El mal estilo

Gran varapalo el del experto filólogo y señero escritor, José María Vaz de Soto, a la redacción del texto del Estatuto que será sometido a votación a los andaluces el 18-F. No es un secreto que la legislación cada vez está peor escrita –la legislación y casi todo—pero una cosa es esa explicable decadencia, que mucho tiene que ver con el declive de la cultura provocado al alimón por el fracaso de la enseñanza y el modelo de vida, y otra aceptar como texto fundamental de una autonomía un centón disparatado en el que falla la gramática, se violentan las reglas del idioma (incluso la doctrina de la Academia), se retuerce la semántica, se abandona la imprescindible concordancia y se recurre a esa idiocia que supone la duplicación de géneros con ingenua violación del masculino genérico. Vaz de Soto pone las cosas en su sitio y lo que viene a plantear es el disparate que supone convocar a un pueblo a las urnas para votar un texto cuyo autor o autores hubieran merecido el suspenso en cualquier examen académico. Que eso no es lo peor, de acuerdo. Pero por si algo faltaba, no me digan que semejante impropiedad no alimenta la lógica de la abstención. 

¡Pozuelo, vete ya!

Es broma, por supuesto, no es más que una parodia del recurso contestatario de moda en los campos de fútbol y las manis callejeras, pero la verdad es que este ‘delegata’ inexplicablemente incombustible no resiste ya otra explicación que el empecinamiento del PSOE en no ceder a las voces críticas que, unánimes, vienen pidiendo hace tiempo que devuelvan a esa minerva al pueblo serrano de donde la trajeron. Ahora el presidente de los médicos, Juan Luis González, acaba de soltarse le pelo para arrimarle a la prometida reforma del sistema de urgencia que entrará en vigor el 1 de Febrero, un palo de no te menees, denunciando la inevitabilidad del deterioro del servicio y la merma fatal de su calidad como consecuencia de sustituir el modelo de “guarda presencial” (es decir, con los médicos presentes) por el de “guardia localizada” (o sea, con los médicos desperdigados con el ‘busca’ en el cinturón). Aunque bien pensado, atendiendo al axioma de que todo es empeorable, casi habría que rogar a Pozuelo, como en el chascarrillo de Fátima,  que se quedara y nos deje como estamos.

