El mal ejemplo

En Zaragoza los bomberos acaban de ganarle el pulso al Ayuntamiento obligándole judicialmente –¡y eso que el alcalde es juez!—a repetir unas oposiciones visiblemente amañadas. ¡Mira que si le ocurre otro tanto a la candidata Parralo en esta Huelva que un compañero suyo acaba de decir impunemente que “está en el culo del mundo”! Este personal ha inventado eso que llama el “perfil” y que consiste en convocar plazas en la Administración ajustando la convocatoria a los méritos de quien se pretende introducir en ella con la ganzúa de la influencia. Por ejemplo, pidiendo para una plaza de profesora en el Alto Conquero los conocimientos en inglés y medicina que posee la hija de la candidata y, verosímilmente, nadie más. ¿Qué no es así? Pues apresúrense a desmentirlo, a explicarlo, a lo que les apetezca, pero no dejen en la opinión pública la sensación de que los aspirantes al poder se reparten la tarta antes de conseguirla. El buen ejemplo es obligación del político. El malo, a medio o largo plazo, su perdición.

Muerte por humo

Mientras continúa el pulso y las resistencias a aceptar la prohibición del fumeque, van conociéndose cifras y resultados difícilmente cuestionables en torno a la experiencia de prohibir el consumo público de tabaco solicitada por numerosas instituciones sanitarias y, por fin, puesta en marcha por el Gobierno. No es fácil, por supuesto, erradicar un vicio tan arraigado y que concierne, como sabemos por diversos estudios, a los hábitos convivenciales, pero de momento números cantan y lo que dicen esos números es que nada menos que la mitad de los fumadores habría intentado abandonar su adicción tras la entrada en vigor de la ley. Mucha gente ignora que el consumo de tabaco provoca un muerto cada diez minutos en España, para empezar, es decir, supone un riesgo cierto considerablemente más negro que el de la muerte en carretera o el provocado por las drogas de todo tipo, incluyendo el alcohol. Y eso es mucha tela: cien millones de víctimas durante el siglo pasado y unas aterradoras perspectivas de crecimiento que alcanzarán un punto trágico cuando, al filo del primer cuarto de siglo, la población de fumadores, a pesar de las prohibiciones legales, alcance los 1.600 millones. El efecto benéfico de la ley, más allá de porfías libertarias, parece fuera de dudas entre otras cosas porque los expertos aseguran que el riesgo de que un niño llegue a convertirse en fumador decrece en un 25 por ciento si alguno de sus padres abandona el tabaco antes de que el menor cumpla los diez años, grave constatación teniendo en cuenta que, en España, la edad media de iniciación al tabaquismo roza los 13 años y que a los 17, es decir, aún durante la minoría de edad legal, el consumo de tabaco afecta ya al 40 por ciento de los jóvenes. Más severo aún, algún organismo especializado asegura que la ventana de vulnerabilidad al tabaco se abre por lo común en torno a los 8 añitos para cerrarse hacia los 20, y hay informes que apuntan a que semejante abuso se ceba, como era de esperar, en los menores pertenecientes a las clases menos favorecidas. Nueve de cada diez cánceres de pulmón y veinte de cada cien enfermedades vasculares, así como la práctica totalidad de las enfermedades pulmonares obstructivas crónicas, al tabaco se deben. Empecinarse en discutir la lógica de esta ley no puede ser más que simple terquedad.
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Mucha gente mantiene hoy, como lo hacía Flaubert en su “Diccionario de tópicos”, que las advertencias médicas sobre los peligros del tabaco no son más que “idées reçues”, y siguen siendo legión las que, adoptando cierta suficiencia epicúrea (en el sentido vulgar del término, se entiende), se limita a constatar la delicia que ese veneno ofrece al consumidor. Una curiosidad que nunca he visto resuelta es la coincidencia en dos espíritus tan distintos como Molière y Corneille en el desmesurado elogio de esa droga, atenidos irónicamente en ambos casos nada menos que al magisterio de Aristóteles (¡), no cabe duda de que inspirados por alguna fuente común. ¿Por qué diría el primero, a despecho del Estagirita, por descontado, que el tabaco es la pasión de los hombres honrados y que “quien vive sin tabaco no es digno de vivir”? ¿Y por qué aseguraría el segundo, siendo hombre de tantas severidades como era, que “digan lo que digan Aristóteles y su Cábala,/ el tabaco es divino y no hay nada que lo iguale”? Yo, desde luego, no lo sé, pero creo que es obligación cívica inexcusable aceptar la lógica de la prohibición por más que salgan las acracias de turno con la matraca que niega a la ley su derecho a inmiscuirse en la privacidad y el argumento asustaviejas que descalifica a un pueblo por plegarse ante la norma, como si la coerción legítima fuera detestable ‘a fortiori’. Se cuenta que Georges Washington conminó al Congreso Continental diciéndole que si no podían enviar dinero, enviaran tabaco. Hoy esa ocurrencia le habría valido en su puritano país una moción de censura. Por lo menos.

