Para eso están

Es probable que la peor consecuencia del comentario, bien desafortunado, que hizo en torno al problema migratorio el sensato Defensor del Pueblo, haya sido envalentonar a ciertos profesionales del “agiprop”, como ese presidente del Consejo Audiovisual de Andalucía (CAA), brazo armado de la consejería de Presidencia contra la independencia de los medios, que ha explicado el tremendo fenómeno no como un problema gravísimo en sí mismo y por sus circunstancias, incluyendo las políticas, sino “por la espectacularización y canalización que se dan en las informaciones sobre inmigración, debido a la compulsión mediática (no se pierdan el malicioso solecismo) que imprime un ritmo acelerado al trabajo del periodista”. ¿Y qué sabrá del trabajo del periodista este mercenario compulsivo que vive del Poder dedicado a servirlo gustosamente a la  carta?  Para eso están los bienpagados: para dorar la píldora, para ‘mediatizar’ la realidad, para sofistiquear como monosabios en torno a los que pagan. Menos lógica tiene, desde luego, que otros se dejen embaucar.

Ni una

Mala suerte la de los estrategas picapleitos del PSOE en su campaña de ‘irás y no volverás’ contra el Alcalde: también la denuncia del incierto mamoneo en torno a las fuentes ha sido archivada del tirón  por una Fiscalía que entiende que los hechos denunciados no dan para un mal repaso. ¡Y van dieciséis, si la cuenta no me falla! ¿Alguien puede entender en Huelva que una oposición se dedique a perseguir al alcalde en el Juzgado durante varias legislaturas, a pesar –que ya es pesar—de haber perdido todas y cada una de esas iniciativas penales emprendidas con el objetivo único de ganar en el estrado lo que se perdió en las urnas? El lío de la Isla Chica, el del Parque Moret, el del alumbrado de las Colombinas, el del aparcamiento de la Casa Colón, el del Palacio de Deportes, el de la selección del PDL, el Mercado de Abastos, el convenio de terrenos en la universidad, el desalojo de dependencias municipales… Demasiadas cuerdas para un violín. Pocas veces procede llevar la política ante los jueces. Llevarla por sistema es un auténtico fraude aparte de que, como en este caso, puede constituir al mayor de los ridículos.

‘Cave canem’

