El dedo, al juzgado

Otra vez CCOO llevando al Juzgado a Diputación, es decir, al tádem Cejudo-Novoa, que tan mala racha lleva, ¡parece mentira!, en materia laboral. En esta ocasión, una vez más por el negocio de la contratación a dedo disimulada en procesos de selección tan subjetivos como los que terminan en una sospechosísima entrevista sin apelación posible, pero del año pasado cuelgan aún el caso del ‘mobbing’ por el que está imputado el propio Presidente y las reiteradas denuncias por situaciones semejantes. Que UGT se esté prestando, a cambio de lo que sea, a disfrazar este abuso digital constituye una vergüenza para el sindicalismo que CCOO hace muy bien en denunciar con todas sus consecuencias. La Diputación no puede seguir siendo un cortijillo de un partido y de unos pocos. Los sindicatos deben ser los primeros en oponerse a semejante perversión en lugar de contribuir a legitimarla. 

Vuelven los conversos

Una fría tarde parisina anterior a la mitificada primavera del 68 me llevaron en París a escuchar a Roger Garaudy. Hablaba en un salón abarrotado en el que las consignas gritadas no permitían escuchar apenas las razones flotantes en la atmósfera psicodélica. Garaudy era todavía el pope del PCF, su gran ideólogo, el rival de Althusser, el inventor de “la muerte de Dios”, es decir, de la propuesta de relevo de la divinidad por su criatura y en la atribución a ésta del universo natural y social, pero se notaba ya en aquel iluminado una sombra de disgusto que la barrabasada de Checoslovaquia, la “traición” del 68 y otros desmanes conseguirían transformar en tormenta. Garaudy, en efecto, se levantó una mañana con los pantalones a cuadros y se salió del partido para iniciar una larga singladura que le llevaría, primero, a mudar de fe (y no era la primera vez que mudaba, por cierto) convirtiéndose al Islam emergente de Jomeini y Gadaffi, y más tarde decantándose por un antisemistismo negacionista que le acarreó una dura condena en los tribunales franceses. Todo el universo de sus cogitaciones, los Hegel, los Kant, los Fichte, el planetario en que giraba en su órbita exacta la vieja esperanza revolucionaria, implosionó de pronto como un astro agotado abriendo el agujero negro de las más extrañas compañías intelectuales, desde cuyo “horizonte de suceso”, como dicen los astrofísicos, podía columbrarse lejano pero ya cegador el estallido de un integrismo acorde con las malas compañías elegidas. Pues bien, aquella esperanza blanca de mi generación se llama ahora Ragaa Garaudy y predica hoy la yihad en las mezquitas/garage con el mismo fervor que durante tantos años trató de conciliar el cristianismo con la ley de Marx. Dios no había muerto del todo, por lo visto. Hegel le había jugado una mala pasada.
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Las viejas conversiones, al estilo de la experimentada por Paul Claudel en Notre-Dame en la Nochebuena de 1885, tomaron en los inicios de la Guerra Fría un aspecto mediático sobresaliente que culminó el bautismo de Gary Cooper. Hasta de Mitterand se dice que cambió de credo, más o menos en secreto, casi al tiempo  en que los jóvenes desencantados de la vida pero encantados de haberse conocido a sí mismos iban a la India tras las huellas de John Lenon y de la ex-reina Federica a sentarse con el brahmán o a danzar con la túnica azafranada. Pero ha sido el derrumbe del mundo bipolar, el desconcierto de un universo ideológico, mental si se quiere, en el que ya dos y dos no suman cuatro necesariamente, la auténtica causa de este movimiento nuevo que busca en el Islam una nueva Edad Media de certezas contadas y derechos estrictos. Un señor pidiendo que le dejen actuar en la Catedral de Córdoba como a Pedro por su casa: pues eso, cualquier cosa. Y lo que es peor: una legión de dialécticos enzarzados a favor y en contra del peticionario, como si el problema de España fuera en este momento dónde puede rezar un peatón o como si de verdad el orante tuviera algún derecho para respaldar esa exigencia o, en fin, como si no supiéramos de sobra lo que contestaría el imán si alguna oveja enrollada le pidiera permiso para concelebrar en Santa Sofía que cristiana fue antes que morita, como gótica antes que morita fue la Mezquita cordobesa. ¿A que da la sensación de que el personal está perdiendo la chaveta a marchas forzadas y de que cualquier día nos monta un priscoconverso una huelga de hambre en el umbral de la casa enarbolando la llave que dicen que se llevaron previsoramente al exilio pensando en volver alguna vez? Si la fe mueve montañas, la del converso es capaz de echar abajo el firmamento y quedarse tan pancha. Claro que estas cosas pasan por lo que pasan, no sé si soy capaz de explicarme. Un día, en cualquier caso, cualquier día, nos vamos a enterar todos sin necesidad de explicaciones.

