La vaca culpable

Les mentiría si no les confesara mi desconcierto a propósito del clima, el hecho mismo que ante esta temporada de lluvias más que intensas se nos siga apremiando como si viviéramos en un secarral, dale que te pego con esos discutidos registros climatológicos que tienen a la opinión dividida entre integrados y apocalípticos y confundida más que nada por la propia información oficial. Sobre uno pesan todavía aquellas conclusiones de la ONU que, a finales de los 80, hiciera el Grupo Internacional de Evaluación de los Cambios Climáticos (GIEC), y que ponían los pelos de punta al más pintado al asegurar, entre otras maravillas, que hay acumulado en la atmósfera por nuestras grandísimas culpas, más carbónico que en los últimos 420.000 años, que la temperatura del planeta, que habría subido medio grado centígrado en un siglo, soportaría hacia el año 2100 elevaciones comprendidas entre el grado y medio y casi los seis grados, sin contar con la profecía de que vendrán olas de calor cada vez más largas e intensas así como precipitaciones desmesuradas, en especial en los países de latitudes medias. Lo malo que tienen estas razonables alarmas en una sociedad medial es que, como toda noticia, acaban desgastándose por el uso y la repetición de tal manera que llega un momento en que, aparte de la confusión general provocada por las propias contradicciones del mensaje, la mayoría acaba por no acordarse de ellas.
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Ahora llega la FAO, sin embargo, para terminar de liarla, y nos aclara en un sesudo informe que lo que de verdad provoca el desaguisado medioambiental, lo que causa la contaminación marina y la pérdida de la biodiversidad que padece el planeta azul, se debe más que nada al crecimiento de la ganadería vacuna, a las sufridas vacas, el impacto de cuyas deyecciones sobre el “efecto invernadero” sobrepasa con mucho, según esos sabios, las emisiones de gases producidas por el tráfico al ser responsable del 65 por ciento de hemióxido de nitrógeno que desprende el estiércol, cuya capacidad de elevar la temperatura es casi trescientas veces superior a la del CO2.  Las pacíficas vacas serían, por otra parte, las emisoras de más de un tercio del venenoso metano producido por las actividades humanas y de un porcentaje similar del amoniaco que recibe el medio, lo que a ese organismo encargado nada menos que de velar por la alimentación mundial que es la FAO le parece trágico, dado que las necesidades actuales de carne y de leche son enormemente superiores a las actuales producciones. Ya ven, ahora resulta que no es el temido penacho de la fábrica ni la contaminación galopante que día y noche se genera por tierra, mar y aire, la causa de este suicidio colectivo, sino el sistema digestivo de esas vacas pacientes que hace fermentar de tal modo el alimento que hasta se piensa ya –y disculpen el dato escatológico– en aprovechar el tirón dándole la vuelta a la catástrofe a base de reciclar el estiércol en fábricas de biogás. Imaginen, por tanto, qué podría ocurrir si, como la misma FAO pide, la ganadería acaba creciendo hasta conseguir que de los 230 millones de toneladas de carne que se producían al iniciarse el siglo, pasemos hasta los más de 460 proyectados para fines de su primera mitad, duplicando de paso la producción de leche. O no imaginen nada, si la teoría no les cuadra, y siga cada cual con su matraca y los poderes internacionales con el suyo. Porque no me digan que salir ahora culpando a las pobres vacas no resulta cuando menos chocante en un mundo que tiene más que asumido que, aunque se hundan sus cimientos, ninguno entre los grandes será el primero en reducir sus emisiones industriales o la fumata del tráfico. He releído ese informe con interés y escepticismo antes de archivarlo en el olvido, seguro de que allá para el fatídico 2050 alguien habrá redimido a las vacas de esta intragable leyenda.

