Pachecadas

Que el ex-alcalde Pacheco atraviesa un mal momento político, un momento crepuscular, no tiene discusión y peor lo hubiera atravesado de no mediar el pacto con el PSOE para, a cambio de entregarle a él el codiciado urbanismo (que en tiempo tanto criticaba a sus compañeros) a cambio de arrebatarle la alcaldía al PP. Pero el lío de la famosa empresa familiar denunciada y la eventualidad de que es ex-partido, el PA, lo denuncie ante la Agencia Tributaria, le pone las cosas definitivamente feas si es que no peligrosas. De poco van a servirle en esta ocasión, en todo caso, sus consabidos exabruptos, sus amenazas a periodistas y su chantaje virtual incluso a las familias de los profesionales, porque de lo que se trata es de aclarar que ha ocurrido en esa empresa y no de si los periodistas o los políticos rivales tienen ocultos muertos en sus armarios. Porque no se trata de “chulear” (sic) de manos limpias sino de probar su limpieza. La historia de Pacheco es la crónica de una tragicomedia sin fin. Parece que se ha empeñado en no hacernos gracia ni del último acto. 

En la cresta y con gastos

Otro leñazo de la Justicia a la oposición municipal del PSOE capitalino, ahora en sentencia del TSJA que considera inadmisible el recurso planteado por el grupo solicitando la paralización de las obras del Mercado de Abastos. Ve el TSJA en ese recurso “conducta temeraria” y no es extraño, no sólo por las circunstancias que en él se dan, sino porque a los jueces no debe escapar, a estas alturas de la pelea, que pasa sobradamente de la quincena los pleitos perdidos por el PSOE frente al equipo de Gobierno, sin haber ganado ni uno solo. Esta vez incluso habrán de pagar las costas no sin tener que escuchar en boca de los jueces que el procedimiento empleado ha sido “fraudulento”. Un bochorno, como mínimo, aparte de un fracaso en toda regla de la estrategia de oposición, de los que, sin duda alguna, los onubenses habrán de darse cuenta si es que no se han dado ya hace tiempo.

El mandato bíblico

Un ministro japonés del ramo ha organizado la del tigre calificando, en un cónclave de su propio partido, que la mujer es, en el fondo y en la forma, nos pongamos como nos pongamos, una “máquina de hacer hijos”. Enseguida se han alzado voces a favor y en contra, en el primer caso porque la grosería conceptual no precisa explicación, y en el segundo, porque los expertos japoneses –y por supuesto, también la población ilustrada—anda más que mosca con la caída de la natalidad, un fracaso biológico que anda ya muy por debajo de las cifras más pesimistas (la media europea de 1’5 hijos por mujer) y sólo a duras penas converge con las registradas en los precarios países del Este europeo en torno a un insostenible índice de 1’3, cuatro décimas por debajo de la natalidad de los países escandinavos considerados hoy campeones reproductivos. Algo ha ocurrido, sin embargo, que no debe pasar desapercibido y es el inesperado salto de la natalidad francesa que ha crecido nada menos que un tres por ciento respecto al año anterior, censando un total de 831.000 nuevos gabachos para convertirse, probablemente, según el Insee, en “el país más fecundo de Europa”. Ahora bien, los demógrafos han descubierto que no se trata de que haya más madres en el paritorio sino de que ha aumentado el número de partos por madre a consecuencia, fundamentalmente, del retraso de la procreación, es decir, de la irrupción de las madres tardías que hoy se reproducen en la treintena o incluso después en proporción muy superior a la tradicional. Habrá que mirar con lupa qué está ocurriendo en Francia, sobre todo sabiendo que ese incremento registrado no se debe, como en España, al concurso de la población inmigrante sino en términos muy discretos y resultando evidente que la noción mecánica del ministro nipón encaja mal con la maternidad libre que se le supone a la madre madura.
                                                               xxxxx
En una primera conclusión, casi unánime, los peritos coinciden en que el “milagro” francés no responde a motivaciones psíquicas sino a estrictos condicionamientos sociológicos, como lo prueba el alejamiento progresivo registrado respecto a la católica Irlanda, que ha sido desde siempre la campeona de la natalidad. El éxito demográfico de la Francia de hoy se debe a un hecho sin réplica posible: que ocho de cada diez mujeres se han incorporado al mercado de trabajo, una proporción considerablemente superior a la estimada, y sin duda aplastante en un continente que mantiene aún sus reservas sobre el trabajo materno (en España son lastimosas las diferencias salariales con los varones, en Alemania se conoce a las madres trabajadoras como “madres-cuervo”) y en el que no acaba de abrirse paso la convicción de que, superado el esquema neolítico clásico, el trabajo de la hembra –igual en todo al de los machos—ha de ser protegido con inversiones públicas que garanticen su viabilidad en elemental compensación por la función reproductora. Pero no hay que especular con motivaciones ideológicas (nadie se reproduce por fortalecer el sistema de pensiones, obviamente) sino atenerse a los hechos. En Francia las mujeres se han echado para adelante cuando han visto reconocido sus derechos laborales e incluidos en ellos la proliferación de guarderías asequibles, la asistencia gratuita, las ayudas financieras, los comedores decorosos o las vacaciones costeadas por el erario, un conjunto de medidas imprescindibles que les permiten compatibilizar sus dos legítimas funciones sociales, la reproducción y la producción. Y el resultado no deja lugar a dudas: más de 800.000 nacimientos en un año, casi el 3 por ciento más que el anterior.  El catolicismo irlandés no ha resultado tan prolífico como la asistencia francesa que expresa mejor que nada el profundo sentido de lo que en aquel país se entiende por progreso. Con el modelo neolítico sólo parece capaz de acabar el “espíritu republicano”.

