El caso del cura que podría ser alcalde

Continúa la polémica provocada por la iniciativa del cura de la localidad malagueña de Cómpeta, José Luis Torres Gutiérrez, de presentarse a las próximas elecciones municipales en el mismo pueblo donde ejerce su ministerio. Entre opiniones favorables y discrepantes, tanto el Defensor del Pueblo, José Chamizo, como el cardenal de Sevilla, monseñor Carlos Amigo, se han pronunciado en sentido favorable condicionando el hecho insólito a la “necesidad pública” que pudiera justificar la participación política del sacerdote, un argumento de relieve que, seguramente, influirá de modo decisivo en la cuestión tal como esta siendo planteada, en el sentido de que la elemental separación de funciones entre la Iglesia y el Estado pudiera compatibilizarse, por esa necesidad invocada, garantizando la neutralidad efectiva del candidato. No resulta fácil oponerse al hecho de que un cura sea libremente reclamado por su feligresía para contribuir a la recta administración de la cosa pública siempre que no se confundan los límites ni se perturbe aquel principio básico.

Un polvorín no es una broma

La apertura de diligencias informativas por parte de la Fiscalía en torno a la situación de abandono del polvorín de Riotinto, denunciada por Ecologistas en Acción supone un nuevo paso en el imprescindible esclarecimiento de unos hechos difícilmente aceptables. Nuevos detalles aportados por el grupo ecologista contribuyen a aumentar la inquietud pública, toda vez que asegura que, junto a la absoluta desprotección del citado depósito de sustancias eventualmente peligrosas, la propia documentación –el Registro de entrada de la explotación abandonada– se halla al alcance de cualquiera, con el consiguiente riesgo. Cuesta entender a qué espera la autoridad gubernativa para, además de vigilar ese polvorín, tomar la decisión de retirar las misteriosas sustancias que, en le caso de resultar amenazantes, ciertamente podrían estar ya y desde hace tiempo en las manos menos aconsejables.

La física mental

Hace muchos años que los estudiosos de Chu Ku Tien, aquel descomunal hallazgo paleontológico que dio un vuelco a la antropología, discutieron con vehemencia sobre las razones que pudo tener el caníbal primitivo para considerar el cerebro del enemigo cazado como manjar predilecto. El propio padre Teilhard terció alguna vez en ese batiburrillo para proponer sosegadamente que la idea de que la ingestión de un órgano permitía al comedor asumir las virtudes de su anterior propietario era la que movía al predador humano más que la no poco inverosímil teoría de la búsqueda de proteínas divulgada, sobre todo, a partir de ciertas interpretaciones vulgares de las fértiles ocurrencias de Marvin Harris. Es decir, que el hombre asumió bien pronto que la facultad de pensar, que tan agudamente marcaba las distancias entre su especie y las otras, radicaba en el cerebro, y hasta es posible que, al menos durante algún tiempo, hiciera compatible esa convicción con las diversas hipótesis –ya más avanzadas culturalmente– sobre la residencia orgánica del alma o principio vital. La obsesión por conocer ese órgano prodigioso ha llevado al hombre a tratar de averiguar sus funciones y a proponer su localización en sus distintas áreas, y es cierto que no siempre -recuérdese la amarga experiencia de las primitivas lobotomías– con criterios seguros ni con intenciones aceptables. Una obsesión que no cesa, como esta misma temporada se encargan de probar los diversos descubrimientos, más o menos fiables, que nos llegan desde la neurofisiología. Unos sabios acaban de proponer, por ejemplo, la localización exacta de la función intencional como no hace tanto otros colegas suyo proponían la hipótesis de que la predicción no era más que una función orgánica ubicada en una región bien definida, a saber, la situada a la izquierda del córtex y comprendida entre el cerebelo posterior derecho y el procuneus izquierdo. Más allá del escepticismo (que no deja de tener sus razones, desde luego) forzoso es admitir que la ciencia libre ha acabado por confundir inextricablemente la mirada materialista con la que ingenuamente ha reclamado para sí, durante siglos, la legión de cruzados del ánima.

