Chaves no desciende

Los ciento cincuenta vecinos de Rociana que ayer se manifestaron ante la Casa Rosa, accidental residencia del presidente de la Junta de Andalucía, para pedir una entrevista con el mandatario al objeto de desbloquear la insostenible situación sanitaria del pueblo onubense que carece de médico de urgencias nocturno, no consiguieron, a pesar de sus reiterados intentos, que el alto dignatario bajara de su empíreo al nivel de los mortales. Lo más que lograron esos vecinos viajeros –cuarenta de los cuales hicieron los 74 kilómetros del camino a pie—fue entregar una carta a un edecán para que se dignara entregarla a aquel en cuyas manos está el destino de los andaluces. Chaves no desciende de sus cielos imaginarios. Así nos va a todos. Salvo a él, quizá. 

Ponerse de pie

Se me queja un amigo probado de su desolación ante el resurgir de la derecha que mejor que nada expresa su invasión del terreno de nadie que siempre hubo entre las dos manos de la polaridad. Le contesto, también desde la izquierda, que a mí lo que me quita el sueño no es tanto ese resurgimiento como nuestro despiste. Pocas cosas teme hoy tanto un espíritu de izquierda como que le pregunten en qué consiste –hoy—ser de izquierdas frente a lo que supone mantenerse conservador. Y ¿por qué será eso? Bueno, yo no lo sé, sinceramente, pero una vez que en una cena madrileña le planteé la cuestión al presidente Ibarra –el que se movió en la sombra el 11-M y siguientes, para entendernos—me contestó que ser de izquierda era trabajar “para resolver los problemas a la gente”, panacea programática que se diluye en su misma ambigüedad. El expresidente Borbolla suele decir con más sorna y retranca que de lo que se trataría es de “hacer cositas”, o sea, nada de zambombazos ni utopías, nada de revoluciones copernicanas o de las otras, sino progreso menor y concreto, mejora pian pianito de la suerte del personal. No sé, insisto, aunque estoy en mis trece, desde luego, de que ninguna de estas respuestas tiene que ver con lo que tradicionalmente la teoría entiende por izquierda, esa postura articulada en una concepción del mundo y la exigente axiología derivada de ésta. En la educación, por ejemplo, la hemos pringado sin remedio aplicando un cierto humanismo ilusorio derivado de la permisividad ácrata que puso de tiranía el 68, cuando por las paredes parisinas hizo furor el ultrajacobino eslogan de “prohibido prohibir” que acabó llevándonos a donde nos ha llevado. Si hoy un tío como Sarkozy puede arrancar ovaciones exigiendo restablecer el uso antiguo de que los alumnos se pongan en pie cuando el profe entra en clase es porque otros, durante un cuarto de siglo largo, hemos triturado hasta convertirla en fino polvo la indispensable noción de disciplina. La derecha, ya lo ven, puede vivir tan ricamente sin más que agacharse en la vieja huerta rival y recoger las coles abandonadas.
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No se trata, por tantas razones, de perpetuar el absurdo dilema conceptual sobre si existe o ha periclitado la oposición clásica izquierda-derecha. Se trata más bien de aceptar que no hay ojo humano que distinga ya con propiedad entre los programas de una y otra, que no hay quién tenga pupila capaz de leer en la letra chica del progresismo confeso cosa distinta de la que podamos hallar en la derecha convicta. Sarkozy por ejemplo. A uno puede engorilarle más o menos doña Ségolène (a mí, sin ir más lejos, mucho más que a sus camaradas de partido, que han tratado denodadamente de hundirla en la miseria), pero no me pidan que eche en saco roto –como observador progresista, quiero decir—su proyecto de dignificación de la docencia, su apuesta por la “moralización del capitalismo” o la propuesta de reconciliación del laicismo con la libertad religiosa. Oigo a este “duro” decir lo que dice del trato que merecen los terroristas y me apunto, mal que me pese, a su tesis; lo escucho reclamar la exigencia de las obligaciones sociales junto a los derechos, y le pongo un nueve en mi contabilidad particular. Seguro, además, de que habrá una legión de sufridos profes españoles que habrán suspirado al enterarse de la mera posibilidad de unas aulas en las que el respeto no sea optativo sino obligatorio y la disciplina deje de ser un juego burocrático para convertirse en requisito de la enseñanza profunda. ¡No quiero ni imaginarme ante una urna frente a los retratos de ese Sarkozy que no es mi opción teórica y de una madame Royal, tan efectista en los sondeos, pero a la que todo lo más que logro sacarle en limpio son ambigüos rumores de un reformismo que los sociólogos de los 60 (Gorz y cía) llamarían, peyorativamente, “no reformista”. Ellos mismos militan hoy entre el ecologismo y el éter, no les digo más.

