La energía futura

Parece que el apagón del otro día ha servido de fondo a la puesta en escena del trascendental anuncio de acuerdo internacional en torno al debatido ‘Proyecto Iter’, ese ingenio que sugiere las viejas fantasías de la ciencia-ficción y que consiste en la construcción de un enorme reactor capaz de generar energía limpia y barata –“como la que se produce en el interior de las estrellas”, dice la propaganda celeste—sustituyendo los clásicos procedimientos de la fisión nuclear por los de la fusión de núcleos de hidrógeno. Aseguran los entusiastas que, si bien es cierto que el invento no va  a proporcionarnos de un día para otro un instrumento operativo, sí que nos irá ofreciendo hallazgos tecnológicos capaces de revolucionar las actuales tecnologías hasta el punto de encarar la posibilidad de una producción “casi ilimitada” de energía a base de tratar deuterios y tritios previamente extraídos del agua marina. Pero como los sueños nunca vienen solos, ha coincidido esa noticia con el anuncio de una organización americana –a ver de dónde podría ser si no–, la ‘Global Orgasm’, de un proyecto igualmente fascinante pero más poético si cabe: la organización de un orgasmo colectivo, ecuménico y simultáneo, cuya energía resultante deberá ser canalizada, según los organizadores, “en defensa de la paz mundial”. Los sabios y los majaretas son conscientes, cada cual por su lado, de nuestra progresiva dependencia de la energía, esa cadena que nos sujeta al capricho del suministrador bajo la más eficaz sugestión de libertad que la especie haya conocido, y puede que sea esa conciencia la que los lleva a buscar fuentes nuevas lo mismo en el misterioso interior de las estrellas que en la activa entraña del hombre, hasta romper en esta candorosa ilusión de cambiar el campo energético del planeta por medio de esa “oleada de energía humana” que no hubiera osado imaginar ni aquel “Hacedor de estrellas” que fue Olaf Stapledon.
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La verdad es que nos hemos tomado nuestro tiempo hasta caer en la cuenta de que, a medida que la energía nos iba haciendo libres, apretaba sus ligaduras hasta reflejarnos en el espejo de la dependencia más radical que fue precisamente lo que, por mero impulso intuitivo, trató de evitar el naturalismo salvaje de ciertas contraculturas hoy más bien superadas. Y ahora resulta que la solución no estaba ni en las frágiles energías alternativas ni en la explotación de los combustibles fósiles que la tierra administra con usura y el hombre dilapida con prodigalidad, sino en el secretísimo enigma que arde a temperaturas inimaginables en la entraña misma de los astros, esos colosales laboratorios apenas intuidos, pero en los que nos consta que residen atrapadas, fuerzas capaces de desbordar la imaginación más audaz. Salvo que los poetas del sexo no anden descaminados y resulte cierta y verdadera esa metáfora del concierto sexual que habría de hacernos libres y pacíficos sin recurrir a las estrellas ni reproducir su escondido modelo. Una nueva era se abre en ambos casos ante la Humanidad doliente cuando tantos y tan diferentes países apuestan por un proyecto conjunto al que ni siquiera cabe presumirle una rentabilidad próxima sino, todo lo más, un lejano beneficio que seguramente habría de situarnos en un mundo cálido y luminoso, desde el que la perspectiva de este planeta encadenado a sus antiguas servidumbres seguro que resultará no poco grotesca. El neolítico no acaba nunca, como pueden comprobar, y el jayán de Atapuerca sigue puliendo sin descanso el canto rodado de su demiurgia, siglo tras siglo, vida tras vida, como si la aventura humana no fuera más que un juego de rol inventado por ese “Deus absconditus” que fue el que enterró los bosques hasta convertirlos en crudo y el mismo que enseñó a las estrellas su recóndita y prodigiosa fórmula. ¡El orgasmo ecuménico! La metáfora es, no cabe duda, nuestra otra gran energía.