Volver a empezar

De confirmarse que el atentado de la terminal de Barajas ha sido obra de ETA y que con él ponen fin los bandidos a la llamada “tregua indefinida”, es posible que no falte quien celebre el fracaso del llamado “proceso de paz” en que el Gobierno se ha jugado el resto. También lo sería que éste prolongue su insensatez rebuscando argumentos que permitan prolongar artificialmente una apuesta que todo parece indicar que ha perdido. La vuelta a la violencia sólo admite una reacción cuerda y es la vuelta a la unidad de los demócratas en un frente común decidido a extirpar el viejo cáncer terrorista, o lo que es lo mismo, a la rehabilitación del abandonado pacto entre los dos grandes partidos a socaire del cual, se diga lo que se diga, se logró arrinconar al terrorismo en términos nunca alcanzados. Habrá que devanar ahora la madeja del revés y, con toda probabilidad, restablecer el fuero de la legalidad tan gravemente quebrantado en estos tiempos de absurda tolerancia, renunciando cada cual a utilizar el problema terrorista como arma electoral, desde el convencimiento de que no es posible pactar con quien no quiere ni legítimo ceder a las peticiones de la banda con tal de conseguir esa baza política. Volver a empezar, en una palabra, si fuera posible sin ánimo revanchista ni cálculo partidista, por la sencilla razón de que la vuelta de ETA es un drama (o una tragedia, eso ya se verá) que no concierne solamente al Gobierno que apadrina la peligrosa experiencia ni a su rival en las urnas, sino una desgracia que afecta a la nación entera. No tiene sentido que se echen cuentas para determinar culpas como no lo tiene abrir ahora una etapa de lamentaciones. Se trata simplemente de volver al tajo, de olvidarse de cambalaches, de acabar de entender de una vez por todas que incluso una paz aparente con ETA sería pan de hoy y hambre para mañana. Aunque la banda parece querer dejar claro que ni eso. Pues más claro todavía.

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Si se confirma el traspiés, digo, porque nadie garantiza que no se recurra a última hora a algún sofisma dilatorio, lo cual no tendría nada de raro teniendo en cuenta que la implicación del Gobierno –y en especial de su iluminado presidente—en la ingenua aventura implicará, de hecho, una auténtica crisis de Estado. Lo que no quiere decir que vaya a resultar fácil recorrer el camino de vuelta con una banda rearmada, unas policías perplejas, una Justicia patidifusa por la teoría de la “circunstancialidad” de la aplicación de la Ley y un aberchalismo crecido hasta donde no había llegado ni en los peores tiempos. Sería un error irremediable que PSOE o PP traten de pescar en ese río revuelto. La enorme decepción que ha de producirse en una opinión tenazmente bombardeada por una “agiprop” sin precedentes, también debe contar desde ahora en los planes de gobierno, y habrá que hacer un esfuerzo mayúsculo para evitar el revanchismo dialéctico de esa misma opinión. Quien se entretenga en estrategias en contra o a favor del Gobierno no sólo estará perdiendo el tiempo sino que causaría un daño tal vez irreparable sobre el cainismo creciente que las componendas legales y políticas con los terroristas han provocado en amplios sectores sociales. No tendría sentido buscar culpas y evidenciar yerros. Se trataría únicamente de restituir la unidad de acción contra el terror, de olvidarse de borrar al adversario en las urnas a base de lograr un éxito espectacular en la mesa de negociación, y de abandonar para siempre la utopía de que es posible negociar la paz con quien ha hecho oficio de quebrantarla, o lo que es peor, la idea de que se gana fuerza perdiéndola. Fuenteovejuna, eso es todo, el fuero único de la Ley, la fortaleza del Estado. Nadie en la Historia ha vencido al Terror con la templanza. A otro perro con ese hueso. Si alguien tenía alguna duda que se dé una vuelta por la terminal de Barajas.

