El guiño

Terminada la comparecencia triunfal del presidente del Gobierno tras el atentado de ETA las cámaras pudieron recoger un guiño de lo más expresivo que ZP le hacía a sus segundos de a bordo aposentados en la primera fila. Las jodidas cámaras, el fastidioso micro –el ojo público, en definitiva—está ahí siempre alerta, dispuesto en todo momento a desvelar el sentimiento íntimo o la secreta intención. Al presidente González le grabó un plumilla en el Cementerio Civil un diálogo con el de la Audiencia Nacional que en cualquier democracia tocquevilliana habría provocado una crisis de gobierno. A Aznar también lo pilló un micrófono con la guardia baja diciendo no sé que incoveniencia mientras extremaba el gesto severo y profesional ante la galería. Y ahora han inmortalizado el guiño chalán de ZP que incontestablemente venía a expresar la satisfacción con que valoraba su propia comedia ante unas cámaras que eran los ojos ávidos de una sociedad conmocionada. Si, ya sé, me dirán que eso es una anécdota, que poco o nada significa un gesto cómplice, que lo que cuenta es el argumento de la tragedia y no la traza de los intérpretes. Vale, pero no me digan que ese guiño, tras eludir una a una todas y cada una de las razonables preguntas de los informadores que trataban de calibrar el alcance del atentado en la estrategia del Gobierno, no resulta de lo más grosero, y no descubre esa suerte de complicidad exclusiva con que el Gobierno confunde su incuestionable derecho a la discreción. O si lo prefieren, díganme qué podía significar esa seña pícara en un contexto trágico fuera del juego del cambalache. Con los muertos aún por encontrar, la más absoluta inopia en torno al atentado y las manos vacías con la gran apuesta de la legislatura hecha añicos, guiñar el ojo cómplice a un par de iniciados implica un concepto cerrado y desdeñoso de la democracia que tal vez no tenga precedentes en la que todavía mantenemos.
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Le cuadra a esa despreciable escena el chascarrillo de la hiena que reía siempre a pesar de sus miserias. ¿De qué presumía, en efecto, el Presidente, qué méritos le veía él a una comparecencia que ha merecido la unánime reprobación de la inmensa mayoría defraudada, para trasmitir semejante mensaje de autosatisfacción? Que horas después haya debido tragárselo permitiendo que sus edecanes cedan ante el clamor público y anuncien a bombo y platillo el fin y no la suspensión de la negociación con los terroristas, todavía evidencia con mayor claridad el altísimo grado de insensatez con que se ha estado jugando con la seguridad pública. Pero lo que, en el fondo, revela este vergonzoso guiño es el talante truculento y mendaz que subyacía bajo la imperturbable máscara de esos negociadores de pacotilla, que ahora sabemos que venían trajinando con los bandidos a traición incluso mientras acataron el Pacto Antiterrorista, y que, incluso a aquella hora tardía de la jornada de luto, aún lo ignoraban todo sobre el atentado que su presunta información no había olido siquiera. La tele debería repetir esa secuencia delatora que permite distinguir sin ambages entre el Jeckill y el Hyde que oculta la estudiada sonrisa permanente de ZP, ofrecer al pueblo la oportunidad de juzgar con libertad a quien resume en un guiño un talante de tahúr que avisa sobre la jugada al compañero en la timba. Porque el guiño es por naturaleza el marchamo de la mentira, el marbete que garantiza la pretendida superioridad de quien lo hace y tal vez de quien lo recibe, como lo sería la higa disimulada dedicada al gran público. Los imagineros de ZP lo van a tener más que difícil para recuperar la imagen arcangélica que han venido vendiendo barata, pero más crudo aún lo tendrán para borrar ese guiño canalla de las cintas de la memoria. Hace falta ser ingenuo para exhibir tanta chulería. Los rivales tienen en ese guiño, en cualquier caso, un insuperable cartel para la próxima campaña.

