Galicia queda lejos

El portavoz de la Junta ha dicho que es una cosa muy impropia establecer paralelismos “que no se corresponden con la realidad”, en clara referencia al vertido que acaba de producirse en aguas de Algeciras, en medio de un silencio más que relativo, y al que en su día provocó el hundimiento del “Prestige” famoso en la Costa da Morte. El toque está en ver qué entiende el portavoz por correspondencia con la realidad –¿un barco vertiendo fuel frente a otro barco vertiendo fuel, por ejemplo, se corresponde o no?—pero, sobre todo, en entender de una vez que muchas veces va el cántaro a la fuente hasta que se rompe, aplicado sea el adagio a la situación, mil veces denunciada, que se vive en la Bahía de Algeciras donde el tráfico de carburante se lleva a cabo en circunstancias de lo más peligrosas. Era y es cuestión de tiempo que aquí se produzca una catástrofe comparable a la gallega. Y entonces estará el toque en ver qué reacciones se producen para compararlas con las que allá se produjeron.

Luz roja hospitalaria

Pueden disimular lo que quieran y jugar con índices y “ratios”, con números rojos o azules, pero la única realidad hospitalaria en Huelva hoy día es que un usuario puede esperar casi un año el resultado de una ecografía, otra aguardar ocho meses a que la intervengan en ginecología y una muchedumbre diaria tragarse la masificación en unas salas de urgencia abarrotadas o esperar estabulada en los pasillos. Como pueden pasar como sobre ascuas sobre datos epidemiológicos alarmantes o meter un cajón los resultados de analíticas que obligarían, de ser conocidas, a adoptar medidas que no están en manos de estos dirigentes respaldados por su partido. Y ni siquiera es cosa de insistir en la responsabilidad de ese delegata ‘sonado’ porque cada vez se ve con mayor claridad que esas responsabilidades hay que buscarlas más arriba. Huelva no se merece esta situación crónica que tal vez no tenga otra explicación que los cálculos electoralistas.

