Vuelva la corbata

Hoy es la prensa italiana la que nos proporciona el motivo de esta reflexión ligera en la que pretendemos, seguramente de manera ingenua, poner en evidencia en lo posible algunas de las innúmeras contradicciones con las que nos hemos habituado a convivir. Dice la noticia en cuestión que la dirección de Ópera de Milán, ese santuario perenne de la “high society” y del turismo caro, acaba de imponer –más bien de reponer—el uso obligatorio de la corbata como complemento forzoso del atuendo masculino, al menos en sus sesiones de estreno, al tiempo que recomienda a las damas acudir al local “vistiendo adecuadamente”. La medida ha provocado, como era de esperar, reacciones bien distintas, pues mientras algún director emérito la defiende en función de la condición “histórica” de la vieja sede, no podía faltar la voz de Darío Fo avisando sobre los eventuales efectos discriminatorios que podría causar, en especial entre el personal joven, tan poco afecto a la controvertida prenda. La discusión sobre la corbata vuelve una y otra vez al candelero, como volvió cuando un presentador de la tele atacó su telediario descorbatado y hubo quien vio en ello desde un signo de connivencia progresista hasta una demagógica señal dirigida a la inocencia de ciertos sectores primarios de nuestra sociedad. Hay por ahí una curiosa “Historia de la corbata” en la que Alan Flusser resume y aclara tanto el origen militar de la prenda –la “cravette” que Luis XIV tomó copiada a cierto regimiento de caballería craota para imponerla a uno que acaba de crear– como la curiosa deriva posterior de esa prenda para cuyo manejo el idiota de ‘Beau Brummel’ necesitaba el concurso de varios criados antes de que el psicoanálisis unidimensional viera en ella –como pudo ver en el bastón o el paraguas que esgrimían los caballeros– un símbolo fálico acorde con las exigencias simbólicas del patriarcado.
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Habrá que encorbatarse en adelante, pues, para entrar en el templo milanés, como siempre ha habido que hacerlo en esos grandes restaurantes que disponen en el guardarropa de una disuasoria colección de corbatones pasadísimos para humillar doblemente al comensal que se pliegue y acepte unas reglas del juego que nadie hubiera podido exigirle a Gandhi o a Mao, pongamos por caso. Sólo el marqués de Villaverde, que yo recuerde, se libró de esa exigencia cuando dio en la peregrina farsa provocadora de adoptar la moda china, rebeldía indumentaria que no pierde su capacidad sugestiva por más años que pasen como demuestra este desafío lanzado ahora a los cuatro vientos por la primera Ópera del planeta. Manolo Vázquez Montalbán aseguraba haber visto visones en alguna sesión estival de el Liceo barcelonés y Antonio Burgos dictaminó hace tiempo –creo que con motivo de alguna imposición corbatil decretada en una Audiencia andaluza—que el problema en nuestra Justicia no era tanto el de las corbatas de letrados y pleiteantes como el de los pantalones de los jueces, una conclusión que cobra plena actualidad con la que está cayendo. Sé de sobra que nunca habrá acuerdo en este punto que tantas veces dimos por superado pero que ahí sigue, como empeñado en darle la razón a Oscar Wilde cuando decía aquello de que el primer paso importante en la vida de un hombre era aprender a hacerse, de manera medianamente aceptable, el nudo de la corbata. Aparte de que esta vieja discusión reaparece siempre como nube de verano y se esfuma sin dejar rastro como no lo dejó la polemiquilla suscitada por la “provocación” de Milá en su medianejo telediario. Los corbateros se saben a buen recaudo una vez visto y comprobado que cada vez que los jacobinos la toman con ese corbatín por considerarlo elitista y monarquicón, los estrategas de la Restauración –no falla– se apresuran a ajustarnos nuevamente el nudo de seda en el gaznate.

