La mano blanda

Se acercan las elecciones y el poder ha de mostrar las menos aristas posibles, su cara más amable para cuantos más, mejor. Chaves diciendo que va a aplicar una grave ley como el POTA de una manera “flexible” que a ver de qué manera distinguimos de “arbitraria”, dado que él será en cada caso quien establezca el grado de rigidez. El alcalde de Sevilla renunciando a aplicar la ley Antibotellón tal como viene escrita para atenerse sólo a algunos casos que también será él, naturalmente, quien califique y elija. La ley, papel mojado: mucho discutir mucho tira y afloja, y a la hora de la verdad, vale en exclusiva lo que al Poder convenga que valga. Uno se pregunta hasta qué punto estos procedimientos podrían ser objetados por una Justicia independiente que viera en ellos siquiera la sombra de la prevaricación, porque la Ley está para cumplirla y se acabó lo que se daba. Otra cosa es retorcer el derecho y pasarse la democracia por el arco. 

Cinismo sobre vergüenza

No sólo no se desmarca con claridad del indecente video contra el Ayuntamiento de los onubenses colgado en Internet por “amigos políticos” del PSOE (vamos a dejarlo ahí) sino que sale a la palestra ese desahogado autodidacta sin más méritos que la fidelidad perruna, que es Mario Jiménez, y dice, como tal secretario de organización del partido, para insistir, en tono barriobajero, en las famosas llamadas a prostíbulos que está demostrado que efectuó un chófer del consistorio, pero apuntándoselas al alcalde. Una indecencia que, repitámoslo, resulta inconcebible en el viejo PSOE, y que fácilmente podría reventar si a otros se les ocurriera colgar en Internet videos contando la historieta de Barrero resistiéndose a la Guardia Civil en el control de alcoholemia o tomándole el pelo a la Policía Municipal con el carné en la boca, o tal vez reproduciendo el culebrón de los solares de Punta “regalados” a los amiguetes, o incluso a un pobre delegado de Medio Ambiente recogiendo papeles para irse a casa por haberse negado a suscribir el megaproyecto barrerista de construir sobre un terreno no edificable, el de un concejal golpeando a una mujer y cogiéndole el culo a otra, y un largo etcétera. Esto es asqueroso y, seguramente, la sensibilidad de nuestra capital habrá tomado nota de de la infamia. 