La edad del símbolo

Los símbolos tienen su edad. Por levantar el puño se ha administrado ricino en público a jóvenes amazonas republicanas o se ha llevado al paredón a militantes curtidos. Por levantarlo han debido soportar más de una tallina en el cuartelillo, durante la larga noche de piedra de la dictadura, muchos impertinentes o contumaces. Una vez en la Universitaria, allá por los felices 60 –y que me disculpe el lector memorioso porque sé que me repito aquí—, se produjo un incidente banal que sonó a rebato, sin embargo, entre los bienpensantes y provocó que un buen puñado de estudiantes dieran con sus huesos en los sótanos de la policía, sólo porque, desde un camión carbonero que cruzaba por allí coincidiendo con una manifestación habitual, un operario levantó desafiante el puño en alto como saludo a la ‘basca’. Entonces no podíamos sospechar el corto futuro que aguardaba a ese viejo símbolo revolucionario sobre cuyo significado se dividen los simbólogos, pero al que acabó de dar sentido dialéctico, como antítesis sin síntesis posible de la tesis, la mano abierta del saludo romano reinventado por los fascistas. La izquierda (la perseguida y la consentida) abandonaron pronto una seña de identidad, agresiva desde su propia morfología, reservada desde entonces para exaltaciones sentimentales y eventos fotogénicos, pero nunca volvió a significar el puño cerrado y en alto lo que había supuesto en etapas anteriores. Los símbolos nacen, crecen y mueren, como todo lo que discurre por la vida, y todo lo más se fosilizan cautivos, como los insectos remotos, dentro el ámbar casual de rutinas ya insignificantes. Cuando en marzo del 99, nada menos que el New York Times Magazine eligió un enorme puño cerrado como símbolo del “espíritu globalizador” propuesto por Friedman en su “Manifiesto por un mundo rápido”, a muchos nos pareció que, en adelante, el símbolo revolucionario no volvería a recuperar su sentido original. Y así fue: hoy sólo gente del tipo de Llamazares o los encapuchados de ETA siguen levantando un puño que apenas significa otra cosa que su propio fracaso.
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Bueno, no sólo ellos, porque en la prensa del lunes podía verse el retrato de un guardia civil de uniforme, tricornio encasquetado y condecoración sobre la guerrera, que izaba ingenuamente ese puño cerrado como un gesto testimonial frente al disparate que supone mantener bajo disciplina militar a una policía que desde el título está proclamando si condición cívica. Una imagen insólita, qué duda cabe, incluso divertida –a poco que no hayamos perdido enteramente el humor–, pero sobre todo y ante todo, anacrónica, arcaica incluso, como ha de probarlo (esperémoslo, al menos) la intrascendencia disciplinaria de lo que hace no demasiado tiempo le hubiera proporcionado una temporada en un castillo. De toda la movida sindical organizada desde la Guardia Civil frente a la informalidad del Gobierno, nada tan expresivo y, al mismo tiempo, tan insignificante, como ese puño de guardia civil alzado en solitario entre un mar de charol que es en sí mismo, desde luego, otro llamativo anacronismo en los tiempos en que vivimos. Ese guardia no se ha enterado de que un “rojo” profeso como ZP no ha levantado probablemente el puño ni para celebrar su sobrevenida ascensión a los cielos, ni de que –y eso ya es peor— en ese desfile con el paso cambiado no figura ya más que el pelotón de los torpes. A mí, personalmente, me ha producido cierta afectuosa melancolía la figura del guardia cimarrón, aislado entre sus compañeros y expuesto en evidencia ante una España que apenas sabe ya de qué va esa vaina por la que tantas tallinas repartieron sus antecesores en el Cuerpo mientras fueron el largo brazo armado de la tiranía. Hoy, ya digo, sólo levantan el puño unos cuantos recalcitrantes de precaria neurología. Los demás, hace tiempo que sabemos que la revolución no sólo ha cambiado de fondo sino también de forma.

Pachecadas

Que el ex-alcalde Pacheco atraviesa un mal momento político, un momento crepuscular, no tiene discusión y peor lo hubiera atravesado de no mediar el pacto con el PSOE para, a cambio de entregarle a él el codiciado urbanismo (que en tiempo tanto criticaba a sus compañeros) a cambio de arrebatarle la alcaldía al PP. Pero el lío de la famosa empresa familiar denunciada y la eventualidad de que es ex-partido, el PA, lo denuncie ante la Agencia Tributaria, le pone las cosas definitivamente feas si es que no peligrosas. De poco van a servirle en esta ocasión, en todo caso, sus consabidos exabruptos, sus amenazas a periodistas y su chantaje virtual incluso a las familias de los profesionales, porque de lo que se trata es de aclarar que ha ocurrido en esa empresa y no de si los periodistas o los políticos rivales tienen ocultos muertos en sus armarios. Porque no se trata de “chulear” (sic) de manos limpias sino de probar su limpieza. La historia de Pacheco es la crónica de una tragicomedia sin fin. Parece que se ha empeñado en no hacernos gracia ni del último acto. 

En la cresta y con gastos

Otro leñazo de la Justicia a la oposición municipal del PSOE capitalino, ahora en sentencia del TSJA que considera inadmisible el recurso planteado por el grupo solicitando la paralización de las obras del Mercado de Abastos. Ve el TSJA en ese recurso “conducta temeraria” y no es extraño, no sólo por las circunstancias que en él se dan, sino porque a los jueces no debe escapar, a estas alturas de la pelea, que pasa sobradamente de la quincena los pleitos perdidos por el PSOE frente al equipo de Gobierno, sin haber ganado ni uno solo. Esta vez incluso habrán de pagar las costas no sin tener que escuchar en boca de los jueces que el procedimiento empleado ha sido “fraudulento”. Un bochorno, como mínimo, aparte de un fracaso en toda regla de la estrategia de oposición, de los que, sin duda alguna, los onubenses habrán de darse cuenta si es que no se han dado ya hace tiempo.