Idiotario tras un fallo

“El consejero de Presidencia debe dimitir tras la decisión de la Junta Electoral Central de prohibir el lema de la campaña institucional del Referéndum”, Julián Álvarez, secretario general del Partido Andalucista. “Al PSOE le va tan mal que le falla ya hasta la publicidad”, Javier Arenas, presidente regional del Partido Popular. “Respetamos escrupulosamente el fallo de la JEC”, Manuel Chaves, presidente de la Junta de Andalucía. “¿Qué puede haber más nuestro (por referencia al lema “Muy nuestro”, declarado ilegal), más de todos los andaluces y andaluzas, que un Estatuto que habla del futuro de los ciudadanos de Andalucía?”, Diego Valderas, coordinador regional de Izquierda Unida (IU-LVCA). “El derechista Gustavo Bueno ataca al Referéndum de autonomía”, titular de la competencia. “La decisión de la JEC de prohibir a las Administraciones fomentar el voto a los ciudadanos me parece absolutamente arbitraria y posiblemente anticonstitucional”, Concha Caballero, portavoz de IU en el Parlamento de Andalucía. 

El culo de España

No se decía desde que Unamuno (si es que lo dijo) lo dijo de la isla canaria donde lo desterró Primo de Rivera, pero lo ha dicho el diputado provincial del PSOE onubense Francisco Sánchez: “Huelva está en el culo del mundo”. Ahí queda eso, para que su vecina de escaño, la sofisticada candidata a la alcaldía, tenga ocasión de hacerle un mohín de reproche y los estrategas de la mesa-camilla se animen a darle un cosqui en condiciones a semejante lenguafloja. El PSOE –pero también IU, el PA y hasta la tránsfuga bienpagada—están de acuerdo en que se prive al Polo onubense de ese instrumento que es el tráfico de contenedores, algo que habrá que recordarles –a todos—la próxima vez que saquen la bandera de ese Polo tratando de darle con el asta al alcalde o a cualquier otro adversario. No sabemos qué puede impulsar a ese huelvano a decir que Huelva es el culo del mundo aunque, bien pensado, no resulta demasiado difícil conjeturarlo. Eso sí, todos y todas  los/las que callaron antier en la Dipu comparten el agravio que ese grosero indocumentado ha tratado de inferirle a la capital y a la provincia.

