‘Primarias’ y ocho cuartos

La fracaso de la institución de las “primarias” como instrumento de democratización interna del PSOE no es la única de las promesas fallidas de ZP. También prometió limitar los mandatos, bajo la sombra de Aznar todavía, o forzar la transparencia en la vida del partido y en la pública. Y que si quieres arroz. Antesdeayer mismo se pasaba Chaves por el arco la decisión “soberana” (juas juas) de la asamblea de Ronda para imponer sobre la candidata elegida otra que a él le cae mejor, un caso que cuenta ya con precedentes en Huelva y alguna que otra provincia. Chaves no reconoce ‘primarias’ que valgan ni necesita siquiera de los pucherazos famosos, porque le basta con imponer su real gana a un partido que funciona cada día más como una máquina movida por una nómina. 

El caos de las urgencias

Pocas veces se ha vivido en el ‘Juan Ramón Jiménez’ una situación tan tensa como la que está provocando el desastre de la atención en el servicio de urgencias, un desastre anunciado por los sindicatos y denunciado por tirios y troyanos que hace cuestión de días el delegata incombustible, arropado por facultativos que harían tal vez mejor ateniéndose a su función médica que extraviándose en la política, daba por resuelta gracias a su genialidad organizativa. ¡Va listo, don Pozuelo, que reconoce, el tío, a estas alturas y con toda la geta del mundo, que Huelva tendrá que esperar aún año y medio para medio contar con un servicio en condiciones! O mejor dicho, ¡van listos los onubenses con gestores como éstos con que el SAS castiga a Huelva! Las escenas vividas en el Hospital “de referencia” de nuestra provincia han sido de aúpa. Habrá que confiar en que la suerte se encargue de aliviarnos los efectos de los estropicios que provocan quienes deberían garantizar siquiera un servicio normal. 

Negar por negar

La ministra alemana de Justicia, Brigitte Zypries, pretende aprovechar la presidencia rotativa de la UE para establecer unos principios básicos en torno al negacionismo de ultra derecha y, en definitiva, conseguir que, de una vez por todas, el conjunto europeo y no solo un puñado de naciones aisladas prohíba penalmente las propagandas neonazis y, especialmente, la negación de la realidad del Holocausto. Coincide con este razonable propósito la renovada declaración negacionista del presidente de Irán, el antiguo terrorista Mahmud Ahmadineyad, que en declaraciones exclusivas a este periódico confirmaba ayer mismo su teoría de que aquel genocidio no existió más que en la publicidad sionista y hasta tiene el cinismo de reclamar libertad de investigación de lo ocurrido en busca de pruebas fehacientes, en contra de la evidencia, se entiende. Tal vez la estrategia de negar la gran culpa no es sino un caso particular de esta singular locura que lo mismo sostiene que las pirámides no pudieron ser obra humana sino trabajo alienígna, que Hitler no murió en los sótanos de su cancillería sino que vegetó durante decenios en Argentina, que el gran misterio evangélico sería la hierogamia entre Jesús de Nazaret y María de Magdala o que la película del primer alunizaje fue, en realidad, un montaje propagandístico con cargo al presupuesto de Guerra Fría. Por opinar que no quede, y el auge de programas friquis de índole pseudo o paracientífica no parece tener límites. ¿Por qué penar la negación del Holocausto si se consiente la intoxicación sistemática de la opinión con las hipótesis más banales? La ministra alemana no se mete en ese cuestionario sino que se limita a agravar las penas aplicables a los recalcitrantes de aquella tragedia humana y a tratar de extender este modelo sancionador a todo el territorio comunitario. La Verdad, que casi nunca ha sido un objetivo político, se ha convertido ahora en un simple instrumento publicitario por completo ajeno al imperativo ético. Aunque bien pensado, caigo en la cuenta de que si he dicho ‘ahora’ ha sido por decir algo.
                                                                xxxxx
Frente a Francia, Alemania, Austria y España que castigan la negación de la tragedia judía, los Países Bajos y los escandinavos, Gran Bretaña e Italia han venido sosteniendo durante estos años que una prohibición semejante resulta incompatible con la libertad de expresión, excusa muy acorde con ese principio absurdo de la “corrección política” que predica el respeto a todas las opiniones, como si negar la ley de la gravedad fuera un derecho del mismo orden que discutir los arcanos de la Pitia. El caso es que la UE podría en breve cerrar ese círculo de hierro alrededor de actitudes que se oponen al imprescindible surgimiento de una conciencia europea comparable a la que el continente experimentó en el XVIII y cuya trascendencia ecuménica puso de relieve magistralmente hace muchos años Paul Harzard. Con el apoyo de una Italia que se aleja del modelo berlusconiano, pronto pudiera ser una realidad que en los 27 países de la Unión negar la evidencia del Holocausto podría costarle al extremista tres años de cárcel, y no olvidemos que entre los negadores de esa evidencia, aparte de fanáticos como el que preside la vieja Persia, hay personajes como Roger Garaudy que han simbolizado durante decenios el más limpio progresismo europeo. Quizá no estaría de más extender la cruzada –aliviadas las penas, como es natural– al vasto ámbito del debate público en el que se comercia al por mayor y al detall con el irresistible poder de atracción que siempre ejerció la paradoja sobre los espíritus simples y no tan simples. Porque si no se le pueden poner puertas al campo de la imaginación, también es verdad que la neutralidad consciente ante el fraude constituye una grave responsabilidad de los poderes públicos. Alguien le dejó caer alguna vez a Guizot que un país de enterados sería una república ingobernable. Guizot le contestó que prefería ese riesgo a la “bendición” que supondría una república de tontos.

