La torta a tiempo

Trae estos días la prensa californiana la noticia de que la autoridad del Estado, es decir, nada menos que el gobernador Scharzenegger, ha decidido prohibir el castigo físico a los niños. La azotaina escolar o doméstica, la famosa “torta a tiempo” que aún defiende, lamentablemente, una elocuente mayoría de adultos, va a ser prohibida no sólo en la escuela sino en la propia familia, extendiendo así la virtualidad de los derechos del niño para que dejen de ser papel mojado. La iniciativa tiene pocos precedentes, esa es la triste realidad, desde que fue adoptada en Suecia por ver primera y adoptada luego por sus vecinos escandinavos, por austriacos, croatas y algún que otro país menor, y parece que ya ha chocado, de una parte, con los defensores a ultranza del fuero familiar –añorantes de aquel “pater familias” que en Roma poseía el “ius vitae necisque”, el derecho a decidir sobre la vida y sobre la muerte de todo el que cruzase su umbral–; y de otra, a quienes objetan que la actual crisis de autoridad generalizada por todo el mundo occidental se vería fortalecida por esa impunidad de hecho que la medida proporcionaría a la infancia y a la adolescencia díscolas. Hace años que funcionan en el ámbito internacional, con no demasiado éxito, proyectos de concienciación e influencia a favor del respeto a aquellos derechos, pero la verdad es que las estadísticas siguen siendo desoladoras, incluyendo a España, país en el que, según el propio Gobierno, más o menos la mitad de los adultos (el 47 por ciento) admite castigar físicamente “a veces” a los menores y en el que una sádica o estólida minoría (entre un 2 y un 4 por ciento) reconoce hacerlo con gran frecuencia (“muchas veces” es la expresión utilizada). Sabemos por esos trabajos que las mujeres son más castigadoras que los varones, un hecho explicable por ser ellas las que bregan con los menores, y que las cohortes más jóvenes son las menos proclives al castigo. Pero que un Gobierno reconozca que en su país la media de azotainas es de tres por mes y chaval, resulta sobradamente inquietante. El argumento de los beneficios de “la torta a tiempo” constituye una coartada fatal que se debilita sin que, eso sí, se arbitren medidas compensatorias o soluciones alternativas. La gran verdad es que nadie sabe bien dónde cae el centro de gravedad de una educación compatible con una sociedad que, cuando ha querido darse cuenta, tenía ya bien poco que ver con la tradicional.
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El gobernador “Terminator” ha evocado estos días su dura infancia para admitir, desde la perspectiva de la edad adulta, la “razón” que asistía a quienes a él mismo debieron zurrarle tantas veces en su momento. La “torta a tiempo”, ya lo ven, la bárbara ideología punitiva asumida por sus víctimas incluso cuando la vida las pone en el brete de ser ellas mismas las que prohíban la brutalidad que un día debieron padecer. Otras voces, sin embargo, se han levantado para decir, como antes hacíamos también aquí, que si debe (y debe) eliminarse el castigo físico, urge hallar providencias que mantengan la imprescindible disciplina lo mismo en el seno de la familia que en el aula escolar o en la jungla callejera. No hay sociedad que funcione en la anomia ni paz social posible sin una prudente garantía de respeto jerárquico. El problema está, por lo que la santa infancia se refiere, en encontrar el punto de equilibrio entre la natural pulsión rebelde de la primera edad y esos derechos que la asisten y cuya negación constituye un abuso impropio de la civilidad. El castigo físico ha perdurado en los clásicos “colleges” británicos hasta hace bien poco y aún colea judicialmente la delicada cuestión que nada menos que el bruto de Scharzenegger va a resolver en su feudo de un plumazo a pesar de dar por buenas las azotainas propias. Los grandes vuelcos morales que mueven a las sociedades obedecen a su propia lógica. “Terminator” es el último testigo de esta curiosa realidad.

