La comedia tránsfuga

 

Después de Gibraleón, Beas, y luego, ya veremos. El PP exige al PSOE que garantice que los tránsfugas no volverán a sus filas. ¿A quién querrán engañar unos y otros, acaso no sabe todo el mundo que el transfugazo de Gibraleón fue saludado con vítores y respaldado por la presencia de dirigentes de primer nivel provincial que celebraron como propio el hecho de que sus ediles “abandonaran” su grupo municipal y formaran gobierno por su cuenta? Hay que tener poca vergüenza para decir que a los tránsfugas de Gibraleón se les expulsó del partido tras su estudiado asalto al poder y que a los de Beas ya se les había echado antes de que dieran el golpe. Pero hay que ser primos para pedirle a los organizadores de estas tropelías que castiguen sus fieles ejecutores. El PP tiene experiencia sobrada, como todos los partidos, como para saber que no hay tránsfuga sin autorización del partido (del que sea) en el bolsillo y, a veces, con algo más que autorización. Son los ciudadanos quienes han de tomar sobre sí la carga de interpretar los hechos y votar en consecuencia. Si consiguen que no les tomen demasiado el pelo ya pueden darse con un canto en los dientes.

Muertos vivientes

Ayer se conmemoró en Argentina el treinta aniversario del golpe militar que acarrearía al país la página más negra de su historia. El presidente Kirchner, que coquetea hace tiempo con la idea de aclarar aquella tragedia, se ha apresurado a pedir a los ciudadanos un ejercicio profundo de reflexión sobre lo sucedido, exento en lo posible de los sentimientos de odio y venganza. No ha sido pequeña la mudanza vivida en Argentina desde que al llegar Menem se pactara el “punto final” de las responsabilidades hasta este complejo momento procesal en el que, además de un par de cientos de militares encarcelados, hay otro millar y medio que aguarda (supongo que sin mayor intranquilidad) el desenlace de sus respectivos procesos como reos de secuestros de bebés o de personas adultas, inconcebibles torturas y asesinato de, al menos, esos 22.000 ciudadanos abatidos a los que la burocracia milica reconoce y divide en “oficialistas” y “clandestinos”, y junto a los que figuran en las listas gubernamentales los famosos “NN” o ciudadanos “irreconocibles”. Hoy apenas quedan sombras fundamentales por alumbrar en la infamia que fue el “Plan Cóndor” pues la propia documentación de los asesinos deja constancia clara de lo que fue un atroz operativo definido por el Gobierno norteamericano del momento como un conjunto de “operaciones conjuntas de contrainsurgencia en varios países de América del Sur”, esto es, la propia Argentina, Brasil, Uruguay y Chile. El tiempo todo lo amortigua, no obstante, si es que no logra borrarlo, pero de la Argentina en la que yo viví la euforia generalizada por la “amnistía” menemista a ésta en la que se celebra el funeral concertado de las paces finales, va un abismo. Ya no hay “Madres de Mayo” circulando sin fin en la Plaza de Mayo, ni esporádicos mítines dominicales en San Telmo, y menos porfías en torno a la eventual connivencia de la “inteligentsia” con la tiranía. Desde la distancia se pide tan sólo memoria sin odio ni espíritu vengativo. La concordia es un emplasto balsámico que no cura lo incurable pero que hace lo que puede por reconvertir la herida sangrante en simple cicatriz.