Palabras mayores

Ha proclamado en público el presidente chavesiano de la Comisión Gestora del Ayuntamiento de Marbella que las bajezas morales y las pasiones bajas que se publican cada día de la política no difieren gran cosa de las que, a su juicio, se producen entre los abogados o los médicos. Hombre, supongo que serán éstos quienes se den por aludidos e incluso por injuriados, pero ante todo lo que llama la atención es la asunción resignada de la corrupción que supone una afirmación como la de ese presidente designado a dedo, sin contar con que cualquier comparación con lo ocurrido en esa ciudad está probablemente destinada al fracaso. Si hasta los altos gestores públicos admiten como una especie de mal necesario la corrupción y se defienden parapetados en la generalización de esa gangrena, es evidente que nunca tendrán solución los graves desajustes morales que estamos pagando (no sólo moralmente, también en dinero contante y sonante) entre los ciudadanos que nada podemos hacer por evitarlo. Alguien debería advertir a ese personaje de la gravedad de su aserto. A ser posible alguien lejano a aquellas bajas pasiones y bajezas morales que, por lo visto, menudean por doquier. 

Vivos y muertos

No ha querido sumarse el PSOE a las manifestaciones de rechazo y dolor contra el atentado de Barajas, al parecer porque su “aparato” sigue estrictamente la estrategia madrileña de aislar a la Asociación de Víctimas apoyada, ciertamente, por el PP. Han faltado alcaldes y concejales, “apparatchiki” y candidatos/as, cargos públicos de todas clases. Un grave error, sin duda, y una equivocación añadida al despropósito que al atentado ha puesto en evidencia, un empeño absurdo en mantener dividida a la sociedad que clama con una sola voz (aunque en muchos casos, tristemente, con sordina) ante la tragedia y ante el fracaso, las dos cosas. Allá ellos, pero no es bueno que haya muertos de unos y muertos de otros. El desconcierto en que el atentado de la T4 ha sumido al partido en el poder no justifica en absoluto estas estrategias discriminatorias cuya práctica la verdad es que viene de lejos. 

¡Vivan las caenas!

La ingeniería japonesa acaba de poner en el mercado un teléfono-etilómetro capaz de realizar la alcoholemia al conductor sin dejar de fotografiarle y enviar del tirón a la central los resultados informándola de si su estado es correcto o bien se nota que le ha dado a la frasca antes de meter la primera. El ingenio se llama “Alc-Mobile”, no tiene un precio excesivo y permitirá a los empleadores, además de salvaguardar a la clientela, controlar en todo momento el empleado con la ayuda de un sistema GPS integrado. Un comentarista subraya al respecto la inquietante situación que inaugura el nuevo trebejo, señalando de paso que, una vez más y como casi siempre, el progreso de la libertad tiene un envés dudoso en el que se insinúa amenazador el riesgo de la servidumbre. Hoy somos mucho más libres, por ejemplo, que cuando ni sospechábamos que la mitad de la basca comprendida entre los 10 y los 14 añitos dispondría de uno o más telefonillos portátiles con los que “esemesear” con la novieta (me pido el copyright) a pesar de los riesgos que, según la previsora UE correrían sus cajas craneales sometidas a efectos “térmicos, atérmicos y no térmicos”, pero no cabe duda de que esa libertad de movimientos no es poco ilusoria en la medida en que sería razonable restar de ella el supeditación que nos impone, justo a través del aparatito, el control ajeno. Ahora bien, lo probable es que no estemos todavía más que el pleistoceno de esta historia y que, a medida en que nuevos inventos vayan incorporándose a los ya en uso, existe una seria posibilidad (¿probabilidad?) de que lo que empezó como ópera acabe como verbena. Ya hablaremos cuando (enseguida) el celular permita masivamente la videoconferencia, es decir, cuando ya al marido escurridizo o a la esposa fugitiva no les quede resquicio alguno en el que guarecerse de la mirada sin límites.
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Se quejan algunas organizaciones estos días de que demasiados miles de niños y muchachos van a recibir como regalo estos móviles tan nocivos, al parecer, y advierten que a esos males que anuncian desde Bruselas los ángeles guardianes habrá que añadir lo que, con mucha razón, llaman “patologías psicológicas”, sobre las que pasan indiferentes, como caballo de Atila, los publicitarios que diseñan las estrategias especiales para enganchar en la cofradía teleparlante a los santos inocentes.  Pero los niños, no menos que los adultos, parecen decididos por la dulce esclavitud de esas nuevas dependencias a las que consagra un tiempo vital prohibitivo y de cuyo abuso lo suyo es esperar daños mayores a medio plazo. Claro que siempre fue así, más o menos, como muestra la adicción masiva al automóvil que hoy tratan de combatir a toda costa los munícipes desbordados por la plaga. Un hombre sin coche resulta hoy para algunos tan patético como para cualquier persona razonable debería resultar un ser humano atrapado sin remedio en un atasco, del mismo modo que un ciudadano sin móvil ha acabado siendo un ciudadano desnudo y expuesto a los rigores del anacronismo. Causen daños o dejen de causarlos, envenenen el ambiente o lo respeten, las nuevas tecnologías han supuesto saltos funcionales tan prodigiosos que apenas queda por el mundo quien se resista –como no sea a título paradójico—a la sumisión que reclaman como tributo por la libertad relativa que conceden. Peligra la noción de progreso en un planeta exclusivo en el que la abundancia ha traído la obesidad o el colesterol, y en el que la ciencia abre caminos a una técnica que va a acabar por demostrarnos que no hay ventaja sin inconvenientes ni posibilidad de ampliar la libertad personal sin ceder, a cambio, quizá como prenda, alguna parcela del albedrío. ¡Se acabaron los carajillos mañaneros y las birritas al mediodía. colegas! Un ojo que todo lo ve agranda su pupila sobre los mismos que, fatalmente, habrán de llevarlo voluntariamente en el bolsillo.

