Tardío pero cierto

Duras, acaso temerarias, las palabras del coordinador de IU, Cayo Lara, sobre la corrupción de la Junta de Andalucía que, según parece, él y los suyos no vieron mientras les duró la visagra del coche oficial. Llega a decir que Susana Díaz “no quería sacra de debajo de las alfombras determinada suciedad”, algo que parece tan obvio como que IU-CA, mientras fue socia de Gobierno, se constituyó en el escudo imprescindible de la Presidenta al impedir que la corrupción se investigara en el Parlamento. “Ese roneo, en Despeñaperros”, como le decía al viejo tren el padre de Manolo Caracol. Dicho ahora desde el rencor del desahuciado, la verdad es que ese concepto no vale un pito.

El casco de Hades

La ilusión de lograr la invisibilidad para el propio cuerpo no es nueva ni mucho menos. En la mitología griega se cuenta que Hades poseía un casco mágico que lo volvía invisible y con él encasquetado logró colarse en el campamento de los Titanes y destrozar sus armas y pertrechos. Es el mismo casco que Zeus le ofrecería luego a Perseo para protegerlo del ojo único de las Gorgonas y no faltan versionas literarias posteriores del mitema clásico. Con los avances del progreso científico, el mito aparece terciado de propuesta científica y así el gran Wells pudo escribir la odisea de “El hombre invisible” en la que ya no se invocan poderes sobrehumanos sino razones científicas, o mejor, paracientíficas, como la idea de que si un sujeto logra que su cuerpo no refleje la luz sino que la absorba por completo se verá por completo libre de la curiosidad ajena. Es la idea del camuflaje llevada al extremo, como comprenderán el sueño de todo guerrero y de tantas gentes de aventura, que hasta ahora no ha pasado de lograr –al contrario que en muchos animales– una discreta homogeneidad cromática con el paisaje utilizando una indumentaria adecuadamente coloreada. Leo, sin embargo, en el semanario New Scientist que el ejército americano se ha propuesto conseguir en plazo perentorio –parece ser que no mayor de dieciocho meses– la invisibilidad absoluta de sus marines, objetivo para el cual ha convocado ya el correspondientes concurso entre las empresas, no sin prevenir el fallo relativo que sería no lograr la ocultación perfecta pero sí convertir a los guerreros en auténticas “sombras coloreadas”, obviamente decisivas en un campo de batalla.

No hay dinero para costear la sanidad pública o garantizar la igualdad de oportunidades pero sobra, en cambio, a la hora de perseguir avances tecnológicos aparentemente más próximos a la ciencia-ficción o a la imaginación libre del mitólogo que a la realidad. Ya hay aviones indetectables –vale decir invisibles—y ahora, al parecer, puede que, en poco tiempo, también la infantería logre escaquearse del todo frente a un enemigo desconcertado. ¿Y quién dice que esa invisibilidad no acabe valiendo también para cualquiera hasta poner en almoneda toda intimidad y reducir a un mínimo inimaginable la hasta ahora indispensable seguridad de las personas? No existe haz tecnológico, al parecer, que no tenga su envés inquietante o incluso detestable. La límpida ilusión de la mitología dista un abismo de estos temerarios inventos.

A ver quién lo entiende

¿Se acuerdan de la famosa subvención de casi nueve millones que la Junta de Chaves –tras retorcer la ley y adecuarla para el caso– concedió a la empresa Matsa a la que apoderaba su propia hija, y que la Junta defendió siempre como legal a capa y espada? Bueno, pues ahora resulta que la Junta reclama a los beneficiarios la devolución del pastón y aquellos se resisten a devolverlo, fíjense qué lío tan incomprensible. ¿Por qué este cambio de criterio, a qué se debe que lo que era por completo ajustado a la ley resulta ahora que no debía de serlo tanto, a pesar de que, en su día, hasta el Tribunal Supremo se puso de parte de Chaves? Si hay quien entienda este apaño, que venga Dios y lo vea.

Días mágicos

Voy a Toledo en vísperas del Corpus, llego en la tarde-noche a la ciudad abarrotada, la muchedumbre trajinando por el laberinto de callejuelas engalanado con primor bajo las velas que harán mañana de palio sublimado al paso del Santísimo, adornos florales, guirnaldas, reposteros, pendones y banderas, faroles de sugestión mozárabe, en lugar de las espigas y racimos, de los cálices y los santos de palo sevillanos. Es como pasar del paradigma barroco al medieval, conservado con celo, en la Castilla profunda, en el formol del sacro anacronismo, la vieja fiesta que representaba –siglos antes de Spencer y de Comte—al “cuerpo social” que venía a ser el envés de “corpus misticum”. El tiempo detenido: tras el piquete y los timbales, los pertigueros catedralicios, y luego los gremios, estamentos y cofradías, los labradores con su capa parda de estameña, los Caballeros Cubicularios de san Ildefonso, los investigadores con golilla blanca y cordón carmesí, los doctores con toga y birrete, la Soberana Orden de Malta –manto negro, gola y cruz blanca–, los Mozárabes con su manto y birrete azul, los del Santo Sepulcro, manto marfileño y cordón de seda roja, cruz potenzada y birrete episcopal, los Infanzones de Illescas –capa roja, cruz en flor y albo birrete– los del Corpus Christi, con el paño verde y las tres cruces sobre el pecho, gola y guantes blancos…, y las cofradías, y las hermandades con sus lábaros y estandartes, y los acólitos con báculo, y los humildes seises, la Santa Caridad –la más antigua– con su traje fúnebre, los grilletes y la pala de enterrar ajusticiados…

