Curiosas coincidencias

Que a lo de Marbella –un secreto a voces, una viejísima denuncia de El Mundo—no se le metiera mano hasta que convino para tapar un escandalazo incómodo en extremo para el propio Gobierno. Que a los ediles “populares” de Alhaurín el Grande sólo se les detuviera coincidiendo con la presencia del propio Rajoy en la comarca. Que cada vez que el Gobierno tiene por donde temer cae un racimo de rivales y en cada ocasión que se descubre un desvalijo atribuible a los suyos, la máquina policial y judicial se moviliza como si la hubieran engrasado. Qué casualidad, coños, esta administración de noticias que, de hecho, persigue y logra a administración de titulares, y qué inquietante sensación de que se utilizan los recursos administrativos para influir en el juego político y torcer la deriva electoral. El PP tendría que exponer a la vergüenza pública a sus corruptos exigiendo que en la misma picota se mostraran también los de enfrente. Para que los conociéramos los contribuyentes y no sólo los mandamases. 

Verde y con asas

Luego no quieren que se piense, que se diga, que se susurre o que se grite. ¿Se puede modificar puntualmente las normas subsidiarias vigentes y a sólo 14 horas de la nueva ley urbanística andaluza  –como han hecho en Gibraleón los tránsfugas amparados por el PSOE—provocando que ciertos propietarios se levanten una mañana con trescientos millones de pesetas más en su patrimonio? Ya lo creo que se puede pero me cuesta entender cómo el propio PSOE de los “decálogos” y las justificadas denuncias contra la corrupción de sus competidores políticos consiente que esto ocurra cuando la ley nueva es precisamente obra suya. Poderos caballero es don Dinero, más poderoso que la idea y el ideal juntos, más eficaz que cualquier razón, más práctico que cualquier justicia. Dirán los tránfugas, eso sí, por descontado, como el cónyuge sorprendido en brazos de otro, que no es cierto, que no es lo que parece, pero este golpe no hay discusión posible. Por alguna razón los ránfugas de Gibraleón han  beneficiado, cuando ya el cuarto árbitro sacaba la pancarta de la prórroga, a dos particulares con suerte. Pues nada, enhorabuena ya disfrutarlo con salud.

