El frontón

Ni un día sin ‘pelotazo’, ni un respiro para la esperanza. El que acaban de dar en Gibraleón en el último minuto es de órdago pero cuenta con las bendiciones del mismo partido que publica cada media hora un ‘decálogo’ contra las corrupciones. Aunque, claro está, la responsabilidad no es de los pelotaris, que van a lo suyo, ni siquiera del encargado del frontón sino de quien, desde arriba, consiente inhibido continúe el espectáculo mientras la taquilla responda. Lo de Gibraleón, por ejemplo, se va enredando inextricablemente en una madeja de cambalaches con tránsfugas y pactos con amigos políticos que parece mentira que no hagan estallar, de una vez, la burbuja de la paciencia cívica. Transfuguismo y ‘pelotazo’ van de la mano en demasiadas ocasiones dentro de este frontón en el que la única ley es que gane el más fuerte y el más rápido. El resto lo pone la desmoralización general, el concepto que el pueblo va teniendo de que esta merienda no tiene arreglo. 

La perra vida

En una divertidísima crónica que nos envía desde Manhattan Carlos Fresneda nos enteramos de que la psiquiatría perruna ha decidido “humanizar” sin reservas la terapéutica tradicional incluyendo la magia de la flouxetina, o séase, del famoso ‘Prozac’, en el tratamiento de las depresiones caninas y gatunas. Lo ha hecho así al convencerse de que no sólo los estados de visible ansiedad mostrados por muchos animales solitarios, sino también su eventual agresividad inmotivada con sus propios benefactores, respondían a los mismos motivos que determinan la enfermedad humana, razón por la cual tenía lógica plena aplicar a esas especies los remedios que tenían probada su eficacia con la nuestra. Hace años tenía yo un perro fiel que calmaba sus gemidos de madrugada sólo cuando acertaba a darle la mano, una experiencia que me descubrió la cercanía que aproxima a todos los sueños y, en consecuencia inevitable, el parentesco emocional existente entre el psiquismo de las diversas especies, por debajo de la opacidad que a las otras impone la ausencia de la palabra. Tiene plena lógica que los animales se depriman y razón sobrada la que sugiere que a males iguales se apliquen iguales remedios, planteamiento tras el cual han conseguido los etólogos recuperar de un orangután anulado sexualmente por la depresión o frenar las “explosiones emocionales” de una gorila paciente de sus trastornos menstruales. Mis amigos perdiceros administran aspirinas y antibióticos a sus reclamos con un tacto que envidiaría el granatario y se cuenta –aunque con muchas posibilidades de que se trate de un apócrifo—que hubo una mimada ‘starlet’ holliwodense que hizo visitar a su boa durante años por un afamado médico. Puede que sea cosa de reconocer de una vez que la depresión no es sólo una dolencia de políticos cesados, toreros con pájara o amas de casa infravaloradas sino un síndrome que concierne a todo el reino animal, y de modo llamativo, como es bien sabido, a los policías municipales.
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Nada que objetar, por supuesto, al desvivimiento de esos dueños esclavizados por sus mascotas que, según afirma la ciencia, tendrían, en general, una salud más precaria que la media, sería fumadores más compulsivos y más proclives al sobrepeso que los que carecen de su compañía. Quien más quien menos hemos pasado por la piedra de algún avispado albéitar que nos ha cobrado un riñón por analizarle la creatitina en el suyo a nuestro amigo ladrador, y hasta hemos elegido con esmero esos alimentos recomendados que las malas lenguas sugieren que les gustan tanto a nuestros bichos porque contienen sigilosos adictivos que los encadenan con cepo invisible. Lo único objetable tal vez pudiera ser el contraste entre la diligencia con que cuidamos a esas mascotas y la relativa indiferencia con que vemos abismarse, con tanta frecuencia, a esos niños, ancianos o enfermos que han de soportar a pelo la tristeza de su soledad, sin fluoxitina que valga y menos sin la mano consoladora. Cuenta Fresneda que el veterinario recurre en USA con frecuencia, junto a la administración de la píldora, a terapias de conducta, y que con esa terapia mixta ha conseguido fenomenales resultados hasta convertir el uso de antidepresivos en algo común entre los afortunados animales de compañía. Al margen quedan, al parecer, los osos cautivos, inconsolables y neuróticos sin remedio en sus zoos de cristal, reactivos al remedio como si de enfermos rebeldes se tratara, como si no la conducta obsesiva fuera, además de un síntoma morboso, una forma de protesta por la pérdida de su libertad. La crónica lejana me ha devuelto a la más próxima realidad y me he preguntado con cierta angustia la razón por la que el malestar del hermano perro pueda conmovernos más que el chiquillo estabulado en su ‘parque’ o el abuelo olvidado.