El cierre categorial

Buena se ha armado con los comentarios de Gustavo Bueno al futuro Estatuto andaluz. Le han dicho de todo y hasta le han pedido –¡van listos!—que rectifique o se la envaine por decir que ese texto está redactado desde una “incoherencia total”, o sea, más o menos lo que muchos andaluces, algunos señeros, vienen diciendo hace tiempo, o por afirmar que supone un ataque a la unidad de España y que sus arrebatados amanuenses no saben de qué va la vaina cuando hablan de una Andalucía milenaria, ya que Al-Andalus es –y a ver quién le discute eso al autor de “El cierre categorial”—“una denominación medieval que tiene que ver con los vándalos y con el Islam”. Lo he llamado por teléfono, en plan maestro Muñoz Rojas, y me lo he encontrado abismado , como siempre, en su trabajo, bajo la ola de frío que mantiene al Principado en una tiritona: “¡Pero, hombre Gustavo…!”. Hay filósofos lejanos, descomprometidos con su realidad, más atentos, en definitiva, a darle al manubrio del ludibrio y a entretener al personal con sus juegos malabares, un personal que se siente por encima de la gentecilla del común y cree –salvadas las distancias, como los redactores del preámbulo famoso de Estatuto–  que es como más propio de su dignidad intelectual enredarse con afirmaciones del tipo de “El ‘quien’ del Dasein soy ‘yo mismo’, pero soy yo sólo en la medida en que ‘soy con’ ”, no sé si me comprenden, o tal vez que ese ‘Dasein’, como ser determinado, “es negación de la negación en tanto que es por la exclusión de otras entidades que no son él”. Y los hay como Gustavo que tienen el cuajo de sostener en plena tele, para que se les entienda todo,  qué qué coños es eso de que toda opinión haya de ser respetable,  y poseen la entereza necesaria para espetarle al personal que su escepticismo teórico frente a los nacionalistas andaluces es simétrico del que siente por el de los vascos. “¡Pero, hombre, Gustavo…!”, intento de nuevo. Todo inútil. Los filósofos son muy suyos y existen escasísimas probabilidades de que sus conclusiones cuelen por el filtro conceptual de los políticos a no ser que se alíen con ellos en una alianza para ambos ventajosa. Ahí tienen a Heiddeger, ya que con él estábamos.
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Habrá que hacerse el cuerpo a que nos caigan encima críticas demoledoras como las que el otro día hizo en este diario José María Vaz de Soto al estilo del texto estatutario, o las que le lanza ahora, con su habitual “incorrección”, este provocador emérito que es, no cabe duda, por más que le pese a los tabardillos de los “aparatos”, uno de los espíritus más claros que van quedando en este desierto moral, el autor hilarante y buido de “ZP y el ‘pensamiento Alicia’ ”, de “El mito de la Izquierda” o del “panfleto contra la Democracia Realmente Existente”, o el razonante implacable que estableció en “El cierre categorial” un horizonte noológico que guardo ínfimas esperanzas de que lleguen a arañar siquiera algunos de los alguaciles que, desde la nómina de los partidos, le exigen ahora silencio a quien no calló siquiera mientras ellos se escondían acurrucados debajo de la mesa. Van a decirnos muchas cosas, como si los andaluces tuviéramos la culpa de la insolvencia gramática o de la inopia historiográfica de los mercenarios que se han inventado este engendro que nadie hubiera aceptado si, por hache o por be, no hubieran necesitado aceptarlo todos. Va y viene estos días Gustavo Bueno de Oviedo a Sevilla, transeúnte desde su corazón  a sus asuntos, sin dejar de pensar ni tragar un solo gazapo, que es lo suyo, aunque eso le resulte extravagante a los convencionales autómatas de la “corrección política”. Y se ha leído de la cruz a la raya el infumable texto que nos han encalomado los manguitos para el referéndum que viene, atónito ante los géneros desdoblados, rebelde ante la falacia histórica, irritado por la camelancia política. “¡Pero, hombre, Gustavo…!”, lo intento una vez más. No me hace ni caso.

El avestruz político

Es curiosa la manía –pan de hoy, hambre para mañana—que le ha entrado a los responsables políticos por negar las graves consecuencias que cierto sector de la población inmigrante está provocando –y ese es un hecho, no una cábala y, menos aún, un prejuicio—en la vida española. A la negativa del Gobierno a aceptar el secreto a voces de las bandas juveniles de Alcorcón se junta ahora en Andalucía el mentís del Ayuntamiento almeriense, empeñado a su vez en que los recientes disturbios ocurridos en la capital (definidos por la policía como una “multitudinaria batalla campal”) nada apuntaba a la existencia de bandas, absurdo que la jueza encargada del caso ha cortado de un plumazo. Burdo error el de disimular unos hechos cuyas consecuencias pueden ser irreparables cualquier día como ya lo han sido tantas veces. No hay progresismo alguno en esos ojos cerrados que no quieren ver lo evidente, pero sí un riesgo severo para una paz social administrada por semejantes avestruces. 

Paños calientes

La izquierda militante y en nómina de la Diputación ha tratado de conjurar la amenaza disidente del único concejal de IU en el Ayuntamiento, quien se ha opuesto, con toda la razón del mundo, a la decisión de RENFE, consentida por el Gobierno de Madrid, de cerrar el servicio multiclientes de contenedores de RENFE. Juntos y revueltos, trásfugas comunistas a sueldo y trásfugas del PP junto con la legión sociata han pedido “diálogo” –¿les suena?—en lugar de oposición y gaitas templadas en vez de legítimas protestas. Una actitud que el electorado onubense es muy libre de considerar en libertad y como crea oportuno, pero que, en cualquier caso, corrobora que el relevo de ese concejal solitario y meritorio que es Manuel Rodríguez no responde a otra lógica que no sea la del desalojo partidista. Ese pacto den al Dipu para acallar cuanto se le niega o regatea  a Huelva –AVE, aeropuerto, contenedores—es una vergüenza además de un cambalache. Rodríguez debe de haber pensado que mejor solo que mal acompañado.