El rey palermo

En una divertida crónica que envía desde París mi a migo Rubén Amón se nos informa de la aventura de una informática francesa, Marie-Claude Lovisa, que ha sido entronizada en una aldea africana, allá por los andurriales de Togo, donde anda empeñada en civilizar como puede al personal tras haberse curado de una dolencia reumática en Lomé, la capital fronteriza de esa extraño país. A Marie-Claude le han encasquetado una corona de hojalata e impuesto el real nombre de ‘Mawu Lolo’ –que, en dialecto ewe parece ser que significa nada menos que “Dios es grande”—tras soportar los correspondientes ritos de paso, tras lo cual cuentan que ha logrado organizar una especie de oasis al que envidian los poblados vecinos. Por menos hicieron rey de España a don Amadeo el saboyano, todo hay que decirlo, pero resulta que no faltan en nuestra historia patria casos iguales o superiores al de la reina togolesa, como aquel de Gonzalo Guerrero que cuenta Bernal Díaz del Castillo en su “Historia Verdadera”, y que llegó a oídos de Hernán Cortés flotando en el rumor de que un hombre blanco, antiguo esclavo capturado tras un naufragio, señoreaba una tribu maya desde hacía un  tiempo. Aparte de Bernal Díaz, el cronista Herrera y otros curiosos, sabemos que Guerrero fue un marinero de Palos que, en efecto, casó con la hija de un cacique y se erigió en supremo de la tribu, resistiéndose con uñas y dientes a la vehemente requisitoria de sus compatriotas para que volviera a una civilización en la que él no veía mayores ventajas, aunque lamento no tener a mano la comunicación sobre el personaje presentada, no hace muchos años, a cierto congreso por el profesor Bibiano Torres. Ya ven cómo la experiencia se encarga de probar la endeblez del concepto monárquico y de echar por tierra toda esa mitología de la sangre azul y la legitimidad divina que –al margen de otras tradiciones ciertamente primitivas– el cristianismo, sobre las huellas de la tradición israelita conservada en la Biblia, se encargó de difundir por el mundo civilizado. Maurois se quedó corto cuando bromeó diciendo que “le premier roi qui fut roi fut un bandit hereux”. Hay ejemplos como los que comento que sugieren lo poco que hace falta para instaurar una dinastía.
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Claro que no sé por qué habríamos de extrañarnos de esta monarquía palerma, que no sé si prosperó o resultó efímera, teniendo en cuenta los dudosísimos orígenes de la dinastía monagesca, por no hablar del montaje napoleónico o el escándalo de Catalina. El ojo crítico de Goya no deja títere con cabeza cuando retrata a nuestros Borbones, como tantas veces se ha repetido, y hay que ver los esfuerzos que hubieron de hacer muchos maestros de la Decadencia, incluido Velázquez, para salvar buenamente en sus regios retratos tanta expresión bobalicona. El monarquismo es una ideología con origen en la fuerza y razón en una credulidad popular que llegó a tragarse a pies juntilla que los monarcas franceses –recuerden el precioso libro de Marc Bloch sobre “Les rois thaumaturges—poseían la capacidad para curar las escrófulas imponiendo sus manos. Pero a la vista está que puede levantarse también sobre cimientos muchos más frágiles e improvisados, pues que sé yo, el cuento de aquel palermo que tal vez se hizo pasar por la mismísima divinidad o la fábula de una lionesa disgustada con esta civilización antropofágica que, buscando aliviar su disforia, se vio coronada sobre un trono ante el que se inclinan reverentes unos miles de súbditos espontáneos. A Guerrero trataron de convencerlo sin éxito para que devolviera el cetro a sus tribales y se volviera a remendar redes en Palos. ¡A buenas horas! No se deja una corona así como así una vez conseguida. Los españoles sabemos mucho de eso incluso al margen del ejemplo de nuestro rey palermo.

Embarrar el terreno

El lío de las denuncias urbanísticas recíprocas entre partidos se parece cada día más al despreciable truco de los equipos tramposos que embarran el terreno de juego para impedir su práctica. Hay muchos ejemplos, pero quizá ninguno tan insidioso como la acusación del PSOE al alcalde de Puerto Real –un regidor que le viene dando sopas con honda desde siempre—de haber favorecido a su hermano. Más allá de la estricta y rigurosa autodefensa de ese alcalde, quizá la Junta debería preguntarse si tiene sentido acosar a un político intachable durante años al tiempo que se cuela por la puerta falsa en algún  un Ayuntamiento aljarafeño un proyecto que favorece descaradamente a la parentela de la más alta dirigencia del partido. Barroso no ha hecho la inacabable relación de “casos” que van desde Sanlúcar la Mayor a El Algarrobico pasando por Punta Umbría, Estepona o Chiclana y cien puntos más, pero podría hacerla sin esfuerzo. Colgarle a él esa acusación insustancial como una seña de corrupción constituye un ultraje a la vida pública aparte de un temerario desafío que podría acabar como el rosario de la aurora.

Palos y velas

Que cada palo aguante su vela, eso es lo más justo. Por eso tiene sentido la maniobra del PP de llevar al Congreso la exigencia de que se acometa de una vez la carretera Huelva-Cádiz, ahora vetada al alimón por le PSOE e IU. La medida no tiene por objeto ganar lo que sin mayoría no se puede, obviamente, sino dejar claro quien está a favor de esa obra trascendental para la provincia y quien se opone a ella, del mismo modo que en su día se forzó a los diputados onubenses del PSOE –los mismos que votaron todo lo votable cuando ocurrió lo del ‘Prestige’– a descubrirse votando en contra de que se concediera a los quemados del gran incendio onubense la ventajosísima condición de “zona catastrófica” para luego votar a favor de que se le concediera a los quemados de Guadalajara. Está bien que el pueblo sepa lo que hacen sus representantes, pero con nombres, apellidos y etiqueta de partido.

