Agravio comparativo

 

Una sentencia del Tribunal Constitucional acaba de sancionar como ajustada a derecho la decisión tomada por el Parlamento Vasco en el año 2003 –¡a buenas horas mangas verdes!—de suspender los derechos y deberes parlamentarios de Carlos Iturgaiz por haber votado éste por un compañero ausente con la cosa del voto electrónico. Bueno, supongo que por esa vía legal no hay ya más camino que recorrer, pero para considerarse agraviado, siempre podría invocar el sancionado el caso ocurrido en el Senado cuando dos senadores andaluces votaron –¡con el pie incluso!—de la misma manera y con idéntica intención. Entonces dijeron las minervas de la Cámara Baja –nunca tan baja—que ese acto no implicaba responsabilidad alguna, ni jurídica ni política; ahora los ropones del TC dicen lo contrario. No me cabe la menor duda de que mayoría solitaria que aún se atiene al sentido común apreciará más el argumento de este fallo que aquella inconcebible lenidad.

Roma y los traidores

 

Polémica sobre la pandemia de transfuguismo en la provincia onubense. El PA, por boda de su secretario general, Julián Álvarez, sostiene que los ocho casos registrados recientemente en Huelva son obra del PSOE y éste replica, en palabras del gran autodidacta Mario Jiménez, que el será el PA el que tenga que explicar por qué se le van los ediles. Observen la simpleza del sofisma: los ediles se van porque los compran, y si no fíjense que no hay uno sólo (desde Aracena a Gibraleón pasando por Jabugo) que no salga ganando personalmente con el cambio. Algunos incluso se han inflado, pero además, carece de sentido negar la protección mientras se niegue en redondo la sanción política y no se haga público compromiso siquiera de que ninguno de esos trásfugas irá en las listas del PSOE en las próximas elecciones. Roma sí paga a traidores/as, por lo menos en Huelva, y a manos llena. Hagan un recuento de fugados y lo comprobarán.

Antropocentrismo

 

Con una frecuencia sospechosamente creciente anda apareciendo en los ‘medios’ la peregrina teoría de la defensa de los genes por parte del macho como clave de la “struggle for life”, de la darwiniana lucha por la vida. Como si el pez luna o el bisonte, la mosca del vinagre o el orangután fueran conscientes de su dotación genética y el consecuente papel selectivo que la Madre Naturaleza les atribuye, esta suerte de animalismo antropocéntrico, esta proyección de la conciencia humana sobre el ignoto universo cognitivo de los animales, da a entender que los machos –ojo, nótese que la hembra, según este machismo teórico, sólo actuaría selectivamente en función de las crías—conocen el valor de su genoma y están dispuestos a luchar a muerte entre ellos con tal de imponerlo al ajeno, supuestamente inferior, y garantizar de ese modo la mejora de la especie. La defensa del gen y el exclusivismo sexual (la apropiación de las hembras por parte del macho ganador) se explican en este contexto como efectos de esa presunta conciencia (ni que decir tiene que prelógica) de realidades que, obviamente, son patrimonio genuino del hombre pero que éste proyecta con ingenuidad sobre el resto de la fauna, quién sabe si para explicarse a sí mismo. Se tiende a asignar a los irracionales cargas, digamos, éticas que son, en realidad, humanas e intransferibles, por la razón elemental de que el simple hecho de asumirlas requeriría como requisito su imposible comprensión. Aceptar la animalidad del Hombre no tiene por qué suponer la absurda humanidad del resto de los animales, palabra mayor que, al menos desde una perspectiva epistemológica, resulta del todo impronunciable, pero está visto que la propensión humana a proyectar su condición sobre las demás especies no tiene remedio. La laboriosidad de la hormiga, la estrategia lobuna, la industriosidad del castor, la memoria sentimental de los elefantes o la destreza de algunos nidificadores son reutilizadas por el hombre como metáforas de su propia axiología desde Aristóteles a los bestiarios pasando por Eliano. Lo único que le faltaba a este precioso cuento era la seducción technicolor de la digital.

