¡Ay, Manuela!

No parece que sea solo la derechona la que se opone a la candidatura de Manuela Parralo a la alcaldía de la capital, sino un nutrido y creciente frente interno de su propio partido que ve en ella una imagen inapropiada y mantiene su disgusto por el procedimiento ordenancista con que, contra el espíritu explícito de la democracia interna, fue elegida para competir en esa crucial carrera. Dicen que se ha llegado incluso a esgrimir ante los rebeldes el fantasma del paro (esto es, del despido), pero que ni por ésas amaina el temporal que el “aparato” perece incapaz de controlar. Y cuentan que no faltan en el partido, incluso entre los inicialmente favorables a la candidatura impuesta, quiénes se estén distanciando de una aventura política demasiado complicada por las propias circunstancias personales y familiares de la aspirante, y que cuenta además con escasas probabilidades de éxito. Igual no resulta verdad eso de que el quid está en elegir una buena foto para el cartel electoral. Hasta dentro de su partido se agita esta sospecha que reduce aún más el margen de Parralo. 

Derecho al techo

No merece la pena seguir discutiendo sobre la responsabilidad de la especulación, y en consecuencia y subsidiariamente, del Estado, en el insoluble problema de la vivienda que abruma a nuestras sociedades. Sólo el Mercado, con su larga mano y su lógica implacable, habría sido capaz de montar esta interminable espiral de la que quedan fuera sectores cada vez más amplios de ciudadanos incapaces de competir en él. Ahora bien, una cosa es el problema de la vivienda planteado en términos generales y otra muy distinta la situación insostenible creada en nuestras masificadas sociedades por un mecanismo de precios que escapa a todo control y ante el que, no es que tengan dificultades, sino que nada tienen que hacer los sectores más desgraciados. Y ha sido en esta tesitura en la que dos iniciativas conservadoras acaban de caernos encima como agua de mayo, la propuesta del PP de que no se construyan urbanizaciones de lujo (¿es el mundo al revés o no?) y la decisión del Gobierno conservata francés de dar carta de naturaleza al derecho a la vivienda diga bajo la garantía del Estado que convertirá en absurda antigualla al derecho teórico contemplado por algunas Constituciones, incluida la nuestra, junto al que nos asiste frente al trabajo y otros igualmente virtuales. Por lo que se refiere a esta medida –que será probada de inmediato y entrará en vigor desde finales del 2008 para los casos más graves con vistas a su total desarrollo en el 2012—parece obvio que su ejemplo ha de resultar insalvable para las democracias vecinas y resulta evidente, desde luego, que constituye una de las medidas sociales de mayor alcance y profundidad adoptadas jamás en la democracia. Que el Estado garantice a todo ciudadano el derecho a una vivienda digna supone una revolución que va a tener, sin duda posible, consecuencias de largo alcance. Y que sean los conservadores quienes han decidido reconvertir el viejo derecho virtual en derecho efectivo es, además, un hecho desconcertante que sumirá en la perplejidad a esta atolondrada izquierda que busca pirandelianamente su perfil actual cuando no su propia identidad.

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Hay que decir que, ciertamente, esa preocupación por el techo le viene de lejos a la derecha española y, por cierto, a los fascismos desde que con Primo de Rivera predicaban aquello de “ni un español sin techo” hasta el importante proyecto franquista de las “casas baratas” para cuya gestión se creó primero el INV y luego el departamento ministarial, antecedentes, mal que les pese a desmemoriados y bobos, del actual ministerio minimalista de las “soluciones habitacionales”. Habrá que ver, en todo caso, cómo se ejecuta el proyecto francés, teniendo en cuenta que, hasta ahora, al menos en España, la protección oficial a la vivienda (VPO) ha servido para dar cobijo a mucha gente pero también para proporcionar una “segunda residencia” barata a amplios colectivos de las clases acomodadas, muchas veces en zonas residenciales como playas o parajes de privilegio. Pero la trascendencia de la medida conservadora –cuya discreta preparación ha permitido pillar por sorpresa a las izquierdas en general—viene a decirnos algo más, y es que demasiados síntomas están dejando en evidencia el avance social de una derecha que se extiende sobre el terreno de nadie dejado atrás por una izquierda en repliegue. Sin olvidar que tan costosa medida se toma en pleno debate sobre la vigencia del “Estado del Bienestar”, cuestionado hace años lo mismo por tirios que por troyanos, lo que abre insospechadas perspectivas a la futura competición política en el seno de las democracias. Ya sólo faltaría que, igualado el derecho a la vivienda al de la educación o la sanidad, se le ocurra a alguien bajar también a la realidad el derecho al trabajo. Por la derecha o por la izquierda, da lo mismo. Porque de producirse ese milagro, al viejo panorama de nuestras sociedades desiguales no iba a reconocerlo ni la madre que lo parió.