Los romanos avisaban al merodeador de sus villas con un aviso leal: ‘Cave canem’, ojito con el perro. La sociedad avanzada nos avisa hoy, no de la guarda canina, sino de la vigilancia electrónica y personal que comenzó siendo un capricho paranoico tal vez, pero que se ha convertido en un fabuloso negocio y en una vergüenza pública. Los frecuentes episodios de atracos en serie, asaltos de viviendas, brutales maltratos y secuestros, han disparado, en todo caso, un miedo que tan sólo los insensatos podrían calificar a estas alturas de injustificado. Uno de esos incidentes terminó no hace mucho, como recordarán, con la muerte de un asaltante a manos del asaltado y desde entonces se ha disparado en la opinión española un debate sobre los límites de la legítima defensa que el caso de la familia de joyeros Tous ha avivado sensiblemente al conocerse la noticia de que otro asaltante habría muerto abatido, en esta ocasión, por los disparos de un familiar que ejercía al mismo tiempo de agente de seguridad. La polémica se centra esta vez en las circunstancias de la reacción defensiva, al desconocerse por el momento cómo se produjeron realmente los hechos y si el asaltante muerto portaba armas o fue abatido desarmado, pero en cualquier caso, reproduce e intensifica la discusión remachando la tesis, no poco gratuita, de que la legítima defensa es imposible en la práctica, una tesis que, en mi opinión, no es inocente sino que trata de arruinar un viejo principio jurídico jamás discutido, tal vez con la intención de exacerbar la inquietud y desacreditar ese derecho universal en un país en el que, curiosamente, es posible que haya hoy –y no sólo como repuesta al terrorismo sino como consecuencia de una innegable situación de inseguridad–más ciudadanos que nunca pertrechados de un arma legal para su defensa propia. No hay que ser jurista para saber que para que esa defensa sea legítima lo único preciso es que el peligro del que se defiende el agredido sea real y que el medio empleado sea proporcionado a la circunstancia. Y hay que insistir en que nadie va a ver defraudado su derecho a la autodefensa si cumple esas dos condiciones. Los que agitan la especie contraria andan buscando, sin duda, su renta política.
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Un viejo equívoco ideológico que gravita sobre esta cuestión viene a sugerir que la actitud conservadora predicaría el rigor defensivo frente a una actitud progresista que lo relativizaría, y es curioso que esa palabra, “defensa”, figure en el vocabulario (y por tanto, en el imaginario) de la derecha al menos desde el siglo XIX. Sin embargo, la voz de un izquierdista tan cualificado como Louis Blanc (un madrileño desconocido, por cierto, miren por donde) proclamó por su cuenta que cuando la sociedad sanciona al ciudadano que actúa en legítima defensa, en realidad no lo juzga sino que lo asesina. Y es que la seguridad, prerrequisito de la sociedad ‘civil-izada’, no es de izquierdas ni de derechas, sino que pertenece al repertorio básico del Estado de Derecho, lo que quiere decir que cuando incidentalmente no está asegurada por éste y la amenaza se cierne sobre el ciudadano, una lógica elemental contempla el derecho legítimo de éste a recurrir por su cuenta a la violencia, lógicamente dentro de ese marco racional que establece la proporcionalidad del medio empleado. Al margen del anecdotario (triste anecdotario, qué duda cabe) es obvio que esas tesis desmoralizadoras son posibles sólo porque la inseguridad es hoy una realidad que una incomprensible estrategia presupuestaria del PP y del PSOE, de los dos, ha agravado con mal remedio al reducir las plantillas policiales justo cuando arreciaba el peligro delincuente. Pero difundir la idea de que la legítima defensa es impracticable constituye, además de un disparate, un atentado más a la tranquilidad pública, hoy (como ayer y como antier) en almoneda. “Vin vi repellere licet”, decía Ulpiano. No seré yo quien le contradiga.

Leyes y trampas

Sanidad enviará al BOJA su decisión de que a partir de junio del 2007 los plazos de espera quirúrgica en las famosas ‘listas’ del SAS se acorten sensiblemente. Nada dice de los trucos que se vienen empleando para prolongar la espera y entre los que están dar por perdidos los estudios previos a las intervenciones y similares que en algunas provincias les ha quitado de encima el mochuelo de la protesta pública hasta que se descubrió el pastel. El SAS hay que repetirlo, es un más que aceptable sistema público de salud que arruina su prestigio y el derecho de los usuarios, que es lo más importante, por fallos de resta naturaleza, casi siempre originados por la estrategia ahorradora a ultranza que mantienen sus gestores. Esas listas de espera, por ejemplo, tras un cuarto de siglo de funcionamiento, deberían haber pasado ya a la historia pero están ahí, desesperando a los pacientes y desacreditando al propio SAS, que debería perseguir en vez de amparar a los truquistas, como ha hecho hasta ahora.

Cosas de mujeres

No es sólo el ‘delegata’ de Salud, el inefable XXXXX, quien se desentiende de los derechos de una médica como si con él no fuera la cacareada obligación de igualdad entre los sexos. En el propio Instituto de la Mujer va a despedirse estos días en bloque  al medio centenar de empleadas que, desde hace años y con notable éxito, venía asistiendo a las mujeres, orientándolas laboralmente, y nadie ha dicho ni pío, como ni pío ha dicho nadie ante la tensa situación (casi un pleito ya) que vive en Diputación alguna mujer que se considera ‘acosada’ precisamente en el área que encabeza otra mujer, la candidata a la alcaldía, o como ninguna voz se alzó –aparte de la honrosísima de la propia consejera—para condenar la acción del “compañero” de partido condenado por la Justicia como agresor de una mujer. Una cosa es predicar y otra dar trigo, ya se sabe, como una cosa es defender a la mujer y otra olvidar que hay mujeres y mujeres, no sé si me explico, además de hombres y hombres.