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Estos mismos días ha trascendido un estudio de la universidad de Liverpool que asegura haber demostrado que los machos humanos modifican su comportamiento cuando las hembras están en periodo fértil, volviéndose más agresivos y celosos, ni que decir tiene que ¡en defensa de sus genes! Nada menos que la ‘Evolution and Human Behaviour’ ha dado asilo a esa teoría que, una vez más, reserva la defensa genética al varón, relegando a la hembra al mero papel de ‘soporte’ y, en este caso, también en instrumento de tentación y discordia capaz de provocar la reacción celosa que sería, en consecuencia, una simple estrategia evolutiva con la que el androceo trataría de garantizar su descendencia postulada como la mejor. Ya ven que no tenemos remedio, que nos hemos tomado a pecho eso del “Rey de la Creación” y que vamos por la vida repartiendo credenciales de humanidad al mismo tiempo que atribuyéndonos a nosotros mismos cuotas de ese animalismo que nos tiene con un pie en el pescuezo de Darwin y el otro en la cogulla del ‘poverello’ de Asís. ¡Pero si, con la que está cayendo, hay ya quien reclama incluso asistencia letrada para garantizar los derechos de los simios! Nos quejamos de la veleidad hermenéutica que gastan los partidarios de la teoría del “diseño inteligente”, esos entusiastas del mito que pretenden sustituir el Código Civil por el ‘Génesis’, mientras aplaudimos un evolucionismo novelero y machorro que cree que los celos son más un instinto que un vicio y olvidan que la paternidad de los mandriles o los tiburones no tiene tanto que ver con la inteligencia como con las feromonas. Hay que ver en lo que despilfarran el presupuestos nuestros sabios mientras no tenemos ni idea de qué hacer si llega de improviso la gripe aviar.

España va bien

Lo ha dicho Pujol en nuestras ‘Charlas’: “España va bien”, podría ir mejor pero va bien, crece más que Europa, incluso más que Alemania, aunque sólo en términos relativos, es decir, sin perder de vista que ellos están allá arriba y nosotros aquí abajo. España va bien y el nuevo Estatut es un buen Estatut para Cataluña, a pesar de que él, Pujol, nunca quiso cambiar el viejo mientras gobernó, y no sólo eso, sino que hasta sería posible reproducir en cada autonomía esa norma catalana, otra vez “café para todos” pero ahora con donuts. Está que se sale Pujol, y no es para menos, ciertamente, orgulloso del “efecto de arrastre” (García Añoveros) que lo conseguido por Cataluña habrá de ejercer sobre las comunidades ·” de segunda”. El país de las maravillas, en suma, la nueva Jauja. Que eso no se lo crea ni Pujol es lo de menos. Lo que importa es que Chaves y los monaguillos de IU traten de que nos lo creamos los andaluces.

Cuadernos de quejas

 

Va a tener suerte el incombustible doctor Pozuelo, bienpagado baranda del SAS en Huelva (piso céntrico y coche oficial), porque la epidemia de “cuadernos de quejas” iniciada arriesgadamente por los médicos del Condado y seguida luego por los de Valverde y Cartaya, se está extendiendo por otras provincias andaluzas. Los sanitarios parecen decididos a terminar de una vez por todas con la indiferencia de la Junta ante sus quejas, lo cual, en buena lógica, debería ser respaldado por los ciudadanos en cuanto usuarios efectivos o eventuales del servicio público de salud. No hay derecho a que un servicio más que mediano (lo hemos dicho y repetido muchas veces) falle tan estrepitosamente arrastrado por el prurito economicista que parece ser la única inspiración de sus gestores desde su creación. Y menos que los profesionales y los ciudadanos, cada cual por su vera, sean quienes paguen los laureles de esos administradores de pacotilla. El verano está, además, encima. Cualquiera que no fuera el doctor Pozuelo estaría temblando.