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Comprendan que, en cualquier caso, el hallazgo de la sede de las intenciones suena no poco a fantasía inquisitorial por muy fundamentado que el hallazgo esté desde un punto de vista científico. No nos faltaba más que, además de la presunción de que nuestra capacidad predictiva puede ser controlada por el aprendiz de brujo, se nos descuelguen ahora los sabios pretendiendo que son capaces de controlar nuestras intenciones más escondidas, algo que, de confirmarse algún día, supondría ni más ni menos que el fin de esa autonomía psíquica en que tradicionalmente hemos fundado nuestra monarquía animal. Casi al tiempo de leer la noticia me encuentro ya por ahí, miren por donde, alguna enérgica refutación de su hipótesis, pero hay que admitir que la discrepancia en este terreno no supone gran cosa además de pertenecer en exclusiva a la cofradía de sabedores que es, como se sabe, una de las menos unánimes entre las que puedan encontrarse en el género humano. No quiero ni pensar, eso sí, en que algún día la técnica para conocer la intención quede al alcance, si no de cualquiera, al menos de esa elite prometeica que parece empeñada en liquidar el misterio de la vida hasta en sus raíces más profundas. Cioran decía (ya lo he contado aquí alguna vez) que todo persigue a nuestras ideas, empezando por el cerebro. Pero uno tiene la sensación de que es la ciencia la que nos persigue, benéfica y dañina, civilizada y bárbara, tortuga o lebrel que nos empuja hacia delante mordiéndonos los talones. Alguna vez leí que Torsten Wiesel calculaba “en un siglo o un milenio” el tiempo que necesitaríamos para comprender el cerebro. Hay días, como hoy, en los que me apunto al segundo plazo.

Máximos y mínimos

Tanto decir que la nueva carta andaluza era un Estatuto “de máximos” que no dejan de llamar la atención los primeros frenazos de la Junta a la hora de aplicarlo. La llamada “deuda histórica”, mismamente, ya ni está tan clara –ahora la niegan en público hasta los intelectuales orgánicos más acreditados– no es tan urgente como para que no se pueda pagar a plazos. Y en cuanto a la Agencia Tributaria –otro trasplante catalán–, nada de autonomías profundas sino la “colaboración más estrecha” entre el futuro órgano regional y el de toda la vida, que el Gobierno conservará, al menos de momento. ¿Qué máximos eran esos, aparte de las utopías y los brindis al sol? Es probable que la aplicación de ese Estatuto con tan escaso respaldo popular vaya descubriendo sin remedio la falacia en que se ha basaba la desmedida y fracasada campaña de la Junta y sus aliados. Mientras, claro está, el modelo catalán se estira y, en efecto, fuerza máximos incluso por encima de la letra escrita. Un fiasco tras un fracaso. Si ése es un balance aceptable, que venga Dios y lo vea.

La ‘delega’ ni se entera

Tras la importante denuncia de los ecologistas y con muy buen criterio, la Guardia Civil ha puesto bajo estrecha vigilancia el polvorín de las minas de Riotinto, abandonado a suerte por los explotadores (nunca mejor dicho) de la etapa anterior, una medida mucho más apropiada que el anunciado propósito de la alcaldesa de “comprobar” qué hay depositado en él, que desde luego, no ha de ser nada bueno. Cuando estamos viviendo el espectáculo inconcebible de las circunstancias que hicieron posible la matanza de Atocha, la simple idea de que en ese polvorín tal vez hayan estado al alcance de cualquiera materiales altamente peligrosos resulta descabellada y descalifica, además, la imagen de una subdelegación del Gobierno que no cae en la cuenta de riesgos an graves como elementales. Si se llegara “comprobar” que, en efecto, hay explosivos en la mina a disposición del primer insensato o criminal que se de una vuelta por elle, habría que pedirle a esos responsables gubernativos algo más que unas excusas formales.