El género tonto

La cómica pelea por el lenguaje igualitario, de la que vive tanta gente, está alcanzando cotas insuperables, aunque nunca se sabe a dónde puede llegar la bobada. Lean la Ley de Gobierno de la Junta, por ejemplo, y verá hasta qué extremos de idiotez se puede llegar extremando el inconsecuente y absurdo prurito de proscribir el uso del “masculino genérico” que es la norma del español desde sus orígenes y que la RAE ha confirmado sin lugar a dudas. Por eso quizá la delegada de Cultura reclama a esa institución suprema que cambie de criterio y asuma el “lenguaje no sexista”, eliminando, por ejemplo, expresiones vulgares como “coñazo” o “cojonudo” como reos de lesa desigualdad. Lo último es no contentarse con el o/a famoso, sino exigir en los documentos oficiales la enumeración reiterativa de los dos sexos (presidente/presidenta, juez/jueza, etc.) e incluso prohibir las clásicas expresiones de “Señora o Viuda de tal” como lesivas para la “visualización de la mujer”. Han perdido el oremus, como comprenderán. Da miedo pensar que son esos/as disparatados quienes nos tienen en sus manos.

Racistas sin más

Como en Cortesana no hace tanto, ahora es en Nerva donde los payos se enfrentan a los gitanos por las bravas sin que los poderes públicos tengan medios o redaños, eso no lo sé a ciencia cierta, para impedirlo como es debido. En vista de ese fracaso de la autoridad natural (el alcalde en este caso), el Defensor del Pueblo Andaluz ha anunciado que tratará de asumir esa responsabilidad elemental que es mantener la paz pública intentando mediar entre los bandos enfrentados por un conflicto que, le demos las vueltas que queramos darle, no es sino un conflicto racial. Aquí nadie es racista, líbrenos Dios, justo hasta que llega el momento de serlo y entonces se es en el mismo tono y con los mismos argumentos que en Mississippi, aunque de momento al menos, sin antifaces ni quema de cruces. Todo llegará, sin embargo, si esa barbaridad no se ataja a tiempo y nuestros alcaldes se acoquinan electoralmente ante quienes mantienen actitudes intolerables.

