Fútbol y política

Sigue pareciéndome inconcebible el disgusto de los estrategas del PSOE ante el éxito del Recre (cuentan que hasta se ha llegado a brindar por alguna derrota del Decano) pero la beri es que el Recre está alcanzando esta temporada la cota más alta jamás soñada desde que hay fútbol en España. El sábado atronaron el Colombino gritos espontáneos de “Huelva, Huelva, Huelva” bajo los que subyacía algo más que entusiasmo deportivo, una baza que no cabe duda que será aprovechada por el actual Ayuntamiento –salvador arriesgadísimo de un club que sus predecesores abandonaron a su suerte hasta el borde del abismo—y, en consecuencia, podría acabar perjudicando electoralmente al rival. Deporte y política vuelven a conectar, sin duda, magnificado el contacto por el éxito sin precedentes del equipo que representa a la provincia. Al PP n le faltan títulos, ciertamente, para frotarse las manos. El PSOE lo va a tener crudo para superar su antigua falta de visión. 

¡Mi caaasa!

Tuve oportunidad hace poco (quizá lo haya contado ya aquí en alguna ocasión) de escuchar al profesor Rodríguez Brown, ponente en una de nuestras “Charlas” onubenses, su desasosegante teoría de la burbuja inmobiliaria que él explica divinamente con la fábula del país que se acostó tieso y se levantó millonario una  buena mañana. Hay muchos españoles que, de buenas a primeras, a vueltas con hipotecas y recortes bolsilleros, se han visto de pronto poseedores de una pequeña (o no tan pequeña) fortuna que, sin embargo, no les permite cambiar su estatus ni saltar de un nivel a otro más gastoso y confortable. ¿Quién no tiene una vivienda millonaria en este país en el que los expertos de Bruselas se extrañaban hace ya años ante el hecho que, que a pesar del vértigo mercantil, seis de cada diez españoles vivieran en casa propia, una cifra que luego se ha incrementado y que supera con creces a la estadística europea? Hay quien no la tiene, claro que sí, pero esa muchedumbre de dueños millonarios anclados, que vive como el avaro encerrado en su arcón, constituye, sin duda posible, uno de los fenómenos más curiosos de nuestra historia económica. Hay en este momento en España un puñado de proyectos desmesurados que pretenden construir en viejos pueblos nuevas poblaciones mayores que la entidad originaria, última fórmula de la “especulación desenfrenada” que un relator de la ONU acaba de descubrir en nuestro país. Los periódicos cubren hoy grandes espacios diarios con la crónica de sucesos notables producidos en ese sector y casos como los de Ciempozuelos o Andretx, entre cientos que no es cosa de repetir ahora, demuestran que la tentación del agio urbanístico se ha convertido en una irreversible gangrena del partidismo que corrompe la vida municipal tanto por la izquierda como por la derecha. Toda una nueva picaresca ha florecido en torno a un negocio que comenzó en la noche de la Historia con el sencillo gesto de ocupar la caverna vacía. Pero a ver quién para ahora esa “locomotora” que dicen que es la que de verdad tira todavía de este tren que sabemos de dónde viene pero nadie podría decir a ciencia cierta a dónde va.
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La “paradoja de Brown”, como yo propongo llamar a la broma de nuestro amigo, dice mucho, entre bromas y veras, sobre la inconsistencia de esta cultura económica que está produciendo el fenomenal milagro de crear una legión de millonarios confinados en su áureo territorio y pendientes de la evolución del ‘euribor’. Somos millonarios impracticables, nuevos ricos sobrevenidos en un casino que dificulta al máximo la ‘conversión’ de las ganancias mientras las ruletas siguen distribuyendo fortunas que, en cierto sentido, va a haber que considerar imaginarias a fuer de impracticables. Nunca hubo en nuestra sufrida nación más gente que contara sus caudales en el orden de los millones pero tampoco se registró en él nunca un mayor consumo de ansiolíticos, hecho que, a mi modo de ver, resulta bien significativo. Una legión de potentados cautivos en una burbuja que acaricia onánica e inútilmente el sueño de una liquidación opulenta que seguramente será el yerno o la nuera quienes acaben efectuando. A la ONU se la ha pasado por alto, en todo caso, algo capital, a saber, que esa ficción masiva, fraguada mágicamente en el calderón del mercado, es la que ha permitido el largo periodo de expansión que está haciendo de nosotros esta extraña raza de ricos sin dinero, esta tropa de millonarios entrampados. A saber dónde estaríamos ya si no fuera por ese mercado exactor que se apoya, y de qué manera, en la política podrida pero cuyo decisivo tirón nadie discute en serio. Otra cosa sería que la burbuja estalle y esa ciudad alegre y confiada vaya directamente a hacer puñetas. Con nosotros dentro o flotando como asteroides en la órbita enigmática que nos trazó por su cuenta la vieja pulsión patrimonial.

