Guerra y paz

¿Se acuerdan de que Guerra dijo que el nuevo Estatuto no le interesaba a nadie más que a los políticos profesionales? Bueno, pues ahí lo tienen, en posición de firmes, aguardando a que el maestro de ceremonias de la campaña de su partido le diga a dónde tiene que ir a predicar la buena nueva que, por lo visto, ha descubierto tardíamente. También Escuredo, que se retrató en la plataforma o lo que fuere creada por notables para exigir un Estatuto no inferior al catalán, está ya dispuesto y preparado para subirse al escenario de este teatrillo político. Y otros que no merece la pena ni nombrar. Se da el cante, se coloca uno en postura galana criticando con energía y rigor al principio lo que, al final, acaba defendiendo con todas sus consecuencias. Lo raro es que el pueblo soberano no se dé cuenta del camelo y mantenga esa suerte de transigencia pasiva que los políticos se dan traza y modo de reciclar como muestra de adhesión plena. Aquí no se creen lo que predican ni los del ‘Sí’ ni los del ‘No’, cada uno con su cuenta y razón, cada cual  con sus compromisos y le personal en Babia.

Gritos y silencio

Dice el PP que va reclamar “todos los días” una explicación suficiente a la candidata del PSOE a la alcaldía de la capital, Manuela Parralo, por el indudable caso de favoritismo (vamos a dejarlo ahí) en la adjudicación a su hija de una plaza de profesora en el instituto Alto Conquero. Enfrente, se mantiene la estrategia del hermetismo absoluto –la del “ya escampará”—tal vez sin calcular debidamente el perjuicio que a la imagen de la aspirante a sustituir a Pedro Rodríguez está causando este escándalo indisimulable. Desde dentro del propio Instituto se murmura que siempre se supo para quién sería la plaza e incluso se desliza la hipótesis de que semejante gesto fuera la contrapartida a la delega por el mantenimiento del centro en su actual categoría. Demasiadas zonas oscuras, demasiada nueces para tan poco ruido. Si Parralo no explica ese quizá inexplicable enredo –porque si dispusiera de una salida fácil ya la habría tomado– saldrá mal parada del brete, aunque sólo sea porque siempre se ha dicho en castellano que quien calla, otorga. 

El buen consumidor

La experiencia del “apagón” europeo parece haber sido un éxito por encima de las expectativas. No ha habido gran ciudad del continente que no haya dejado a oscuras sus edificios señeros, desde la Torre Eiffel a la Giralda pasando por otros mil. Se puede contar, mal que bien, con la ciudadanía, pues, no ha muerto del todo el espíritu cívico, a lo que parece, sino que estaba ahí, agazapado, como aguardando la voz convocatoria, como la nota dormida en el arpa becqueriana, y ha despertado –mal que bien, insisto—en cuanto la ha rozado la mano de nieve. No es que se vaya a cerrar el agujero de ozono por eso, ni siquiera que las chimeneas vayan a regularse como quiere un ecologismo que ya alcanza hasta al berzotas de Bush, pero algo es algo: el “apagoncito” ha servido, al menos, para demostrar que el ciudadano/consumidor, tan autómata, tan amaestrado, tan sumiso, por lo general, encierra en sus entretelas un contestatario por lo menos moderado. Unos cientos de toneladas de gases ahorradas a la pobre atmósfera no son un Potosí ni una panacea, pero, miren, menos da una piedra, y es posible que antier mismo, cuando algunos escribíamos sobre el proyecto testimonial, nuestra expectativa de cooperación ciudadana fuera decididamente menor. Se puede, en definitiva, cooperar desde la base, es posible combatir el despilfarro con el ahorro y, sobre todo, queda probado, de una parte, que no se hunde el mundo porque se apaguen durante cinco minutos ni durante cinco horas las luminarias de la opulencia, y de otra, que el sufrido consumidor, ese “sujeto histórico” reducido a oscuro dígito en al penumbra estadística, tiene todavía a su alcance algo, tal vez bastante, que decir a los poderosos de este mundo. La Giralda apagada, vista desde mi azotea, venía a ser un hito insoslayable en la plana sin luz de la noche inverniza. No todo está perdido, quizá. O al menos, ya lo veremos.