La mano blanda

Se acercan las elecciones y el poder ha de mostrar las menos aristas posibles, su cara más amable para cuantos más, mejor. Chaves diciendo que va a aplicar una grave ley como el POTA de una manera “flexible” que a ver de qué manera distinguimos de “arbitraria”, dado que él será en cada caso quien establezca el grado de rigidez. El alcalde de Sevilla renunciando a aplicar la ley Antibotellón tal como viene escrita para atenerse sólo a algunos casos que también será él, naturalmente, quien califique y elija. La ley, papel mojado: mucho discutir mucho tira y afloja, y a la hora de la verdad, vale en exclusiva lo que al Poder convenga que valga. Uno se pregunta hasta qué punto estos procedimientos podrían ser objetados por una Justicia independiente que viera en ellos siquiera la sombra de la prevaricación, porque la Ley está para cumplirla y se acabó lo que se daba. Otra cosa es retorcer el derecho y pasarse la democracia por el arco. 

Cinismo sobre vergüenza

No sólo no se desmarca con claridad del indecente video contra el Ayuntamiento de los onubenses colgado en Internet por “amigos políticos” del PSOE (vamos a dejarlo ahí) sino que sale a la palestra ese desahogado autodidacta sin más méritos que la fidelidad perruna, que es Mario Jiménez, y dice, como tal secretario de organización del partido, para insistir, en tono barriobajero, en las famosas llamadas a prostíbulos que está demostrado que efectuó un chófer del consistorio, pero apuntándoselas al alcalde. Una indecencia que, repitámoslo, resulta inconcebible en el viejo PSOE, y que fácilmente podría reventar si a otros se les ocurriera colgar en Internet videos contando la historieta de Barrero resistiéndose a la Guardia Civil en el control de alcoholemia o tomándole el pelo a la Policía Municipal con el carné en la boca, o tal vez reproduciendo el culebrón de los solares de Punta “regalados” a los amiguetes, o incluso a un pobre delegado de Medio Ambiente recogiendo papeles para irse a casa por haberse negado a suscribir el megaproyecto barrerista de construir sobre un terreno no edificable, el de un concejal golpeando a una mujer y cogiéndole el culo a otra, y un largo etcétera. Esto es asqueroso y, seguramente, la sensibilidad de nuestra capital habrá tomado nota de de la infamia. 