Cura en salud

Chaves se conformaba hace una semana con que la mitad del censo acudiera a las urnas del referéndum del 18-F. Ahora ya dice que le da igual que le da lo mismo el índice de participación, porque “las reglas de la democracia” sólo consideran el pie de la suma: si hay más votas del “Sí” que del “No”, el Estatuto será legítimo y pata negra por los cuatro costados. Hombre, pues sí, qué duda cabe, pero carece de lógica que si en ese Estatuto le fuera a Andalucía la misma vida, los andaluces se quedaran en casa y no fueran a votar. Más bien parece que Chaves –que no debe de haber olvidado lo que le pasó a sus colegas catalanes—se cura ya en salud por lo que pueda ocurrir, que tampoco será tanto, ya lo verán, con la que el bombardeo que nos aguarda en los medios oficiales y adictos. Lo malo es que no, que un resultado sin respaldo electoral sería un fracaso político como una catedral, y más tras gastarse la fortuna que van a gastarse en propaganda. Pero un Estatuto que casi nadie conoce y a casi nadie importa, no sería raro que obtuviera un respaldo modesto. 

Don Camilo en Gibraleón

Arriesgada operación la de gobierno municipal constituido por los tránsfugas del PSOE y la del PP en Gibraleón al autorizarle al cura párroco que construya allí donde los técnicos dicen que, con la ley en la mano, no debe construirse. Ya se les debe de haber olvidado que esa situación es la misma por la que ellos arremetieron contra el alcalde de la capital cuando en la Isla Chica se actúo para remodelar el barrio y salvar al Recre, en incluso que entonces se fueron derechos al Juzgado por la vía penal. En todo caso, es jugar con fuego, tal como están las cosas, andar concediendo privilegios a los “amigos políticos”, por más que sus proyectos se revistan de obra pía, por la sencilla razón de que la ley es la ley. Lo que está quedando claro como el agua es que si el PSOE tenía en Gibraleón interés electoral, no le va a la zaga a ese interés el urbanístico que aflora por todas partes alrededor del pastel municipal desde que los tránsfugas llegaron. Autorizar una obra en suelo no urbanizable no es una novedad en Huelva, desde luego, pero sí que es algo temerario en vísperas de elecciones y con Chaves empezando a percatarse de que los enredos de sus concejales terminan afectándole a él. 