La fiesta ajena

Una de estas frías noches pasadas tropecé con un grupo de amigos que trasportaban trabajosamente toda la logística necesaria para atender a los necesitados que duermen al raso. Iban de calle en calle, siguiendo un plano alzado a golpe de vista, tras el rastro de esa pandilla escurridiza y no pocas veces hostil que come de lo que rebusca y duerme donde le pilla, protegidos (¡) por cartones inservibles y al socaire del portalón apartado o acaso, –tal vez por subrayar la inmensa paradoja de esta vida—, al amparo de algún cajero bancario, y casi siempre con el tetrabrik a mano. Sólo un puñado de compasivos para toda una ciudad de varios cientos de miles de vecinos, una compañía de esforzados dedicada a llevar un poco de calor a los definitivamente abandonados, a los que nada tienen en medio del festejo, a los tristes (la indiferencia puede ser una forma suprema de tristeza) que nada esperan ya de nadie y que deben vivir una existencia meramente biológica, vagando alrededor de la horda pero sin la menor esperanza de reintegrarse a ella. La miseria habitual, incluso la extrema, ha acabado por ser asimilada por el Sistema (el Poder niega la estadística como si con ello consiguiera algo más que su propia indignidad), pero en medio de la fiesta universal contrasta con una luz negra que nubla toda posibilidad de ocultarla. El mito de la Sagrada Familia, espejo de indigentes y aldabón de la Providencia, se representa cada año en nuestras calles interpretado por esos “sin techo” que son rechazados por la tribu entregada a su “potlach” particular.
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Las cifras del negocio navideño son, en cambio, espectaculares, y aún deben de serlo mayores si tenemos en cuenta la tradicional discreción de los negociantes la hablar de sus beneficios. En la prensa europea se celebra este año el éxito de una campaña casi sin precedentes dinamizada por la irrefrenable carrera consumista de una muchedumbre solitaria que, según algunos cerebros, gasta mucho más de lo que puede en un alarde de derroche que quizá no tenga precedentes en nuestra historia. Y eso que en varios países está en curso el habitual debate sobre la pobreza y, en especial, sobre la situación de una legión creciente de “sin techo”, que en Francia, por ejemplo, ha forzado al Gobierno a plantear el problema en términos alarmantes ante la evidencia de que el abandono avanza de modo y manera que va engullendo, junto a la pobrea de solemnidad, a descolgados de las clases medias urbanas (los “smicards”, nuestros “mileuristas”, que en ese país han  aumentado en más de tres millones en dos años) ), cada día más presentes en la estadística real. Desde siempre la miseria ha jugado en Navidad su papel literario como ocasión de lucimiento del protagonista (habría que decir del antagonista o, cuando menos, del deuteragonista) que aparece en el momento justo en el lugar adecuado para realizar el milagro –anónimo, ‘of course’—que supone siempre el roce del ala de un ángel. Hay también, sin embargo, gentes de bien, tropa compasiva, grupos herederos de todas las caridades de la civilización, que son muchas, que se patean la ciudad congelada para llevar a los desdichados un sorbo caliente, un suculento mendrugo o la ironía, ¡dulce ironía!, de un puñado de mazapanes. No sabemos, claro está, cual es el balance real de los grandes vendedores; conocemos tan sólo la realidad que, vaga y fugazmente, nos ofrece la imagen del vencido que se acurruca en el umbral bajo su manta y sus cartones, olvidado de los otros y puede que de sí mismo, en esa trémula nebulosa que es la perspectiva de la derrota. Ni siquiera son piedra de escándalo, insisto, porque esa estampa ha sido metabolizada en el prodigioso laboratorio psíquico de la ‘falsa conciencia’. “¡A ver cómo le dices a éste ‘Feliz Año Nuevo’!”, ironiza uno de esos samaritanos. A ver, le respondo, sin saber qué responder.