El rey palermo

En una divertida crónica que envía desde París mi a migo Rubén Amón se nos informa de la aventura de una informática francesa, Marie-Claude Lovisa, que ha sido entronizada en una aldea africana, allá por los andurriales de Togo, donde anda empeñada en civilizar como puede al personal tras haberse curado de una dolencia reumática en Lomé, la capital fronteriza de esa extraño país. A Marie-Claude le han encasquetado una corona de hojalata e impuesto el real nombre de ‘Mawu Lolo’ –que, en dialecto ewe parece ser que significa nada menos que “Dios es grande”—tras soportar los correspondientes ritos de paso, tras lo cual cuentan que ha logrado organizar una especie de oasis al que envidian los poblados vecinos. Por menos hicieron rey de España a don Amadeo el saboyano, todo hay que decirlo, pero resulta que no faltan en nuestra historia patria casos iguales o superiores al de la reina togolesa, como aquel de Gonzalo Guerrero que cuenta Bernal Díaz del Castillo en su “Historia Verdadera”, y que llegó a oídos de Hernán Cortés flotando en el rumor de que un hombre blanco, antiguo esclavo capturado tras un naufragio, señoreaba una tribu maya desde hacía un  tiempo. Aparte de Bernal Díaz, el cronista Herrera y otros curiosos, sabemos que Guerrero fue un marinero de Palos que, en efecto, casó con la hija de un cacique y se erigió en supremo de la tribu, resistiéndose con uñas y dientes a la vehemente requisitoria de sus compatriotas para que volviera a una civilización en la que él no veía mayores ventajas, aunque lamento no tener a mano la comunicación sobre el personaje presentada, no hace muchos años, a cierto congreso por el profesor Bibiano Torres. Ya ven cómo la experiencia se encarga de probar la endeblez del concepto monárquico y de echar por tierra toda esa mitología de la sangre azul y la legitimidad divina que –al margen de otras tradiciones ciertamente primitivas– el cristianismo, sobre las huellas de la tradición israelita conservada en la Biblia, se encargó de difundir por el mundo civilizado. Maurois se quedó corto cuando bromeó diciendo que “le premier roi qui fut roi fut un bandit hereux”. Hay ejemplos como los que comento que sugieren lo poco que hace falta para instaurar una dinastía.
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Claro que no sé por qué habríamos de extrañarnos de esta monarquía palerma, que no sé si prosperó o resultó efímera, teniendo en cuenta los dudosísimos orígenes de la dinastía monagesca, por no hablar del montaje napoleónico o el escándalo de Catalina. El ojo crítico de Goya no deja títere con cabeza cuando retrata a nuestros Borbones, como tantas veces se ha repetido, y hay que ver los esfuerzos que hubieron de hacer muchos maestros de la Decadencia, incluido Velázquez, para salvar buenamente en sus regios retratos tanta expresión bobalicona. El monarquismo es una ideología con origen en la fuerza y razón en una credulidad popular que llegó a tragarse a pies juntilla que los monarcas franceses –recuerden el precioso libro de Marc Bloch sobre “Les rois thaumaturges—poseían la capacidad para curar las escrófulas imponiendo sus manos. Pero a la vista está que puede levantarse también sobre cimientos muchos más frágiles e improvisados, pues que sé yo, el cuento de aquel palermo que tal vez se hizo pasar por la mismísima divinidad o la fábula de una lionesa disgustada con esta civilización antropofágica que, buscando aliviar su disforia, se vio coronada sobre un trono ante el que se inclinan reverentes unos miles de súbditos espontáneos. A Guerrero trataron de convencerlo sin éxito para que devolviera el cetro a sus tribales y se volviera a remendar redes en Palos. ¡A buenas horas! No se deja una corona así como así una vez conseguida. Los españoles sabemos mucho de eso incluso al margen del ejemplo de nuestro rey palermo.

Embarrar el terreno

El lío de las denuncias urbanísticas recíprocas entre partidos se parece cada día más al despreciable truco de los equipos tramposos que embarran el terreno de juego para impedir su práctica. Hay muchos ejemplos, pero quizá ninguno tan insidioso como la acusación del PSOE al alcalde de Puerto Real –un regidor que le viene dando sopas con honda desde siempre—de haber favorecido a su hermano. Más allá de la estricta y rigurosa autodefensa de ese alcalde, quizá la Junta debería preguntarse si tiene sentido acosar a un político intachable durante años al tiempo que se cuela por la puerta falsa en algún  un Ayuntamiento aljarafeño un proyecto que favorece descaradamente a la parentela de la más alta dirigencia del partido. Barroso no ha hecho la inacabable relación de “casos” que van desde Sanlúcar la Mayor a El Algarrobico pasando por Punta Umbría, Estepona o Chiclana y cien puntos más, pero podría hacerla sin esfuerzo. Colgarle a él esa acusación insustancial como una seña de corrupción constituye un ultraje a la vida pública aparte de un temerario desafío que podría acabar como el rosario de la aurora.

Palos y velas

Que cada palo aguante su vela, eso es lo más justo. Por eso tiene sentido la maniobra del PP de llevar al Congreso la exigencia de que se acometa de una vez la carretera Huelva-Cádiz, ahora vetada al alimón por le PSOE e IU. La medida no tiene por objeto ganar lo que sin mayoría no se puede, obviamente, sino dejar claro quien está a favor de esa obra trascendental para la provincia y quien se opone a ella, del mismo modo que en su día se forzó a los diputados onubenses del PSOE –los mismos que votaron todo lo votable cuando ocurrió lo del ‘Prestige’– a descubrirse votando en contra de que se concediera a los quemados del gran incendio onubense la ventajosísima condición de “zona catastrófica” para luego votar a favor de que se le concediera a los quemados de Guadalajara. Está bien que el pueblo sepa lo que hacen sus representantes, pero con nombres, apellidos y etiqueta de partido.