El espejo negro

Se está celebrando en la Biblioteca Nacional de Francia un congreso internacional que, con un ambicioso título ciertamente digno de mejor causa –“Histoire Culturelle et enjeux esthétiques d’une saga populaire”—, anda centrando sus esfuerzos en desentrañar la trama ‘trascendente’ de James Bond, es decir del “Agente 9007”, con licencia para matar, que la imaginación de Iam Fleming lanzó al mundo a mediado de los felices 60. Participan en él no menos de cuarenta sabios procedentes de las universidades de Versalles y Nanterre inquietos, con la que está cayendo, por lo que la figura y leyenda del famoso personaje haya podido significar e influir en nuestro perro mundo con su audacia insólita, sus trebejos casi mágicos y, para qué negarlo, con aquella escandalosa venia para quitar de en medio por la vía rápida a quien le estorbara a él sus amores furtivos o al imperio democrático que lo enviaba sus sagrados intereses. En una sala del Saint John’s College de Cambridge pude ver alguna vez un retrato, probablemente apócrifo, que recuerda que en el prestigioso centro estudió, doblado el XVI, un joven aprovechado que acabaría con fama de filósofo, matemático, mago, alquimista y nigromante entre otras muchas y peregrinas, que se llamaba John Dee y que acabó de espía reservadísimo de la reina Isabel a la que enviaba puntualmente sagaces informes de los países que iba visitando. Y en el British Museum se conserva un espejo curvo de antracita, de un negro prodigioso, que el mago sostuvo en vida que había recibido de manos de un ángel y a través del cual –en concurso con las Tablas de Enoch y el Sello de Ameth, eso sí—era posible vislumbrar el futuro e incluso la realidad de otros mundos. Lo que ya no sabe tanta gente es que Dee firmaba sus informes con el pseudónimo ‘007’ sólo conocido de la soberana que parece que confiaba en él a ojos cerrados. Eso para que pregunten en el ministerio para qué sirve la Historia.
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No es nuevo el interés de la sociología del conocimiento por el fenómeno de masas que supuso y sigue suponiendo la saga de ese espía invencible. Se dijo que era una creación de un equipo de expertos que habrían fundido en un personaje y en una trama las inquietudes de un mundo bipolar que había hecho del maniqueísmo su doctrina de manual, y contribuyó bastante, no puede negarse, a extender la conciencia de legitimación de la barbarie ejercida en nombre de los supremos ideales de la democracia, siempre desde el sobreentendido de que cualquier crimen legal que Bond pudiera cometer caía en le ámbito de la defensa propia de una sociedad amenazada por el Mal absoluto, que unas veces vestía la inconfundible chamarreta de cuero del KGB y otras se disfrazaba lindamente bajo los frágiles desnudos de las amazonas que seducían al héroe. Cada mundo, cada era tiene su mitología –con eso hemos dado aquí la tabarra más de una vez–, y si no, ahí tienen el éxito profundo de Lövecraft con sus reinos submarinos y sus hombres peces. Y la de la Guerra Fría fue este costeado proyecto de hombre invencible al servicio del cual el Poder (el Poder del Bien, se entiende) ponía servicialmente sus riquezas y el concurso inapreciable de la técnica. No puedo imaginar qué nuevas conclusiones extraerá este parnasillo de ese don Juan terciado de Hércules y Perseo, pero ni les cuento la envidia que me produce imaginar la vidorra que se van a pegar, los tíos, con el cuento del envergue en este suave invierno parisino en el que el deshielo ideológico hace que se confundan inextricablemente la derecha y la izquierda reclamando vivienda gratis para los “sin techo”, manos limpias y ‘grandeur’ para todos. Los sabios saben dónde reunirse y qué fecha escoger para sus conciliábulos. James Bond, el pobre, iba sin rechistar donde le mandaban, seguro de dejar tras él unos cuantos malos de menos y de llevarse por delante a unas cuantas pibitas de más.

Sabia enmienda

Enmendarse es de sabios, dice el refrán aunque la mayoría no lo practique. El presindte de la Diputación de Cádiz acaba de enmendar sabiamente el disparatado abuso que suponía la subida lineal de 1.200 euros para altos cargos, personal directivo y diputados, es decir, justamente para los mejor pagados, con olímpico olvido y desprecio por los trabajadores que cobran menos. Está bien lo que bien acaba, aunque el presidente debería reflexionar ahora sobre la causa por la que accedió a la insolidaria subida en un alarde impropio de cualquier mandatario público e inconcebible en uno que se postula mascarón de la izquierda. La desvergüenza de la clase  política es proverbial cuando le tocan el bolsillo, pero esta vez ha habido, al menos, reflejos para impedir ‘in extremis’ que se consumara uno de tantos atropellos como nuestros gestores, dueños realengos del dinero público, cometen por doquier.

Las bases y la cúpulas

En Encinasola, en Trigueros o en El Cerro (más allí donde no hay redaños para hablar en voz alta) las bases del PSOE se rebelan contra la desvergonzada estrategia Barrero/Jiménez de utilizar sin miramientos a los tránsfugas en sus listas electorales, incluso contra el acuerdo expreso de las asambleas. Naturalmente, de esta situación no responden esos poscaciques locales sino la Ejecutiva Regional que se lo consiente y la Federal que lo bendice desde Madrid, en flagrante contradicción con los propios acuerdos por ella firmado de cara a la galería. El ministro de Administraciones Públicas, por ejemplo, debería darse una vuelta por nuestra provincia con una copia del reciente acuerdo contra la vergüenza del transfuguismo firmado por todos los partidos del Congreso bajo el brazo. Y darle algún palique a los protestantes de las asambleas, eso sí, a ver qué tienen que decirle. 

