Geografía inventada

Hace años que los españoles del Sur vienen contemplando cómo crece Gibraltar. No se trata de un fenómeno de la Madre Naturaleza sino del empeño de los “llanitos” de ganar terreno al mar. De poco o nada han servido las reclamaciones que, desde el sentido común, se alzan aquí y allá, porque la postmodernidad ha descubierto que, del mismo modo que los Países Bajos consiguieron contener el mar, también resulta posible achicarlo en beneficio de la tierra. En el suroeste chino, un archipiélago compuesto por un centenar largo de islotes, bautizado por los ingleses como Spratley, es hoy objeto de una intensa disputa desde que los chinos han decidieron a ampliar por las bravas su parte del condominio –Spartley pertenece, además de a China, a Vietnam, Filipinas, Malasia, Taïwan y el sultanato de Bruney—ávidos de sus estratégicos recursos naturales que, aparte de inmensos caladeros, cuentan con reservas todavía incalculadas de gas y de petróleo. Así como el que no quiere la cosa, los chinos han aprovechado el tiempo mientras la discusión proseguía, hasta el punto de que el Pentágono norteamericano sostiene que ha logrado ampliar su “territorio” sobre el mar en más de ochocientas hectáreas. Nada es ya estable y permanente, como en tiempos de Estrabón o Tolomeo, ni siquiera los límites que dice el Dios de Job haberle impuesto a las aguas marinas.
China lo hace todo a lo grande últimamente y ni siquiera ha tenido que renunciar a la imagen de Mao para reconvertirse en un coloso mayúsculo capaz de desafiar a cualquiera en el terreno militar o en el proceloso mundillo de las finanzas, mientras el resto del planeta la contempla petrificado entre la admiración y el temor, confirmando el aviso implícito en el libro áureo de Marco Polo. Por eso se ha hecho con el mayor paquete de deuda americana, por eso ha inundado nuestras ciudades de establecimientos menores, por eso, aprovechando la globalización, ha reinventado el capitalismo con la complicidad de los mercaderes de Occidente, y por eso, finalmente, se dedica ahora a engrandecer su territorio disputándole al océano, islote a islote, su vastedad inmemorial. ¡Setenta y cinco kilómetros en diez meses, aseguran los satélites que ha crecido ese mapa amarillo! Es posible que la civilización acabe reinstalándose en el mapamundi trasladando sus reales a un Oriente al que ha ignorado insensatamente durante tantos siglos.

Predicar y dar trigo

Como una cosa es predicar y otra muy diferente dar trigo, el feminismo de nómina ha acabado “recortando” también las ayudas a las mujeres maltratadas. Lo ha desmentido la directora del Instituto Andaluz de le Mujer, Carmen Cuello, pero todo confirma que la denuncia de este periódico era la verdad y que la Junta –que no “recorta” pero si “ajusta”, ya saben–, al menos según la delegada de Cádiz, lo único que puede hacer es pedirle perdón a esas víctimas del machismo en espera de tiempos mejores. La directora Cuello ha hecho el ridículo desmintiendo una realidad que, ciertamente, clama al cielo.

La hermana rata

La prensa americana, en concreto el NYT, vuelve sobre el tema de los llamados animales serviciales. Hemos visto ya a perros entrenados descubrir alijos pero también olfatear ciertas enfermedades, incluido el cáncer, en enfermos no diagnosticados, y ahora parece que los adiestradores han conseguido que ciertas ratas aprendan a detectar la tuberculosis, un mal que hace estragos añadidos en el África subsahariana. Una de ellas, la “cricetomys gambiana”, está siendo utilizada en diversos países azotados por las guerras para localizar, tras un severo entrenamiento, las temibles minas antipersonas o las granadas artilleras, esa herencia negra de la inhumanidad que ha costado ya, por ejemplo, ochenta mil víctimas en Angola y unas mil anuales en Colombia. Menos pesadas que los perros, al parecer, tan diligentes como ellos y acaso mejor dotadas en su olfato, parece que, sólo en Mozambique y en un solo año, fueron capaces de “limpiar” medio millón de metros cuadrados, eliminando seiscientas minas y trescientos proyectiles, un resultado más o menos equiparable al conseguido en Tanzania. No resulta exagerado por parte del NYT, pues, motejarla como “Herorat” o rata-héroe aunque no haya faltado, como era de esperar, la protesta de algunos ultras del naturalismo conservacionista que ven en la utilización de la rata por el hombre un abuso de lesa animalidad que no justificarían ni los cientos de miles de muertos y lisiados que constituyen la herencia de las postguerras.