La infamia inacabable

De nuevo el circo en torno a la tragedia Wanninkof, la estólida imagen de ese presunto asesino múltiple atrapado en su propia novela negra, la imagen dolorosa de esa madre mediática, con foto de la víctima incorporada, que no se corta un pelo a la hora de acusar obsesivamente de semejante delito a quien ya fue absuelta, el cortejo de abogados no menos temerarios, y sobre todo, la foto de un tribunal en evidencia, incapaz de cortar por lo sano esta añeja martingala. Pocas veces ha tenido la Andalucía negra un motivo tan insistente y tan tremendo, pocas una Justicia tan consentidora y una opinión pública tan burlada. Resulta urgente acabar con esta farsa que ha costado al contribuyente tal vez más que ninguna otra entre las famosas y en la que llevamos escuchado mucho más de lo necesario para repudiar con desprecio tanto enredo y tanta manipulación. No es razonable extremar el garantismo al punto de que un sujeto con los antecedentes de ese acusado convierta el proceso en una infamia interminable y quien sabe si en un buen negocio para más de uno. 

Otro palo a la Diputación

Una sentencia como la que acaba de condenar al presidente de la Diputación por violación de los derechos sindicales, sobre todo si es leída en su tenor literal, no cabe duda de que constituye un argumento imposible de superar para un partido de izquierda que, habrá que repetirlo una vez más, se empecina en mantener en su sigla lo de “socialista obrero”. Se ve claro ahora que la guerra sindical que en la Dipu mantienen CCOO y UGT no es otra cosa sino el resultado de un intento de ejercer libremente por parte de la primera y de un pacto servil por cuenta de la segunda, cosa que, desde luego, viene avalando hace tiempo no pocas denuncias de trabajadores, y que subyace bajo la superficie de esa petición fiscal que pide cárcel para Cejudo a causa de un presunto ‘mobbing’ contra un empleado. UGT defiende en la Diputación y ataca en el Ayuntamiento, más o menos al revés que CCOO. Ahora que vienen las elecciones, es posible que a los currelantes no se les escape esta elocuente circunstancia. 

La cámara oculta

Pocos temas han suscitado tan encendida polémica como el del uso de la cámara oculta. Se quejan de ella los perjudicados, mayormente, aquellos a los que su irrefutable testimonio ha bajado del pedestal para dejarlos literalmente a los pies de los caballos. ¡Oh, las garantías que la democracia prodiga! Pocas instituciones democráticas han sido defendidas con tanta pasión por los delincuentes y asimilados, aunque hay que decir que no poco apoyados por un celo judicial rayano en la superstición. Aquí hay casos de cohecho probados y hasta reconocidos por sus autores que han sido archivados a causa de algún defecto de forma, y ningún demócrata –tampoco el que suscribe—protestarán porque se mantenga un fuero tan necesario, al margen del desconcierto y la desmoralización que, como es natural, estas decisiones provocan en la opinión pública. Los reportajes de El Mundo/Antena 3 han revolucionado ese debate que insiste en que el uso de la cámara o el ocultamiento de la identidad profesional supone un quebranto insufrible del derecho de los pillados. Un canalla mexicano dedicado a vender órganos de jóvenes sin recursos, una organización especializada en amañar concursos de belleza, un friqui especialista en la estafa de la pseudomedicina que no se tentaba la ropa a la hora de descalificar el diagnóstico médico, una mafia dedicada al tráfico de armas o a la trata de blancas: todos y cada uno de esos miserables han protestado en nombre de la sacralidad del derecho, incluso después de que la jurisprudencia haya establecido de manera tajante la legitimidad de ese procedimiento periodístico en el supuesto de la investigación veraz que verse sobre un asunto de interés social, y que siempre que entre la información lograda y el eventual daño causado exista una lógica proporcionalidad. Hasta la gentuza que se mueve a sus anchas en los ambientes más abyectos se nos ha vuelto de repente “procesalista” y encendida paladina del imperativo ético. El mundo al revés. Muchos creemos que para tratar de ponerlo al derecho no debe temblarnos el pulso.
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A esa caterva de malevos y friquis se unen ahora los obispos vascos, cabreadísimos porque uno de esos reportajes nuestros los han dejado en la más denigrante evidencia como cómplices activos, en no pocos casos, de los terroristas y, lo que no sé si es peor si cabe, como ideólogos del terror que ellos justifican en los reconocidos términos del mito nacionalista. Alegan que se ha abusado de la ética periodística al ocultarles la cámara testimonial y, por supuesto, la personalidad de los investigadores, como si el toque estuviera en la formalidad del reportaje y no en la clamorosa evidencia de que el clero vasco apoya moral, institucional y hasta físicamente a ETA, como si disimular la condición de periodista fuera peor que esconder en la parroquia a unos asesinos que acababan de darle matarile –como decía Corcuera—a unos ciudadanos inocentes. No apetece, de verdad, seguir con esta matraca. Al obispo Setién –casi más allá de la  caricatura que de él hace Ussía—debería darle vergüenza su justificación del crimen o su abono de las estúpidas y falsarias tesis aranistas en lugar de protestar porque alguien más listo que él haya demostrado al mundo –y al Vaticano, por cierto—una complicidad con el terror que él teoriza sin complejos. Porque ahora tenemos pruebas materiales, seguramente no adecuadas procesalmente pero terminantes, de que tanto él como sus segundos y terceros pertenecen al ámbito psíquico de la banda y, llegada la ocasión, también a su espacio estratégico. Con la cámara oculta y la identidad fingida, vale, pero más claras que el agua. Ahora sabemos por boca de ella misma, que la Iglesia vasca está con ETA y no con el millar de víctimas, que la comprende, que la justifica, que la respalda y que, llegado le caso, le da seguro asilo. ¿Qué es una lástima que lo sepamos por la cámara oculta? La verdad es que, moralmente, este alegato resulta un auténtico insulto.