El truco de doña Cándida

Esta vez no es éste ni el otro, ni siquiera el de más allá, sino la mismísima Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales la que le ha dado el coscorrón definitivo a la consejera de Cultura al desacreditar en voz alta tanto las preguntas de control que se plantean a los alumnos como los métodos de evaluación empleados, pues en ambos parece que vislumbra la Academia la intención monda y lironda de obtener los resultados menos malos posibles, una vez que el prestigioso (y no discutido más que aquí) Informe PISA pusiera de vuelta y media nuestra realidad educativa. El truco era de lo más chusco y, además, ha quedado en evidencia, como la bolita de los malos trileros. Lo cual no afectará a la carrera política de una consejera enfrentada a la comunidad escolar casi en pleno pero que encaja a las mil maravillas con la mediocridad y el friquismo que, unidos al desahogo, tanto parece agradarle a Chaves entre sus colaboradores directos.

Cuestión de palabras

A Giahsa, ese monopolio frustrado respaldado por el PSOE, le ha salido mal también la jugada de reclamar el oro y el moro al portavoz del PP triguereño por haber dicho –y coloquialmente, a ver quién da menos—que la multiplicación por tres del precio del agua potable en Trigueros, llevada a cabo por la mimada empresa pública, constituía “un robo”. Mera cuestión de palabras, evidentemente, bajo la que subyace la realidad de una desastrosa operación que le costó la alcaldía a Domingo Prieto, es decir, a su partido, a pesar del peso político que ese político experimentado tuvo siempre y tenía entonces. El leñazo del Supremo es tremendo, como puede comprobarse en la sentencia que ni ve en la expresión del “popular” insulto alguno teniendo en cuenta el ámbito en que se produce, ni deja de ver en el propio recurso un intento no poco temerario de achacar a los anteriores juzgadores debilidad bajo presuntas presiones. Un palo en condiciones, sin duda. Giahsa haría bien controlando su ambición y no metiéndose en política

