El Recre, un buen síntoma

No me parece del todo casual el éxito apabullante del Decano en la Liga de las Estrellas, situado ya en “zona euro” y con un puñado de triunfos espectaculares en su haber. Es raro que las cosas se produzcan por casualidad, es normal que obedezcan a esa lógica de conjunto que rige la vida de los grupos. Huelva, provincia y capital, no son lo que eran, ni mucho menos, pero sobre todo ésta última parece decidida a avanzar a grandes zancadas sobre la pista que durante siglos contempló delante con indiferencia. No se resigna Huelva, evidentemente, a perpetuar su papel de olvidada ni de segundota, y a esta determinación responden proyectos tan distintos como los aplazados cambios en infraestructura transporte, la transformación del urbanismo capitalino, el estallido de los servicios y, por qué no, la energía precisa para que un equipo que tenía un pie en el abismo haya escalado tanto en pocos años que ya se habla de él como “la revelación” del campeonato. Y no politicen, por favor, que eso a nadie beneficia. Lo único positivo es ver en el triunfo deportivo una señal de progreso.

‘La grande Bouffe’

Las Navidades parisinas se han visto conmocionadas por dos noticias gastronómicas ciertamente ingratas. Una de ellas no es nueva, pues desde hace unos años se trae y lleva en la capital francesa la polémica en torno a la iniciativa de cierta extrema derecha que se planta en estas fechas entrañables en la puerta de las estaciones y reparte entre los miserables que rondan por ellas la famosa “soupe au cochon”, esto es una sopa aderezada con tocino, se supone que con la aviesa intención de excluir del socorro a los necesitados judíos e islamistas a los que sus creencias les prohíben el consumo del cerdo. Hasta el Consejo de Estado ha debido intervenir para prohibir ese reparto argumentando que cualquier atentado a la dignidad humana constituye, de hecho, un desorden público, pero en el ínterin los extremistas se han lucido con la olla y el cucharón a las puertas abarrotadas de Montparnasse y Austerlitz. Por otro lado, una historia escalofriante ha venido a interrumpir la fiesta con la historia de un preso esquizofrénico, imprudentemente encerrado con otros compañeros en una misma celda, que ha confesado en Rouen haberse zampado el corazón palpitante de uno de ellos tras darle muerte a golpes. En un alarde muy francés de fariseísmo buenista ha sido la propia prefectura la encargada de aliviar el horror general, matizando que, según los resultados de la rigurosa autopsia llevada a cabo, el antropófago no habría pasado de comerse, tras un ligero cocinado en la misma celda, un trozo discreto de pulmón y una porción de músculo intercostal, menú, qué duda cabe, más que tranquilizador, al menos en términos simbólicos, si se le compara con el que incluía la pitanza del corazón. Son cosas que ocurren en los mejores países, fracasos inevitables de la normalidad si se quiere, pero ocurrencias capaces de cortarle la digestión al más pintado incluso en un país capaz de absolver en términos estéticos a aquella supina provocación de Marco Ferrari, disfrazada de crítica radical a la sociedad consumista, que fue “La grande bouffe”.