Razones del voto

Continúa paseándose por la comunidad el fantasma de la abstención. Todos la temen. ¿Todos? Bueno, todos, me da el pálpito de que no, y como demostración ahí tienen a Javier Arenas pasando como sobre ascuas sobre el asunto una vez superada la trampa del “acuerdo” de un brinco inteligente. O a IU (a su cooordinador general sobre todo) superándose día a día en sus pamplinas como si el resultado del referéndum, en lo que a participación se refiere, dependiera de ese voluntarismo forzado por los compromisos y, ay, las necesidades. O al PA, postulando el ‘No’ en solitario, preso de sus propias contradicciones y también libre en su recuperada independencia. Chaves dice que se ganará esa batalla “por tierra, mar y aire”, una pasada, y Valderas que, aunque el ‘No’ ya esté derrotado –¡así cualquiera!—queda ahora por vencer la temida abstención. Están zurrados todos de que el pueblo soberano se quede en casa, ajeno a una monserga postiza que nadie le ha explicado más que con cuatro tópicos. La verdad es que se lo han buscado a pulso.

El mal ejemplo

En Zaragoza los bomberos acaban de ganarle el pulso al Ayuntamiento obligándole judicialmente –¡y eso que el alcalde es juez!—a repetir unas oposiciones visiblemente amañadas. ¡Mira que si le ocurre otro tanto a la candidata Parralo en esta Huelva que un compañero suyo acaba de decir impunemente que “está en el culo del mundo”! Este personal ha inventado eso que llama el “perfil” y que consiste en convocar plazas en la Administración ajustando la convocatoria a los méritos de quien se pretende introducir en ella con la ganzúa de la influencia. Por ejemplo, pidiendo para una plaza de profesora en el Alto Conquero los conocimientos en inglés y medicina que posee la hija de la candidata y, verosímilmente, nadie más. ¿Qué no es así? Pues apresúrense a desmentirlo, a explicarlo, a lo que les apetezca, pero no dejen en la opinión pública la sensación de que los aspirantes al poder se reparten la tarta antes de conseguirla. El buen ejemplo es obligación del político. El malo, a medio o largo plazo, su perdición.