                                                              xxxxx

Y ahora los móviles, los “celulares”, el telefonillo indispensable que se ha metido en nuestras vidas adherido como una prótesis imprescindible a la fisiología del gusto, como diría el buscavidas de Savarin, los “móviles” que han adensado la interacción real en que se basa la vida colectiva hasta reducir la visión parsoniana a una vaga intuición. Frente o contra la piratería esquilmadora de las ‘operadoras’ y, en especial, frente o contra el injusto ejercicio de “dumping” que el Gobierno está consintiéndoles –él sabrá por qué–, la resistencia cívica propone ahora a los ciudadanos/usuarios (valga la redundancia del caso) una huelga de “móvil caído” para el próximo día 6 que, a pesar del desdén mostrado enseguida por los filibusteros, nadie sabe qué efectos podría acarrear a medio o largo plazo si se organiza el personal y es capaz de contener esa suerte de “libido communicandi” que ha entrado como un turbión en sus vidas. Ya veremos qué ocurre, pero aunque la sangre no llegue de momento al río rugiente que es la “cuenta de resultados”, tampoco es tan difícil ver que un plante de la gente a la hora de llamar podría, en determinadas circunstancias, condicionar muy severamente ese negocio abusivo. A pesar, incluso, de que la putería empresarial haya logrado disfrazar con tanta eficacia la realidad de un oligopolio retráctil que funciona como un reloj en cuanto alguien le roza una pieza al mecanismo. Aunque sin despreciar un montaje poderoso que cuenta con más de una línea por habitante (unos 46 millones, en este momento) y nos cobra por utilizarlas más o menos el doble que otros países europeos les cobran a sus incontinentes. Tendría guasa que la alienación famosa tuviera una salida tan simple como la santa huelga, y que la tiranía de la oferta acabara implosionando, convertida un agujero negro de móviles silenciosos y derechos reconquistados. La otra noche la Giralda estilizaba el prestigio de su arabesco realzado paradójicamente por la oscuridad. Nadie dice que el silencio no pueda obrar un milagrillo por el estilo.

¿El culo del mundo?

Hace unos días, un dirigente del PSOE onubense ha tenido la ocurrente desfachatez de decirle a sus paisanos que, a su estúpido juicio, “Huelva está en el culo del mundo”. No lo está, desde luego, como no lo está Andalucía, pero la verdad es que, en no pocas ocasiones, a la vista de las reacciones políticas ante acontecimientos aquí ocurridos, parece que en ese escatológico lugar pudieran estar ésta y aquella. Ni el vertido masivo de Aznalcóllar que destrozó un paraje valiosísimo, ni el pavoroso incendio que hace dos veranos se llevó por delante los montes de dos provincias, ni el peligrosísimo y anunciado suceso del barco encallado en Algeciras que ha dejado hecha unos zorros la costa comarcal, suponen aquí más que alguna protestilla “verde” y algún que otro suspiro lugareño. Nada de movilizaciones nacionales, nada de visitas principescas o gubernamentales, nada siquiera de “zonas catastróficas” como en Galicia o en La Mancha, como en tantos lugares donde la catástrofe ha asestado su golpe. Esta Junta tiene la autonomía justa para llegar a fin de mes y cobrar. Pedirle algo más parece, definitivamente, una utopía.

Más racismo

No es propio de Huelva lo que en esta tierra está ocurriendo de un tiempo a esta parte en el apartado del rechazo racista a minorías o personas. Tras lo de Cortesana, ahí tienen ahora el enredo del Instituto de Isla Cristina donde está siendo presuntamente acosado un alumno marroquí en términos que la autoridad ha creído conveniente enviar a sus cercanías un notable control policial, es decir, un nuevo caso de racismo o xenofobia que, aparte de las providencias policiales, bien merece que la autoridad educativa –estos días tan pre-ocupada por otros enredos—entre hasta el fondo en él sancionando a los eventuales culpables, chicos o grandes, altos o bajos, docentes o discentes. Si se confirma que ni siquiera la expulsión de los acosadores resulta suficiente para garantizar los derechos de ese ciudadano, estaríamos ante la necesidad imperiosa de adoptar medidas de fondo sin templar gaitas ni tentarse la ropa.