Va a haber que reconciliarse con las ratas más allá de su leyenda negra, acaso originaria del viejo Egipto en el que la combatieron divinizando al gato, aunque haya que reconocer que su imagen es casi insalvable. En los bestiarios medievales no encuentro rastro de ellas pero Apolo, según Homero, las protegía, Daniel Defoe las detractó, Freud hubo de encargarse de buscarle los tres pies al gato simbólico atribuyéndole connotaciones fálicas y demás, y Camus de execrarlas, quien sabe si con la imagen de los carros cargados de ratas muertas que pintó Brueghel el Viejo en “El triunfo de la Muerte”. Sólo en China, que yo sepa, encontró la rata un trato preferente –es el primero de los animales de su zodiaco—que, según parece, libera a ese animal de cualquier connotación peyorativa. En España, la Reina (emérita) lidera una campaña contra las mismas minas que le vendemos nosotros mismos a esos desgraciados. Algo es algo. De lo que no habrá más remedio es de seguir entrenando ratas.

Interludio folclórico

Salió del trullo la Pantoja, cumplido un cuarto de su condena, y fue recibida por la “afición” como un personaje heroico. Vitores, lágrimas y emociones, dicen que hasta algún desmayo, a los que la tonadillera respondió exultante, la mano en el corazón, enviando besos a sus fans. Ya tienen ahí otra estampa española que desde pasado mañana dará la vuelta al ruedo ibérico e islas adyacentes. El pueblo tiene su propia estimativa y se rige por una moral autónoma cuyas sentencias discurren en paralelo a las que establece la normativa heterónoma. Aparte de que si aquí manga “desde la princesa altiva/ a la que pesca en ruin barca”, ya me dirán cómo podría ser de otra manera. La legalidad no cuenta con los héroes. El humor del pueblo tiene sus propias leyes.

Saber y política

Escucho a un ilustre profesor la profecía –no sé si autocumplida, eso ya lo veremos—de que la vida pública española, esto es, la Política ha bajado unos cuantos escalones en la precaria escalera en la que ya estaba encaramada. Y tropiezo en un breve e inteligente artículo de un viejo rockero, Manuel Piedreahita, con una memorable frase que Ortega escribió allá en 1932: “La política española se apoderó de mí y he tenido que dedicar más de dos años de mi vida al analfabetismo. La política es analfabetismo”. También mi querido Raúl del Pozo ha rebatido el tópico de que en las Cortes republicanas la oratoria era eminente basándose en cierta crítica contemporánea más o menos coincidente con las muchas debelaciones a que Víctor Márquez Reviriego sometió a los castelares de la santa Transición. Un ejemplo: un idiota profiere desde el ambón insinuando cierta ambigüedad de Gil Robles: “Todos sabemos que el señor Gil Robles duerme en camisón”; y Gil Robles le responde incontinente desde el banco azul: “Por Dios, ¡qué indiscreta es la esposa de Su Señoría!”. ¿Qué, hemos bajado el nivel o no? Sí, hombre, sí, ya lo creo: no veo yo a aquellos republicanos (ni a aquellos monárquicos), y menos a los intelectuales “al servicio” de la República (los Ortega, Pérez de Ayala, Gregorio Marañón) tomando lecciones de dicción bajo la batuta de una simpática locutora de la tele. Me temo que si ya era mediocre la nómina pública, tras los últimos comicios debemos de haber dado el triple salto mortal.

No se trata de aspirar al platónico “gobierno de los sabios”, aparte de que bien sabemos por dónde le salió el tiro del magisterio del tirano al ingenuo Aristóteles, sino de reclamar una formación media que la complejidad de nuestro tiempo exige cada día más. Tal como ocurrió con el PSOE improvisado en su día, los nuevos partidos “emergentes” son trenes propicios a los que se suben cuantos logreros hay a una legua de la estación y eso no augura nada bueno en este país de mediocres, sobre todo si pensamos en que el periodo que se avecina va a ser, con gran diferencia, el más dificultoso que ha atravesado esta democracia en tenguerengue. Bien entendido que en política, como dijera el maestro Rostand, cabe que los insensatos actúen de manera que sean los sabios los que se equivoquen. No me extrañaría un pelo que antes que tarde nos acordemos de este “dictum” mucho más realista de lo que pueda pensarse.

Aquel “impulso democrático”

Mientras se contrae cada vez más la indemnización por despido a los trabajadores, los políticos no tienen empacho en reclamar los pelotazos que estableció Chaves en aquel “paquete de medidas” que ostentaba el simpático título de “impulso democrático”. Un descarado autoblindaje de los que hacen la ley y que clama al cielo en una situación en la que los socorros que ofrece a aquellos trabajadores van ya a ras del suelo. Gran negocio, la política que, a pesar de todo, sigue blandiendo la dudosa razón de que los políticos están mal pagados. Y todos de acuerdo, oigan, desde los presuntos “señoritos” conservadores a los comunistas pasando por el partido que lleva a su sigla el hilarante calificativo de “socialista obrero”. Lo explicó Chaves mejor que nadie: “Con las cosas de comer no se juega…”.