Bajo mínimos

No se trata ya de aplazar el AVE ni de cambalachear ‘sine die’ con el futuro aeropuerto. Renfe ha anunciado por sorpresa la que, sin duda, será una medida de gravísima trascendencia para la provincia de Huelva: suspender desde Febrero el tráfico ferroviario de contenedores. En una provincia con un Puerto como el nuestro y un Polo Químico de esa naturaleza, la medida que, como ésta, obligue a enviar por carretera a Sevilla, diariamente, 250 camiones supone un gravamen verdaderamente aplastante que el Gobierno del PSOE parece ignorar y su partido onubense tragar encantado. No es difícil aventurar que no habría habido valor para aplicar semejante varapalo a la provincia de Sevilla, pongamos por caso, y ni que decir tiene que a nadie se le hubiera ocurrido siquiera intentarlo en Cataluña o el País Vasco, supuestos ambos que dicen mucho sobre la autoridad e intenciones de la Junta autónoma que nos gobierna. Huelva bajo mínimos, de nuevo, en resumen. Vamos a estar atentos para ver cómo reaccionan o cómo se quedan inmóviles ante el atropello, nuestras fuerzas políticas y sociales. 

Calor y frío

Uno de los hombres que ha vendido más libros en la historia del planeta y el único, por lo visto, que ha conseguido a un tiempo colocar en el número uno un libro, una película y una serie televisiva, el americano Michael Crichton, sostiene desde hace años que el cambio climático no es más que in invento del fundamentalismo ecologista. No habría mudanzas decisivas en el clima de la Tierra sino todo lo más evoluciones que implicarían, como es natural y lógico, picos y simas acusados, algo que en tiempos solía atribuirse al poder de lo Alto y que la secularización ha reducido a razones físicas muy convincentes. El consenso sobre el cambio que, al parecer. acontece en la actualidad crece a buen ritmo, sin embargo, hasta el punto de que ya los sabios no se cuestionan tanto el hecho mismo como sus causas o su eventual alcance, y es en ese contexto en el que estos días se especula en la prensa yanqui sobre el invierno bonancible que ha rebajado los precios del fuel a cotas inesperadas, o en el que se inserta el aviso lanzado por los meteorólogos británicos de que el año entrante va a ser uno de los más calurosos registrados desde el famoso 1659 que suelen citar los expertos. También afirman esos sabios que hechos como el anunciado confirmarían la hipótesis –ahora sostenida desde la universidad de California y apadrinada por la revista ‘Science’—de que el cambiazo en la atmósfera no se producirá, en todo caso, pian pianito sino de manera brusca, esto es poco menos que de la noche a la mañana y sin avisar, que es como, según algunos de ellos, se habría producido en su lejano día la mudanza que liquidó la última glaciación. Lo que estamos viviendo no sería más que el prolegómeno de un nuevo bandazo climático posiblemente más rápido que aquel que acabó con la Edad de Hielo, sólo que en esta ocasión provocado por la insolvencia de una Humanidad que ha maltratado el planeta en términos sin precedentes, aunque sería, en definitiva, la acción combinada de ‘El Niño’, el efecto invernadero y los propios cambios solares la causante de esta tracamundana atmosférica. Enfrascado en estas informaciones, la noticia de que hay por ahí más de un panoli comprando parcelas en la Luna me ha parecido mucho menos insensata de lo que me parecía un rato antes.
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En todas las edades del hombre se ha agitado el fantasma del apocalipsis final y se han cebado las propagandas con los cuatro jinetes famosos y, por supuesto, imágenes universales como el Diluvio, entre otras, no serían más que la huella mítica de una memoria extraviada. Pero hoy, entre el optimismo de Crichton y las alarmas integristas, parece lógico buscar un término medio razonable y capaz de evaluar sin desmesuras la realidad de unas mutaciones que sería demasiado ingenuo atribuir en exclusiva al poder persuasivo de los ‘medios’ de masas. Si es verdad, por ejemplo, que acabamos de entrar en un año ardiente, no faltará quien recuerde que también fue dura la canícula del último 98, pero tampoco sería lógico que hiciéramos oídos sordos a unos avisos que resulta demasiado facilón descalificar como alarmistas. Sobre todo por si acaso ha dado en la tecla la academia y resulta cierto que las mudanzas climáticas no son procesos de lenta evolución sino inesperadas brusquedades que se abaten sin avisar sobre una ciudad alegre y confiada en la que ya, como digo, hay quien anda agenciándose su parcela en el satélite, dispuesto a huir de la catástrofe siguiendo la vieja ruta de escape que va de Luciano a Julio Verne. He visto esos anuncios y la verdad es que los precios selenitas no son nada del otro mundo comparados con la orgía urbanística de los terrícolas. Y le he puesto una vela a los escépticos ante una estampa de Crichton como en los putiferios sevillanos las colipoterras se las ponían a Fleming cuando descubrió la penicilina. El hombre, ese primate loco y despreocupado, no dejó nunca, después de todo, de vivir en un sinvivir.

