El modelo Chiclana

Resulta espectacular –sorprendente, no, desde luego, al menos para quienes venimos enunciando le hecho desde hace años—el pifostio urbanístico montado en Chiclana por los Ayuntamientos del PSOE que ha dado lugar a la existencia de miles y miles de viviendas ilegales, un PGOU suspendido por el TSJA y le proyecto de “legalizar” masivamente la situación a base de pagar los gastos, no entre los responsables municipales y los propietarios afectados, sino entre todos los ciudadanos. Poco les ha importado que el Defensor del Pueblo haya reclamado el precinto urgente de las edificaciones ilegales y el aviso a la autoridad judicial de su eventual legalización. Que si quieres arroz. El propio redactor del PGOU suspendido tendrá la sartén por el mango a la hora de “reparar” el daño causado mientras los alcaldes responsables hace tiempo que fueron “ascendidos” políticamente. ¿Por qué hablar siempre de Marbella? Salvadas las distancias, habría que centrarse también en las Chiclanas. 

La o de obrero

A las Administraciones del PSOE onubense le crecen los enanos esta temporada, entendiendo por enanos a los pobres trabajadores públicos –¡ay, la O de Obrero decimonónica pero tan rentable!–, como acaba de poner de relieve otra vez la sentencia de la Sala de lo Social del TSJA que condena al Ayuntamiento tránsfuga/recuperado de Gibraleón por su actitud “discriminatoria” y “contraria a las más elementales normas de cortesía y respeto hacia un trabajador” en el caso de la trabajadora, “vinculada al anterior gobierno”, que sufrió tan duro castigo. Junto al peligroso caso de ‘mobbing’ en que está imputado ya el presidente de la Diputación y alguno que otro, tremendo y absurdo también, que se prepara dentro del área de la propia vicepresidenta y candidata a la alcaldía, Manuela Parralo, no ha duda de que el partido ha extraviado el norte genuino y funciona hoy como una maquinaria empresarial idéntica a otra cualquiera. Es la consecuencia del clientelismo, del nepotismo y de otros ismos degradados, sólo que llevada a sus extremos más injustificables.