La vida y la muerte

Dos asuntos empañan la actualidad navideña con la bruma de un debate inevitablemente “ideológico” y, en consecuencia –ay, maestro Schaff–, sesgado e impropio porque cada parte apaña el agua para su molino y cada quisque arrima la sardina a su ascua. Me refiero a la ayuda médica prestada por la Comunidad de Madrid a Fidel Castro (y no me digan que no resulta divertido escuchar a la presidenta Aguirre llamar a Fidel, “El Comandante”, como en los viejos tiempos), por un lado, y la implacable condena a muerte de Sadam Husein que habrá de ejecutarse, si Dios no lo remedia, en un mes contado a partir de ahora. La vida y la muerte, el derecho a vivir de todo hombre por el hecho de serlo y el que asiste a todo ser humano de que otro no se lo arrebate ni con leyes ni sin ellas. Hace poco ha salido por ahí un extraño trío formado por le gran Peter Handke, la Nobel Elfriede Jellinek y Emir Kosturica defendiendo contra viento y marea al miserable de Slobodan Milosevic, en cuyo entierro el admirado autor de nuestra juventud teatral, osó tomar la palabra para elogiar el genocida. Y ayer mismo Esperanza Aguirre ponía su vela al diablo en la polémica anticastrista lamentando (usó esa palabra) que la ayuda médica fuera para el dictador, como si el dictador, al margen de cualquier otra consideración, no fuera acreedor a la atención sanitaria como cualquier otro santo o cualquier otro canalla. Más práctico el nuevo primer ministro japonés, Shinzo Abe, dejaba claro que no llevaba en su agenda el tema de la abolición a pesar de la bronca que ha provocado la ejecución de cuatro pringaos el mismísimo día de Navidad y ni les cuento la abarrotada lista de espera que guardan los alcaides de las prisiones yanquis. La vida no vale un pito para la inmensa mayoría y pocos hechos tan miserables como el de condicionar su defensa a motivos ideológicos.
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Les engañaría si les dijera que la defensa de la vida de Sadam que va implícita ahí arriba tiene algo que ver con la compasión que ese infame no se merece: se trata de mera coherencia, de ‘mi’ propia coherencia. Pero también se engañaría quién pudiera atribuir la aceptación da la asistencia médica a Castro a un prurito izquierdista, y eso que nadie me convencerá de que la comparación entre Milosevic o Sadam con Castro pase de ser un vulgar sofisma, lo mismo si atendemos a la cantidad que si nos fijamos en la calidad de sus crímenes respectivos. El problema es otro: que la vida y la muerte del prójimo no están en manos del hombre civilizado sino en un plano elevado jamás tangente siquiera con la baja realidad, que nadie tiene jurisdicción sobre esos misteriosos atributos del ser, que meter la mano en tan misterioso costal es hacer de Dios por lo menos y de diablo con toda seguridad. No me explico cómo puede haber gente con cuajo para defender la tesis de que a Castro hay que dejarlo morir como a un perro o que a Sadam hay que ahorcarlo como a una alimaña, pero bien es cierta la intuición de Camus de que la moral, la simple y llana moral, esa facultad de la inteligencia que nos permite distinguir con probidad el Bien del Mal, bien miradas las cosas, no es atributo común a todos los humanos sino a una elite reducida de ellos. Hay más gente arremolinada al pie del patíbulo o expectante ante la lapidación que en los juicios respectivos porque lo fácil es dejarse llevar por el flujo del instinto y lo oneroso, lo difícil, discurrir vadeando trabajosamente los meandros de la Razón. Incluso si la venganza –porque de eso se trata tanto al exigir la horca como la negar la asistencia—acaba originando males imprevisibles y mayores. Qué más da. Nada le cuesta tanto al hombre como renunciar a ese fuero íntimo en el que él solito decide sin interferencias en el ámbito tenebroso que los romanos llamaban el “ius vitae nescisque”, el derecho a disponer de la vida tanto como de la muerte. Gustó poco que un antropólogo hablara del hombre como “el mono asesino”. Pero ya ven.