Muerte por humo

Mientras continúa el pulso y las resistencias a aceptar la prohibición del fumeque, van conociéndose cifras y resultados difícilmente cuestionables en torno a la experiencia de prohibir el consumo público de tabaco solicitada por numerosas instituciones sanitarias y, por fin, puesta en marcha por el Gobierno. No es fácil, por supuesto, erradicar un vicio tan arraigado y que concierne, como sabemos por diversos estudios, a los hábitos convivenciales, pero de momento números cantan y lo que dicen esos números es que nada menos que la mitad de los fumadores habría intentado abandonar su adicción tras la entrada en vigor de la ley. Mucha gente ignora que el consumo de tabaco provoca un muerto cada diez minutos en España, para empezar, es decir, supone un riesgo cierto considerablemente más negro que el de la muerte en carretera o el provocado por las drogas de todo tipo, incluyendo el alcohol. Y eso es mucha tela: cien millones de víctimas durante el siglo pasado y unas aterradoras perspectivas de crecimiento que alcanzarán un punto trágico cuando, al filo del primer cuarto de siglo, la población de fumadores, a pesar de las prohibiciones legales, alcance los 1.600 millones. El efecto benéfico de la ley, más allá de porfías libertarias, parece fuera de dudas entre otras cosas porque los expertos aseguran que el riesgo de que un niño llegue a convertirse en fumador decrece en un 25 por ciento si alguno de sus padres abandona el tabaco antes de que el menor cumpla los diez años, grave constatación teniendo en cuenta que, en España, la edad media de iniciación al tabaquismo roza los 13 años y que a los 17, es decir, aún durante la minoría de edad legal, el consumo de tabaco afecta ya al 40 por ciento de los jóvenes. Más severo aún, algún organismo especializado asegura que la ventana de vulnerabilidad al tabaco se abre por lo común en torno a los 8 añitos para cerrarse hacia los 20, y hay informes que apuntan a que semejante abuso se ceba, como era de esperar, en los menores pertenecientes a las clases menos favorecidas. Nueve de cada diez cánceres de pulmón y veinte de cada cien enfermedades vasculares, así como la práctica totalidad de las enfermedades pulmonares obstructivas crónicas, al tabaco se deben. Empecinarse en discutir la lógica de esta ley no puede ser más que simple terquedad.
                                                               xxxxx
Mucha gente mantiene hoy, como lo hacía Flaubert en su “Diccionario de tópicos”, que las advertencias médicas sobre los peligros del tabaco no son más que “idées reçues”, y siguen siendo legión las que, adoptando cierta suficiencia epicúrea (en el sentido vulgar del término, se entiende), se limita a constatar la delicia que ese veneno ofrece al consumidor. Una curiosidad que nunca he visto resuelta es la coincidencia en dos espíritus tan distintos como Molière y Corneille en el desmesurado elogio de esa droga, atenidos irónicamente en ambos casos nada menos que al magisterio de Aristóteles (¡), no cabe duda de que inspirados por alguna fuente común. ¿Por qué diría el primero, a despecho del Estagirita, por descontado, que el tabaco es la pasión de los hombres honrados y que “quien vive sin tabaco no es digno de vivir”? ¿Y por qué aseguraría el segundo, siendo hombre de tantas severidades como era, que “digan lo que digan Aristóteles y su Cábala,/ el tabaco es divino y no hay nada que lo iguale”? Yo, desde luego, no lo sé, pero creo que es obligación cívica inexcusable aceptar la lógica de la prohibición por más que salgan las acracias de turno con la matraca que niega a la ley su derecho a inmiscuirse en la privacidad y el argumento asustaviejas que descalifica a un pueblo por plegarse ante la norma, como si la coerción legítima fuera detestable ‘a fortiori’. Se cuenta que Georges Washington conminó al Congreso Continental diciéndole que si no podían enviar dinero, enviaran tabaco. Hoy esa ocurrencia le habría valido en su puritano país una moción de censura. Por lo menos.