Agresión y mano blanda

Otro profesor agredido, en presencia de los alumnos para mayor inri, por el padre de uno de ellos. Ha ocurrido en un centro de primaria de Cádiz y la remilgada consejería ha expresado “su repulsa y más absoluto rechazo” ante los hechos, además de mostrarse solidaria con el tundido y aprovechar para proclamar que “la violencia nunca tendrá cabida en los centros escolares” (¡). Bien, todo eso es estupendo, pero ¿se personará la consejería de la Junta como acusación de ese bárbaro en el Juzgado correspondiente o se limitará a esas palabras de compromiso? ¿Se imputará a ese padre agresor un delito “atentado” contra un funcionario público, como ha establecido la jurisprudencia, o seguirá la autoridad educativa apostando por el “buen rollito”? No puede haber ninguna razón para tratar con guante de seda la epidemia creciente de ataques a docentes y médicos que padece esta sociedad como no pueden buscarse fórmulas escapatorias que sólo benefician a los bárbaros mismos.

Ciento volando

Ni siquiera esa firma en Fitur del compromiso sobre el futuro aeropuerto onubense –un proyecto de principio de los 40, hay que recordarlo– puede despejar tanta inquietud y tanto recelo como la estrategias dilatorias empleadas hasta ahora por las Administraciones han acabado por provocar. Lo de menos es el teatrillo de la firma, el protagonismo estudiado de la candidata Parralo (que buena falta le hace, ésa es la verdad, dadas las circunstancias) o el pase a la segunda fila del presidente de la Dipu, quién sabe si “tocado” por su situación o, sencillamente, comenzando ya a desandar el camino de vuelta. Han sido precisas fuertes presiones civiles, todo el peso de las organizaciones empresariales y, por supuesto, la proximidad de unas elecciones que en Huelva capital pintan bastos para el PSOE, para que ese papel se firme, y eso mismo obliga a seguir de cerca la marcha posterior del negocio no sea cosa de que el presunto pájaro en mano se quede en ciento volando.