Picos pardos

La autoridad concejil de Ámsterdam, capital permisiva  con la prostitución donde las haya, no conforme con mantener la antigua lonja en que el puterío exhibía sus gracias en los famosos escaparates, anda pensando en elevarle un monumento a la hetaira que debería estar listo para marzo, ser de bronce y representar a una moza de partido “‘apoyá’ en esquicio de la mancebía”, los brazos en jarra y la mirada prendida sesgadamente del cielo. Responde así la autoridad a la propuesta de una antigua profesional, Mariska Majoor, dedicada actualmente a regentar un centro informativo para sus antiguas compañeras que se ha hecho merecedor en poco tiempo del respeto de muchos ciudadanos, a pesar de lo cual, parece que nadie quiere ver levantarse en su vecindad una estatua que, sin duda, nace destinada a convertirse en emblema de la ciudad. Es el fin de la proscripción, en definitiva, el acabóse de una tradición que ha venido considerando el negocio de la carne como algo inevitable aunque pecaminoso y, en consecuencia, denigratorio a pesar de ser, como decía el santo de Hipona, “un mal necesario”, tan necesario para el peatonaje como la cloaca para la ciudad (sic), una vieja metáfora agustiniana de lo más impío y de lo menos humanista que quepa imaginar. No es nuevo el debate sobre los derechos de las putas, expresamente reconocidos –aunque de aquella manera, por supuesto– por el Rey Sabio en Las Partidas o sesudamente razonados por juristas tan notorios como el “presidente Covarrubias” o el padre Domingo de Soto, que no veían modo de argumentar contra el “contrato” de facto que implicaba la entrega del cuerpo al dueño del dinero. En la España del siglo XIV se impuso a las colipoterras la obligación de vestir ropa específica –los famosos “picos pardos”—para diferenciarse del común de las decentes, siquiera teóricas, cuya honrilla exigía la segregación de las otras mantenidas de sus maridos. Pero sería la reacción tridentina a partir del XVII la que intentara, con inútil severidad, cerrar los prostíbulos y penar el lenocinio. La prohibición de Franco fue ya un puro anacronismo y la reciente de Barcelona un escarnio que metía en un mismo paquete a putas, mendigos y vendedores ambulantes. A las putas no han sabido ponerlas en su sitio más que Quintero, León y Quiroga.
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La polémica actual es, de todos modos, como saben ustedes, más compleja en la medida en que quienes defienden a las meretrices andan divididos e irreconciliables entre reguladores y abolicionistas, es decir, entre quienes creen que lo que el Estado debe hacer es proteger a la mujer que dispone libremente de su cuerpo, y quienes opinan que ese derecho implica una degradación que más vale combatir en su raíz. Ni entro ni salgo. Erigirle un monumento a las putas no deja de ser una decisión descomunal que, sin embargo, es probable que no disgustara a Quevedo o a Moratín. De un cardenal laico francés (y no hay más que uno, así que echen la cuenta) se afirma que falleció feliz en un prostíbulo, leyenda calcada de la que se atribuye a un insigne historiador católico español (y tampoco hay tantos) sorprendido por la Parca en plena proeza, y hay en nuestro descreído XVIII cuentos a manojitos sobre frailes y pelanduscas. Quema en las manos este tema jodido. Se asegura que cierto líder libertario llevaba en sus campañas un vagón dispuesto para el “descanso del guerrero” pero que hacía fusilar sin miramientos a las putas que agarraban males contagiosos. O que Luis de Baviera se encoñó hasta la locura con Lola Montes en una novela que no podría imaginar el mismísimo Merimée, gran admirador del ‘ganao’ que ofrecían los lupanares patrios, como tantos viajeros románticos. ¡No las convidaba Alejandro VI a sus festines! Pues eso. Para la primavera habrá que darse un voltio por Ámsterdam para comprobar ‘in situ’ esta apoteosis de la ramería. Peores monumentos hemos visto todos. Y sin decir ni pío.

La deuda perdida

El Tribunal Supremo, mayoría sociata entre sus manguitos, ha dicho alto y claro que de “deuda histórica” nada de nada, que eso estaría muy bien para dar por saco al PP mientras duró el exilio en la Babilonia autonómica, pero que el Estado no puede andar metiendo año tras año en sus Presupuestos sus presuntas o efectivas deudas con las regiones. Los catalanes han sido mucho más listos, y se han hecho blindar los planes de inversión, es decir, no se han entretenido en hincarle el diente a la moneda sino que han abierto el saco con una mano manteniendo el trabuco electoralista con la otra. Nosotros, en cambio, hemos pasado ocho años de bronca con Madrid pero hemos perdido hasta el último real a cambio, eso sí, de votos para Chaves. Vamos a ver qué hace Chaves ahora, si es que hace algo, qué le dice a su partido en Madrid, y cómo valora esta decisión –seguro que respetadísima—de esa suprema corte que cuenta con indiscutible mayoría de su partido.