A fuerza de leyes

El repetido proyecto de la Junta de Andalucía de establecer la paridad entre hombres y mujeres en los cargos públicos no se ha cumplido nunca ni se ve fácil un próximo cumplimiento. A Chaves le ha bastado hasta ahora con prometerlo (como el “seguro social”, como el sueldo/vacaciones de las amas de casa, como las habitaciones hospitalarias individuales, como…), sin que nada ni nadie lo haya forzado a cumplirlo. En adelante, sin embargo, él mismo se va a obligar por ley a hacer lo mismo que incumple, gran paradoja con independencia del dislate peregrino que supone el propio criterio de paridad impuesta. Ni que decir tiene que de poco va a servir esa ley, pero, miren, ahí quedará como quedaron las promesas anteriores y como quedará, seguramente, muchas de las por venir. La igualdad entre sexos tiene una lógica propia que poco tiene que ver con su utilización política. Chaves, incumpliendo su promesa al tiempo que la convierte en ley lo prueba a la perfección. 

Dinero contra racismo

Sorprenden un poco que lo que al Partido Independiente de Nerva (GINER) no le guste en la decisión del alcalde del PSOE de resolver el largo enfrentamiento racista entre payos y gitanos que la localidad vive hace meses a base de comprarle los pisos a los primeros, sea la cuestión normativa, burocrática incluso, de si en las atribuciones del alcalde o la comisión cabe esa compra de pisos a razón de 60.000 euros el pelotazo. Porque no me digan que la misma ocurrencia –recurrir a la compra de las viviendas amenazadas ante el fracaso de la autoridad–  no tiene delito, por más que el PSOE parece haber hecho un método de ese recurso inventado por el Ayuntamiento de Sevilla cuando liquidó personalmente un asentamiento chabolista repartiendo bolsas de miles de euros para que se fueran con la música a otra parte, es decir, para que simplemente trasladaran el problema unos kilómetros más allá. Y es este aspecto increíble –que un Ayuntamiento tenga que comprar los pisos de vecinos acosados en vista de su incapacidad de garantizar la seguridad—lo que resulta grotesco. En cualquiera, pero en un Ayuntamiento que se postula de izquierdas, más si cabe.