A fuerza de leyes

El repetido proyecto de la Junta de Andalucía de establecer la paridad entre hombres y mujeres en los cargos públicos no se ha cumplido nunca ni se ve fácil un próximo cumplimiento. A Chaves le ha bastado hasta ahora con prometerlo (como el “seguro social”, como el sueldo/vacaciones de las amas de casa, como las habitaciones hospitalarias individuales, como…), sin que nada ni nadie lo haya forzado a cumplirlo. En adelante, sin embargo, él mismo se va a obligar por ley a hacer lo mismo que incumple, gran paradoja con independencia del dislate peregrino que supone el propio criterio de paridad impuesta. Ni que decir tiene que de poco va a servir esa ley, pero, miren, ahí quedará como quedaron las promesas anteriores y como quedará, seguramente, muchas de las por venir. La igualdad entre sexos tiene una lógica propia que poco tiene que ver con su utilización política. Chaves, incumpliendo su promesa al tiempo que la convierte en ley lo prueba a la perfección. 

Dinero contra racismo

Sorprenden un poco que lo que al Partido Independiente de Nerva (GINER) no le guste en la decisión del alcalde del PSOE de resolver el largo enfrentamiento racista entre payos y gitanos que la localidad vive hace meses a base de comprarle los pisos a los primeros, sea la cuestión normativa, burocrática incluso, de si en las atribuciones del alcalde o la comisión cabe esa compra de pisos a razón de 60.000 euros el pelotazo. Porque no me digan que la misma ocurrencia –recurrir a la compra de las viviendas amenazadas ante el fracaso de la autoridad–  no tiene delito, por más que el PSOE parece haber hecho un método de ese recurso inventado por el Ayuntamiento de Sevilla cuando liquidó personalmente un asentamiento chabolista repartiendo bolsas de miles de euros para que se fueran con la música a otra parte, es decir, para que simplemente trasladaran el problema unos kilómetros más allá. Y es este aspecto increíble –que un Ayuntamiento tenga que comprar los pisos de vecinos acosados en vista de su incapacidad de garantizar la seguridad—lo que resulta grotesco. En cualquiera, pero en un Ayuntamiento que se postula de izquierdas, más si cabe.

