Secretos de trena

 

La cárcel provincial de Huelva ha desmentido que haya un segundo caso de ‘legionella’ entre sus internos. ¿Y por qué razón, entonces, habrá ordenado Salud realizar en la prisión una “inspección con toma de muestras”? Hombre, aquí no nos chapamos el dedo, pero además ‘Garganta Profunda’ informa de que la jindama de los barandas (de los de Salud y de los de prisiones) obedece a la mera posibilidad de que le toque la china a alguno de los conspicuos etarras que se “guardan” en nuestra cárcel, caso lamentabilísimo como el que más y el que menos, pero que, de producirse, para qué querríamos más. Total, que va a resultar que e suna garantía sentar a un etarra a la mesa o darle agua, sal y asiento a la lumbre. Lástima que no hubiera habido alguno, en su día, en el “Juan Ramón Jiménez”, cuando aquella legionellosis que nunca existió pero que trajo arrastrando el ala a enfermos y familiares durante meses. Es probable que, en ese caso, aquella historia interminable se hubiera liquidado a calzón quitado.

Disciplina inglesa

Unas fotos laboriosamente conseguidas por nuestro colega británico “The Guardian” acaban de echar por los suelos la autoestima de su civilizado país y, de paso, el mito de la civilidad de las democracias frente a la (demostrada) ferocidad de las dictaduras, fascista o comunista, que a este respecto da lo mismo. Resulta que los ingleses, tan probos y legalistas, estuvieron torturando a modo a sus detenidos tras la Guerra Mundial, a mediados de los años 40, y aún después, e incluso dispusieron de un “centro de interrogatorio” en pleno centro de Londres, y que las “técnicas” empleadas por los sayones no fueron especialmente distintas de las que usaba la Gestapo. Y resulta que los presos torturados, de los que se pretendía obtener información útil ante la que se consideraba inevitable futura guerra, no eran, naturalmente, nazis, sino comunistas arrestados que fueron sometidos de modo sistemático a los suplicios del sueño, los apaleamientos, el frío extremo y hasta a algunos sofisticados recursos encontrados precisamente en los cuarteles de las SS. ¿Raro? Pues no tanto. Son conocidos los esfuerzos y la energía que hubo de emplear Eisenhower para evitar que Patton continuara con sus tanques hacia Moscú para enfrentarse a los mismos aliados que acababan de proporcionarle la imprescindible victoria en el frente del Este. También el sinuoso y triste papel de la diplomacia vaticana en la evasión de criminales de guerra nazis a lejanos países, así como la reutilización de la propia Gestapo como mejor instrumento para la lucha contra la militancia comunista. ¿Y vamos a extrañarnos de que, en estas circunstancias, unos verdugos se entretuvieran en torturar a unos desvalidos (hombres y mujeres, por cierto) tal y como lo hicieran los bárbaros vencidos? Recientes están el hallazgo de las mazmorras de Abu Graib y escandalosamente presente la vergüenza de Guantánamo. Un cuerpo supliciado más o menos no debería modificar nuestra opinión de que el Mal no reconoce fronteras y que, desde luego, no fue atributo exclusivo de la perfidia soviética.

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Traigo entre manos las flamantes “Memorias” de Hannah Arendt, un monumental aparto de reflexiones y pruebas sobre la naturaleza del Mal y su índole probablemente inevitable. Pero esas fotografías, esos cuerpos lacerados, esos esqueletos insinuados bajo la piel sufriente de las víctimas lo mismo en Auswich o en Treblinka que en Buenos Aires o en Londres, lo que vienen a certificar es la aterradora proclividad de la mente humana a la violencia y la indigna capacidad de la Razón ilustrada para blindar la perfidia democrática cuando se produce. Veo la imagen de Gerhard Menzel, de 23 años, una víctima desconocida torturada en Bad Nenndorf y, mal por mal, perfidia por perfidia, no aprecio diferencia entre ella y las procedentes de las ergástulas “democráticas” que hace poco veíamos reproducidas para vergüenza de la especie. Les confieso que he de abandonar con frecuencia la lectura del mamotreto citado, como si tratara de reponer fuerzas antes de seguir adelante a brazo partido contra la evidencia de que el Mal no está sólo en un lado sino que yace agazapado en la entraña misma de nuestro sistema, idéntico en todos los casos, atroz tras el escándalo moral de cada racionalización. Según Amnesty Internacional aún se producen torturas en España, por ejemplo, y esa noticia, puntual año tras año, pasa a la papelera de los responsables como papel mojado. Recuerdo que Léon Bloy pensaba que el tormento era un fenómeno universal en todas y cada una de sus temibles especialidades, incluida “notre Europe délectable”. No creo que exista un adjetivo capaz de cargar tanta ironía en el sollado de nuestra buena conciencia.

