Comer y sanar

El otro día, en un coloquio informal y ‘off the record” en torno al profesor Badiola tras su “Charla de El Mundo”, un grupo de científicos mostraba, también “off the record”, por supuesto, su incomodidad ante la vasta operación que se lleva a cabo en el mundo contra los cultivos transgénicos. Esta sociedad está dominada por una suerte de miedo al ecologismo radical que seguramente no tiene otra explicación que la mala conciencia pero que es posible que esté causando perjuicios irreparables a la Humanidad doliente que se muere de hambre a chorros mientras aquí se discute si son galgos o podencos los frutos de la nueva agricultura. Una fotografía que ha dado la vuelta al mundo acaba de mostrarnos un grupo de “faucheurs” o destructores voluntarios arrasando un campo de maíz experimental cultivado por una multinacional americana, valga la redundancia, en territorio francés pero enseguida nos hemos enterado también de que, en Perú, acaban de cosechar con éxito un “arroz humanizado” en el que la inclusión de dos proteínas habituales de la leche materna consigue compensar la deshidratación provocada por la diarrea infantil, un azote temible, como se sabe, en vastas zonas del mundo pobre en las que las tasas de mortalidad infantil permanecen allí donde estaban cuando despuntó el neolítico. El mundo suficiente y bien alimentado no sabe qué hacer, en definitiva, ante este nuevo dilema planteado por el progreso científico que para unos representa la ocasión de vencer básicamente esas hambrunas mientras que para otro se presenta como la cara oculta y sombría de la explotación sin escrúpulos. Personalmente estoy en la idea de que, al menos a medio plazo, los “ecos” tienen la batalla perdida frente a tan poderoso enemigo, y desde luego conservo mis dudas de que este tipo de decisiones obstruccionistas puedan plantearse desde la abundancia sin consultar siquiera a los hambreados. Cuando la presunta pandemia de las vacas locas, Corea del Norte pidió a los organismos internacionales que no incineraran los cadáveres de las reses sacrificadas que en aquel país famélico se estaba dispuesto a consumir a pesar de los riesgos. El ecologismo es urbanita y desarrollado, y extrae su energía de una vieja trilita utópica que no posee mayores evidencias que los experimentalistas, quizá ése sea el problema.

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La sociedad opulenta va hoy que se mata, en todo caso, hacia una pseudorrevolución alimentaria que promociona la idea del alimento/fármaco, es decir, que nos tienta con el señuelo de que al comer podemos matar de un mismo tiro el pájaro negro del hambre y la paloma blanca de la salud integral. Así como en las parafarmacias de Manhattan pueden encontrarse amontonados igual los remedios contra el dolor que las pócimas contra la obesidad, en nuestros supermercados se multiplican a ojos vista productos que asocian a su virtud nutritiva supuestas propiedades farmacológicas que van desde la reposición del calcio incluido en la leche hasta la derrota del colesterol (malo) a base de remedios embutidos en el alimento. El ‘marketing’ tiene medio convencida a la parroquia de que el aceite de oliva es una panacea sin igual en virtud de ese ácido oleico que actúa a un tiempo como potente cardiotónico y como antioxidante enérgico, de la misma manera que ha incrustado en la opinión la sugestión de las virtudes sanadoras de la naranja o de ciertos frutos secos, o que el consumo de áloe –el remedio encomiado por Dioscórides hace veinte siglos—se ha disparado ya como presunto remedio eficaz en cien afecciones, incluidos los cánceres de mama o de colon. Es probable que nunca el desconcierto de la opinión ante la oferta haya sido tan grave como hoy, y que nunca dispusiera aquella de tanta información al servicio del despiste. De momento ya tienen ahí una “leche humanizada”, benéfica quimera con cabeza materna y cola de dragón. Detrás vendrá lo que tenga que venir aunque el ecologismo pinte su cruz verde en la puerta de todos los primogénitos.

