Cuestión de palabras

A Giahsa, ese monopolio frustrado respaldado por el PSOE, le ha salido mal también la jugada de reclamar el oro y el moro al portavoz del PP triguereño por haber dicho –y coloquialmente, a ver quién da menos—que la multiplicación por tres del precio del agua potable en Trigueros, llevada a cabo por la mimada empresa pública, constituía “un robo”. Mera cuestión de palabras, evidentemente, bajo la que subyace la realidad de una desastrosa operación que le costó la alcaldía a Domingo Prieto, es decir, a su partido, a pesar del peso político que ese político experimentado tuvo siempre y tenía entonces. El leñazo del Supremo es tremendo, como puede comprobarse en la sentencia que ni ve en la expresión del “popular” insulto alguno teniendo en cuenta el ámbito en que se produce, ni deja de ver en el propio recurso un intento no poco temerario de achacar a los anteriores juzgadores debilidad bajo presuntas presiones. Un palo en condiciones, sin duda. Giahsa haría bien controlando su ambición y no metiéndose en política

Picos pardos

La autoridad concejil de Ámsterdam, capital permisiva  con la prostitución donde las haya, no conforme con mantener la antigua lonja en que el puterío exhibía sus gracias en los famosos escaparates, anda pensando en elevarle un monumento a la hetaira que debería estar listo para marzo, ser de bronce y representar a una moza de partido “‘apoyá’ en esquicio de la mancebía”, los brazos en jarra y la mirada prendida sesgadamente del cielo. Responde así la autoridad a la propuesta de una antigua profesional, Mariska Majoor, dedicada actualmente a regentar un centro informativo para sus antiguas compañeras que se ha hecho merecedor en poco tiempo del respeto de muchos ciudadanos, a pesar de lo cual, parece que nadie quiere ver levantarse en su vecindad una estatua que, sin duda, nace destinada a convertirse en emblema de la ciudad. Es el fin de la proscripción, en definitiva, el acabóse de una tradición que ha venido considerando el negocio de la carne como algo inevitable aunque pecaminoso y, en consecuencia, denigratorio a pesar de ser, como decía el santo de Hipona, “un mal necesario”, tan necesario para el peatonaje como la cloaca para la ciudad (sic), una vieja metáfora agustiniana de lo más impío y de lo menos humanista que quepa imaginar. No es nuevo el debate sobre los derechos de las putas, expresamente reconocidos –aunque de aquella manera, por supuesto– por el Rey Sabio en Las Partidas o sesudamente razonados por juristas tan notorios como el “presidente Covarrubias” o el padre Domingo de Soto, que no veían modo de argumentar contra el “contrato” de facto que implicaba la entrega del cuerpo al dueño del dinero. En la España del siglo XIV se impuso a las colipoterras la obligación de vestir ropa específica –los famosos “picos pardos”—para diferenciarse del común de las decentes, siquiera teóricas, cuya honrilla exigía la segregación de las otras mantenidas de sus maridos. Pero sería la reacción tridentina a partir del XVII la que intentara, con inútil severidad, cerrar los prostíbulos y penar el lenocinio. La prohibición de Franco fue ya un puro anacronismo y la reciente de Barcelona un escarnio que metía en un mismo paquete a putas, mendigos y vendedores ambulantes. A las putas no han sabido ponerlas en su sitio más que Quintero, León y Quiroga.
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La polémica actual es, de todos modos, como saben ustedes, más compleja en la medida en que quienes defienden a las meretrices andan divididos e irreconciliables entre reguladores y abolicionistas, es decir, entre quienes creen que lo que el Estado debe hacer es proteger a la mujer que dispone libremente de su cuerpo, y quienes opinan que ese derecho implica una degradación que más vale combatir en su raíz. Ni entro ni salgo. Erigirle un monumento a las putas no deja de ser una decisión descomunal que, sin embargo, es probable que no disgustara a Quevedo o a Moratín. De un cardenal laico francés (y no hay más que uno, así que echen la cuenta) se afirma que falleció feliz en un prostíbulo, leyenda calcada de la que se atribuye a un insigne historiador católico español (y tampoco hay tantos) sorprendido por la Parca en plena proeza, y hay en nuestro descreído XVIII cuentos a manojitos sobre frailes y pelanduscas. Quema en las manos este tema jodido. Se asegura que cierto líder libertario llevaba en sus campañas un vagón dispuesto para el “descanso del guerrero” pero que hacía fusilar sin miramientos a las putas que agarraban males contagiosos. O que Luis de Baviera se encoñó hasta la locura con Lola Montes en una novela que no podría imaginar el mismísimo Merimée, gran admirador del ‘ganao’ que ofrecían los lupanares patrios, como tantos viajeros románticos. ¡No las convidaba Alejandro VI a sus festines! Pues eso. Para la primavera habrá que darse un voltio por Ámsterdam para comprobar ‘in situ’ esta apoteosis de la ramería. Peores monumentos hemos visto todos. Y sin decir ni pío.