Fortunas sonrojantes

Espléndida la calificación judicial de la fortuna hallada por los investigadores en manso de los saqueadores de Marbellas: sonrojante. El miró en un cuarto de baño no debe eclipsarnos la inmensidad del zarpazo, la extensión de su trama, la complicidad pasiva y evidente de la autoridad que ha esperado a que un juez barbilampiño meta en la cárcel a unos cuantos para decidirse a actuar. ¿Se acuerdan de las súbitas suntuosidades de Juan Guerra, del frigorífico para visones de Aida Álvarez, de los tropecientos cuartos de baño de Boyer, del yakusi de Gil¿ Pues seguramente somos injustos sacando a la luz pública sólo a ellos porque debe de haber mucho miró en mucho cuarto de baño, mucho pura sangre en más de una cuadra, mucho euro durmiente en las cajas blindadas de los paraísos fiscales. Lo de Marbella será también una cortina de humo y un caballo de madera para facilitar la toma de la ciudad por los mirmitones de Chaves. Pero sobre todo es una prueba de que el agio, el mangazo, el saqueo de lo público ha alcanzado niveles impensables. Habría que revisar muchas fortunas. Iba a aparecer más de una sonrijante.

El colmo

Hace falta desahogo y cinismo para proponer la apertura de fiscalizaciones en materia de urbanismo “sólo” en los municipios gobernados por el PP, partido al que el PSOE acusa con calculada insistencia de agiotista a pesar de la evidencia de que los escándalos más sonados se están produciendo en Ayuntamientos sociatas. Hablar de “conexiones” entre Camas y Punta Umbría, o entre el Ensanche y Marismas del Titán, teniendo ahí delante el macropelotazo que Chaves hubo de pararle personalmente a Barrero en Punta Umbría, los escandalosos manejos de Almonte con su presunta “conexión marbellí” incluida, el caso de la tránsfuga negocianta de Gibraleón y tantos otros, es dar un triple salto mortal que tal vez sea el único recurso del trapecista a estas alturas. Desde la prehistoria del “caso Doñana”, con los parientes y afectos de González, y lo que vino detrás, el PSOE de Huelva sabe de este tema más que Briján. Cerrar contra el rival puede tener sentido estratégico pero constituye una auténtica ofensa al sentido comúnj y a la memoria colectiva.