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Se reproduce inevitablemente en estas fechas, junto a la protesta frente al despilfarro, el chirriante espectáculo que supone la colosal exhibición de desperdicio en una sociedad que mantiene bajo los umbrales de la pobreza severa a una parte significativa de la población. Este año, sin ir más lejos, se repite la queja desde diversos ámbitos, pero hay en ella un dato que sobresale clamoroso sobre todos los comentarios, a saber, el hecho de que, en estas fechas, las exigencias del mercadeo habrían impuesto el desperdicio de ingentes cantidades de alimentos que algunas organizaciones cifran nada menos que en un cuarenta por ciento del total producido. De poco sirven las llamadas a la sostenibilidad y otras utopías, y de menos aún las conminaciones de orden moral o ético que poco pueden hacer ante la inercia impuesta por la irresistible lógica del mercado en una feria de las vanidades que pivota precisamente sobre el exceso y para la que cualquier iniciativa de austeridad resultaría necesariamente no sólo inviable sino contradictoria. Que se tiren cuatro naranjas de cada diez y se desechen cuatro besugos por decena es algo que ofende al más elemental sentido cívico o, simplemente, humano, aunque no cabe duda de que semejante alarde de insensatez no sería posible siquiera sin el concurso, activo o pasivo, de la inmensa mayoría que se pliega a la exigencia de una costumbre servida por este fabuloso montaje propagandístico. En lo que quizá no reparan bastante esos justos protestantes es en que el despilfarro viene a ser, desde hace mucho, un mero requisito del negocio estacional, curiosamente concebido como un primitivo ejercicio de ‘potlach’ en cuyo contexto la exhibición y el desperdicio mismos no serían sino su presupuesto. La sopa prohibida y el banquete caníbal están ahí para distraer la conciencia tal vez sobrepasada por su propia desmesura.

Juez y parte

Sigue empeñado el Sindicato de Obreros del Campo (SOC) en subrayar su, al parecer, irredimible anacronismo con acciones antidemocráticas aparte de insustanciales desde una perspectiva política. Esta vez se trata de cosechar la aceituna de una finca como un gesto justiciero por parte del sindicato, disconforme ahora con la apropiación injusta de terrenos pertenecientes a las viejas vías pecuarias, cosecha que, tras la apropiación indebida, el sindicato entregará posteriormente a una obra benéfica. ¿Y quién es el sindicato para decretar ese embargo de bienes ajenos, quién para situarse al margen de la Ley y hacer justicia (¿) por su cuenta y riesgo? Cada día se ve más claro que ese sindicalismo obsoleto no dispone ya ni siquiera proyectos discutibles sino que tiene que extremar sus actuaciones para mantener su visibilidad. Una pena, porque no puede discutirse que, a pesar de parches y aún de abusos manifiestos, muchos de los grandes problemas de la población campesina siguen ahí aguardando una solución que no ha de llegar, desde luego, reponiendo “Nocevento” cada dos por tres en la ruidosa cartelera.

Pingües ruinas

Otra mina inviable que es comprada por una multinacional atenta al loro, otro proyecto misterioso que llega con la mano enguantada sin dejar traslucir quién lo maneja ni mostrar las garantías que deben exigírsele. La minería en crisis está siendo relanzada por la subida del precio del cobre y ahí están esos compradores sin rostro reapareciendo, como siempre, sin que sepamos quiénes son, si hay alguien tras ellos, si lo que se proponen es factible o arriesgado y, si en definitiva, los nuevos compradores son los mismos de siempre o son otros distintos. Las Administraciones, sobre todo la Junta, deberían extremar el celo –aunque es bien probable que para ella las operaciones referidas no tengan secretos—y alumbrar ese escenario en el que todo indica que vuelve a representarse la antigua farsa, quien sabe si con gorilas incluidos. Los únicos que permanece hoy como ayer al margen de ese futuro son los trabajadores. Una gran paradoja teniendo en cuenta que tanto la caída como esta resurrección se produce a la sombra de una mayoría absoluta que se dice socialista obrera.