La deuda perdida

El Tribunal Supremo, mayoría sociata entre sus manguitos, ha dicho alto y claro que de “deuda histórica” nada de nada, que eso estaría muy bien para dar por saco al PP mientras duró el exilio en la Babilonia autonómica, pero que el Estado no puede andar metiendo año tras año en sus Presupuestos sus presuntas o efectivas deudas con las regiones. Los catalanes han sido mucho más listos, y se han hecho blindar los planes de inversión, es decir, no se han entretenido en hincarle el diente a la moneda sino que han abierto el saco con una mano manteniendo el trabuco electoralista con la otra. Nosotros, en cambio, hemos pasado ocho años de bronca con Madrid pero hemos perdido hasta el último real a cambio, eso sí, de votos para Chaves. Vamos a ver qué hace Chaves ahora, si es que hace algo, qué le dice a su partido en Madrid, y cómo valora esta decisión –seguro que respetadísima—de esa suprema corte que cuenta con indiscutible mayoría de su partido. 

El parque

El parque por antonomasia de Huelva, aunque poca gente se acuerde, si es que alguna vez se supo, quién era el prócer don Segismundo Moret. El Parque Moret, antiguo gran pulmón externo de Huelva, engarzado hoy en plena ciudad, entre los barrios populosos de la Orden y Santa Marta, Huelva profunda donde las haya. Treinta hectáreas con su lago artificial, sus barcas paseantes, sus merenderos y sus pistas de senderismo, una pieza clave de la nueva ciudad a la que antier se arrimaron millares de onubenses dispuestos a recuperar lo suyo tras tantos años de abandono o desidia y, en buena medida, como fruto de la iniciativa cívica secundada por el Ayuntamiento. El Parque de Huelva, el paisaje inmortalizado de don Pedro Gómez, con sus cabezos rojos y sus pinares antiguos. Otro logro. La muchedumbre que acudió a estrenarlo el sábado demuestra que conoce su valor y pondera lo que significa.