Planeta a oscuras

Hoy 1 de Febrero, coincidiendo con la Semana Europea de la Energía Sostenible, esta mitad del planeta que habitamos debería quedar a oscuras siguiendo la iniciativa “Cinco minutos de tregua para la Tierra” que han lanzado importantes organizaciones conservacionistas preocupadas con el cambio climático. Sólo durante cinco minutos, bien entendido, justo entre las 19’55 y las 20 horas, trescientos segundos testimoniales durante los cuales deberán permanecer apagadas las luces, tapadas las cacerolas y suspendido cualquier flujo de energía, de modo que quien nos contemple desde el espacio sideral nos vea como un mundo demediado, la mitad de un esmeralda brillante bajo la luz del sol y la otra como una sombra opalina y fantasmal al servicio de una buena causa. La Asociación de Amigos de la Tierra ha organizado desde Francia un auténtico revuelo internáutico a pesar del cual los resultados del voluntarioso apagón se prevén sólo discretos incluso en vísperas de que nos largue su informe, previsiblemente desconsolador, sobre el recalentamiento de la atmósfera,  el Grupo Intergubernamental de Expertos para la Evolución del Clima (GIEC). Creen los expertos que la ciudad alegre y confiada no está lo suficientemente dispuesta a colaborar porque le falta información adecuada y por eso reclaman a los políticos un esfuerzo por plantearse algo tan extraño, por lo general, a su oficio como son los objetivos a largo plazo, al tiempo que tratan de enganchar a la ciudadanía en un proyecto común que, por ahora, no sólo no involucra sino que ni siquiera es compartido por la mayoría. No es mala metáfora ese planeta girando en su órbita con el ojo luminoso guiñado a las estrellas, pero mucho me temo que la experiencia sirva de poco. Disculpen el pesimismo, pero doy por supuesto que el animal humano no aprende más que a golpes, y eso cuando por fin logra entender.
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Demasiada gente no cree en el vehemente aviso de los expertos y no descarto que este rechazo se deba, siquiera en parte, a una cierta reacción “anti-eco”, como dirían los franceses, un cierre frente al empacho conservacionista que viven las sociedades desarrolladas. Un amigo historiador me invocaba hace días el estudio de Emmanuel Le Roy Ladurie –aquel ministro de Pétain que luego fue “resistente”, comunista y, por fin, independiente: no está mal la derrota—sobre “Historia del clima después del año 1.000” en el que el sabio historiador se esforzaba en probar la continuidad básica del comportamiento atmosférico, y otro me recordó que las series meteorológicas de los colonizadores mineros de Riotinto corroboraban igualmente la constancia básica del humor celeste. Doy por hecho, pues, que la jornada de ahorro simbólico de esta tarde no pasará de ser una experiencia minoritaria de la que apenas se enterarán, no digo ya los exploradores alienígenas que seguramente nos vigilan ojo avizor, sino el propio vecino del adosado que tal vez mantenga a tope sus luminarias domésticas mientras brama el televisor y rugen los “splits” con sus bombas de calor. No es fácil persuadir al animal humano de la condición contingente de lo real y menos si el intento persuasivo se hace desde la perspectiva ética, y quizá esa resistencia no sea sino un protector natural sobrepuesto providencialmente a la fragilidad de nuestra estimativa. Otra cosa será si las predicciones resultan certeras –vamos a ver, por ejemplo, con qué nos salen esta vez los expertos del GIEC—y, en efecto, los veranos se alargan en el Polo mientras el telediario sigue ofreciéndonos imágenes de bañistas gallegos y vascos, con el agua por los corvejones, en plena temporada del perdigón. El hombre es un animal metafísico que vive, en mucho mayor medida de la que suele creer, aferrado a esa fe, no sabemos si ilusoria, en la consistencia de lo real. De momento lo que no se puede negar porque está a la vista es el anacrónico top-less del telediario.

Galicia queda lejos

El portavoz de la Junta ha dicho que es una cosa muy impropia establecer paralelismos “que no se corresponden con la realidad”, en clara referencia al vertido que acaba de producirse en aguas de Algeciras, en medio de un silencio más que relativo, y al que en su día provocó el hundimiento del “Prestige” famoso en la Costa da Morte. El toque está en ver qué entiende el portavoz por correspondencia con la realidad –¿un barco vertiendo fuel frente a otro barco vertiendo fuel, por ejemplo, se corresponde o no?—pero, sobre todo, en entender de una vez que muchas veces va el cántaro a la fuente hasta que se rompe, aplicado sea el adagio a la situación, mil veces denunciada, que se vive en la Bahía de Algeciras donde el tráfico de carburante se lleva a cabo en circunstancias de lo más peligrosas. Era y es cuestión de tiempo que aquí se produzca una catástrofe comparable a la gallega. Y entonces estará el toque en ver qué reacciones se producen para compararlas con las que allá se produjeron.

Luz roja hospitalaria

Pueden disimular lo que quieran y jugar con índices y “ratios”, con números rojos o azules, pero la única realidad hospitalaria en Huelva hoy día es que un usuario puede esperar casi un año el resultado de una ecografía, otra aguardar ocho meses a que la intervengan en ginecología y una muchedumbre diaria tragarse la masificación en unas salas de urgencia abarrotadas o esperar estabulada en los pasillos. Como pueden pasar como sobre ascuas sobre datos epidemiológicos alarmantes o meter un cajón los resultados de analíticas que obligarían, de ser conocidas, a adoptar medidas que no están en manos de estos dirigentes respaldados por su partido. Y ni siquiera es cosa de insistir en la responsabilidad de ese delegata ‘sonado’ porque cada vez se ve con mayor claridad que esas responsabilidades hay que buscarlas más arriba. Huelva no se merece esta situación crónica que tal vez no tenga otra explicación que los cálculos electoralistas.