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Treinta años ya. Apenas un mal recuerdo, la sombra de una angustia, el rumor del olvido empedrado de algunos nombres trágicos –la ESMA, “Automotores Orletti”, “la Masacre de Fátima”, los aviones funerarios–, apenas la pose electoralista de un gobernante con suerte que no quiere desaprovechar esta baza que él sabe sobradamente desactivada. Argentina va bien, por lo demás, crece contra todas las previsiones, reduce su déficit, mejora la renta, ve crecer su producción, y una nueva generación trata de abrirse paso como puede emergiendo de la reciente catástrofe económica. Hablará Kirschner en las escuelas, pues, habrá música y lágrimas sobre este aniversario que a los alevines porteños o mendozinos les ha de caer tan lejano como a Borges le caía la descomunal carga más o menos imaginariamente encabezada pro su abuelo en plena Pampa, pero no ha de pasar de ahí. Los pueblos temen a la memoria cuando no se aferran a ella con fanatismo, y la verdad, cada día estoy menos seguro de cual de las dos posibilidades resulta más peligrosa, quieren liquidar los fantasmas que suelen ser pésimos inquilinos del presente. ¡A ver qué van a contarnos a nosotros desde Argentina! Cuando de verdad se palpaba el espíritu de fronda en aquella nación fue cuando lo que sus ilustrados taxistas llamaban la “hiperinflación” obligaba a consultar por teléfono el cambio instantáneo del dólar antes de cobrar el importe de la carrera del taxi. Y eso, mal que bien, parece que va mejor, que se atenúa el malestar, que hay plata suficiente para morfar tres veces al día y hasta sobra para el asado del cumpleaños. La memoria debe de andar por el cerebro. Pero yo no me olvidaría, así como así, del estómago.

De enmendalla, ni hablar

 

No tenía salida decorosa para la consejería de Educación de la Junta de Andalucía frente a la moción parlamentaria en la que el Partido Popular la instaba a “personarse jurídicamente y de oficio” e todos y cada uno de los casos de “violencia escolar, tanto física como oral” que de hecho se sustancien ante los tribunales. Claro que tampoco tenía fácil aceptarla, después de años negando esa violencia y proponiendo chorradas como estimular el “buen rollito” y hacer planes para la paz y concordia de esos que la basca se pasa por el forro. En un término medio, doña Cándida, ese azote de la enseñanza, ha concedido que, vale, que la Junta, en adelante, “ampliará el apoyo en materia de asistencia y protección jurídica a los profesores para defender sus intereses”, extraña providencia teniendo en cuenta que parte de la Junta de que el peligro no existe. Bien, mejor eso que nada. También es verdad que no todo lo que ocurre en el patio escolar es culpa de esta extravagante responsable y que alguno vendrá que buena la hará.

Larga precampaña

 

La precampaña de las municipales va ser dura en toda la provincia, pero será de coco y huevo allí donde hubo cismas ciudadanos y en la capital, suyo Ayuntamiento es obsesivamente contemplado por al frustrado “aparato” del PSOE como la “joya de la Corona”. No tiene más que considerar la yenka que se trae el barrerismo en torno a un despistado Pepe Juan que ignorará su suerte hasta que una mañana le presten el maillot para la carrera o le quiten hasta el que guarda de recuerdo, el globo-sonda de las “primarias”, la presencia forzada de Parralo más allá incluso de la discreción. O lo que ocurre en IU, donde la digna retirada de Manolo Rodríguez deja el campo libre a los oportunistas al tiempo que permite entrever, siquiera fugazmente, un destello del viejo estilo ético. Del PA mejor no hablar, porque no hay por donde cogerlo. De modo que va a ser larga la campaña, al menos hasta que se dilucide en las alturas –normalmente en Sevilla—quién saldrá en el cartel principal. Pedro Rodríguez nunca lo tuvo más difícil… ni más fácil.