Chaves, en evidencia

Si inexplicable e insensata era la sugerencia de libertad lanzada por el presidente Chaves a favor del asesino De Juana Chaos, más duro debe haber sido para él el rechazo por los 17 jueces de la Audiencia Nacional de propuestas como la suya. Ahora bien, desde Andalucía lo que no se entiende en esa ocurrencia es que proceda del primer mandatario de una autonomía que lleva sobre sí la mitad de la sangre derramada por la banda terrorista, en la inmensa mayoría de los casos por víctimas que fueron simples trabajadores. Todo el mundo se hace lenguas del patinazo porque recuerda la repugnante celebración que el asesino en serie hizo en la cárcel al enterarse del doble crimen de Sevilla, y casi nadie comprende que la razón de partido pueda forzar a un político con tantos trienios a exponerse de forma semejante al pimpampún de una opinión ofendida por su torpeza y parcialidad. 

Pacto a la griega

Ayer votaron juntos aunque no revueltos los grupos municipales del PP y de IU y lo hicieron en contra de la inexplicable decisión del Gobierno de castigar a Huelva con el cierre del servicio multiclientes de contenedores que RENFE ejecutará desde el día 1 del mes entrante. Otra vez la realidad coge al grupo del PSOE con el pie cambiado y otra vez se demuestra su dependencia servil de los intereses de partido, un mal generalizado pero que ese grupo parece empeñado en extremar hasta el absurdo en un caso como éste que, desde IU, se subrayaba como contrario a la práctica general europea. A Parralo empiezan a ponérselas crudas como en su día se las pusieron a Pepe Juan. Enseguida va a comprobar que una cosa es retratarse ente las cámaras y otra mucho más compleja y dura dar la cara cuando hay que darla no defendiendo a “la empresa” sino optando por el interés colectivo. 

La iguana pudorosa

En el Acuario de Amberes andan locos los fotógrafos tras la imagen de una iguana macho que se niega pudorosamente a ser retratada desde que, tras su cuádruple coito cotidiano, quedara en estado de irreductible virilidad. Todo se ha intentado con el vigoroso reptil por parte de los veterinarios, desde la aplicación de paños calientes y cremas sedativas hasta remedios hospitalarios como los que se aplican a los priápicos humanos víctimas de los diversos viagras, sin que ninguno de sus desvelos haya conseguido gran cosa y temiéndose que, finalmente, sea preciso recurrir a la amputación del miembro, supuesto nada desolador, en última instancia, puesto que la Madre Naturaleza –en visible ejercicio de predilección por esa especie—proveyó a sus machos de doble instrumento por lo que pudiera suceder. Simultáneamente, la Audiencia de Jaén ha ordenado la medición del pene de un presunto violador de raza negra que alega en su defensa que si se produjeron lesiones en el acto investigado no fue por falta de consentimiento de la lastimada sino por el fatal e inevitable efecto de sus proporciones ‘penales’, algo que encaja como la mano al guante en el mito popular de la privilegiada dotación de los hijos de Cam, que el gran Frantz Fanon negara enérgicamente hace ya muchos años. Es realmente notable esa obsesión hodierna por las dimensiones del pene que la inmundicia del ‘spam’ nos mete a la fuerza en el ordenata, hasta el punto de que comienza uno a pensar que tal vez no le faltaba toda la razón a Michaux cuando aseguró que, ya en el siglo pasado, el pene –él decía ‘phallus’, como los griegos, sabiendo distinguir—acabaría siendo “doctrinario”. De momento, no será doctrinario pero a ver quién es el guapo que niega que se ha convertido en ubicuo.
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Antigua fijación, la del pene. Freud, que tantas moscas metafóriras sobre el particular ató por el rabo, llegó a proponer simbolizarlo con el número 3, y Bruno Bettelheim, no hará falta recordarlo, un pene vio en el pie de Cenicienta que el príncipe (azul, por supuesto) introducía simbólicamente en la zapatilla de cristal como quien viola una tórtola con un verso, de la misma manera que otros vieron en los enanitos de Blancanieves el “pene evirato” que el padre feroz habría extirpado a la madre nutricia y benévola. Hasta de ‘Rigoletto’ se ha dicho que viene a simbolizar, con su tierno enanismo y su doncella inalcanzable, la dichosa castración que el brujo de Viena, aquel Freud, no descartaba siquiera en la trenza femenina cortada por coquetería o por comodidad. No sé qué sacarán en limpio los ropones de las medidas del negro aunque  me figuro que, a poco que se corra la voz, van a proporcionarle, inocente o culpable, un oficio que tal vez no pudo soñar esa criatura cuando navegaba en la patera rumbo al paraíso. Y en cuanto a la iguana, qué sé yo, me parece que, una vez más, esa Madre Naturaleza hace de caprichosa madrastra repartiendo injustísimamente sus dones entre su prodigiosa descendencia, pero quizá no está de más su ejemplo para contrarrestar la ilusión colectiva de una generación más o menos caduca que lucha –legítimamente, eso no se discute—por prolongar no sólo los derechos de su carne sino la vigencia de su universo simbólico. Por supuesto que tampoco es una novedad esta lógica obsesión, a la que los clásicos consagraron la vasta literatura de la que ahora les haré gracia, y que nuestros reflexivos sabios han llegado a proyectar alguna vez hasta en el arte sagrado. Como no lo es la obsesión por los remedios, la camelancia de los ungüentos y las lociones, de los cuernos afrodisíacos y las píldoras vigorizantes. El tigre de Bengala lo mismo que el rinoceronte blanco están a punto de extinción a manos de los furtivos que venden remedios celestinos a un senado incapaz de asumir la lógica de la vida. Me explico que se rebele esa legión pensando en el doble pene de la iguana del acuario.