La edad del símbolo

Los símbolos tienen su edad. Por levantar el puño se ha administrado ricino en público a jóvenes amazonas republicanas o se ha llevado al paredón a militantes curtidos. Por levantarlo han debido soportar más de una tallina en el cuartelillo, durante la larga noche de piedra de la dictadura, muchos impertinentes o contumaces. Una vez en la Universitaria, allá por los felices 60 –y que me disculpe el lector memorioso porque sé que me repito aquí—, se produjo un incidente banal que sonó a rebato, sin embargo, entre los bienpensantes y provocó que un buen puñado de estudiantes dieran con sus huesos en los sótanos de la policía, sólo porque, desde un camión carbonero que cruzaba por allí coincidiendo con una manifestación habitual, un operario levantó desafiante el puño en alto como saludo a la ‘basca’. Entonces no podíamos sospechar el corto futuro que aguardaba a ese viejo símbolo revolucionario sobre cuyo significado se dividen los simbólogos, pero al que acabó de dar sentido dialéctico, como antítesis sin síntesis posible de la tesis, la mano abierta del saludo romano reinventado por los fascistas. La izquierda (la perseguida y la consentida) abandonaron pronto una seña de identidad, agresiva desde su propia morfología, reservada desde entonces para exaltaciones sentimentales y eventos fotogénicos, pero nunca volvió a significar el puño cerrado y en alto lo que había supuesto en etapas anteriores. Los símbolos nacen, crecen y mueren, como todo lo que discurre por la vida, y todo lo más se fosilizan cautivos, como los insectos remotos, dentro el ámbar casual de rutinas ya insignificantes. Cuando en marzo del 99, nada menos que el New York Times Magazine eligió un enorme puño cerrado como símbolo del “espíritu globalizador” propuesto por Friedman en su “Manifiesto por un mundo rápido”, a muchos nos pareció que, en adelante, el símbolo revolucionario no volvería a recuperar su sentido original. Y así fue: hoy sólo gente del tipo de Llamazares o los encapuchados de ETA siguen levantando un puño que apenas significa otra cosa que su propio fracaso.
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Bueno, no sólo ellos, porque en la prensa del lunes podía verse el retrato de un guardia civil de uniforme, tricornio encasquetado y condecoración sobre la guerrera, que izaba ingenuamente ese puño cerrado como un gesto testimonial frente al disparate que supone mantener bajo disciplina militar a una policía que desde el título está proclamando si condición cívica. Una imagen insólita, qué duda cabe, incluso divertida –a poco que no hayamos perdido enteramente el humor–, pero sobre todo y ante todo, anacrónica, arcaica incluso, como ha de probarlo (esperémoslo, al menos) la intrascendencia disciplinaria de lo que hace no demasiado tiempo le hubiera proporcionado una temporada en un castillo. De toda la movida sindical organizada desde la Guardia Civil frente a la informalidad del Gobierno, nada tan expresivo y, al mismo tiempo, tan insignificante, como ese puño de guardia civil alzado en solitario entre un mar de charol que es en sí mismo, desde luego, otro llamativo anacronismo en los tiempos en que vivimos. Ese guardia no se ha enterado de que un “rojo” profeso como ZP no ha levantado probablemente el puño ni para celebrar su sobrevenida ascensión a los cielos, ni de que –y eso ya es peor— en ese desfile con el paso cambiado no figura ya más que el pelotón de los torpes. A mí, personalmente, me ha producido cierta afectuosa melancolía la figura del guardia cimarrón, aislado entre sus compañeros y expuesto en evidencia ante una España que apenas sabe ya de qué va esa vaina por la que tantas tallinas repartieron sus antecesores en el Cuerpo mientras fueron el largo brazo armado de la tiranía. Hoy, ya digo, sólo levantan el puño unos cuantos recalcitrantes de precaria neurología. Los demás, hace tiempo que sabemos que la revolución no sólo ha cambiado de fondo sino también de forma.