El grano y la paja

Curiosa distinción electoralista del candidato marbellí del PSOE, el consejero Plata, quien postula que los votos de Gil deben ser para él y su mala fama y peor herencia para el PP. ¡Así, como suena, como si no hubiera habido cien denuncias sobre la dejación de la Junta y su imprescindible permisividad, como si no constara que en su día el propio PSOE ingresó en su cuenta el cheque que Gil le dio (eso fue lo que éste le dijo al juez y el tesorero del partido reconoció) a cambio (eso ya sólo lo mantuvo Gil, como es natural) de contrapartidas urbanísticas! O el éxito de Gil no se debiera a medias al fracaso descomunal de la gestión del propio PSOE y al apoyo que éste prestó bajo y sobre cuerda al “Ostentóreo” como mejor remedio contra el ascenso de la derecha conservadora. En Marbella el PSOE tendrá que asumir, en efecto, quiera o no quiera, la herencia de Gil y sus consecuencias, en la medida en que tenga lógica relacionar ambas como la actitud del partido mientras duró el guateque. NO se olvide la foto de Chaves con la García Marcos, que tampoco es tan vieja. Ni  tantas otras cosas de las más vale olvidarse.

El pesebre provincial

La guerra sindical en Diputación no parece que vaya a tener fin pero sí que es posible que acabe poniendo en evidencia lo que viene siendo hace mucho un secreto a voces, es decir, que el organismo provincial servirá para poco en un régimen autonómico, pero es el mejor pesebre político para estabular profesionalmente a familiares, amigos y demás pacientes y afectos al partido en el poder. La acusación de CCOO es tremenda, en especial si se tiene en cuenta el modo preciso de personalizar y la gravedad de sus acusaciones, que culminan en la aclaración que la responsabilidad por el festín de ‘enchufados’ no recae siquiera en el controvertido jefe de personal sino en otro alto funcionario al que el presidente Cejudo –lo dice CCOO, insisto—le debe lo bastante como para dejar que haga lo que está haciendo. Es necesario que la oposición haga pública la lista interminable de esos que el sindicato llama ‘enchufados’, desde los que cobran en el mayúsculo Gabinete presidencial hasta los que se han colado por lo bajini en las nóminas de aquí y de allá.

