El amigo íntimo

Lleva toda la razón el diputado de IU Ignacio García cuando reprocha al presidente de la Junta, Manuel Chaves, que en su ir y venir a Marruecos eluda escrupulosamente cualquier alusión al  clamoroso incumplimiento marroquí de las resoluciones de la ONU amén de la falta sistemática de respeto a los derechos humanos que se denuncia en el país vecino. Once visitas a Marruecos son muchas visitas, en cualquier caso, sobre todo si se tiene en cuenta lo poco que han valido a la hora de resolver los grandes contenciosos entre ambas orillas aunque tal vez hayan beneficiado lo suyo a otros intereses económicos de los que la Junta parece haberse convertido en auténtico agente comercial. No sólo Bush y Aznar incumplen las resoluciones de la ONU, subraya García, que no ve razón  para disimularle al gobierno marroquí su contumaz postura antidemocrática. Aunque no estaría de más insistir, de paso, en que un presidente de Andalucía no es un viajante ni un ‘corredor’ de inversores.

Alguacil alguacilado

Como era de esperar, no ha tardado el PP en reclamar al PSOE que cumpla su promesa de apartar de las próximas elecciones municipales a los imputados por la Justicia, tal y como habría prometido le partido en su famoso “Decálogo” contra la especulación, pero también a los eventuales aspirantes a candidatos imputados por presuntos delitos ecológicos o de contratación irregular, acoso laboral o violación de los derechos humanos, que no son precisamente para tomados a broma. Y entre ellos al que resigna el gobierno de Valverde en su biempagado socio de IU reservándose para sí el virreinato de la Diputación, y que arrastra nada menos que una imputación por “mobbing” a la que pudiera sumarse más pronto que tarde otra similar presuntamente perpetrada en el área de la candidata Parralo. Estas cosas pasan por juidicializar la política pero, más que nada, por ver sólo la paja ajena olvidando la viga propia. 

Justicia de cine

Habrá que ir al Bellas Artes madrileño a ver la exposición que, con los materiales del famoso “Archivo Kaplan” –el juez que actuó de fiscal en Nuremberg– ha organizado el incansable César Vidal. Aunque sea para prevenirnos ante la inminente movida que ha de organizar la condena de Sadam Husein o la de Milosevic. Mucha gente se tienta la ropa todavía pensando en aquellos cadalsos y en aquellas celdas porque alegan que el proceso célebre no fue sino un ajuste de cuentas impuesto por los vencedores a los vencidos, lo cual no deja de ser una verdad como una casa, peor como una casa, a mi juicio, sustentadas sobre frágiles cimientos. Estamos viéndolo con los dos canallas citados más arriba, dos sátrapas omnímodos que exterminaron pueblos sin tentarse la ropa pero que reclaman para sí todas las garantías de la ley más exigente. Y lo seguiremos viendo cada vez que un tirano comparezca ante una Justicia imprescindible una vez apeado del poder, porque uno de los grandes avances de nuestra civilización (aunque no siempre de la de ellos) es el garantismo, la estricta observancia del mandato penal y de la forma procesal. Cualquiera de esos bárbaros puede despellejar a un ser indefenso o masacrar una aldea con sólo hacer un gesto al edecán, pero exige para sí mismo toda la ventaja que proporciona la letra de la ley, la grande y la chica. Un problema que, naturalmente, no tendrá arreglo en tanto que el espíritu de la civilización no sea íntegramente aceptado y se pongan las bases de una justicia penal internacional a cuyo fuero nadie escape y cuyas normas a todos conciernan. Mientras tanto habrá que continuar instalados en el dudoso dilema que opone a la idea de una justicia universal la alternativa de la impunidad. Los EEUU, si ir más lejos, se niegan a aceptar para sí mismos esa Justicia sin fronteras que ellos, sin embargo, impusieron en Nurember como ahora imponen en Bagdad, pero muchos puristas se mantienen enrocados en un ideal inalcanzable en la práctica mientras otros, también numerosos, opinan que  no es justo aceptar la impunidad del bárbaro. Me temo que lo más peligroso de esa división es la lejanía que implica entre el estrado y la calle.
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Siempre me llamó la atención el embarazo que produce en los juristas la aceptación de estas liquidaciones de cuentas legales. Hay incluso quien hace compatible el rechazo una Justicia impuesta como la que se le aplica a Sadam con la aceptación de una injusticia como puede ser la que propone la aplicación ‘circunstancial’ de la ley a los asesinos terroristas. O quienes alegan que no es equitativo un juicio como el de Nuremberg por enjuiciar en exclusiva los crímenes nazis olvidando los perpetrados por los aliados. Artur London nos contaba en París que cuando los chambelanes de Stalin trataban de explicarle los pormenores de aquel montaje judicial, el “padrecito” repetía absorto en las volutas desprendidas de su tabaco: “¡Las listas, las listas!”: en lo único en que el exterminador estaba interesado era en saber a quién iban a colgar y cuándo. Es probable, en resumidas cuentas, que nunca alcancemos esa discreta convención jurídica que permita enjuiciar con garantías a tantos malhechores supremos de la Humanidad. Y que mientras tanto debamos aviárnoslas debatidos entre la impunidad más lacerante (ahí están Pinochet o Videla, ahí los líderes africanos, ahí los magnicidas de las grandes potencias) y el ajuste ocasional de situaciones extremadas. Personalmente puedo estar sin concesiones contra Abu Ghraib o Guantánamo, pero nunca sentí la tentación conmiserativa ante la figura declinante de Hess arrastrando sus culpas en Spandau ni me conmueve lo más mínimo el alegato de un malvado como Milosevic o la arenga de un genocida como Sadam. Quizá debiéramos embridar nuestro garantismo excedentario sin perjuicio de la defensa más enérgica de una Justicia cabal.