Técnica del suplicio

Se han levantado las voces de repulsa o puntualización tras la brutal ejecución del hermano de Sadam y otro de sus colaboradores. Desde los EEUU se nos dice con el cinismo más gélido que la verdad es que el crimen “pudo hacerse mejor”, es decir, que no se cuestiona la mayor, el asesinato legalizado, sino los modos, ciertamente sádicos, con que los verdugos han sido encargados de perpetrarlo. Normal, teniendo en cuenta lo que hay que tener. Desde Rusia –ya ven qué sarcasmo—la crítica se limita a apuntar que los nuevos suplicios no ayudan a estabilizar la situación sino, con toda probabilidad, a enconarla hasta límites imprevisibles. Desde Francia, a la sombra de la guillotina, altos funcionarios se han desdoblado como contorsionistas éticos para decir que “sí pero no”, que la pena de muerte no es civilizada pero, ah, que allá cada cual en su país con las habas que en sus pucheros se cuezan. Y, en fin, el canciller irlandés, por su parte, se ha acompañado con la gaita para decir que se siente “perturbado” por las “horripilantes” circunstancias que han rodeado la ejecución del hermanísimo Barzan Ibrahim, a saber, la decapitación del reo provocada por un mal cálculo del verdugo o sabe Dios por qué. Los expertos también han aprovechado para instruirnos, no vaya a ser cosa que los peatones creamos que las ciencias y técnicas de la muerte carecen de hermenéutica, y nos han explicado, por ejemplo, con aterradora frialdad, que la muerte en la horca puede producirse, a) por fractura cervical, b) por asfixia y c) por decapitación. Ya saben una cosa más, pues: “la distancia a la que el preso ha de caer al abrirse la trampilla se debe calcular en relación a su peso, altura y físico”, un poner, 2,438 metros de soga para el supliciado que pese 56’625, o bien 1’836 ms para el que arroje en la báscula 72’48 kgs. Así, con decimales, en plan ciencia exacta. Están en la inopia quienes crean que el “Juez de la Horca” era un borrico entero. En realidad era un virtuoso.
                                                                xxxxx
Nuestros viejos verdugos le dieron a Daniel Sueiro hace años una crónica de primera mano sobre la crueldad legal que contribuyó no poco –eran todavía tiempos de esperanza—a disipar la dura opinión tradicional favorable a la última pena que forma parte del psiquismo y del iconostasio hispano. Escenas terribles hasta el absurdo como las que Berlanga zurció en su histórico peliculón, sólo que infinitamente más sórdidas, más execrables y, por descontado, más impías y más farisaicas, escenas atroces como goyescas, garrotes chapuceros como los del aguafuerte de Cela, patíbulos como el que en Valle retrató en la Moncloa madrileña rodeado de la golfemia madrugadora en un ambiente de trementina modernista y humazo de churrería –“Apicarada pelambre/ al pie del garrote vil…”—ni más ni menos feroz en su casticismo aparente que el de los pistoleros chiítas o sus rivales sunníes. Hoy, es verdad, parece que la opinión se va librado de semejante barbarie pero no es menos cierto que, en pleno corazón de la tiniebla, subsiste la pulsión vengativa y el designio homicida que todavía se mantienen o justifican en las democracias más carareadas. En USA se discute ahora la providencia de ofrecer a los condenados la elección del procedimiento fatal, como si cupiera un ápice de humanismo en esa alevosa perfidia que supone dar a escoger a un desgraciado, para mayor iniri, entre la silla eléctrica y la inyección letal. Este Occidente civilizado y faro de los pueblos no acaba de prescindir de la siniestra liturgia que es la penúltima manda heredada de la horda y se iguala en eso con los regímenes más cafres y despiadados que quedan del otro lado de la muga que separa la civilización del primitivismo. Rémy de Gourmont sostuvo que los defensores del cadalso tienen más afinidad con los asesinos que los que la combaten. Una conclusión tan obvia se encabrita como un escándalo ante esta nueva cabeza cercenada.