Alcaldes y monterillas

 

Alcaldes condenados en Sanlúcar de Barrameda por cohecho y tráfico de influencias, el Ayuntamiento de Sevilla obligado por la Justicia a facilitar a la oposición municipal la localización de sus “obras fantasmas”, el de Fuente Palmera descubierto como un patio de Monipodio donde la contabilidad se llevaba a la pata la llana en la carpetilla del secretario, tres alcaldes malagueños, el de Marbella sin dejar de proporcionar sustos, los regidores de Banelmádena, Tolox y Gaucín, y varios ediles de diferentes partidos, acusados por la Fiscalía de delitos urbanísticos, líos escandalosos en Camas o en Almonte, en Chiclana o en El Puerto… Los Ayuntamientos tienen tanta razón en exigirle al Estado una “segunda descentralización” –dentro o fuera del Estatuto– como en exigirse a sí mismos un mínimo decoro en su gestión del urbanismo y en el manejo de dineros públicos. Porque si “careciendo” de esas competencias que reclaman hacen lo que hacen, mejor no imaginar lo que podrían llegar a perpetrar con todo el poder en sus manos.

Riá, riá, pitá

Protestas por parte de la oposición ante el silencio que guarda la Dipu en torno al escándalo que supone el alquiler en El Rocío de una parada y fonda para sus mandamases. ¿Y qué quieren que hagan, que expliquen lo inexplicable? El poder absoluto genera impunidad y la impunidad lleva inexorablemente al abuso, realidad por la que, en el caso de nuestra institución provincial, habrá que pedirle cuentas no sólo al PSOE sino a esa IU en quiebra vendida por un plato de lentejas, sin la cual el PSOE no podría, por ejemplo, irse de romería con gastos pagados. Suena como una chirigota invertida el alegato de un bocazas sociata recurriendo al tópico de los señoritos del PP para justificar este mangazo señoritingo perpetrado, no desde la derceha, ciertamente, sino desde la sedicente izquierda. Pero restalla como una pedrada en la vidriera la desvergüenza de estos mandarines que, por encima de críticas y mociones, lo mismo se autoponen piso en Bruselas que abren sede en El Rocío.

Esclavos del metal

Unos científicos acaban de probar en El Teide un robot explorador con el que se pretende descifrar el enigma marciano. Es uno más de la serie, pues ya la NASA hace años que recorre la superficie roja de aquel planeta con sus “rovers” capaces de escanear la materia, retratar el paisaje y, llegado el caso, husmear la vida en su entraña. En el río Tinto –a orillas del cual murió en su alquería, viejo y vencido, el poeta Ibn Hazam– también andan los sabios trajinando sobre la hipótesis de que la circunstancia física es semejante o muy parecida a la del “planeta rojo”. Pero lo inquietante de este futuro maquinal no está, a mi modo de ver, en parajes tan lejanos, sino en el paisaje íntimo, esencial, del saloncito en el que pasamos media vida pendientes de ese prodigioso robot hertziano por cuya pantallita desborda sin tregua tan enorme caudal de información y también, claro está, de desinformación, que se ha convertido en el juguete más preciado del Poder. La discusión sobre el robot tiene ya sus trienios y gira tradicionalmente en torno al dilema de si la máquina que ayude al hombre ha de ser antropomorfa o sencillamente funcional, un dilema que el maestro Asimov resolvió sin dudarlo a favor del androide –recuerden la prosa de “Yo Robot”—mientras que su rival Ray Bradbury apostaba por ingenios y artificios adaptados a su misión y nada más. Hace sólo unos días, en una preciosa entrevista publicada aquí, el padre actual de la robótica, Joseph Engelberger, nos ha dicho muchas cosas sobre el tema: que lo de menos es la forma, que lo que cuenta es la movilidad (él apuesta por la rueda, como los druidas), que la técnica está a punto y que, en consecuencia, más vale disponer el ánimo de manera que no nos sorprenda demasiado la visita del robot prevista para dentro de poco. Engelberger es un tío práctico, nada poético como la mayoría de sus colegas, y predica a favor de una sociedad en que el esclavo de metal nos haga la comida, atienda el cuerpo de casa y libere al caniche amaestrado de su diaria tarea matinal de ir al kiosko en busca del periódico. Desde luego, como la muchedumbre inmigrante que trabaja en nuestros hogares haya leído lo que decía el sabio, no me extrañaría que haya perdido el sueño.

