El mal ejemplo

Con lo bien que había quedado en su día la consejera de Igualdad condenando en Huelva al concejal que agredió a una mujer y le tocó el culo al otro, ahí la tienen ya defendiendo la recolocación política del condenado con el argumento de que a nadie se puede condenar al ostracismo. Ahí tienen también al alcalde de Alcalá de Guadaíra, justificando como “un tema personal” el hecho inconcebible de que el delegado de Hacienda del Ayuntamiento (¡el que firma las multas de tráfico!) haya estado conduciendo sin carné durante diez años. La “razón de partido” todo lo nubla, convierte en pardos todos los gatos, hasta los más farruquitos, del tejado público, hace que pierdan comba ética y moral incluso los personajes aislados que se han distinguido por desafiar –durante un ratito—esa lógica lamentable. Los partidos están desorbitando el mal ejemplo en lugar de ejercer esa pedagogía de la política que todos invocan en los momentos retóricos. Al enemigo, ni agua; al compañero, gloria bendita. Bien pensado el carné que le faltaba a Farruquito no era el de conducir, era el otro.

Perder la razón

 

Javier Arenas se ha presentado en Rociana para tratar, como elefante en cacharrería, la coyuntura por la que atraviesa la sanidad pública. Ha dicho, por ejemplo, que Cataluña posee el doble de hospitales que Andalucía, lo cual es obvio además de ser algo de toda la vida, sin contar con que el SAS se hizo y desarrolló (hablo de los años 80: véase el BOJA para comprobarlo) calcando literalmente el sistema catalán, a su vez, inspirado en un modelo mixto fracoamericano. ¡Pues claro que hay más hospitales en Cataluña, y más de todo! Ahora bien, eso de que la sanidad pública andaluza supone “un rotundo fracaso” de la Junta de Andalucía es algo que seguramente no se cree ni él. Este sistema público de salud es un logro relativo, bastante más que mediano, a pesar de tantos absurdos flecos como lo sabotean a diario y de la pésima gestión política de una Junta que, por ejemplo en Huelva, mantiene hospitales bajo mínimos, no sabe qué hacer cada verano con la invasión turística, es incapaz de resolver los problemas epidemiológicos o tapa la boca a la gente con promesas de “Chares” que nunca pasan de un cartelón electoralista. Arenas podía haber dicho que con directivos como éstos el sistema peligra en lugar de algo que implica un insulto a los sanitarios y no se atiene a la realidad.

Rey sin reino

Uno de los expertos que mejor han sabido desentrañar la psicología pictórica del retrato, Pierre Francastel, comentaba en una ocasión que los reyes retratados aparecen siempre como personajes abismados en soledad por más pompa y circunstancia que los rodee y acompañe. La imagen del pobre Carlos IV mirando a Goya, la don Felipe IV entrevisto en las ‘Meninas’, el continente lejano de Carlos III o la mirada glacial y un poco estúpida de Fernando VII convergen en un inefable punto de soledad que interesa al espectador por lo que tiene de paradójico. ¿Están solos los reyes, como dice la leyenda, será verdad que la corona funciona como un estigma que convierte en solitarios a los personajes capitales de la vida social? Eso habría que preguntárselo a ellos, aunque a lo peor tampoco sabrían que contestar, pero parece lógico que una elemental profilaxis impuesta por la discreción acabe aislando a los reyes de la mayoría para ponerlos en manos de su círculo íntimo. Ésa puede ser la clave psíquica de la figura del valido, así como la razón de las camarillas, últimas aldabas del rey aislado y, por eso mismo, tan peligrosas por lo general. En el caso del rey actual, la leyenda del “rey simpático” –calcada de la que ya disfrutó su abuelo—es compatible con esa soledad de fondo que seguramente es la que explica su cercanía e intimidad con círculos exclusivos que la vida ha demostrado como poco recomendables. La gente le exige al rey que no intervenga, que haga de don Tancredo aguardando la embestida sentado en un trono de enea plantado en medio de la plaza. Pero simultánea y contradictoriamente espera de él con frecuencia que haga algo, que “se moje” y tome partido. De hecho el famoso juancarlismo circunstancial que dicen que aquí ha sustituido al genuino sentimiento monárquico se debe tanto al contrastado nirvana real como a su legendaria intervención de la noche de los transistores. A ver en qué quedamos. Me da que el Rey debe de haberse hecho esta pregunta ante el espejo en más de una ocasión.