Viajes interiores

He oído a la consejera de Cultura de la Junta andaluza hablar en la tele de una exposición de recuerdos del genial Henri Michaux y explicar amablemente a los desinformados que aquel prodigio del surrealismo basó su experiencia tanto en los periplos reales que lo hicieron patear medio mundo, como en los “viajes interiores” a los que accedía por la estrecha puerta de “ciertas sustancias” (¡hay que joderse con la pudibundez!) que permitían a su ya dúctil imaginación volar a paraísos lejanos incluyendo los inaccesibles. Escuchar a una responsable política ese elogio implícito de la droga psicotrópica me parece tan incoherente como estimulante, lo primero porque choca de plano con la retórica oficialista frente a la drogadicción (en España está penado poseer una maceta de marihuana, no se olvide) y lo otro, lo del estímulo, porque viene a ser como una rendija abierta a la esperanza de tanta gente como aspira a ver enfocado este grave asunto con sensatez y sentido de la realidad. Adicto a la solera y al ‘dry Martini’ y superviviente del diazepán y la maprotilina,  no seré yo quien me alarme ante el ingenuo quiebro de la consejera, convencido como estoy hace mucho por el provocador magisterio de Tono Escohotado de que no hay cultura sin drogas ni peligro alguno en ellas cuando se utilizan con conocimiento y rigor. Los maestros de la Escuela de Frankfurt, que ignoro si la consejera frecuenta o ignora, esto es, los Adorno o los Horkheimer, no se privaron de catar los derivados del cáñamo como testimonia un delicioso libro de Walter Benjamín que el difunto duque de Alba, Jesús Aguirre, hizo editar hace años bajo el título de “Hachis”, y sería interminable la lista de personajes de toda especie que han convivido estrechamente con la droga por razones fruitivas, desde luego, pero también convencidos de su potencia creativa. La droga, como todo en esta vida, no es mala ni buena en sí misma; lo que puede resultar pernicioso y hasta fatal es su abuso, como todo en esta vida también. Aparte de lo cual, una consejera de Cultura explicando sonriente al gran Michaux en función de sus “colgadas” no deja de resultar paradójica, no me digan que no.
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Entre las tribus urbanas que la delegada del Gobierno en Madrid perjura que no existen en Alcorcón figura una, sin embargo, que ostenta el título hilarante de los “FAD”, que significa “Fumados A Destajo”,  una razón grupal no tan anómica como la de los “LMC”, esto es, “Los Más Cabrones”, pero que dice mucho sobre la situación real de ese divino tesoro que es la edad iniciática. Pero es que, según una contrastada encuesta científica practicada en Bélgica, que encuentro en el diario “De Standaar” firmada por un doctor Hans Cooman, resulta que uno de cada seis deportistas veteranos (el 15’2 por ciento de los encuestados, para ser exactos) se dopa a modo de toda la vida sin que ni prejuicios ni prohibiciones hayan bastado para disuadirlos, un dato para uso de elitistas que discurre paralelo al plano lógico en que se mueve la consejera cuando explica con naturalidad al común de la ‘basca’ las drogadicciones del genio creador. Sería inacabable la relación de genios drogatas, por supuesto, pero ello no libra a una responsable política del peso de esa flagrante contradicción que supone mantener una costosa Agencia contra la Droga y una legislación absurdamente punitiva para la ‘clase de tropa’ mientras miran comprensivos, si es que no complacientes, a los ‘colgados’ del ‘Estado Mayor’. De Michaux dijo, Jules Supervielle, que conocía infinitamente mejor que esta espontánea la tragedia implícita en su vida, que realmente había sido durante toda ella su propia cobaya. No se puede decir mejor con menos palabras desde la propia literatura lo que desde la política activa no deja de ser una irresponsable, aunque tal vez inocentona, inducción al consumo de lo mismo que se prohíbe con tanta dureza en la vida cotidiana.

Pelillos a la mar

Los trásfugas, esa escoria política cotizada a precio de oro por los “aparatos”, han dejado de ser problema fuera de cámara. En Huelva, sin ir más lejos, el PSOE presentará en ocho pueblos candidatos tránsfugas, en algunos casos rechazados abiertamente en sus respectivas asambleas, en otros, a pesar de que el propio partido los habría expulsado en su día forzado por las exigencias del imprescindible paripé. Se firman acuerdos en el Congreso, se perora en el púlpito pero en la sacristía se acoge sin reservas a esa chusma antidemocrática que jamás obtendría un acta o un escaño de ir por libre a las elecciones y no bajo las siglas de un partido. ¿No prometió “primarias” ZP al mismo tiempo que limitación de mandatos y exclusión religiosa de estos vendevotos? Pues eso es lo que queda de tan bellos propósitos: tránsfugas readmitidos, tránsfugas superpagados, tránsfugas absueltos por el partidismo. Se trata de ganar como sea. Antes que perder el chiringuito, cualquier cosa. 

El frontón

Ni un día sin ‘pelotazo’, ni un respiro para la esperanza. El que acaban de dar en Gibraleón en el último minuto es de órdago pero cuenta con las bendiciones del mismo partido que publica cada media hora un ‘decálogo’ contra las corrupciones. Aunque, claro está, la responsabilidad no es de los pelotaris, que van a lo suyo, ni siquiera del encargado del frontón sino de quien, desde arriba, consiente inhibido continúe el espectáculo mientras la taquilla responda. Lo de Gibraleón, por ejemplo, se va enredando inextricablemente en una madeja de cambalaches con tránsfugas y pactos con amigos políticos que parece mentira que no hagan estallar, de una vez, la burbuja de la paciencia cívica. Transfuguismo y ‘pelotazo’ van de la mano en demasiadas ocasiones dentro de este frontón en el que la única ley es que gane el más fuerte y el más rápido. El resto lo pone la desmoralización general, el concepto que el pueblo va teniendo de que esta merienda no tiene arreglo. 