El libro virtual

Los bibliómanos de todo el mundo comenzamos a entrever en la amenaza de la digitalización del libro un esperanzado envés, en concreto la posibilidad de escapar algún día al inveterado desbarajuste de nuestras casas atestadas de libros siempre presentes aunque nunca a mano. Los datos son, desde luego, espectaculares. Para empezar, los famosos quince millones de libros que el buscador ‘Google’ anda poniendo a disposición de sus lectores virtuales, una colosal biblioteca que habrá de ser, como es natural, predominantemente inglesa y, en consecuencia, supone una inquietante amenaza para las demás culturas. Frente a ‘Google’, como es sabido, no ha tardado en surgir competencia, empezando por la ‘Live Search Book’ instalada por Microsoft y, en fin, por esa iniciativa comunitaria que se titula –en inglés también, por descontado—‘The European Library’ capaz de ofrecer la totalidad de los fondos aportados por diversas bibliotecas europeas nada menos que una veintena de lenguas. Y queda lo peor. China está también haciendo sus primeras “colgaduras” en la Red y la India parece que pretende no quedarse atrás en esta carrera desbocada cuya salida estamos viendo todos pero cuya meta nadie sabe a ciencia cierta por dónde vendrá finalmente a caer. ¿Acabaremos todos engorilados con el ordenador, dejándonos las pestañas sobre el teclado, una vez que el libro tradicional, el trasto de Gütenberg que tanto ha dado de sí, quede definitivamente obsoleto ante la competencia cibernética? Azorín cuenta cómo revolvía los puestos de la Cuesta de Moyano, con qué caprichosos y arbitrarios criterios los compraba, de qué modo casi fetichista los palpaba hasta hacerse con su tacto y de qué manera los olía hasta distinguirlos, les daba calor en el bolsillo del gabán camino de casa antes de colocarlos con cuidado extremo en el lugar exacto de su biblioteca. ¿Habrá pasado ya esa era romántica del libro físico y deberemos enfrentarnos a un futuro de lecturas virtuales, eliminada cualquier mediación que no sea óptica entre el mensaje y el cerebro? Los editores y plumíferos de medio planeta se tientan la ropa ante esta posibilidad que, de hecho, acabaría sustituyendo la librería por el ‘top manta’, pero muchos de nosotros, viejos rehenes de la tiranía bibliográfica, tenemos la cabeza en otra cosa.
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El problema no es el de este “estado de sitio” doméstico en que vivimos muchos maníacos del papel impreso, sin embargo, sino en qué medida el texto virtual determinará, por la pura lógica de las circunstancias, una hegemonía anglosajona sólo comparable a las que en sus diversos momentos ejercieron las griegas y latinas. Es ínfima la parte de la producción escrita yanqui que termina traducida a otros idiomas y todo indica que esta deriva insular irá creciendo a medida que vaya desarrollándose el repertorio digital, pero en cualquier caso parece verosímil que un futuro semejante implique, si no la desaparición, al menos la servidumbre de las demás lenguas escritas que acabarán absorbidas por una ‘koiné’ universal que esta vez tendrá de verdad alcance planetario. Hay problemas pendientes, eso sí, como denunciaba hace poco el presidente de la Biblioteca Nacional de Francia, Jean-Noël Jeanneney, que comprobó que a una consulta sobre Hugo el gnomo de le Red respondía con veinte libros en inglés y uno en alemán, y a otra sobre Dickens contestaba con una publicidad casamentera. No sé qué pensar, lo admito, tentado de una parte por la utopía de libro domeñado y convencido por otra de que esa experiencia antirromántica y ni siquiera ‘ilustrada’ habría de enfrentarnos, en el mejor de los casos, a una suerte de vertiginoso vacío. Porque Azorín sería un fetichista, no digo que no, pero nadie ha dicho que el fetiche no quepa en un disco duro. Aparte de que no imagino qué será de la lectura cuando tantos millones de libros nos soliciten desde la pantalla y no nos quede el recurso de tirarlos a la piscina como dice que hace Umbral.