Tirar la pava

En un pequeño pueblo de la campiña de Jaén, Cazalilla, autoridades y vecinos  acaban de resolver por las bravas, una vez más, el contencioso entre progresismo y barbarie arrojando una pava desde el campanario como en otros lugares hispánicos arrojan cabras desde sus torres. Cazalilla tiene 800 habitantes largos, sus remotos orígenes en el calcolítico, según dicen, debe su villazgo al rey N.S. don Felipe II, padeció trágicas convulsiones por ambos bandos con ocasión de la guerra civil y cuenta entre sus hijos preclaros al todopoderoso factótum Gaspar Zarrías que comparte su protección con san Blas bendito, cuya festividad aprovechan los mozos para lanzar desde el campanario, como va dicho, la pava indefensa a cuyo captor se le presupone un año de suerte y bonanza. De más están las protestas “verdes” y las voces levantadas contra esa “tradición romántica”, como están de más en otros lugares de España en que el concepto de “tradición” sigue sometido a criterios tan flexibles como poco rigurosos. Hay en España cada día más “tradiciones acrisoladas”, desde la que se celebra en cierto pueblo levantino en memoria de la ‘tomatina’ que, hace medio siglo escaso, organizaron unos feriantes briagos, hasta la ducha colectiva que, sobre o falte agua en los pantanos, se prodiga en algún pueblo bajoandaluz que incluso ha pedido ya para ese esparcimiento, en alguna ocasión, tratamiento de exaltación oficial por su presunta contribución al desarrollo turístico. Hay cosas peores, ya lo sé, pero quizá fuera siendo hora de templar gaitas con la razón y evitarnos esos espectáculos lugareños, de paso que nos planteemos qué razón o sinrazón late bajo esos rituales que han entrado en la antropología por la puerta de atrás si es que alguna vez han conseguido penetrar en ella. No hay liturgias infundadas ni funciones que no respondan a hondos motivos ocultos. Si vamos a dejar que se mantengan estas costumbres brutales al menos deberíamos plantearnos qué fuerzas las mueven desde su penumbra inconsciente.
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No parece dudoso que bajo esas agresiones latan oscuras motivaciones que si fueran objetivadas resultarían probablemente inasumibles. No se le ocurre a cualquiera así porque sí la idea de subir un animal hasta el cuerpo de campanas de su alminar para lanzarlo desde allí ante una muchedumbre ansiosa de satisfacerse con semejante violencia. Antropólogos ha habido que ponen esas cabras y pavas en la cuenta del espíritu cainita y hasta hay quien ha relacionado estas prácticas abyectas con temerosos antecedentes incívicos vividos en la localidad respectiva. Pero sin necesidad de asumir argumentos tan graves, no parece cuestionable que algo vidrioso subyace en una mentalidad que se complace en festejos consistentes en “engrasar” cerditos por san Antón, descabezar gallos a mandoble limpio a la menor de cambio, correr “toros de fuego” para alumbrar las ferias o solazarse contemplando el desconcierto de una punta de avestruces encerrados en un corral. Porque la pava de Cazalilla, al fin y al cabo, no es más que uno de los 60.000 animales que anualmente se maltratan en nuestro país, según la estadística de las organizaciones ecologistas que se baten administrativamente –sin gran éxito, todo hay que decirlo– contra estas costumbres, la inmensa mayoría de los cuales no remonta su “tradición” más allá de los abuelos cazurros. Puestos a decirlo todo, no es descomunal la idea de que estas barbaridades no sean más que sacrificios simbólicos, liturgias “sustitutivas” en las que el bruto arrojado al vacío representa –alguna vez, y no hace mucho, se le puso a la cabra, en uno de esos lugares, un nombre de persona concreta—al enemigo o simplemente al adversario, del que la pava o el cabrón descolgados no serían más que freudianos e inocentes bucos. Marañón veía en la tauromaquia la razón del guerracivilismo. Tentado está uno de proponer ese argumento justo por el revés.

La ignorancia al poder

El alcalde de Sevilla cree que la astronomía trata y se ocupa del “más allá”, razón por las que –parece que ha dicho– “nos señala el camino a nosotros, los astronautas”. No hay diferencia entre astronomía y astrología para este mandatario desproporcionado, indeciso entre Galileo y Rappel, equidistante entre Tycho Brahe y Lola Montero, que constituye una muestra fenomenal del abismo en que la Política mantiene a la Cultura, no sólo en los niveles escolares sino en las altas esferas. Y lo que es peor: nadie ha dicho nada, ni una sola voz se ha levantado en el patio político siquiera para tomarle el pelo al ignaro, ni entre propios ni entre extraños, como si nadie entre quienes gobiernan la capital de Andalucía y entre los que aspiran a seguirla gobernando fuera capaz de distinguir entre esos hilos elementales. “La ignorancia al poder”. Aquel provocativo eslogan del post-68 es ya una triste realidad.

Poderoso caballero

Hablaba el secretario general del PA en las “Charlas en El Mundo”. Un ciudadano le pide en el coloquio que diga si los numerosos casos de transfuguismos hacia el PSOE registrados en las filas andalucistas de la provincia onubense, se han debido a razones de orden político o simplemente a la tentación económica. Y Julián Álvarez respondió sin dudarlo que lo segundo. Ahí queda eso, para uso de militantes, electores y de los propios tránsfugas a los que su partido acusa de “comprados” por el mejor postor. La desvergüenza política alcanza grados impensables hasta hace poco y está situando a la política partidista onubense en cabeza del despreciable ránking nacional de la traición política y la estafa electoral. Sólo que ahora nos dicen desde arriba, y sin la menor duda, de que la causa decisiva es la pasta, la tentación del dinero con que se ceba a los logreros lo mismo en la tierra llana que en la costa o en la sierra.