La perra vida

En una divertidísima crónica que nos envía desde Manhattan Carlos Fresneda nos enteramos de que la psiquiatría perruna ha decidido “humanizar” sin reservas la terapéutica tradicional incluyendo la magia de la flouxetina, o séase, del famoso ‘Prozac’, en el tratamiento de las depresiones caninas y gatunas. Lo ha hecho así al convencerse de que no sólo los estados de visible ansiedad mostrados por muchos animales solitarios, sino también su eventual agresividad inmotivada con sus propios benefactores, respondían a los mismos motivos que determinan la enfermedad humana, razón por la cual tenía lógica plena aplicar a esas especies los remedios que tenían probada su eficacia con la nuestra. Hace años tenía yo un perro fiel que calmaba sus gemidos de madrugada sólo cuando acertaba a darle la mano, una experiencia que me descubrió la cercanía que aproxima a todos los sueños y, en consecuencia inevitable, el parentesco emocional existente entre el psiquismo de las diversas especies, por debajo de la opacidad que a las otras impone la ausencia de la palabra. Tiene plena lógica que los animales se depriman y razón sobrada la que sugiere que a males iguales se apliquen iguales remedios, planteamiento tras el cual han conseguido los etólogos recuperar de un orangután anulado sexualmente por la depresión o frenar las “explosiones emocionales” de una gorila paciente de sus trastornos menstruales. Mis amigos perdiceros administran aspirinas y antibióticos a sus reclamos con un tacto que envidiaría el granatario y se cuenta –aunque con muchas posibilidades de que se trate de un apócrifo—que hubo una mimada ‘starlet’ holliwodense que hizo visitar a su boa durante años por un afamado médico. Puede que sea cosa de reconocer de una vez que la depresión no es sólo una dolencia de políticos cesados, toreros con pájara o amas de casa infravaloradas sino un síndrome que concierne a todo el reino animal, y de modo llamativo, como es bien sabido, a los policías municipales.
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Nada que objetar, por supuesto, al desvivimiento de esos dueños esclavizados por sus mascotas que, según afirma la ciencia, tendrían, en general, una salud más precaria que la media, sería fumadores más compulsivos y más proclives al sobrepeso que los que carecen de su compañía. Quien más quien menos hemos pasado por la piedra de algún avispado albéitar que nos ha cobrado un riñón por analizarle la creatitina en el suyo a nuestro amigo ladrador, y hasta hemos elegido con esmero esos alimentos recomendados que las malas lenguas sugieren que les gustan tanto a nuestros bichos porque contienen sigilosos adictivos que los encadenan con cepo invisible. Lo único objetable tal vez pudiera ser el contraste entre la diligencia con que cuidamos a esas mascotas y la relativa indiferencia con que vemos abismarse, con tanta frecuencia, a esos niños, ancianos o enfermos que han de soportar a pelo la tristeza de su soledad, sin fluoxitina que valga y menos sin la mano consoladora. Cuenta Fresneda que el veterinario recurre en USA con frecuencia, junto a la administración de la píldora, a terapias de conducta, y que con esa terapia mixta ha conseguido fenomenales resultados hasta convertir el uso de antidepresivos en algo común entre los afortunados animales de compañía. Al margen quedan, al parecer, los osos cautivos, inconsolables y neuróticos sin remedio en sus zoos de cristal, reactivos al remedio como si de enfermos rebeldes se tratara, como si no la conducta obsesiva fuera, además de un síntoma morboso, una forma de protesta por la pérdida de su libertad. La crónica lejana me ha devuelto a la más próxima realidad y me he preguntado con cierta angustia la razón por la que el malestar del hermano perro pueda conmovernos más que el chiquillo estabulado en su ‘parque’ o el abuelo olvidado.