Doble uso

El diputado Francisco Garrido es un político de doble uso, un apostante de doble opción: es elegido en las listas del PSOE (¿no lo sería en unas listas propias?), vota disciplinadamente con el PSOE en el Congreso, es uno más del PSOE, para entendernos, aunque después se ‘baje’ a Andalucía a vender su panacea denunciando nada menos que “con la actual Administración autonómica que dirige Manuel Chaves es muy difícil cumplir la ley”. Ahí queda eso, pero también queda en evidencia el doble juego, la martingala de venderle a los electores una independencia que no es tal, de camuflar un escaño del PSOE bajo el señuelo ecologista. Repasen la legislatura para comprobar lo que digo y ver de paso el hilarante balance de este diputado autor de la propuesta de reconocer los derechos humanos a los grandes simios y que viaja con bandera de conveniencia junto a quien, según él mismo, es responsable del desastre urbanístico. No se le puede negar a Garrido ingenio para buscarse la vida política y, de paso, como es natural, la otra. 

¡Ay, Manuela!

No parece que sea solo la derechona la que se opone a la candidatura de Manuela Parralo a la alcaldía de la capital, sino un nutrido y creciente frente interno de su propio partido que ve en ella una imagen inapropiada y mantiene su disgusto por el procedimiento ordenancista con que, contra el espíritu explícito de la democracia interna, fue elegida para competir en esa crucial carrera. Dicen que se ha llegado incluso a esgrimir ante los rebeldes el fantasma del paro (esto es, del despido), pero que ni por ésas amaina el temporal que el “aparato” perece incapaz de controlar. Y cuentan que no faltan en el partido, incluso entre los inicialmente favorables a la candidatura impuesta, quiénes se estén distanciando de una aventura política demasiado complicada por las propias circunstancias personales y familiares de la aspirante, y que cuenta además con escasas probabilidades de éxito. Igual no resulta verdad eso de que el quid está en elegir una buena foto para el cartel electoral. Hasta dentro de su partido se agita esta sospecha que reduce aún más el margen de Parralo. 