El guiño

Terminada la comparecencia triunfal del presidente del Gobierno tras el atentado de ETA las cámaras pudieron recoger un guiño de lo más expresivo que ZP le hacía a sus segundos de a bordo aposentados en la primera fila. Las jodidas cámaras, el fastidioso micro –el ojo público, en definitiva—está ahí siempre alerta, dispuesto en todo momento a desvelar el sentimiento íntimo o la secreta intención. Al presidente González le grabó un plumilla en el Cementerio Civil un diálogo con el de la Audiencia Nacional que en cualquier democracia tocquevilliana habría provocado una crisis de gobierno. A Aznar también lo pilló un micrófono con la guardia baja diciendo no sé que incoveniencia mientras extremaba el gesto severo y profesional ante la galería. Y ahora han inmortalizado el guiño chalán de ZP que incontestablemente venía a expresar la satisfacción con que valoraba su propia comedia ante unas cámaras que eran los ojos ávidos de una sociedad conmocionada. Si, ya sé, me dirán que eso es una anécdota, que poco o nada significa un gesto cómplice, que lo que cuenta es el argumento de la tragedia y no la traza de los intérpretes. Vale, pero no me digan que ese guiño, tras eludir una a una todas y cada una de las razonables preguntas de los informadores que trataban de calibrar el alcance del atentado en la estrategia del Gobierno, no resulta de lo más grosero, y no descubre esa suerte de complicidad exclusiva con que el Gobierno confunde su incuestionable derecho a la discreción. O si lo prefieren, díganme qué podía significar esa seña pícara en un contexto trágico fuera del juego del cambalache. Con los muertos aún por encontrar, la más absoluta inopia en torno al atentado y las manos vacías con la gran apuesta de la legislatura hecha añicos, guiñar el ojo cómplice a un par de iniciados implica un concepto cerrado y desdeñoso de la democracia que tal vez no tenga precedentes en la que todavía mantenemos.
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Le cuadra a esa despreciable escena el chascarrillo de la hiena que reía siempre a pesar de sus miserias. ¿De qué presumía, en efecto, el Presidente, qué méritos le veía él a una comparecencia que ha merecido la unánime reprobación de la inmensa mayoría defraudada, para trasmitir semejante mensaje de autosatisfacción? Que horas después haya debido tragárselo permitiendo que sus edecanes cedan ante el clamor público y anuncien a bombo y platillo el fin y no la suspensión de la negociación con los terroristas, todavía evidencia con mayor claridad el altísimo grado de insensatez con que se ha estado jugando con la seguridad pública. Pero lo que, en el fondo, revela este vergonzoso guiño es el talante truculento y mendaz que subyacía bajo la imperturbable máscara de esos negociadores de pacotilla, que ahora sabemos que venían trajinando con los bandidos a traición incluso mientras acataron el Pacto Antiterrorista, y que, incluso a aquella hora tardía de la jornada de luto, aún lo ignoraban todo sobre el atentado que su presunta información no había olido siquiera. La tele debería repetir esa secuencia delatora que permite distinguir sin ambages entre el Jeckill y el Hyde que oculta la estudiada sonrisa permanente de ZP, ofrecer al pueblo la oportunidad de juzgar con libertad a quien resume en un guiño un talante de tahúr que avisa sobre la jugada al compañero en la timba. Porque el guiño es por naturaleza el marchamo de la mentira, el marbete que garantiza la pretendida superioridad de quien lo hace y tal vez de quien lo recibe, como lo sería la higa disimulada dedicada al gran público. Los imagineros de ZP lo van a tener más que difícil para recuperar la imagen arcangélica que han venido vendiendo barata, pero más crudo aún lo tendrán para borrar ese guiño canalla de las cintas de la memoria. Hace falta ser ingenuo para exhibir tanta chulería. Los rivales tienen en ese guiño, en cualquier caso, un insuperable cartel para la próxima campaña.

Palabras mayores

Ha proclamado en público el presidente chavesiano de la Comisión Gestora del Ayuntamiento de Marbella que las bajezas morales y las pasiones bajas que se publican cada día de la política no difieren gran cosa de las que, a su juicio, se producen entre los abogados o los médicos. Hombre, supongo que serán éstos quienes se den por aludidos e incluso por injuriados, pero ante todo lo que llama la atención es la asunción resignada de la corrupción que supone una afirmación como la de ese presidente designado a dedo, sin contar con que cualquier comparación con lo ocurrido en esa ciudad está probablemente destinada al fracaso. Si hasta los altos gestores públicos admiten como una especie de mal necesario la corrupción y se defienden parapetados en la generalización de esa gangrena, es evidente que nunca tendrán solución los graves desajustes morales que estamos pagando (no sólo moralmente, también en dinero contante y sonante) entre los ciudadanos que nada podemos hacer por evitarlo. Alguien debería advertir a ese personaje de la gravedad de su aserto. A ser posible alguien lejano a aquellas bajas pasiones y bajezas morales que, por lo visto, menudean por doquier.