Vuelva la corbata

Hoy es la prensa italiana la que nos proporciona el motivo de esta reflexión ligera en la que pretendemos, seguramente de manera ingenua, poner en evidencia en lo posible algunas de las innúmeras contradicciones con las que nos hemos habituado a convivir. Dice la noticia en cuestión que la dirección de Ópera de Milán, ese santuario perenne de la “high society” y del turismo caro, acaba de imponer –más bien de reponer—el uso obligatorio de la corbata como complemento forzoso del atuendo masculino, al menos en sus sesiones de estreno, al tiempo que recomienda a las damas acudir al local “vistiendo adecuadamente”. La medida ha provocado, como era de esperar, reacciones bien distintas, pues mientras algún director emérito la defiende en función de la condición “histórica” de la vieja sede, no podía faltar la voz de Darío Fo avisando sobre los eventuales efectos discriminatorios que podría causar, en especial entre el personal joven, tan poco afecto a la controvertida prenda. La discusión sobre la corbata vuelve una y otra vez al candelero, como volvió cuando un presentador de la tele atacó su telediario descorbatado y hubo quien vio en ello desde un signo de connivencia progresista hasta una demagógica señal dirigida a la inocencia de ciertos sectores primarios de nuestra sociedad. Hay por ahí una curiosa “Historia de la corbata” en la que Alan Flusser resume y aclara tanto el origen militar de la prenda –la “cravette” que Luis XIV tomó copiada a cierto regimiento de caballería craota para imponerla a uno que acaba de crear– como la curiosa deriva posterior de esa prenda para cuyo manejo el idiota de ‘Beau Brummel’ necesitaba el concurso de varios criados antes de que el psicoanálisis unidimensional viera en ella –como pudo ver en el bastón o el paraguas que esgrimían los caballeros– un símbolo fálico acorde con las exigencias simbólicas del patriarcado.
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Habrá que encorbatarse en adelante, pues, para entrar en el templo milanés, como siempre ha habido que hacerlo en esos grandes restaurantes que disponen en el guardarropa de una disuasoria colección de corbatones pasadísimos para humillar doblemente al comensal que se pliegue y acepte unas reglas del juego que nadie hubiera podido exigirle a Gandhi o a Mao, pongamos por caso. Sólo el marqués de Villaverde, que yo recuerde, se libró de esa exigencia cuando dio en la peregrina farsa provocadora de adoptar la moda china, rebeldía indumentaria que no pierde su capacidad sugestiva por más años que pasen como demuestra este desafío lanzado ahora a los cuatro vientos por la primera Ópera del planeta. Manolo Vázquez Montalbán aseguraba haber visto visones en alguna sesión estival de el Liceo barcelonés y Antonio Burgos dictaminó hace tiempo –creo que con motivo de alguna imposición corbatil decretada en una Audiencia andaluza—que el problema en nuestra Justicia no era tanto el de las corbatas de letrados y pleiteantes como el de los pantalones de los jueces, una conclusión que cobra plena actualidad con la que está cayendo. Sé de sobra que nunca habrá acuerdo en este punto que tantas veces dimos por superado pero que ahí sigue, como empeñado en darle la razón a Oscar Wilde cuando decía aquello de que el primer paso importante en la vida de un hombre era aprender a hacerse, de manera medianamente aceptable, el nudo de la corbata. Aparte de que esta vieja discusión reaparece siempre como nube de verano y se esfuma sin dejar rastro como no lo dejó la polemiquilla suscitada por la “provocación” de Milá en su medianejo telediario. Los corbateros se saben a buen recaudo una vez visto y comprobado que cada vez que los jacobinos la toman con ese corbatín por considerarlo elitista y monarquicón, los estrategas de la Restauración –no falla– se apresuran a ajustarnos nuevamente el nudo de seda en el gaznate.

Idiotario tras un fallo

“El consejero de Presidencia debe dimitir tras la decisión de la Junta Electoral Central de prohibir el lema de la campaña institucional del Referéndum”, Julián Álvarez, secretario general del Partido Andalucista. “Al PSOE le va tan mal que le falla ya hasta la publicidad”, Javier Arenas, presidente regional del Partido Popular. “Respetamos escrupulosamente el fallo de la JEC”, Manuel Chaves, presidente de la Junta de Andalucía. “¿Qué puede haber más nuestro (por referencia al lema “Muy nuestro”, declarado ilegal), más de todos los andaluces y andaluzas, que un Estatuto que habla del futuro de los ciudadanos de Andalucía?”, Diego Valderas, coordinador regional de Izquierda Unida (IU-LVCA). “El derechista Gustavo Bueno ataca al Referéndum de autonomía”, titular de la competencia. “La decisión de la JEC de prohibir a las Administraciones fomentar el voto a los ciudadanos me parece absolutamente arbitraria y posiblemente anticonstitucional”, Concha Caballero, portavoz de IU en el Parlamento de Andalucía.