La soga y el ahorcado

Unas ignaras y oportunistas declaraciones del secretario de Organización del PSOE-A exigiéndole al profesor Gustavo Bueno la inmediata rectificación de las opiniones críticas vertidas en torno al texto del nuevo Estatuto, han provocado un vendavalillo en el que algunos tirios en nómina junto a algún troyano que pasaba por allí han aprovechado para brindar al sol nuevas opiniones, a cual menos discreta, sobre la presunta injuria del maestro asturiano. A lo que éste ha respondido con una circunstanciada reflexión sobre el estatutario “padre de la patria”, Blas Infante, haciendo especial hincapié en su conversión al Islam en 1924, su famosa peregrinación a la tumba de Mutamid y cuanto ello puede significar políticamente en la coyuntura que vivimos, y anotando, de paso, que en mi anterior comentario no reparara yo en aquella circunstancia, cree Gustavo que tal vez “por no nombrar la soga en casa del ahorcado”. Y no es así. Siempre he sostenido que el recurso a Blas Infante –Vaz de Soto habló en su día de “blasinfantilismo”—tuvo más de clavo ardiente que de recuperación, es decir, que el andalucismo del tardofranquismo echó mano de la experiencia “liberalista” (tan escasamente relevante en todos los conceptos) por no tener nada mejor a mano, incluso por no tener a mano nada absolutamente en el acervo ideológico, como era natural en una región como la nuestra. Es verdad que Blas Infante no dice las tonterías superlativas de Arana, pero también lo es que su “doctrina” no es ningún ‘corpus’ coherente ni funcional sino un centón –muy entretenido, no digo que no, y rebosante de la información cultural de su época— entretejido de una vaga antropología terciada de georgismo y heredera, en definitiva, de la larga tradición fichteana que desemboca donde desemboca y no en otra parte. Profeso pleno respeto y un piadoso afecto a esa víctima de la barbarie franquista, pero me niego a hacer como que me creo que en su difusa obra de “amateur” subyace un fundamento para erigir la autonomía ni ningún otro proyecto político. Ya veo a los lapidadores a sueldo estudiando su cantazo. Aquí está mi cabeza.
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 La aventura espiritual de Infantes no me interesa ni más ni menos que la de Garaudy o la del imán de Fuengirola que ilustró a su feligresía sobre cómo pegar a las mujeres. No censuro a la autonomía andaluza (a sus políticos profesionales) por ocultar esta cara oculta del personaje sino por consagrar como patriarca a quien habló confusamente del “genio hermosamente pagano” de Andalucía, una “civilización”, según él, “completamente original” llamada no a integrarse en Europa sino a realizar la “misión histórica, sustantiva e independiente de nuestra raza”. Sic. A mí me trae al fresco la disquisición infantiana (hoy superada científicamente, por supuesto) sobre los cráneos cromagnones o las mandíbulas trogloditas, pero no que dijera que Andalucía “es el anfictionado de los nueve Estados soberanos provinciales andaluces, incluyendo a Marruecos”. Eso no, porque eso sí que me inquieta, teniendo en cuenta por donde va ya la vera. La  consagración de Infante –moro o cristiano– en el Estatuto es simple oportunismo además de pereza mental y prueba de que ni ellos se lo toman en serio es que le hacen homenajes separados en el aniversario de su martirio y, sobre todo, que ya es una costumbre que el presidente de la autonomía no acuda sino que mande un propio al acto. ¿Mandaría un propio Ibarretxe al aniversario de Arana? Pero sobre todo, ¿qué tendría ya que ver el georgismo con la PAC y la paleontología con el hecho político ‘instaurado’, nada de ‘restaurado’, que es la autonomía? ¿Y qué el esplendor califal, las fuentes rumorosas, el amor udrí o los dátiles sentimentales con esta región europea “objetivo 1”? Nada de esconder la soga, maestro Bueno. Ni a usted ni a mí nos cuadra esa mandanga. Vamos a dejarle eso a Pizarro y compañía.