Universidad de calidad

No está nada mal, en principio, el criterio de ligar la financiación pública de nuestra Universidades a la calidad de sus enseñanzas. No hay por qué gastar lo mismo en una que prospere a ojos vista e investigue cumplidamente que a otra que se milite a pasar el curso. Ahora bien, ya veremos qué ocurre con los “indicadores” que servirán a la Junta para establecer ese nivel, porque si es obvio que algunos son fácilmente valorables, otros pueden ser auténticas trampas que permitan a los políticos barrer para donde les convenga. No se olvide que hoy funcionan en nuestra enseñanza superior criterios tan absurdos como primar financieramente a los centros investigadores en función del sexo de sus expertos, por no poner más que un caso descomunal, y que conceptos como “calidad docente” y otros por el estilo podrían prestarse a cualquier interpretación. La medida, en todo caso, supone un avance que debe ser aprovechado. Más de una universidad va a tener tajo sobrado por delante para no quedarse atrás. 

El pobre Wenceslao

El Mundo denunció hace la intemerata que en Valverde del Camino la industria del calzado empleaba mano de obra ilegal (mujeres ‘aparadoras’, menores en trabajos domésticos), que disponía de chivatos en la propia Administración para neutralizar aún más a la cegata Inspección de Trabajo y que hasta disponía de ‘zulos’ y salidas de urgencia para burlar eventualmente a esos inspectores. No lo negó la alcaldía Cejudo/Donaire, es decir, el “pacto de progreso”, sino que admitió que se trataba de una situación que requería un largo esfuerzo, hasta que, al fin, el gran Donaire, menestral para todo de Cejudo, dio la cara (en un “desayuno de trabajo con los medios locales”, no se lo pierdan) para anunciar ‘urbi et orbe’ que, al fin, la lacra había sido extirpada. Pues bien, La FIA-UGT, cuña de la misma madera, sale ahora diciendo que si quieres arroz, Catalina: que en Valverde la industria sigue “descansando sobre mano de obra ilegal”. Tomen del frasco y anoten los electores. El pobre ‘Wenceslao’, personaje imaginario que guió a El Mundo en su descenso a los infiernos, ahí sigue tal cual. 