El mal estilo

Gran varapalo el del experto filólogo y señero escritor, José María Vaz de Soto, a la redacción del texto del Estatuto que será sometido a votación a los andaluces el 18-F. No es un secreto que la legislación cada vez está peor escrita –la legislación y casi todo—pero una cosa es esa explicable decadencia, que mucho tiene que ver con el declive de la cultura provocado al alimón por el fracaso de la enseñanza y el modelo de vida, y otra aceptar como texto fundamental de una autonomía un centón disparatado en el que falla la gramática, se violentan las reglas del idioma (incluso la doctrina de la Academia), se retuerce la semántica, se abandona la imprescindible concordancia y se recurre a esa idiocia que supone la duplicación de géneros con ingenua violación del masculino genérico. Vaz de Soto pone las cosas en su sitio y lo que viene a plantear es el disparate que supone convocar a un pueblo a las urnas para votar un texto cuyo autor o autores hubieran merecido el suspenso en cualquier examen académico. Que eso no es lo peor, de acuerdo. Pero por si algo faltaba, no me digan que semejante impropiedad no alimenta la lógica de la abstención. 

¡Pozuelo, vete ya!

Es broma, por supuesto, no es más que una parodia del recurso contestatario de moda en los campos de fútbol y las manis callejeras, pero la verdad es que este ‘delegata’ inexplicablemente incombustible no resiste ya otra explicación que el empecinamiento del PSOE en no ceder a las voces críticas que, unánimes, vienen pidiendo hace tiempo que devuelvan a esa minerva al pueblo serrano de donde la trajeron. Ahora el presidente de los médicos, Juan Luis González, acaba de soltarse le pelo para arrimarle a la prometida reforma del sistema de urgencia que entrará en vigor el 1 de Febrero, un palo de no te menees, denunciando la inevitabilidad del deterioro del servicio y la merma fatal de su calidad como consecuencia de sustituir el modelo de “guarda presencial” (es decir, con los médicos presentes) por el de “guardia localizada” (o sea, con los médicos desperdigados con el ‘busca’ en el cinturón). Aunque bien pensado, atendiendo al axioma de que todo es empeorable, casi habría que rogar a Pozuelo, como en el chascarrillo de Fátima,  que se quedara y nos deje como estamos.