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El revuelo, siquiera gallináceo, que aquí se ha vivido ante la mera noticia periodística –sin duda posible, calculada al milímetro—de que el rey y jefe del Estado hubiera instado telefónicamente al jefe de la Oposición a adoptar determinada actitud en respuesta a la jugada de ETA, ilustra bien esta cuestión, pues para empezar, no debería tener nada de particular que el jefe del Estado llamara a quien creyera oportuno ante acontecimientos de esa magnitud. Lo que no tiene demasiado sentido es que, puestos a intervenir, el rey llamara a la oposición para recomendarle mesura pero no le piara siquiera al Gobierno por promover la ruptura de la soberanía que consagra la Constitución y, lo que ello comporta, por desmembrarle el reino. No debe de ser fácil el papel del rey, en todo caso, y no sólo porque se le note demasiado su debilidad por González y su antipatía por Aznar, que se le nota, sino porque, haga lo que haga, siempre va a haber alguien por ahí dispuesto a buscarle los tres pies al gato. No sé qué prócer republicano decía que las monarquías deben ser de izquierdas y las repúblicas de derecha, porque lo contrario sería pura y disfuncional redundancia. Pero sea lo que fuere, lo que todo este rollo prueba es que la función básica de la monarquía es sencillamente “estar ahí”, encarnar el buco propiciatorio para que cualquier matarife lo sacrifique y reparta sus despojos imaginarios tratando de contentar a cuantos más, mejor. Montesquieu veía a los súbditos de la monarquía como a peces atrapados en una red, es decir, como presos poseídos por la ilusión de la libertad. Hay veces en que no hay más remedio que pensar que el propio rey sin reino de estas monarquías contemporáneas navega como puede, confundido con sus propios súbditos, en ese vago e inmenso garlito.

La patria divisible

 

Eso de “nacionalidad histórica” que dice el chavismo ahora que es Andalucía es un puro disparate, porque nacionalidad es a nación lo que humanidad es a hombre. Si fuera de otra manera, es obvio que los catalanes hubieran procedido al revés de cómo lo han hecho y la nacionalidad histórica serían ellos y no nosotros. Ahora bien, juegos de palabras aparte –porque lo de “Andalucía es una nación”, que proponían a dúo desafinado IU y PA, también tenía guasa–, Chaves acaba de dar un paso irreversible: proponer que se suprima en el futuro Estatuto la mención constitucional de “la indisoluble unidad de la nación española, patria común e indivisible de todos los españoles”. ¿Qué motivo tendrá Chaves para repudiar la unidad de España, qué razón le asistirá para rechazar la idea de que España sea la patria común e indivisible de todos? Es posible que se les vaya de las manos esta almoneda y la subasta acabe como el rosario de la aurora. Chaves lo va a tener difícil, en todo caso, para explicarle a los andaluces este modelo mísero y entreguista de España que su partido necesita para mantenerse por ahí.

La comedia tránsfuga

 

Después de Gibraleón, Beas, y luego, ya veremos. El PP exige al PSOE que garantice que los tránsfugas no volverán a sus filas. ¿A quién querrán engañar unos y otros, acaso no sabe todo el mundo que el transfugazo de Gibraleón fue saludado con vítores y respaldado por la presencia de dirigentes de primer nivel provincial que celebraron como propio el hecho de que sus ediles “abandonaran” su grupo municipal y formaran gobierno por su cuenta? Hay que tener poca vergüenza para decir que a los tránsfugas de Gibraleón se les expulsó del partido tras su estudiado asalto al poder y que a los de Beas ya se les había echado antes de que dieran el golpe. Pero hay que ser primos para pedirle a los organizadores de estas tropelías que castiguen sus fieles ejecutores. El PP tiene experiencia sobrada, como todos los partidos, como para saber que no hay tránsfuga sin autorización del partido (del que sea) en el bolsillo y, a veces, con algo más que autorización. Son los ciudadanos quienes han de tomar sobre sí la carga de interpretar los hechos y votar en consecuencia. Si consiguen que no les tomen demasiado el pelo ya pueden darse con un canto en los dientes.