El canguro de Noé

No descansa la carcundia americana, especialmente esa división creacionista que tan descomunal batalla mantiene con las huestes del evolucionismo darviniano, es decir, con la práctica totalidad de la comunidad científica contemporánea, descontados de ella los cerebros que Arthur Clarke –el novelista de ficción cuya imaginación abrió el camino a la comunicación por satélite o al llamado “ascensor espacial”– ha calificado alguna vez, con las del beri, como “teocientíficos”. Ya conocen la pelea que se traen los fundamentalistas en las escuelas yanquis de las que han logrado ya en ocasiones suprimir por las bravas la enseñanza de la “teoría de evolución” cuando no condicionarla severamente sobreponiéndole la vieja teoría del “modelo inteligente”, es decir, el dogma de la creación “ex nihilo” (esa grave aportación del judaísmo a la cultura de Occidente) tal y como es consagrado en el “Génesis”. Pero ahora se trata de controlar también la difusión cultural en Internet, y en concreto, de contrarrestar la influencia creciente de ‘Wikipedia’, la famosa enciclopedia ‘on-line’, considerada por el integrismo neocom como un instrumento sibilino puesto al servicio de la lucha contra el viejo dogma y el ideal americano no se sabe bien por qué oscuras potencias del Mal. Y en efecto, un abogado y escritor notorio, Andy Schlafly, bien conocido por su militancia religiosa, ha tenido la idea de contraponer a aquel proyecto enciclopédico una “versión alternativa”, ‘Conservapedia’, sin otro fin que contrarrestar sus celebrados efectos por otros declaradamente parciales y que renuncian de modo expreso a cualquier fundamento que no sea el magisterio bíblico o la enseñanza eclesiástica. Un canguro, por ejemplo, no es en esta contraenciclopedia, como era en la anterior, simplemente el prototipo de los macrópodos descrito por vez primera por el capitan Cook, sino que sería el descendiente de la colonia de marsupiales que el desdichado Noé embarcó previsoramente en su Arca para burlar la catástrofe del Diluvio, y un homosexual, por su parte, no pasaría de ser un simple apestado sobre el que pesa la bíblica sentencia de muerte, ya saben, la que anunciaba (¿o proponía?) que su sangre cayera sobre su cabeza. Un canguro, un homosexual: no les digo nada si se les ocurre preguntar en esas páginas que cosa sea o fuere un comunista.
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 El propio presidente Bush, esa minerva, es partidario de reconsiderar la ominosa idea de que una especie como la nuestra, divina y humana a un tiempo, viene de arriba abajo desde el pez que salto a la orilla al chimpancé, balanceándose en la liana de una filogénesis que desde un principio ofendió a los “espíritus sensibles”. Pero más inquietante me parece el hecho de que una también creciente legión de americanitos medios –hay ya varios Estados, insisto, en los que rige la proscripción escolar de esa teoría científica– vaya sumándose al proyecto hasta ahora hibernado bajo el casquete incontestable de la evidencia científica y del progreso de ella derivado. Los EEUU son el gran país tocquevilliano de Poe y Faulkner, la patria de acogida de Einstein, la tierra de Walt Whitman y la patulea de premios Nobel, la democracia capaz de derribar presidentes tramposos o de salvar cal planeta de las tiranías…, pero también, ay, el solar oscuro del ‘pogrom’, el bárbaro teatro del KKK, la reserva del patriotismo imperialista que comenzó con la “doctrina Monroe” y va ya por la doble debacle de Afganistán e Irak o del insensato proyecto de sustituir el Pensamiento por la Revelación, así por las buenas, yendo a buscar el canguro al Arca o lanzando el cantazo sobre el sexo distinto que, por cierto, fue considerado enfermedad oficialmente hasta no hace más que unos treinta años. Muchos críticos han señalado la ocurrencia de ‘Conservapedia’ de fundar el elogio de Newton en que vivió soltero y murió virgen. Descontado lo segundo, lo primero, en fin de cuentas, a uno no le acaba de  parecer tan mal.