La vaca culpable

Les mentiría si no les confesara mi desconcierto a propósito del clima, el hecho mismo que ante esta temporada de lluvias más que intensas se nos siga apremiando como si viviéramos en un secarral, dale que te pego con esos discutidos registros climatológicos que tienen a la opinión dividida entre integrados y apocalípticos y confundida más que nada por la propia información oficial. Sobre uno pesan todavía aquellas conclusiones de la ONU que, a finales de los 80, hiciera el Grupo Internacional de Evaluación de los Cambios Climáticos (GIEC), y que ponían los pelos de punta al más pintado al asegurar, entre otras maravillas, que hay acumulado en la atmósfera por nuestras grandísimas culpas, más carbónico que en los últimos 420.000 años, que la temperatura del planeta, que habría subido medio grado centígrado en un siglo, soportaría hacia el año 2100 elevaciones comprendidas entre el grado y medio y casi los seis grados, sin contar con la profecía de que vendrán olas de calor cada vez más largas e intensas así como precipitaciones desmesuradas, en especial en los países de latitudes medias. Lo malo que tienen estas razonables alarmas en una sociedad medial es que, como toda noticia, acaban desgastándose por el uso y la repetición de tal manera que llega un momento en que, aparte de la confusión general provocada por las propias contradicciones del mensaje, la mayoría acaba por no acordarse de ellas.
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Ahora llega la FAO, sin embargo, para terminar de liarla, y nos aclara en un sesudo informe que lo que de verdad provoca el desaguisado medioambiental, lo que causa la contaminación marina y la pérdida de la biodiversidad que padece el planeta azul, se debe más que nada al crecimiento de la ganadería vacuna, a las sufridas vacas, el impacto de cuyas deyecciones sobre el “efecto invernadero” sobrepasa con mucho, según esos sabios, las emisiones de gases producidas por el tráfico al ser responsable del 65 por ciento de hemióxido de nitrógeno que desprende el estiércol, cuya capacidad de elevar la temperatura es casi trescientas veces superior a la del CO2.  Las pacíficas vacas serían, por otra parte, las emisoras de más de un tercio del venenoso metano producido por las actividades humanas y de un porcentaje similar del amoniaco que recibe el medio, lo que a ese organismo encargado nada menos que de velar por la alimentación mundial que es la FAO le parece trágico, dado que las necesidades actuales de carne y de leche son enormemente superiores a las actuales producciones. Ya ven, ahora resulta que no es el temido penacho de la fábrica ni la contaminación galopante que día y noche se genera por tierra, mar y aire, la causa de este suicidio colectivo, sino el sistema digestivo de esas vacas pacientes que hace fermentar de tal modo el alimento que hasta se piensa ya –y disculpen el dato escatológico– en aprovechar el tirón dándole la vuelta a la catástrofe a base de reciclar el estiércol en fábricas de biogás. Imaginen, por tanto, qué podría ocurrir si, como la misma FAO pide, la ganadería acaba creciendo hasta conseguir que de los 230 millones de toneladas de carne que se producían al iniciarse el siglo, pasemos hasta los más de 460 proyectados para fines de su primera mitad, duplicando de paso la producción de leche. O no imaginen nada, si la teoría no les cuadra, y siga cada cual con su matraca y los poderes internacionales con el suyo. Porque no me digan que salir ahora culpando a las pobres vacas no resulta cuando menos chocante en un mundo que tiene más que asumido que, aunque se hundan sus cimientos, ninguno entre los grandes será el primero en reducir sus emisiones industriales o la fumata del tráfico. He releído ese informe con interés y escepticismo antes de archivarlo en el olvido, seguro de que allá para el fatídico 2050 alguien habrá redimido a las vacas de esta intragable leyenda.