Números cantan

 Para Gonzalo García Pelayo

En una breve y divertida novela de Leonardo Sciascia, “El Archivo de Egipto”, el autor permite deambular entre la gente a cierto abate siciliano al que sus feligreses y quienes no lo eran atribuían poderes numerológicos. Iba el cura por la calle, concentrado en la ardua tarea de sostener su teja y mantener a raya el balandrán contra los embates del levante, cuando una multitud lo asaltaba suplicándoles sugerencia de números loteros que el buen cura repartía malhumorado, aunque nunca sabremos hasta qué punto escéptico, entre su crédula parroquia. El hombre cree en los números, les atribuye condición fáctica (eso lo explicaba muy bien Thomas Crump en su clásico ensayito), y adivina tras ellos fuerzas latentes y capacidades de naturaleza imprecisa e índole seguramente superior. Una obra colosal, la de Georges Ifrah, aquí sólo traducida en forma de breviario, explicó todo lo explicable en torno a esta materia en la que, a mi entender, nada hay nada tan apasionante como la capacidad sugestiva que dimana de su presunta entraña simbólica. Se sabe que los números regulan nuestra realidad –Galileo, recuérdenlo, pensaba que el “libro de la Naturaleza” está escrito con ellos—pero suele creerse también que consagran cierta capacidad de influir, es decir, una especie de don para determinar el destino y hasta para torcerlo. Es apasionante, ya digo, esta sumisión inconsciente del hombre a los números que en la Cábala adquiere su máxima expresión pero que, en realidad, en términos más pedestre, está en la calle, tras cada esquina, en la mente del peatón que se acerca al ciego que reparte cupones fatalmente empeñado en que la suerte estuviera sometida a algún género de ‘necesidad’. A mí no me extrañan las enormes cifras oficiales sobre la recaudación por juego que se producen entre nosotros. Más bien veo en ellas la marca inevitable de nuestra condición imaginaria.

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Estos días circula por la prensa iberoamericana el hallazgo de un numerista, creo que brasilero, que permitiría segarle la hierba bajo los pies a la FIFA descubriendo por adelantado el ganador del próximo Mundial, y que consiste, simplemente, en advertir que entre las cifras ordinales de los años rige una secreta razón tan fatal como la ley de los graves. ¿No ganó Alemania el Mundial del 90 y el de 1974? Pues sumen ustedes esas cifras y comprobarán que el resultado es 3.964. Pues bien, ¿y si les dijera que lo mismo ocurre al sumar los años triunfales de Argentina, 1978 y 1986 (sumen y verán) y que la razón se repite, como impuesta por una lógica insalvable, sumando los de Brasil, que fueron 1970 y 1994, o 1962 y 2002? El numerista ha echado cuentas hasta deducir que pudiera existir una secreta ley que impone a los Mundiales una secuencia fatal que puede calcularse por el sencillo método de restar de la misteriosa cifra, 3964, el actual 2006, de manera que si Brasil ganó la copa en el 58 le correspondería ganar ahora también, de la misma manera que la Alemania campeona del 54 volvería a serlo en el 2010 y Uruguay, viejo campeón del 50, repetiría en el 2014, si es que para entonces hay Mundial, que es bastante probable, y si sigue existiendo España, lo cual ya lo es bastante menos. La razón no debe doblegarse, en mi sentir, a estas peripecias del azar que, ciertamente, no resulta nada cómodo “falsar” como propondría Popper, pero que no dejan de ser inquietantes o, cuando menos, divertidas. En Brasil, tierra pragmática donde las haya, ya andan apostando a calzón quitado, la calculadora en una mano y el botellón de cachaza en la otra, mientras las apuestas navegan a buen ritmo por Internet claramente vencidas por el lado mágico. Entre al azar y la necesidad no hay más que una linde muy delgada. El toque está en saltársela llevándose por delante el bollo y el coscorrón.

Culpables y “paganos”

 

Se ha quejado con razón la consejera de Igualdad y Bienestar Social, Micaela Navarro, de que el error de los jueces al calcular mal la indemnización a una madre a la que su consejería habrá de pagar una subida indemnización en compensación de los perjuicios causados, que ciertamente ha sido irreparables, hayan de ser afrontados ahora por los andaluces. Lleva razón la, por lo general, discreta consejera, salvo en un par de cosas: en que, para empezar estos lodos vienen de los confusos polvos burocráticos de su departamento, que hace años que hace y deshace en franco pugilato con jueces y familias; y en que, si la Junta (la consejería de Justicia) proporcionara a la Justicia el apoyo que le regatea, tal vez todo iría mejor y los jueces se equivocaran menos. ¿No tienen que pagar los andaluces cada vez que ese SAS agobiado por la escasez de recursos es condenado por una operación mal practicada o por un diagnóstico fallido? Vea la consejera que, puestos a hablar de culpables y ‘paganos’, habría para toda una eternidad. Seguro que su probada sensatez acepta esto en el fondo, aunque, naturalmente, no lo diga.