Técnica del suplicio

Se han levantado las voces de repulsa o puntualización tras la brutal ejecución del hermano de Sadam y otro de sus colaboradores. Desde los EEUU se nos dice con el cinismo más gélido que la verdad es que el crimen “pudo hacerse mejor”, es decir, que no se cuestiona la mayor, el asesinato legalizado, sino los modos, ciertamente sádicos, con que los verdugos han sido encargados de perpetrarlo. Normal, teniendo en cuenta lo que hay que tener. Desde Rusia –ya ven qué sarcasmo—la crítica se limita a apuntar que los nuevos suplicios no ayudan a estabilizar la situación sino, con toda probabilidad, a enconarla hasta límites imprevisibles. Desde Francia, a la sombra de la guillotina, altos funcionarios se han desdoblado como contorsionistas éticos para decir que “sí pero no”, que la pena de muerte no es civilizada pero, ah, que allá cada cual en su país con las habas que en sus pucheros se cuezan. Y, en fin, el canciller irlandés, por su parte, se ha acompañado con la gaita para decir que se siente “perturbado” por las “horripilantes” circunstancias que han rodeado la ejecución del hermanísimo Barzan Ibrahim, a saber, la decapitación del reo provocada por un mal cálculo del verdugo o sabe Dios por qué. Los expertos también han aprovechado para instruirnos, no vaya a ser cosa que los peatones creamos que las ciencias y técnicas de la muerte carecen de hermenéutica, y nos han explicado, por ejemplo, con aterradora frialdad, que la muerte en la horca puede producirse, a) por fractura cervical, b) por asfixia y c) por decapitación. Ya saben una cosa más, pues: “la distancia a la que el preso ha de caer al abrirse la trampilla se debe calcular en relación a su peso, altura y físico”, un poner, 2,438 metros de soga para el supliciado que pese 56’625, o bien 1’836 ms para el que arroje en la báscula 72’48 kgs. Así, con decimales, en plan ciencia exacta. Están en la inopia quienes crean que el “Juez de la Horca” era un borrico entero. En realidad era un virtuoso.
                                                                xxxxx
Nuestros viejos verdugos le dieron a Daniel Sueiro hace años una crónica de primera mano sobre la crueldad legal que contribuyó no poco –eran todavía tiempos de esperanza—a disipar la dura opinión tradicional favorable a la última pena que forma parte del psiquismo y del iconostasio hispano. Escenas terribles hasta el absurdo como las que Berlanga zurció en su histórico peliculón, sólo que infinitamente más sórdidas, más execrables y, por descontado, más impías y más farisaicas, escenas atroces como goyescas, garrotes chapuceros como los del aguafuerte de Cela, patíbulos como el que en Valle retrató en la Moncloa madrileña rodeado de la golfemia madrugadora en un ambiente de trementina modernista y humazo de churrería –“Apicarada pelambre/ al pie del garrote vil…”—ni más ni menos feroz en su casticismo aparente que el de los pistoleros chiítas o sus rivales sunníes. Hoy, es verdad, parece que la opinión se va librado de semejante barbarie pero no es menos cierto que, en pleno corazón de la tiniebla, subsiste la pulsión vengativa y el designio homicida que todavía se mantienen o justifican en las democracias más carareadas. En USA se discute ahora la providencia de ofrecer a los condenados la elección del procedimiento fatal, como si cupiera un ápice de humanismo en esa alevosa perfidia que supone dar a escoger a un desgraciado, para mayor iniri, entre la silla eléctrica y la inyección letal. Este Occidente civilizado y faro de los pueblos no acaba de prescindir de la siniestra liturgia que es la penúltima manda heredada de la horda y se iguala en eso con los regímenes más cafres y despiadados que quedan del otro lado de la muga que separa la civilización del primitivismo. Rémy de Gourmont sostuvo que los defensores del cadalso tienen más afinidad con los asesinos que los que la combaten. Una conclusión tan obvia se encabrita como un escándalo ante esta nueva cabeza cercenada.

El coche fantástico

Ha sido más que divertido y elocuente el parangón establecido por Chaves entre los Estatutos de autonomía y los coches. El nuevo le parece a él “un vehículo moderno, de altas prestaciones y dotado con un motor político inspirado en las más avanzadas tecnologías” mientras que el que se va a derogar y sustituir no pasaba de ser “austero, pero fiable si se conducía con prudencia, todos cabíamos en él porque era el mejor de su gama aunque sin demasiados extras”. Se ve que el “síndrome Saldaña” lo ha marcado sin remedio pero cuando ya se pasa lo impasable es cuando asegura que “en esta ocasión nadie ha intentado vendernos mercancía de segunda mano”, lo que no tiene otra traducción posible que la de admitir que en 1981 sí que nos la colaron de rondón. A su partido, más bien, que fue el que llevó la voz cantante. Chaves gana mucho callado y se pone él solo a los pies de los caballos en cuanto abre la boca. 

Chaves no desciende

Los ciento cincuenta vecinos de Rociana que ayer se manifestaron ante la Casa Rosa, accidental residencia del presidente de la Junta de Andalucía, para pedir una entrevista con el mandatario al objeto de desbloquear la insostenible situación sanitaria del pueblo onubense que carece de médico de urgencias nocturno, no consiguieron, a pesar de sus reiterados intentos, que el alto dignatario bajara de su empíreo al nivel de los mortales. Lo más que lograron esos vecinos viajeros –cuarenta de los cuales hicieron los 74 kilómetros del camino a pie—fue entregar una carta a un edecán para que se dignara entregarla a aquel en cuyas manos está el destino de los andaluces. Chaves no desciende de sus cielos imaginarios. Así nos va a todos. Salvo a él, quizá. 