Predicar sin trigo

Que no se enfade el enojadizo alcalde de Sanlúcar la Mayor (antes jefe de escoltas de Chaves) si vuelven los dimes y diretes sobre el presunto ‘pelotazo’ que habrían dao en el municipio los sobrinos del expresidente González al comprar un terrono destinado a la expropiación pero recalificado tras su compra por ellos. Mejor que enfadarse, que explique el escandaloso procedimiento de aprobar esa recalificación por procedimiento de urgencia y contra el criterio de la oposición que protesta, con razón, por esta manera desahogada de pasarse por el arco el trámite del debate en comisión informativa. Más vale una vez colorado que ciento amarillo, eso es verdad, pero más lo es todavía que este tipo de trampantojos contradicen frontalmente la cacareada cruzada anunciada por el PSOE contra la corrupción… de los rivales. Que no se enfade el alcalde, insisto, y que comprenda, en cambio, que si lo que ha hecho no es lo que parece, todo podría ser relativo en adelante. 

Mal comparado

Mal comparado: en tiempos de Carlos Navarrete y Marín Rite sería impensable la vileza que supone colgar un video en la Red con calumnias contra el gobierno municipal, como ha hecho alguien tan próximo al partido que resulta que la voz que se escucha en él es la misma que presenta la campaña de la candidata Parralo, como el embuzonamiento panfletario perpetrado por una UGT reconvertida en rastrera vanguardilla del partido en su lucha contra el alcalde. Han insultado a Huelva al insultar a su Ayuntamiento (ésa era la tesis del viejo PSOE), han recurrido a la calumnia a pesar de que por ese motivo el secretario Barrero está pendiente de que el Tribunal Supremo resuelva la justa querella que la he interpuesto Pedro Rodríguez y han rescatado el repugnante culebrón de las llamadas telefónicas del pobre chófer para insistir en su inútil acoso a un alcalde que lo es, desde hace dos legislaturas, por mayoría absoluta.  A ver quién da más. O menos. El barrerismo ha despojado al PSOE de su primitiva civilidad. Seguro que a los onubenses no se les escapa ese encanallado efecto.