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Comparto con Herbert Read la idea de que el futuro robotizado es tan ineluctable que más vale ir preparando ya “la redención del robot”, como decía él aludiendo al hombre mismo que, en su momento, eventualmente liberado de tareas y funciones, habrá roto en pura máquina él mismo y necesitará, en consecuencia, de una segunda educación. Read recordaba hace sesenta años que si Karel Capek, el satírico que inventó la palabra “robot”, había visto en su tiempo cómo el hombre se transformaba en máquina, nosotros estamos asistiendo en el nuestro al proceso inverso, esto es, a la reconversión de la máquina en algo humano, tal vez demasiado humano, un hecho no previsto en la evolución de las especies que puede que acabe siendo el desafío supino vivido por la Humanidad. Se discute esta temporada en los EEUU el proyecto político y militar de construir robots guerreros que permitan a los generales hacer la guerra sin bajas y a los políticos vender a tres pesetas los duros de su ambición. Pero el futuro está en la paz, como el propio Engelberger admite al hablar de esa vivienda futura de inspiración bradburiana, en la que el pequeño artefacto con brazos y ruedas nos haga las tostadas y friegue la vajilla tras el desayuno. Y uno no tiene más remedio que estar muy de acuerdo con Head, precisamente porque cuando el robot nos haya liberado al fin de la maldición bíblica del esfuerzo, nos habrá llegado el turno de educarnos a nuestra vez para salir del estado de máquina pasiva en que nos habremos sumido y que augura casi todo menos lo bueno. Por lo demás, suelo decir que la sociedad desigual inventó, de hecho, hace la tira, el robot perfecto que come las sobras en nuestra cocina y funciona con unas monedas a fin de mes.

El mal ejemplo

Dos noticias casi simultáneas: una, el presidente Chaves apoya al alcalde de Sevilla, Monteseirín; otra, el Juzgado sienta en el banquillo a varios colaboradores de este alcalde, famoso por el caso de las facturas falsas, entre otros. ¿Con qué autoridad moral podrá ese Presidente reclamar honradez en adelante, dentro y fuera de su partido, cómo se puede defender ante los ciudadanos a un alcalde contestado en demasiados frentes pero que, sobre todo, ha consentido presuntamente que funcione en su Ayuntamiento una trama dedicada a cobrar de la caja pública obras municipales jamás realizadas? Los políticos llegaron a la democracia con el cante de que la política era una pedagogía, y ciertamente lo están demostrando, sólo que, lastimosamente, al revés, es decir, enseñando al pueblo soberano a aceptar lo que no debe ser aceptado. Un pesimista decía hace poco que lo raro va siendo ya toparse con un político cabal que mantenga las manos limpias. Cada vez que entrevemos esta evidencia tememos con más razón la quiebra de las libertades.

El pleito más inútil

El comercio y los vecinos de la Isla Chica, el populoso barrio de la capital, se han puesto al fin de acuerdo con el Ayuntamiento y aceptado los planes municipales de reordenación de su zona tras la operación de venta del viejo Estadio que, por cierto, salvó al Recre. La historia ha sido larga, incluyendo un innoble pleito penal con el que la oposición quiso acabar con el Superalcalde, pero definitivamente va a terminar a base de concesiones mutuas y rebajas de todo tipo. ¿Quién ha perdido (tiempo, dinero, servicios?, los políticos enredadores o el pueblo soberano? Pues habría que decir que éste último, si no fuera porque, en realidad, es la propia democracia la que más sufre soportando estos trajines. Se ha tardado años, se ha gastado mucho dinero, se han desperdiciado energías y perdido mucha confianza pública, total, para ver cómo acababa saliendo a hombros la vieja propuesta. Debería funcionar un sistema para exigir responsabilidades a los enredadores partidistas. Como no existe, habremos de conformarnos con que, al menos, sus zancadillas no logren derribarnos.