El peligro invisible

Un fantasma recorre Europa, si me disculpan la imagen marciana, desde Londres hasta Posadas, la pacífica localidad cordobesa en la que una familia ha sido devastada de manera fulminante por algún agente letal desconocido que la autoridad, por el momento, no ha sido capaz de identificar. A diferencia de lo ocurrido en Londres, donde los facultativos determinaron enseguida la autoría del ya célebre ‘polonio-210’, la sustancia radiactiva presumiblemente suministradas por el espionaje ruso al colega disidente Alexander Litvinenko, los forenses de Posadas no han sido capaces, tras la autopsia realizada, de determinar más que una vaga teoría según la cual parecería poco probable que las tristes muertes que llora ese pueblo hubieran tenido como causa la alimentación alimentaria. Los investigadores foráneos han dado atacado cabos enseguida determinando que también la esposa del espía envenenado como el ex primer ministro Yegor Gaidar o el académico italiano Mario Scaramella habrían sido contaminados con la misma sustancia asesina de la que, por si algo faltaba, han sido localizados restos significativos en varios aviones de línea así como en al menos una docena de lugares repartidos por todo Londres. Pero tanto en esa gran metrópoli como en el modesto pueblo el miedo anda haciendo estragos entre una sorprendida población que no sabe por dónde ni a santo de qué se le viene encima semejante amenaza. Se repiten periódicamente en esta sociedad hiperestésica episodios de alarma e incluso de terror provocados por la amenaza invisible que, como en el escenario de las pestes antiguas, sugiere el riesgo de una indetectable presencia ante la que al ciudadano no le queda otro remedio que aguardar pasivamente el reparto caprichoso del destino. El progreso de la comunicación ha traído muchas ventajas pero también este efecto negativo que encierra su capacidad de inquietar a la muchedumbre sin mayores miramientos.
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Pasó en su día con la tragedia del aceite de colza, se repitió cuando la verdadera crisis alimentaria que llegó a provocar el susto de las “vacas locas” o el posterior de las dioxinas, por no hablar del disparate organizado en torno al aceite de orujo, y en todos y cada uno de los casos la crisis hizo su trabajo, fue diluyéndose luego hasta pasar por completo al olvido de la población sin ofrecer, en ningún caso, explicaciones claras sobre lo ocurrido. La leyenda del veneno imprevisible, la amenaza, real o supuesta, del agente mortal, la sombra funesta aunque tal vez imaginaria del peligro que no puede verse y queda fuera de control, medran imparables en la opinión pública hasta desatar la histeria con la que algunos harán fortuna sobre la ruina de otros y la jindama de la mayoría, realidad repetida que pone en evidencia la ventaja estratégica del Mal sobre el Bien, la superior credibilidad de sus artimañas (Hanna Harendt, Primo Levi, el propio Poe o Lövecraft) respecto de las razones opuestas, la chamba que favorece de modo fatal las sugestiones irracionales frente a la resistencia de la razón humana. No es que la historia que se inicia en el espía Litvinenko tienda a la novela, sino que la novela hace tiempo que descubrió estas fallas de la conciencia por las que cualquier infiltración cabe holgadamente y más en una sociedad sometida en tan alto grado a la tiranía del mensaje mediático. En Posadas cunde un miedo conectado de manera inconsciente con los temores londinenses quizá porque el fantasma de Goya se pasea hoy a grandes zancadas por el alfoz de esa aldea global que insisten en negar los ciegos voluntarios. Que es lo mismo que ocurrió en los EEUU cuando la leyenda (o lo que fuera) del ántrax o en medio mundo ante la sombra esquiva de Al Queda. La postmodernidad nos ha devuelto a la alcoba infantil y ha apagado la luz. Nunca el Mal jugó con tanta ventaja ni el Bien tuvo menos baza que en esta timba planetaria que va siendo ya el nuevo siglo.