El ausente

Hablo a veces con Julio Anguita desde que se acogió a sagrado en la penumbra de la intimidad. Sigo con atención sus cuitas sinceras, sus serenas angustias, su ajetreo de azacán, su inagotable curiosidad, noto la crecida de su disgusto, reparo en el trazo agudo que va remarcando su perfil de vigía encaramado en la cofa, inaudible desde cubierta, pero del que de vez en cuando llega el grito rotundo rebotando entre las jarcias. El otro día mismo se dejó caer con que, al paso que lleva esta tropa, la Constitución que viene puede que acabe pareciéndose a ‘Frankenstein’, es decir, al monstruo imprevisible determinado por su genuina impropiedad, a la redomada pesadilla del sueño goyesco. Lee mucho Anguita, y piensa, piensa como los antiguos, debate consigo mismo estupefacto ante el espectáculo que le ofrece “la profesión”, y especialmente –supongo—ante la comedia del arte que improvisan los que fueron los suyos cada vez que detienen el carromato en la feria y repiten ante la parroquia la farsa y licencia del oportunismo mendicante. Se nota su ausencia. Desde que él se fue esta izquierda residual y asalariada carece de voz propia fuera del exabrupto o la consigna, polícroma hasta la perplejidad que ha teñido el rojo originario de verde, de violeta y de lo que sea menester, arcoiris de su propia inania ideológica, de su triste indigencia política. ¿No la vieron durante años dejándose los artejos en el portón cerrado a cal y canto de la “casa común”, no la han escuchado tantas veces repitiendo tópicos a mansalva, apuntándose a bombardeos propios y ajenos, llevando acólita el incensario con una mano mientras con la otra sostenía solícita la capa del oficiante? Anguita ve con perspectiva estas miserias que ya no está en su mano evitar y calla, entre amargo y displicente, viendo como se hunde a su alrededor la torre a medio levantar de la conciencia crítica, esa gatera en la que se dejó algo más que los pelos el viejo gato rojo. Siempre hay un solitario en Port-Royal y siempre habrá jansenistas subastándose al mejor postor, qué se le va a hacer.

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Con Anguita lo habría tenido crudo Chaves para sacar adelante el engendro verborreico y copión del nuevo Estatuto, para jugar con el fuego mimético de la estrategia anticonstitucional del PSOE, para poner en almoneda las paces que hicieron posible que incluso personajes como él, y a pesar de tantos pesares, pudieran perpetuarse en el poder. Ahora bien, quienes con Anguita no habrían tenido ni el pan ni la sal serían esos palanganeros (me atengo al masculino genérico) que viajan de postillones en la diligencia desbocada del bipartidismo imperfecto. Para Anguita, derecha e izquierda no se legitiman por el código de barras sino que son actitudes profundas que responden a concepciones opuestas del mundo, sea quien fuere el que las profese. No se le entendió cuando puso contra las cuerdas a Chaves reproduciendo cautamente un pacto “a la griega” que se presentó interesadamente como una “pinza” contraria a la naturaleza, pero hoy sabemos que sólo en aquella era fugaz, aliada con el diablo cojuelo de las estadísticas electorales, la izquierda logró pararle los pies a las dos derechas, a la diestra y a la siniestra, a la autoproclamada que se hace llamar “centro” y a la vergonzante que se postula “socialdemócrata”. Por eso no pararon hasta librarse de su fuerza, y por eso se bandean desde entonces fracasando en los comicios y procurando vivir a la sombra de su eterno enemigo, el mismo que durante años los mantuvo alejados en el lazareto con el despectivo dictado de “comunistas”, el mismísimo que le administra con usura las migajas sin dejarles nunca meter la mano en el plato. Lo han hecho en el Ayuntamiento de Sevilla y ya ven el resultado: han roto en una trama de facturas falsas. Anguita se autoexige implacable porque sabe que la historia no acaba pasado mañana. A los otros les ocurre exactamente al revés.