Derecho al techo

No merece la pena seguir discutiendo sobre la responsabilidad de la especulación, y en consecuencia y subsidiariamente, del Estado, en el insoluble problema de la vivienda que abruma a nuestras sociedades. Sólo el Mercado, con su larga mano y su lógica implacable, habría sido capaz de montar esta interminable espiral de la que quedan fuera sectores cada vez más amplios de ciudadanos incapaces de competir en él. Ahora bien, una cosa es el problema de la vivienda planteado en términos generales y otra muy distinta la situación insostenible creada en nuestras masificadas sociedades por un mecanismo de precios que escapa a todo control y ante el que, no es que tengan dificultades, sino que nada tienen que hacer los sectores más desgraciados. Y ha sido en esta tesitura en la que dos iniciativas conservadoras acaban de caernos encima como agua de mayo, la propuesta del PP de que no se construyan urbanizaciones de lujo (¿es el mundo al revés o no?) y la decisión del Gobierno conservata francés de dar carta de naturaleza al derecho a la vivienda diga bajo la garantía del Estado que convertirá en absurda antigualla al derecho teórico contemplado por algunas Constituciones, incluida la nuestra, junto al que nos asiste frente al trabajo y otros igualmente virtuales. Por lo que se refiere a esta medida –que será probada de inmediato y entrará en vigor desde finales del 2008 para los casos más graves con vistas a su total desarrollo en el 2012—parece obvio que su ejemplo ha de resultar insalvable para las democracias vecinas y resulta evidente, desde luego, que constituye una de las medidas sociales de mayor alcance y profundidad adoptadas jamás en la democracia. Que el Estado garantice a todo ciudadano el derecho a una vivienda digna supone una revolución que va a tener, sin duda posible, consecuencias de largo alcance. Y que sean los conservadores quienes han decidido reconvertir el viejo derecho virtual en derecho efectivo es, además, un hecho desconcertante que sumirá en la perplejidad a esta atolondrada izquierda que busca pirandelianamente su perfil actual cuando no su propia identidad.

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Hay que decir que, ciertamente, esa preocupación por el techo le viene de lejos a la derecha española y, por cierto, a los fascismos desde que con Primo de Rivera predicaban aquello de “ni un español sin techo” hasta el importante proyecto franquista de las “casas baratas” para cuya gestión se creó primero el INV y luego el departamento ministarial, antecedentes, mal que les pese a desmemoriados y bobos, del actual ministerio minimalista de las “soluciones habitacionales”. Habrá que ver, en todo caso, cómo se ejecuta el proyecto francés, teniendo en cuenta que, hasta ahora, al menos en España, la protección oficial a la vivienda (VPO) ha servido para dar cobijo a mucha gente pero también para proporcionar una “segunda residencia” barata a amplios colectivos de las clases acomodadas, muchas veces en zonas residenciales como playas o parajes de privilegio. Pero la trascendencia de la medida conservadora –cuya discreta preparación ha permitido pillar por sorpresa a las izquierdas en general—viene a decirnos algo más, y es que demasiados síntomas están dejando en evidencia el avance social de una derecha que se extiende sobre el terreno de nadie dejado atrás por una izquierda en repliegue. Sin olvidar que tan costosa medida se toma en pleno debate sobre la vigencia del “Estado del Bienestar”, cuestionado hace años lo mismo por tirios que por troyanos, lo que abre insospechadas perspectivas a la futura competición política en el seno de las democracias. Ya sólo faltaría que, igualado el derecho a la vivienda al de la educación o la sanidad, se le ocurra a alguien bajar también a la realidad el derecho al trabajo. Por la derecha o por la izquierda, da lo mismo. Porque de producirse ese milagro, al viejo panorama de nuestras sociedades desiguales no iba a reconocerlo ni la madre que lo parió.

El género tonto

La cómica pelea por el lenguaje igualitario, de la que vive tanta gente, está alcanzando cotas insuperables, aunque nunca se sabe a dónde puede llegar la bobada. Lean la Ley de Gobierno de la Junta, por ejemplo, y verá hasta qué extremos de idiotez se puede llegar extremando el inconsecuente y absurdo prurito de proscribir el uso del “masculino genérico” que es la norma del español desde sus orígenes y que la RAE ha confirmado sin lugar a dudas. Por eso quizá la delegada de Cultura reclama a esa institución suprema que cambie de criterio y asuma el “lenguaje no sexista”, eliminando, por ejemplo, expresiones vulgares como “coñazo” o “cojonudo” como reos de lesa desigualdad. Lo último es no contentarse con el o/a famoso, sino exigir en los documentos oficiales la enumeración reiterativa de los dos sexos (presidente/presidenta, juez/jueza, etc.) e incluso prohibir las clásicas expresiones de “Señora o Viuda de tal” como lesivas para la “visualización de la mujer”. Han perdido el oremus, como comprenderán. Da miedo pensar que son esos/as disparatados quienes nos tienen en sus manos.