Ponerse de pie

Se me queja un amigo probado de su desolación ante el resurgir de la derecha que mejor que nada expresa su invasión del terreno de nadie que siempre hubo entre las dos manos de la polaridad. Le contesto, también desde la izquierda, que a mí lo que me quita el sueño no es tanto ese resurgimiento como nuestro despiste. Pocas cosas teme hoy tanto un espíritu de izquierda como que le pregunten en qué consiste –hoy—ser de izquierdas frente a lo que supone mantenerse conservador. Y ¿por qué será eso? Bueno, yo no lo sé, sinceramente, pero una vez que en una cena madrileña le planteé la cuestión al presidente Ibarra –el que se movió en la sombra el 11-M y siguientes, para entendernos—me contestó que ser de izquierda era trabajar “para resolver los problemas a la gente”, panacea programática que se diluye en su misma ambigüedad. El expresidente Borbolla suele decir con más sorna y retranca que de lo que se trataría es de “hacer cositas”, o sea, nada de zambombazos ni utopías, nada de revoluciones copernicanas o de las otras, sino progreso menor y concreto, mejora pian pianito de la suerte del personal. No sé, insisto, aunque estoy en mis trece, desde luego, de que ninguna de estas respuestas tiene que ver con lo que tradicionalmente la teoría entiende por izquierda, esa postura articulada en una concepción del mundo y la exigente axiología derivada de ésta. En la educación, por ejemplo, la hemos pringado sin remedio aplicando un cierto humanismo ilusorio derivado de la permisividad ácrata que puso de tiranía el 68, cuando por las paredes parisinas hizo furor el ultrajacobino eslogan de “prohibido prohibir” que acabó llevándonos a donde nos ha llevado. Si hoy un tío como Sarkozy puede arrancar ovaciones exigiendo restablecer el uso antiguo de que los alumnos se pongan en pie cuando el profe entra en clase es porque otros, durante un cuarto de siglo largo, hemos triturado hasta convertirla en fino polvo la indispensable noción de disciplina. La derecha, ya lo ven, puede vivir tan ricamente sin más que agacharse en la vieja huerta rival y recoger las coles abandonadas.
                                                                xxxxx
No se trata, por tantas razones, de perpetuar el absurdo dilema conceptual sobre si existe o ha periclitado la oposición clásica izquierda-derecha. Se trata más bien de aceptar que no hay ojo humano que distinga ya con propiedad entre los programas de una y otra, que no hay quién tenga pupila capaz de leer en la letra chica del progresismo confeso cosa distinta de la que podamos hallar en la derecha convicta. Sarkozy por ejemplo. A uno puede engorilarle más o menos doña Ségolène (a mí, sin ir más lejos, mucho más que a sus camaradas de partido, que han tratado denodadamente de hundirla en la miseria), pero no me pidan que eche en saco roto –como observador progresista, quiero decir—su proyecto de dignificación de la docencia, su apuesta por la “moralización del capitalismo” o la propuesta de reconciliación del laicismo con la libertad religiosa. Oigo a este “duro” decir lo que dice del trato que merecen los terroristas y me apunto, mal que me pese, a su tesis; lo escucho reclamar la exigencia de las obligaciones sociales junto a los derechos, y le pongo un nueve en mi contabilidad particular. Seguro, además, de que habrá una legión de sufridos profes españoles que habrán suspirado al enterarse de la mera posibilidad de unas aulas en las que el respeto no sea optativo sino obligatorio y la disciplina deje de ser un juego burocrático para convertirse en requisito de la enseñanza profunda. ¡No quiero ni imaginarme ante una urna frente a los retratos de ese Sarkozy que no es mi opción teórica y de una madame Royal, tan efectista en los sondeos, pero a la que todo lo más que logro sacarle en limpio son ambigüos rumores de un reformismo que los sociólogos de los 60 (Gorz y cía) llamarían, peyorativamente, “no reformista”. Ellos mismos militan hoy entre el ecologismo y el éter, no les digo más.