Y luego las albas, los amitos, casullas, sobrepellices, estolas, bonetes, borlas, hasta la orfebrería esplendorosa de los maceros, como recién salidos de la mano del bordador Covarrubias, repujada de oro viejo y platas indecibles, cíngulos sobre la estameña, manípulos ondeantes. Y cánticos, plegarias, ovaciones –¡a Dios!–, las peinetas y matillas negras, el escuadrón ecuestre en hábito de gala, los cascos de los caballos, calzados para no herir las viejas piedras, la tropa, en fin, marcial, ahora ya, ay, sin bandera, que era lo suyo, lo de toda la vida, pluviales con la fimbria repujada, el silencio roto por las ovaciones. El Medievo, ya digo, la esencia conservada a contrapelo, la imagen antañona del cuerpo y la cabeza con sus miembros, la historia viva y fósil del sueño de los siglos. España detenida en el tiempo interior que nunca pasa y Rilke tiritando ante el cielo del Greco.

El apagón cívico

Van a mantenerlo en secreto, ya lo verán, pero dicen que la sociología de guardia ha detectado un gran apagón televisivo en toda España justo en el momento en que se vio y escucho la “xiulada al hinme espayol i al Rei Felipe de Borbón” convocada por doce grupos secesionistas. No estaría mal que se confirmase este extremo al menos para que los anunciantes tomaran nota de cara a una próxima ocasión pero, en todo caso, queda demostrado que el agravio, más allá del himno y el Jefe del Estado, lo sintió como propio una considerable mayoría de españoles. No habrá sanciones, en cambio, muy probablemente, puesto que la Comisión Antiviolencia y el Consejo Superior de Deportes –como tantos otros órganos inútiles—resultan por completo expletivos a la hora de los disturbios. ¿Cómo y por qué se puede cerrar un sector de un estadio –del Sánchez Pijuán, en este caso—porque los ultras de la hinchada profirieran en su día, lejano por cierto, insultos y groserías impropias de un espectáculo público, y no se puede hacer nada o casi nada cuando un estadio en peso, ante una audiencia televisiva millonaria, se pitorrea del Jefe del Estado y de la ciudadanía española en general? Se podrá decir que el Gobierno los tiene de plomo por no haber adoptado medida alguna ante lo que era una amenaza confirmada, pero más urgente es que se señale a esos organismos de control que viven como Dios sin más obligación que vestir el cargo.

En Francia, hay que repetirlo, con motivo de un abucheo, el presidente Chirac dio media vuelta y se fue del palco –lo que, al menos a mi juicio, en el caso del Rey no hubiera sido procedente—y su sucesor Sarkozy, como es bien sabido, lanzó una ley ordenando la suspensión inmediata del acto en que no se respetara como es debido la Marsellesa. Bueno, pues aquí el árbitro ni siquiera recogió en su acta el grave incidente de la misma manera que ningún agente de la autoridad intervino frente a los bronquistas que, en la puerta del estadio, repartían los silbatos. En cuanto a los altos organismos, se han limitado a enviar al fiscal unos hechos que conoce de sobra y frente a los que la Audiencia Nacional ya sentó el precedente cuando consideró que armársela al Jefe del Estado y chiflearse del himno no eran, en todo caso, más que manifestaciones del derecho a la libertad de expresión. Me van a perdonar pero yo creo que lo que habría que cerrar no son tanto los estadios como esos altos organismos que viven del cuento sin servir para nada.

Pactos y cambalaches

Cuando pase este periodo agitado y sepamos ya que palo aguanta a cada vela, tendremos que distinguir entre pactos y cambalaches, es decir, entre operaciones políticas dictadas por el sentido y la lógica común, y los arreglos bajo la mesa trajinados entre unos y otros. Es curioso que Podemos exija al PP y al PSOE que no negocien “a espaldas del pueblo” sino con luz y taquígrafos, mientras sus negociadores se mueven como sabandijas ofreciéndose al mejor postor. De momento, tendremos que conformarnos con observar estos trajines en los que lo que vale para uno mismo no vale, por lo visto, para los demás.