Cuerpo presente

Es inevitable detenerse ante ese catafalco aunque lo que le pide a uno el cuerpo es pasar de largo: ya hay bastantes glosadores de la efemérides desgañitándose por tierra, mar y aire. Hasta los que saludaron como una heroicidad la alta traición de Pinochet, que los hubo y en portada, se rasgan desde ayer las vestiduras: así es la vida. Unos reclamando venganza frente a la impunidad, otros, los menos, sugiriendo tímidamente el perdón o el olvido. En el mismo Chile, en las calles de Santiago ensangrentadas, como decía la canción, grupos de manifestantes se lanzan a la cara sus odios respectivos rodeados de la práctica unanimidad planetaria: el que se ha ido era un traidor, un asesino y un ladrón, las tres cosas. Lo que no quiere decir que sea el último ni el primero, por descontado. Hay así de “patriotas”, así de “salvadores” de la patria que han fallecido en su lecho, tan tranquilitos, mientras herederos y albaceas trajinaban con claves y cuentas secretas. La viuda de Mobutu anda por ahí lamentando el embargo de “su” fortuna, la de Marcos se lamenta con las zapateritas de lo que perdió con el cambio, un profeta loco va por Marruecos predicando el latrocinio real y reclamando la fortuna alauíta para los pobres del reino, imagínense. Craxi guardaba sus mangancias socialdemócratas en Suiza y en lingotes de oro, como aseguran que Pinochet guarda en China las suyas, una vez confiscados en Suiza los millones de dólares que había afanado en dinero contante y sonante. La patria es oro para algunos patriotas y el patriotismo –como dijera el sabio Samuel Jonhon– el último refugio de los canallas. A la vista está. Pero ahora el tema ni siquiera es la impunidad ante el latrocinio sino la injusticia que supone la impunidad de un criminal de esa envergadura. ¿Ojo por ojo? No hace falta estar con el Eclesiastés, ese pozo de sabiduría, para esperar alguna fórmula mínimamente equitativa. Ni hace falta calarse el gorro frigio para proclamar que es un escándalo que el gran traidor, gran asesino y gran ladrón se haya ido de rositas, pero esa frustración es vieja como el hombre. Pavese decía que vengarse del mal recibido supone privarse del confort moral que supone gritarle a la injusticia. Ya ven quien no se conforma es porque no quiere.
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Y una vez más los hechos conducen al peligroso cuestionamiento del galantismo democrático. ¿Es lógico, es bueno que el presunto delincuente disfrute de tan tupida malla protectora, es razonable que la Justicia haya de dilucidarse, como la palea con el minotauro, en el vericueto de un laberinto de palabras? Pues miren, por mucho que nos joda, hay que decir que sí o estaríamos perdidos, al menos los demócratas, es decir, quienes fiamos en exclusiva al imperio de la Ley el equilibrio de un orden justo. Sí, ya sé, por supuesto,  Pinochet torturaba sin problemas y mandaba fusilar sin entretenerse en procedimiento alguno, sus sicarios no eran ‘manguitos’ sino gansters respaldados por el Estado. ¿Y qué? No se puede hacer Justicia desde la injusticia como no se puede pintar un cuadro por el revés. Lo que para nada significa que la impunidad final de Pinochet no debiera sensibilizar a los pueblos libres de manera que optimizaran el sistema de justicia internacional, algo impensable habida cuenta de que para condenar a Pinochet en ese estrado habría que sentar junto a él en el banquillo al propio Kissinger y a tantos otros. La historia política (así se llamaba en los viejos planes de estudio) es una interminable crónica de injusticia, de cuentas pendientes, de facturas por pagar. A pesar de lo cual nadie ha hallado aún la fórmula para evitarlo sin agravar las consecuencias. ¡Claro que el cuerpo pide a veces aquello de los ocho tiros en la barriga! Pero cuando oigo lamentarse a alguien de que Franco muriera en su cama suelo decir que menos mal. No quiero pensar en circunstancias más deleitables, francamente. Si algo cierto es que la muerte todo lo iguala. En España no se acuerda ni Dios de dónde está la tumba de Franco.