Hortus conclusus

Leyendo el libro de Pepe Oneto sobre el último “pronunciamiento” español, el golpe del 23F, he aprendido, entre tantas curiosidades dispersas de ésas que dicen más por cuanto callan que por lo que descubren, un hecho curioso, a saber, que los grandes protagonistas del fallido cuartelazo/conspiración se dediquen hoy, un cuarto de siglo después de la canallesca intentona, a cultivar su huerto. Como de los romanos cuentan los historiadores, parece que sigue vigente entre nuestros hombres públicos el esquema biográfico que dedica la juventud a las armas, la madurez a la política y la tercera edad al campo y sus agriculturas, suave expresión de un exilio forzado que la poesía se encarga de embellecer en términos edénicos. Ahí tienen, según Oneto, al general Armada, indudable Avinareta de este embrollo suicida, cultivando con esmero los arriates de dalias en su aristocrático pazo galaico de Santa Cruz de Rivadulla, villa cuyo marquesado ostenta. Un poco más abajo, encontrarán al discreto funcionario Francisco Laína, auténtico titán de aquella noche inacabable, dedicado a producir tomates ecológicos en su finquita de Ávila y, ya en la Costa del Sol, al valleinclaniano ‘Don Friolera’ del esperpento, el teniente coronel Tejero, actualmente reconvertido en probo cultivador de aguacates. Desde luego que resulta tranquilizadora la imagen de esos “huertos cerrados”, refugio más o menos romántico de una España inactual, como diría Azorín, y que constituyen, en cierto modo, las antípodas imaginarias del Poder y sus estancias, aparte de un símbolo elocuente del auténtico resultado del golpe que no fue otro que el cambio definitivo: La Historia de la España contemporánea es el producto de las asonadas militares en la misma medida que la España modernizada y presente es el resultado de un proceso inercial que hunde sus raíces en el fracaso del último “pronunciamento”. Espadines o títeres, toda aquella compañía esperpéntica ha acabado regando plantíos y luchando contra las plagas. La España actual nace y se desenvuelve entre tiros y cabalgadas pero ha acabado encerrada en unos cuantos huertos. Como Dios, puede que ella también escriba derecho con renglones torcidos.

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Camelias, tomateras y aguacates: un cuarto de siglo más tarde, el destino se complace en estas caricaturas que dicen mucho sobre la condición humana y más todavía sobre la naturaleza intrascendente de un “fatum” al que, a pesar de tan irrebatibles evidencias, seguimos empeñados en consagrar como fatal. Eso sí, nadie nos contará la verdadera crónica de aquellos cuartelazos, es poco probable que acabemos alguna vez conociendo en su integridad la nómina oportunista de los conspiradores y casi seguro que jamás contemplaremos la vera efigie de Bruto ni la de Catalina. Pero lo que no deja de ser sorprendente, en cualquier supuesto, es este voluntario retiro de los actores, la extraña elección de la soledad como remedio del fracaso, la metáfora espléndida del cultivo amoroso de la tierra, aplicada a quienes se vieron envueltos, tampoco hace tanto, en el más bárbaro proyecto de destrucción que han vivido las presentes generaciones. Oneto cuenta muchas curiosidades, ata muchos cabos, pero lo que de verdad intriga e interesa de su cronicón es lo que calla, lo que sugiere la punta del capote con que cita al morlaco de nuestra curiosidad, las sospechas, los indicios, las transparencias y conclusiones que nos va imponiendo la razón al filo de la lectura. Buena imagen la del “huerto cerrado”, la de la tierra feraz y el “filósofo a la fuerza” inclinado sobre la besana, armado sólo del pacífico almocafre, para destripar el terrón atrabiliario y convertirlo en la tierra calma del pacífico vergel. Baroja y Galdós junto no hubieran imaginado, probablemente, un final rosado como el de nuestros huertanos. Una vez más las ironía de la Historia. La verdad es que navegamos sobre ella como cáscaras de nuez.

Los 400 golpes

El dedo en la boca de Chaves, frente a quienes reclamaban elecciones anticipadas, era puro soneto quevedesco mal recitado bajo el ceño fruncido. Su argumento de que la Junta ha actuado sin tregua frente a la corrupción resulta irrisorio, pero lo de las 400 acciones judiciales emprendidas por ella contra los saqueadores es ya para troncharse. ¡Pues no que pide una fiscalía contra los delitos urbanísticos el mismo partido que está demostrado judicialmente que, a cambio de una recalificación en un proyecto de Gil, trincó al menos un talón cienmillonario de éste, que lo cobró y que no lo ha devuelto nunca! Chaves ha desembarcado en Marbella porque hay que tapar el lío descomunal de los Estatutos y porque ve la ocasión de hacerse con la ciudad herida por la puerta de atrás, es decir, sin elecciones, y poniéndola en manos de unos cuantos amigos políticos designados por “su” Diputación malagueña. ¡400 golpes dice ahora que lleva dados! Con que hubiera dado uno –el que acaba de dar—se habría resuelto este caos hace años, tantos como venimos pidiéndoselo desde fuera, y casi en solitario, los mismos que ahora no creemos en sus declaradas intenciones.