Todo es empeorable

Entre los extremos curiosos que han sido recordados a propósito de la muerte del empresario catalán Juan Vilá Reyes, protagonista del más sonado escándalo de la dictadura, el “caso Matesa”, elijo su afirmación, contenida en su libro memorial escrito hace unos años, de que fue él mismo quien le explicó a Franco –cara a cara, que a había que tenerlos bien puestos– cual era su procedimiento para evadir dinero fuera del país “de la misma manera que lo venía haciendo la oligarquía financiera”. Mirado con la perspectiva de los años, caben pocas dudas de que el “caso Matesa”, por su volumen y procedimientos, incluso por su elemental ingenuidad, resulta una broma de la que se carcajearán divertidos esos jayanes que practican hoy la rapiña que llaman eufemísticamente “ingeniería financiera”. También parece claro que aquel zambombazo al pujante Opus Dei fue más que nada una conjura de los llamados “azules” quienes poco después recibirían la réplica vengativa cuando desde la orden seráfica se conjuraran para sacar a la luz el mangazo de “confecciones Gibraltar”, en el que los beneficiarios eran sus rivales. Pero lo que, en resumidas cuentas, más debe importarnos, a mi juicio, es la evidencia de que las corrupciones han crecido exponencialmente en una sociedad mucho más desarrollada, rica y compleja, confirmando la teoría que, a la sombra de Bourdieu,  sostenemos muchos (bueno, unos  cuantos, al menos) de que el agio, el negocio sucio, la productiva putrefacción de la vida económica es un efecto tal vez inevitable del capitalismo a gran escala de la era postmoderna. Vilá Reyes –a quien echaron un par de siglos largos de cárcel junto a otro par de ministros, naturalmente indultados—no hacía otra cosa, la criatura, que fingir que exportaba telares subvencionados que, en realidad, se endosaban a empresas fantasma montadas por él mismo. Un día en Buenos Aires, el poeta comunista y eximio librero Héctor Yánover, me señaló al pasar un edificio medio abandonado en el que según él, enmohecieron los telares por  vender con los que enriquecía el integrismo católico español de los Ullastres, los García Moncó, los Espinosa San Martín a costa de los cuatro cuartos que, en impuestos indirectos, el régimen le sacaba a los españolitos. “Bueno, tú no te vas  escandalizar por esa vaina”, le dije extremando mi precario lunfardo. “Y claro que no, mi viejo, si le mostré a vos el almacén fue no más por la cosa arqueológica”. Llevaba razón Yánover (los poetas raro es cuando no la llevan): la corrupción es arqueología, sólo que una arqueología mejorada por un progreso constante.
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El argumento de que con la dictadura la podre económica era igual o mayor que la que padece nuestra democracia me parece miserable además de mezquino y,  además, temo que no resistiera una auditoría seria. La corrupción fue para Franco  –un filósofo de batallón, un furriel moralista—un instrumento de control más del que, maquiavélicamente, era normal que el gobernante se sirviera, y eso fue lo que contó con crudeza no poco llamativa su primo y confidente Franco Salgado Araujo en unas memorias demasiado olvidadas: que el Caudillo cerraba los ojos a los manguis convencido de que la mangancia iba implícita en la humana naturaleza y de que los mangantes son los adictos más fieles. ¿Y qué hay de nuevo en este punto –hay que preguntar hoy– acaso los poderes democráticos no han permitido y hasta practicado la corrupción para financiarse y para convertir en un círculo de hierro el anillo de oro en que se blindaban los “amigos políticos”? Vilá Reyes resulta un pringao si se le compara con los grandes defraudadores que hoy desvalijan las arcas públicas y las privadas y, sobre todo, si se contrapone su primitivismo logrero con las altas tecnologías del agio que hoy se sabe de memoria cualquier concejal.

Curiosas coincidencias

Que a lo de Marbella –un secreto a voces, una viejísima denuncia de El Mundo—no se le metiera mano hasta que convino para tapar un escandalazo incómodo en extremo para el propio Gobierno. Que a los ediles “populares” de Alhaurín el Grande sólo se les detuviera coincidiendo con la presencia del propio Rajoy en la comarca. Que cada vez que el Gobierno tiene por donde temer cae un racimo de rivales y en cada ocasión que se descubre un desvalijo atribuible a los suyos, la máquina policial y judicial se moviliza como si la hubieran engrasado. Qué casualidad, coños, esta administración de noticias que, de hecho, persigue y logra a administración de titulares, y qué inquietante sensación de que se utilizan los recursos administrativos para influir en el juego político y torcer la deriva electoral. El PP tendría que exponer a la vergüenza pública a sus corruptos exigiendo que en la misma picota se mostraran también los de enfrente. Para que los conociéramos los contribuyentes y no sólo los mandamases.