El ojo del CAA

El Consejo Audiovisual de Andalucía ha tenido a bien llamar la atención a una tele municipal, la de La Línea, por apoyar al PP a través de “una permanente confusión entre información y opinión con el objetivo manifiesto de ensalzar la labor del equipo municipal de gobierno”. ¡Carajo, si parece que está hablando de Canal Sur! A uno le ha sorprendido esta salida del bienpagado y expletivo consejo por la sencilla razón de que no hay una sola tele municipal (o más ampliamente, local) que no sea partidaria, pero sobre todo porque resulta un auténtico sarcasmo atreverse a hablar de parcialidad en los medios públicos andaluces y olvidarse de la tarea sistemática y descarada que perpetra “la Nuestra” desde su creación hasta la fecha. ¿Qué diría el CAA de ese ‘NO-DO’ de Chaves, de Zarrías, de la Junta en general y demás instituciones del partido, qué diría de los programas de promoción de la política institucional, qué de las campaña de publicidad y que, en fin, de la información diaria? Mientras no diga nada –que no ha de decirlo—meterse con ésta o aquella emisorita no dejará de constituir una injusticia además de un agravio. 

Aquí su negocio

Eso es lo que dice la publicidad del “complejo Mirador”, el proyecto del marido de la candidata, inevitablemente aireado tras las acusaciones de corrupción lanzadas por ésta al propio alcalde: “Aquí su negocio”. Lo que no se comprende es quién aconseja a esta política bisoña que tire piedras sin tino teniendo tan cerca y frágil el propio tejado, aunque no hay más que pegar la oreja para percibir claro el rumor de desaprobación que circula dentro del propio PSOE. Demasiados indicios apuntan a que esa candidatura lo va a tener más bien crudo y de sobra saben los interesados que así será, en buena medida, por la colaboración de sus propios conmilitones descontentos, sin despreciar el efecto negativo que entre los votantes más informados y conscientes están provocando estos disparates. En cualquier caso, no hay duda posible de que Parralo es una de las personas menos indicadas para entrar a saco en el urbanismo onubense en el que este negocio de su esposo no es el primero ni será el último que salga a relucir. Ella, que acusa de traficante al más pintado, debería ser la última en extrañarse.