La otra realidad

Tengo entendido que ha sido espectacular la actual campaña de venta en el sector de los videojuegos. Hay colas y listas de espera para conseguir las novedades y no dejan de escucharse las alarmas a propósito esa afición verdaderamente adictiva que el manejo lúdico de la realidad virtual produce entre la gente más joven, pero también se oyen (yo se lo he oído a Vicente Verdú) alegatos a favor de un uso constructivo de esos ingenios que ni más ni menos que sustituyen la realidad por su sobra informática. De un video juego lanzado por el Programa de Alimentos de la ONU, el “Foof Force”, se han bajado en tiempo récord dos millones de copias y de otro llamado “Darfur is Dying”, en el que los “jugadores” han de ayudar a sobrevivir a un ·”personaje” aislado en medio de aquel terrible conflicto hasta conseguir que sobreviva, se han hecho 750.000 copias. Lejos quedan los tiempos del entretenimiento interactivo en que las criaturas se entretenían en cuidar a ‘Tamagotchi’, alienígena con necesidades de bebé,  “garabato de vida electrónica”, según se ha dicho, que lograba el milagro de la socialización del papel paterno y la asunción por parte de la basca de ese rol integrador, que poco tiene en común con el rol demiúrgico que el diseño reciente asigna a unos participantes que se integran literalmente en la realidad fingida dentro de la que actúan, no ya como padres providentes, sino como un auténtico “Deus ex machina”, creando personajes y lugares, presidiendo el trajín de una vida imaginaria en la que incluso se ha respetado el libre albedrío de las criaturas ficticias. Un juego como “Sims”, del que andan por ahí seis millones de copias, permite al jugador introducirse libremente en la irrealidad en términos que han hecho decir al profesor D.A. Norman que, de hecho, lo artificial deja de distinguirse de lo propiamente real y que el videojuego viene a ser ya algo similar a la vida. No me digan que no es para tentarse la ropa.
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Junto al libro de Norman leo estos días (hay que olvidar como sea, compréndalo) el mosaico de paradojas filosóficas que ha publicado Pietro Emanuele acogido desde el título a la preciosa disquisición kantiana sobre los cien táleros con que el maestro abrió la veda contra la ingenuidad metafísica de san Anselmo, y en él hallo la discreta  apostilla de Marx en la que alerta sobre el hecho interesante de que la ilusión puede tener para el sujeto el valor del hecho real mismo, un aviso cuyo alcance no será menester subrayar. ¿Hasta dónde resultará inocuo que esos millones de jóvenes se ejerciten en la confusión, ejerciendo de dioses en un mundo imaginario prodigiosamente emancipado de su propio estatuto existencial? La experiencia que proporciona un juego interactivo en un mundo simulado podrá ser aprovechada, si se quiere, en la buena dirección, pero es de lo más probable que el propio ejercicio demiúrgico (los usuarios llaman a los ‘Sims’, significativamente, “el juego de Dios”) constituya un inquietante riesgo psíquico, quién sabe si capaz de trastornar sin remedio la perceptiva de quienes se exponen a él. No es lo mismo, desde luego, tener cien táleros en la faltriquera que poseer sólo la ilusión de que se poseen, pero Marx lleva razón en que no resulta fácil en la práctica que el sujeto ilusionado mantenga el imprescindible distanciamiento que le permita distinguir la trampa de la irrealidad. “Conviértete en soberano del mundo”, le ofrece hoy la propaganda a la incauta clientela. No estoy seguro de que la “vida simulada” no acabe emancipándose y desborde finalmente la consola para instalarse superpuesta sobre las ruinas mentales de la existencia real. Dios se entretiene hoy en su leonera, persiguiendo piratas por el Caribe, tal vez conectado “on line” con dioses lejanos que no conoce y con los que comparte ilusoriamente la fuerza del destino. Marx llevaba más razón que Kant en este punto, pero cuando nos convenzamos de ellos tal vez resulte ya demasiado tarde.

El PSOE contra Málaga

Extraña, incomprensible la actitud del grupo municipal del PSOE burgalés al solicitar al Pleno que revoque el acuerdo de la Junta Local que apoyaba la candidatura de Málaga a la capitalidad cultural europea como condición imprescindible para lograr los objetivos propios. Tendría que explicar ese grupo por qué cae ahora en la cuenta del perjuicio que podría ocasionar ese apoyo concedido en octubre del 2004 y si tiene o no tiene que ver con el negocio el color político del Ayuntamiento andaluz, pero en todo caso, es al propio partido –el mismo, en teoría, en toda la “federación” española— al que corresponde aclarar cual es su posición en este contencioso. ¿Apoya a Málaga el PSOE o se opone a su proyecto? Que esa pregunta pueda tener respuestas distintas en Burgos y en Málaga no quita para que resulte necesario responderla antes de las elecciones municipales.