El mandato bíblico

Un ministro japonés del ramo ha organizado la del tigre calificando, en un cónclave de su propio partido, que la mujer es, en el fondo y en la forma, nos pongamos como nos pongamos, una “máquina de hacer hijos”. Enseguida se han alzado voces a favor y en contra, en el primer caso porque la grosería conceptual no precisa explicación, y en el segundo, porque los expertos japoneses –y por supuesto, también la población ilustrada—anda más que mosca con la caída de la natalidad, un fracaso biológico que anda ya muy por debajo de las cifras más pesimistas (la media europea de 1’5 hijos por mujer) y sólo a duras penas converge con las registradas en los precarios países del Este europeo en torno a un insostenible índice de 1’3, cuatro décimas por debajo de la natalidad de los países escandinavos considerados hoy campeones reproductivos. Algo ha ocurrido, sin embargo, que no debe pasar desapercibido y es el inesperado salto de la natalidad francesa que ha crecido nada menos que un tres por ciento respecto al año anterior, censando un total de 831.000 nuevos gabachos para convertirse, probablemente, según el Insee, en “el país más fecundo de Europa”. Ahora bien, los demógrafos han descubierto que no se trata de que haya más madres en el paritorio sino de que ha aumentado el número de partos por madre a consecuencia, fundamentalmente, del retraso de la procreación, es decir, de la irrupción de las madres tardías que hoy se reproducen en la treintena o incluso después en proporción muy superior a la tradicional. Habrá que mirar con lupa qué está ocurriendo en Francia, sobre todo sabiendo que ese incremento registrado no se debe, como en España, al concurso de la población inmigrante sino en términos muy discretos y resultando evidente que la noción mecánica del ministro nipón encaja mal con la maternidad libre que se le supone a la madre madura.
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En una primera conclusión, casi unánime, los peritos coinciden en que el “milagro” francés no responde a motivaciones psíquicas sino a estrictos condicionamientos sociológicos, como lo prueba el alejamiento progresivo registrado respecto a la católica Irlanda, que ha sido desde siempre la campeona de la natalidad. El éxito demográfico de la Francia de hoy se debe a un hecho sin réplica posible: que ocho de cada diez mujeres se han incorporado al mercado de trabajo, una proporción considerablemente superior a la estimada, y sin duda aplastante en un continente que mantiene aún sus reservas sobre el trabajo materno (en España son lastimosas las diferencias salariales con los varones, en Alemania se conoce a las madres trabajadoras como “madres-cuervo”) y en el que no acaba de abrirse paso la convicción de que, superado el esquema neolítico clásico, el trabajo de la hembra –igual en todo al de los machos—ha de ser protegido con inversiones públicas que garanticen su viabilidad en elemental compensación por la función reproductora. Pero no hay que especular con motivaciones ideológicas (nadie se reproduce por fortalecer el sistema de pensiones, obviamente) sino atenerse a los hechos. En Francia las mujeres se han echado para adelante cuando han visto reconocido sus derechos laborales e incluidos en ellos la proliferación de guarderías asequibles, la asistencia gratuita, las ayudas financieras, los comedores decorosos o las vacaciones costeadas por el erario, un conjunto de medidas imprescindibles que les permiten compatibilizar sus dos legítimas funciones sociales, la reproducción y la producción. Y el resultado no deja lugar a dudas: más de 800.000 nacimientos en un año, casi el 3 por ciento más que el anterior.  El catolicismo irlandés no ha resultado tan prolífico como la asistencia francesa que expresa mejor que nada el profundo sentido de lo que en aquel país se entiende por progreso. Con el modelo neolítico sólo parece capaz de acabar el “espíritu republicano”.