Muertos vivientes

Ayer se conmemoró en Argentina el treinta aniversario del golpe militar que acarrearía al país la página más negra de su historia. El presidente Kirchner, que coquetea hace tiempo con la idea de aclarar aquella tragedia, se ha apresurado a pedir a los ciudadanos un ejercicio profundo de reflexión sobre lo sucedido, exento en lo posible de los sentimientos de odio y venganza. No ha sido pequeña la mudanza vivida en Argentina desde que al llegar Menem se pactara el “punto final” de las responsabilidades hasta este complejo momento procesal en el que, además de un par de cientos de militares encarcelados, hay otro millar y medio que aguarda (supongo que sin mayor intranquilidad) el desenlace de sus respectivos procesos como reos de secuestros de bebés o de personas adultas, inconcebibles torturas y asesinato de, al menos, esos 22.000 ciudadanos abatidos a los que la burocracia milica reconoce y divide en “oficialistas” y “clandestinos”, y junto a los que figuran en las listas gubernamentales los famosos “NN” o ciudadanos “irreconocibles”. Hoy apenas quedan sombras fundamentales por alumbrar en la infamia que fue el “Plan Cóndor” pues la propia documentación de los asesinos deja constancia clara de lo que fue un atroz operativo definido por el Gobierno norteamericano del momento como un conjunto de “operaciones conjuntas de contrainsurgencia en varios países de América del Sur”, esto es, la propia Argentina, Brasil, Uruguay y Chile. El tiempo todo lo amortigua, no obstante, si es que no logra borrarlo, pero de la Argentina en la que yo viví la euforia generalizada por la “amnistía” menemista a ésta en la que se celebra el funeral concertado de las paces finales, va un abismo. Ya no hay “Madres de Mayo” circulando sin fin en la Plaza de Mayo, ni esporádicos mítines dominicales en San Telmo, y menos porfías en torno a la eventual connivencia de la “inteligentsia” con la tiranía. Desde la distancia se pide tan sólo memoria sin odio ni espíritu vengativo. La concordia es un emplasto balsámico que no cura lo incurable pero que hace lo que puede por reconvertir la herida sangrante en simple cicatriz.

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Treinta años ya. Apenas un mal recuerdo, la sombra de una angustia, el rumor del olvido empedrado de algunos nombres trágicos –la ESMA, “Automotores Orletti”, “la Masacre de Fátima”, los aviones funerarios–, apenas la pose electoralista de un gobernante con suerte que no quiere desaprovechar esta baza que él sabe sobradamente desactivada. Argentina va bien, por lo demás, crece contra todas las previsiones, reduce su déficit, mejora la renta, ve crecer su producción, y una nueva generación trata de abrirse paso como puede emergiendo de la reciente catástrofe económica. Hablará Kirschner en las escuelas, pues, habrá música y lágrimas sobre este aniversario que a los alevines porteños o mendozinos les ha de caer tan lejano como a Borges le caía la descomunal carga más o menos imaginariamente encabezada pro su abuelo en plena Pampa, pero no ha de pasar de ahí. Los pueblos temen a la memoria cuando no se aferran a ella con fanatismo, y la verdad, cada día estoy menos seguro de cual de las dos posibilidades resulta más peligrosa, quieren liquidar los fantasmas que suelen ser pésimos inquilinos del presente. ¡A ver qué van a contarnos a nosotros desde Argentina! Cuando de verdad se palpaba el espíritu de fronda en aquella nación fue cuando lo que sus ilustrados taxistas llamaban la “hiperinflación” obligaba a consultar por teléfono el cambio instantáneo del dólar antes de cobrar el importe de la carrera del taxi. Y eso, mal que bien, parece que va mejor, que se atenúa el malestar, que hay plata suficiente para morfar tres veces al día y hasta sobra para el asado del cumpleaños. La memoria debe de andar por el cerebro. Pero yo no me olvidaría, así como así, del estómago.