La mirada inocente

Me fascina redescubrir en mi nieto la confusión instintiva entre realidad y ficción. Un coscorrón en una mesa provoca automáticamente en él la reacción de castigarla como responsable imaginario del percance. Una caída en picado le hace golpear el suelo con frenesí convencido de que la culpa de su tropiezo es ajena y no propia. Cuando lo veo sumido en esos ajustes de cuenta con la materia inanimada recuerdo la intuición de la vieja y no tan vieja antropología (Morgan, Lévy-Bruhl, Evans-Pritchard, Eliade…) de que el animismo primitivo viene a ser, en definitiva, la prolongación grupal, societaria, de la experiencia infantil. Los andaluces quizá más que ningún otro español nos acordamos de la madre del pestillo con el que nos pillamos el dedo o le recordamos impíamente sus difuntos a la piedra con que nuestro pie tropieza, qué duda cabe de que por nuestra culpa. La sugestión del principio vital en lo inanimado es cosa de niños pequeños o grandes, indistintamente, aunque cuando termina por encajar en el sistema de creencias colectivo sufre una transformación conceptual y eleva su rango hasta confundirse con la realidad misma. En un libro reciente, D.A. Norman, un sabio de la Northwestern University, llega a conclusiones no muy distintas a propósito de la ‘realidad virtual’ que nos invade y que va ganado terreno día a día en la realidad monda y lironda. El sabio pone el ejemplo de los juegos interactivos, en los que ve una “vida simulada” obediente al jugador como se supone que la vida auténtica lo es a su creador trascendente, y no le falta razón, en cierta medida, aunque sin perder de vista que esa teoría puede resultar de lo más disolvente desde una perspectiva noológica. Uno quiere demasiado a su nieto como para admitir que su innata confusión instintiva –su conocimiento aparencial—, ese legado del sueño amniótico, perdure más de lo razonable. Cualquier día de estos pienso decirle, con dolor de mi corazón, que la culpa del tropiezo no la tiene el escalón sino el pie.
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Consideren el caso llamativo del camelo colado recientemente por el Nacional Geographic en ese reportaje, por otra parte espléndido, sobre la vida intrauterina de los animales y en el que aparecía la seductora imagen de un feto desarrollado de elefante, cordón umbilical incluido, que ha resultado ser una simple y habilísima réplica de silicona del alevín de proboscídeo Ya ven como no sólo los bebés sino también los adultos propenden a conferir estatuto de realidad a lo simplemente imaginario, con cuánta facilidad otorgamos esa condición a lo meramente sugestivo, o con qué grado de ceguera aceptamos como ciertos los más falaces perfiles. Millones de personas se han emocionado contemplando a ese elefantito nonnato que, en realidad, no era más que un amasijo plástico hábilmente inscrito en una circunstancia de la que recibía gratuitamente su credibilidad, contando, desde luego, con la impericia del ojo humano y con esa suerte de perceptiva infantil que, durante toda la vida, informa nuestra actividad racional y, en no pocas ocasiones, hasta nuestra inteligencia crítica. Llegamos a viejos golpeando el suelo tras la caída, nos cuesta renunciar a la ilusión de que el mundo en su plenitud es un despliegue de materia viva sobre la que nosotros –soberanos interinos de ese reino inexistente—ejerceríamos nuestra monarquía absoluta. No me parece que vaya muy descaminado Norman, pues, con su propuesta que, en definitiva, viene a continuar por otros derroteros las antiguas intuiciones de la etnología y, principalmente, ésa de que todos, chicos y pequeños, unos más y otros menos, propendemos a concebir la realidad como un ‘continuum’ en el que no hubiera lindes claras entre el ser verdadero y el imaginado, entre el espíritu y la materia. Yo mismo me sumo con frecuencia a los cabreos de mi nieto y castigo al pico de la mesa o al doloroso esquinazo, y no sólo por seguirle la corriente. Sino por si acaso…

Los reyes de la casa

Tremendo, desconsolador el informe de la Fiscalía del Estado, difundido por el del Defensor del Pueblo, sobre el maltrato infligido por los jóvenes a sus padres y parejas. Una cifra intolerable de menores violentos –más de uno diario—dejan en evidencia las estrategias desdramatizadotas en que los poderes públicos, aparte de su alivio coyuntural, suelen encontrar una coartada para conjurar problemas de no fácil solución. En la casa, en las relaciones, en la escuela o el instituto, en la calle si se tercia, crece la violencia juvenil y seguimos no sólo sin ser capaces de atajarlas con medidas razonables, sino contribuyendo más o menos deliberadamente a mantenerla o fomentarla disimulando la problemática de una cultura que se nos ha ido de las manos. El Defensor clama –¿en el desierto?—contra la incapacidad administrativa (o sea, política), contra la debilidad familiar, contra la ausencia de políticas de prevención y hasta contra concesiones absurdas tan lesivas como la de los “botellódromos”. No le han de hacer ni caso, ya lo verán.