La santísima dualidad

Si hay un tópico optimista en el ámbito antropológico es, como me recuerdan desde el incansable Departamento de Historia Antigua de la universidad Hispalense, ése de la “la santísima dualidad”, es decir, la idea crucial, derivada o paralela al concepto de andrógino, que viene a decir que la Humanidad no es ni macho ni hembra, ni masculina ni femenina (ni epicena, por supuesto) sino ambas cosas a la vez. Las teorías al respecto son intrincadas y se han teñido últimamente, como no podía ser de otra manera, de un inevitable aura polémico que, en todo caso, los números cada día más numerosos y elocuentes de que disponemos van reduciendo al absurdo por la vía rápida. Desde el propio Gobierno, o sea desde el ministerio, acaban de darnos, por ejemplo, un informe sobre “Datos y cifras del Sistema Universitario” referido al curso 2005-2006 en el que, junto a la esperada disminución de las matrículas que determina el descenso poblacional, se destaca un hecho fundamental e incontrovertible: la mayoría femenina en todas y cada unas de las situaciones estudiadas. Es verdad que el fenómeno del crecimiento femenino viene de atrás y que sólo en el decenio de los 70 se multiplicó por tres el número de hembras que accedía a la enseñanza superior, pero una simple ojeada a la reciente estadística demuestra que no se trata simplemente de un vaivén entre los sexos sino de una auténtica revolución que aquellos colegas hispalenses parece que interpretan como la expresión de un “decadencia relativa” del modelo social impuesto desde una cultura tradicional, que  implicaría la imposición de una actitud represiva contraria a las tendencias naturales y que habría sido introducido por la peculiar acción intelectual característica de la historia humana. No sé qué decirles, la verdad, no ando yo muy seguro de esa conclusión, pero me quedo de momento con el dato aplastante de que la mujer ha pasado de su posición marginal y auténticamente exótica en el sistema socializador por excelencia a una postura dominante que sólo es posible mantener a estas alturas desde el fanatismo testicular.
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Dos datos me proporciona la misma fuente universitaria que estoy seguro que ha de producirles la misma impresión que a mí. El primero de ello es el hecho neurobiológico, al parecer probado, de que las hembras poseen millones de conexiones interhemisféricas en el cerebro de las que carecemos los varones, una circunstancia que, siempre según mi académica fuente, permitiría a la mujer “una visión más holística de la realidad”. El segundo procede de un difundido libro de Naouri sobre el ‘gap’ generacional y sus causas, en el que se sostiene que tres de cada cuatro niños que acuden a la consulta del pediatra son machos, lo que indicaría una debilidad congénita del “sexo fuerte” o, como expresan mejor mis corresponsales, la estupenda paradoja de que la hembra –como el pellejo de cuero frente al ánfora de barro—puede que sea a un tiempo más fuerte y más frágil que su media naranja. ¿Por qué, entonces, se mantienen flagrantes discriminaciones de hecho, algunas tan ridículas como la inferioridad de los salarios o las pretericiones laborales? Ah, eso habrá que preguntárselo pronto a la hilarante asamblea aristofánica más que al colmao machorro del banquete platónico, espero que sin necesidad de solecismos sexistas ni exigencias gramáticas de las que acaba de carcajearse a mandíbula batiente un significado “inmortal” de la RAE. Este otro Neolítico será también de las mujeres, sólo que esta vez no serán ellas las que se queden aviando la choza ni desbrozando el huerto en los ratos libres, sino las que, en nombre de la Diosa Blanca y con el tahalí de amazona ciñéndole el talle, se echen a la sabana en busca del bisonte que abatir o el caballo que domar. ¡“La Santísima Dualidad”! Sería una pena que a un dogma tan tardío le salieran esos herejes/as que puñetera falta que le hacen.

El guindo político

IU y PA, la “izquierda radical”, única verdadera, y PA, el andalucismo de partido con denominación de origen, parece que coinciden, a estas alturas del programa triple, en que el PSOE pudiera encontrar en el próximo referéndum de autonomía del 18F su principio del fin. ¡Aviados van la una y el otro! Es curioso, eso sí, el modo súbito en que recuperan la visión perdida estos políticos ciegos, sordos y mudos mientras van en sociedad con el partido hegemónico, pero que rompen a criticar por los codos en cuanto les quitan el coche oficial, el sobra para enjugar las deudas o ambas cosas. Porque, a ver, eminencias, qué le ocurre hoy al PSOE que no le haya ocurrido antes, cuando IU o PA le llevaban la cola al oficiante con una mano y el incensario con la otra? Si ni fuera por el PA, no lo duden, es más que probable que Chaves no estuviera donde está, y si no fuera por IU es seguro que no habría podido irse de rositas de tantos trances y apuros. ¿De qué hablan pues, una y otro, como no sea de su propia inanidad y de su propio fracaso? No será Chaves quien haya de pagar en solitario la factura de un eventual fiasco el 18F. Los demás, sin exclusiones, ya pueden ir buscándose cada cual su propia excusa.