Clima de alarma

Puede que algún lector memorioso de esta columnilla recuerde la crónica que envié hace un año más o menos desde Venecia contando como fui casual testigo de un desalojo del mismísimo Palazzo Ducale por una falsa alarma de bomba provocada por la denuncia de un turista que reparó en que, en el interior de un bolso de señora abandonado en una de sus fastuosas estancias, sonaba inquietante un tictac que los artificieros no tardaron en descubrir que no era más que el latido mecánico de un teléfono portátil. En una visita posterior tuve ocasión de asistir nuevamente al espectáculo del desalojo, en esta ocasión no de la ‘Signoria’, sino de la terraza en la que yo mismo escuchaba jazz tratando de descifrar de lejos los sublimes motivos de los capiteles que Ruskin proclamó los más bellos del mundo, cuando algún camarero advirtió que, junto a una de las columnas con que Sansovino sostuvo erguida la Biblioteca Marciana, se hallaba una mochila sospechosa. ¿Era posible que en dos visitas sucesivas el viajero en Venecia pudiera coincidir con dos alarmas de atentado en un mismo lugar? Evidentemente, no, conclusión que nada ilustraba mejor que la pachorra de los efectivos policiales que habían acabado por rutinizar este tipo de circunstancias, que en cualquier otro supuesto resultarían de lo más alarmante. La inseguridad institucionalizada tiene este revés curioso que es la “normalización” de las reacciones ante su amenaza, una adaptación instintiva que se justifica plenamente desde la lógica de un Poder que sabe mejor que nadie que la alarma es ya, en sí misma, un objetivo estupendo para el terrorista. Está de por medio, claro está, el “por si acaso”, algo así como una necesidad de segundo orden que fuerza a adoptar medidas precautorias procurando minimizar la inquietud a base precisamente de aquella rutinización. Pocas cosas tranquilizan tanto –se lo digo yo—como ver a tres o cuatro “carabinieri” trasteando con tiento una mochila abandonada, iluminando su interior con la linterna y escenificando una escena de abulia seguramente estudiada mientras llega y no llega otro retén de especialista que repite la operación descrita y así sucesivamente.

xxxxx

El clima de alarma resulta tentador, sin embargo, no sólo para los malhechores sino para cierto estúpido concepto de la diversión que consiste en provocar situaciones temerosas a base de simular riegos ficticios, un crimen que con toda lógica habría que incluir en el dictado de terrorista pues de provocar el terror, en definitiva, es de lo que trataba, por ejemplo, ese canal televisivo que acaba da dar en Boston un susto colosal a la población originando un despliegue policial sin precedentes desde el 11-S con la colocación de una serie de paquetes sospechosos por toda la ciudad, al solo efecto de conseguir un clima propicio a una campaña publicitaria que sus ejecutivos traían entre manos. Y eso es algo que no debería saldarse con un mero correctivo y menos con la cínica escenificación de unas excusas inútiles, sino sancionado –en el grado y circunstancias que la ley estime oportuno– con el rigor que la ley reserva a los protagonistas genuinos del terror. Hay diferencia, no hay duda posible, entre despanzurrar a una muchedumbre indefensa y limitarse a aterrorizarla, pero tampoco cabe duda de que, por larga que resulte la distancia entre las intenciones, el designio de provocar el pavor de la gente, la contribución gratuita y canalla a fomentar el miedo de la multitud, no debe tratarse como si se tratara de una simple broma de mal gusto sino como un acto terrorista y no sólo en el sentido etimológico de la expresión. A mí y unos cuantos mohicanos más, la policía acabó desalojándonos, en la última ocasión referida, con un gesto cómplice y tranquilizador. Nos fuimos de allí convencidos de que distinguir la acción con su simulacro no deja de ser una inocente contribución a los designios del terrosista.