de una “psicopatología” y no hay más que hablar. Apoya así la decisión de su colega de Cádiz de impedir que un transexual apadrine a un niño en su bautismo y al de Alcalá de Henares, pero él teoriza su discriminación en un momento, ya digo, en el que el papa de Roma marcha decidido en sentido contrario. Si esto no es un cisma, que venga Dios y lo vea.

Golpe de Estado

La enérgica aunque tardía firmeza del presidente del Gobierno frente al reto separatista parece que ha sido bien acogida por la opinión pública. Lo que esa opinión pública se pregunta es, sin embargo, cómo es posible que la “hazaña” de Mas y sus satélites no haya tenido aún una respuesta penal. ¿Por qué Mas no está en la cárcel tras haber desafiado al Estado violentando la ley Electoral y luego de recibir el aviso del Tribunal Constitucional de que esa convocatoria que ha perpetrado constituye un fraude de ley? Ya, entiendo, no está en la cárcel –se argüirá—porque esa justicia podría provocar en el electorado catalán un efecto irritante y, en consecuencia, beneficiar artificialmente al extremismo nacionalista que acaba de plantear la fractura de España, pero me pregunto si no será tan grave como eso mantener una lenidad hacia los transgresores que sugiere con vehemencia, en última instancia, un cierto temor del Estado y la correspondiente imagen de su presunta debilidad. Claro que estamos donde estamos, entre otras cosas, porque Rajoy cerró los ojos ante el llamado “reférendum” o consulta perpetrado en su día sin que a Mas ni a los suyos hubiera quien les tocara un pelo de sus cabezas, como si las transgresiones de la ley Electoral no implicaran consecuencias penales y, “ a más a más”, como si el proyecto firme de destruir la unidad constitucional española no constituyera de hecho un auténtico golpe de Estado que afecta no sólo a los españoles catalanes sino a todos los españoles sin excepción.

Claro que la impunidad de Mas no va a sorprender demasiado a tantos desconcertados como arrastra, entre otros casos notables, la de Pujol y su familia, un clan al que la Justicia le lleva las cuentas de un saqueo por el que cualquier peatón llevaría una buena temporada en la trena. Desde el principio, la democracia española ha tratado con guante de seda a ese sector catalán en términos tales que da la impresión de que obedece a un cierto complejo, contentándolo a manos llenas primero y dejándolo campar por sus respetos después. Dudo muy seriamente que ante un desplante como el de Mas, el presidente de alguna autonomía “asimétrica”, como diría él, no hubiera sufrido ya el grave peso de la ley. Que hasta en eso ha asumido nuestra dirigencia el “federalismo desigual” –valga el oxímoron—que pretende imponer esa minoría facciosa. Pero la pregunta, insisto, más allá de los pormenores, es la del principio: ¿por qué no está ya en la cárcel Artur Mas?

Tacto con el pobre

La Junta de Andalucía acaba de suspender una de las medidas más cacareadas de su anterior legislatura, a saber, la de conceder ayudas a las familias desahuciadas de sus viviendas que, además, se hallaran en situación de emergencia social. Y el Presidente en funciones ha suavizado el mensaje con el argumento de que se trata de “una medida financiera razonable y situada en la responsabilidad financiera” –no crean es que es coña— adoptada por una Administración tan sensible que procura “no frustrar las expectativas de mucha gente”. Seguro que los desahuciados se rebrincan con tanto eufemismo y tan delicado tacto, sobre todo si recuerdan lo de los 100.000 euros para Valderas o lo de las dietas “de vacaciones” de nuestro diputados.