Votar a ciegas

Más vale tarde que nunca: la presidenta del Parlamento acaba de reconocer que al Estatuto que se va a votar en Febrero no lo conoce en Andalucía ni los que lo han enredado, algo obvio, por otra parte, pero que deja en evidencia la insustancialidad de un proyecto en el que hemos perdido demasiadas energías y casi una legislatura. Claro que hay que decirle a la Presidenta que si los ciudadanos no conocen ese Estatuto es porque poco hay en él que haya podido mostrárseles como señuelo para captar su voto y, de hecho, más de un pensamos que el desconocimiento del insufrible y apañado texto que van a votar es lo único que puede permitir que la abstención no sea aplastante. Si los ciudadanos se hubieran leído siquiera el prologuillo o lo que sea con que se abre de capa este nuevo lance de la agónica autonomía, no iría a votar ni el Tato. O sea que el dilema está en cómo hacer propaganda de algo cuyo contenido mejor será dejar en penumbra y ése es mucho problema para esta tropa. Pero ¿qué esperarían que ocurriera con un Estatuto inventado y después de tan larga como camelística batalla? A favor de los del camelo juega únicamente el fracaso previo de la experiencia catalana, sin la que, por lo demás, nos habríamos librado de este incómodo brete. 

El dedo, al juzgado

Otra vez CCOO llevando al Juzgado a Diputación, es decir, al tádem Cejudo-Novoa, que tan mala racha lleva, ¡parece mentira!, en materia laboral. En esta ocasión, una vez más por el negocio de la contratación a dedo disimulada en procesos de selección tan subjetivos como los que terminan en una sospechosísima entrevista sin apelación posible, pero del año pasado cuelgan aún el caso del ‘mobbing’ por el que está imputado el propio Presidente y las reiteradas denuncias por situaciones semejantes. Que UGT se esté prestando, a cambio de lo que sea, a disfrazar este abuso digital constituye una vergüenza para el sindicalismo que CCOO hace muy bien en denunciar con todas sus consecuencias. La Diputación no puede seguir siendo un cortijillo de un partido y de unos pocos. Los sindicatos deben ser los primeros en oponerse a semejante perversión en lugar de contribuir a legitimarla.