La fe del paciente

Un amigo del blog, J.R, Terrades, me recuerda el caso de un médico francés al que la Justicia, que es ciega, acabó considerando impostor al descubrir la policía que, en realidad, el hombre no era un simple charlatán sino un médico facultativo titulado por una universidad eminente. El doctor curandero, o viceversa, alegó en su defensa que él no hacía daño a nadie aplicando su leal saber y entender disfrazado como más pluguiera a su clientela, y que como curandero, en una palabra, ganaba mucho más dinero que como galeno titulado, o sea, que a ver. El viejo tema del curanderismo –sobre el que un gran médico, José María Osuna, escribió tan precioso opúsculo—está ahí desde el origen de la medicina oficial, quizá porque, en mi opinión al menos, lo que ocurre es que las lindes entre el saber propiamente científico y el arte de la experiencia las lindes han sido siempre borrosas, y me jugaría una mano a que siguen siéndolo. Lean a Dioscórides, si quieren, el sabio médico de Nerón que lo curaba todo con mercurio al tiempo que  iba reuniendo su famosísima “Materia Médica”, ese monumento a la praxis farmacológica que don Andrés Laguna, el médico del Emperador, comentó tan sabiamente pero, ay, con tantas concesiones a las viejas y entonces inevitables supersticiones ya en plena Modernidad. Yo que sé, tomen el caso de Paracelso, que pasa en la imaginación cultural por un monstruo de la naturaleza cuando lo probable es que ese genio soberbio que hizo quemar las obras de Galeno y Avicena, no pasara de charlatán ignaro y sacaperras andariego. Si los alquimistas ronearon con el “oro potable” que todo lo sanaba, no fueron pocos los médicos oficiales que le acompañaron en la ilusión o en el camelo de los “remedios universales”, incluyendo al mentado Paracelso cuya “panacea” o “elixir de la vida” no evitó su temprana muerte. Hay quien dice que la curación no está tanto (o sólo) en la mano del sanador sino en el coco del paciente. También dicen otras cosas sobre los médicos, pero ésas me las callo.
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En una velada porteña en casa de Cipe Lincovski, me contaron la historia de un médico tronado de apellido Martínez que había decidido actuar de ayudante de un curandero ganancioso, al que amparaba de las policías con su título y al que daba asilo su consulta. La fama del curador tiene extrañas raíces, sobre eso no hay duda, y si no a ver cómo me explican el auténtico milagro que supone el éxito que durante siglos tuvo entre millones de criaturas la llamada “piedra de Butler” o el “alkaest” de Helmoncio. El padre Feijóo nos cuenta en sus “Cartas eruditas y curiosas” el caso de un médico sevillano, el Dr. Vázquez Cortés, que lo trataba todo a base de agua haciendo trasegar a sus pacientes –que esos pobres sí que lo eran por derecho propio—no sé cuántos galones de aquella linfa que Velázquez pintó con mano maestra fluyendo desde la talla de “El aguador” al vaso transparente y que se conserva en el museo de Wellington. Feijóo, ni que decir tiene, pensaba que todo ese montaje era camelo puro y atribuía sus eventuales beneficios “al propio beneficio de la Naturaleza” y no al arte ni al remedio. Pero el pueblo soberano consagra otro rumbo y ahí tienen a la grey apretujada a las puertas de Paco Porras o de cualquier santón con cuajo suficiente para embaucar a un doliente y sacarle los cuartos. Y la verdad es que uno lee hoy las cosas que escribía el maese Arnaldo (huy, perdón, quería decir Arnau) de Vilanova, pongo por caso, o escucha atentamente su salmodia salernitana y llega a la conclusión de que el médico de hoy sería un curandero de mañana. Hay sistemas públicos de salud, por otra parte, que contratan médicos por horas, incluso en servicios de urgencia. Ya me dirán qué puede tener de extraño que cualquier día veamos de nuevo en los periódicos noticias como la que me envía mi querido corresponsal o la que yo mismo escuché en una inolvidable tenida porteña.