Memorias por la culata

 

Estupendo rifirrafe entre Alfonso Guerra y el expresidente Borbolla, aquel acusándolo ahora de ser quien filtró a la prensa los papeles comprometedores que afectaban a lo que hacía en su despacho (del de Alfonso) su hermano Juan. Es posible que hubiera no sólo esa filtración sino otras, pero más evidente es que lo que debería importar a un responsable político no es quién filtró o dejó de filtrar indicios o pruebas sobre las trapisondas de su “asistente”, sino el hecho mismo de que el “asistente” fuera un trapisondista. ¿Qué es lo grave que Borbolla fuera o dejara de ser fiel al partido o que Guerra (que presumía de saber todo lo que pasaba) permitiera a su hermano organizar una auténtica oficina de recaudación en el despacho oficial del vicepresidente del Gobierno? Borbolla la ha contestado que miente y lo sabe, además de llamarle “individuo”, pero es una lástima que se haya perdido el mejor argumento. Aparte de que hace falta cara para volver sobre aquellos pasos perdidos. Aprovechando el tiempo, lo menos que podría haber hecho Guerra es subir a ese púlpito con antifaz.

Más “conexiones”

 

El portavoz autodidacta, Mario Jiménez, cargando las tintas, y la diputada calañesa, Cinta Castillo proponiendo investigar el urbanismo de los Ayuntamientos peperos, cuando va y resulta que la parcela que el Ayuntamiento de Punta Umbría, comandado aún desde la sombra activa por el propio Barrero, adjudicó en 2.700.000 euros al viejo compañero de viaje, Alfredo González (socio declarado ahora del nuevo candidato), sale a subasta, tan poco tiempo después, desde un precio de salida de 5.100 millones aunque los expertos no descartan que alcance los 8.000. Ay, ay, ay, que esto no se acaba, que no hay día sin piedra, que cada vez está más claro que el manguis también se ha globalizado y que, encima, son tan tontos que se dedican a tirarle piedras al contrario teniendo tanto tejado de cristal. Hay que recordar que en aquella Punta del “megaproyecto” fue Chaves en persona quien tuvo que poner pie en pared para frenar al propio Barrero. No sabemos qué pensara hoyo si se entera de lo que acabamos de contarles, pero seguro que le hace poca gracia.

Una de marcianos

Sigo la actualidad (más bien el futuro) de la tele tratando de asomarme a la gran feria internacional de la producción televisiva que se acaba de abrir en Cannes. Escucho la voz de la mujer fuerte que dirige una de las principales multinacionales del ramo proclamar algo que ya sabíamos, como es natural, sin salir de España: que el objetivo es ganar cuanto más dinero mejor y que vayan tomando tila los críticos y los utópicos. Todos están por “le retour aux gros gains”, la vuelta a los pelotazos de otro tiempo, con absoluta indiferencia ante los medios y la más explícita voluntad de mejorar el negocio al precio que sea. Quienes siguen reclamando para la tela contenidos de nivel decoroso y enfoques instructivos, van de cráneo: entre los diez productos más vendidos de ese mercado mundial aparecen tres telenovelas venezolanas, o sea, que háganse el cuerpo a lo que viene. En USA parece, por otra parte, que vuelven los chascarrillos de alienígenas, lamentablemente cada vez más alejados de los graves modelos ficcionales de toda una época gloriosa en que la ciencia-ficción parecía que iba por delante de la real. Flores sobre al tumba reciente de Stanilaw Lem, el gran maestro, pero nada que ver con los héroes de ‘Ciberiada’, de ‘Solaris’, en este “Retorno a las estrellas” hecho de mandobles luminosos y trompicos de karatecas espaciales, ninfas enfundadas en trajes de latex y pérfidos viejos dominadores de galaxias. En USA parece que vuelve la sugestión extraterrestre, casi desaparecida tras el éxito colosal de la serie “X-Files”, y todo indica que las teles europeas reflejarán esta nueva odisea del espacio probablemente más banal que todas las anteriores pero menos acaso que las que habrán de seguirle. Se dice entre los expertos que la tele funciona por ciclos (policíacos, médicos, judiciales y demás) y lo probable es que ahora se cumpla también esa ley. Volverán los marcianos, los mutantes y las abducciones, todo ese repertorio embaucador de tan buenas perspectivas comerciales. NO saben ya que inventar, pero eso es lo de menos. El tontiloquio funciona solo una vez que se aprieta el botón del telemando.

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Hace mucho tiempo que Edgar Morin se interrogaba sobre la razón del poder de la fantasía, un poder creciente a medida que se desmadra el paradigma que la propone. ¿Por qué cree a pies juntilla en las maquinaciones más peregrinas la misma muchedumbre que se resiste a aceptar los hallazgos de la ciencia o las predicciones mejor fundadas, qué razón la mueve a conceder a aquellas un crédito, siquiera sentimental, incomparablemente más generoso que el que se digna ofrecer a las propuestas serias? Ni que decir tiene que no hay otra respuesta a esta cuestión que la propia naturaleza mítica del hombre, esa especie de incomodidad que la especie civilizada sintió siempre ante lo real absoluto como contrapunto de lo que los franceses han llamado “lo real maravilloso”. Le Goff, Baltrusaitis y tantos otros descubrieron el sustrato permanente que sostenía en vilo el imaginario medieval, “el milagro de la credulidad” que alguna vez mencionó Gastón Bachelard, el primero quizá que tuvo la audacia de llamar a las cosas por su nombre y hablar por derecho de “les revêries de la volonté”, esto es, de esas ensoñaciones de la voluntad que sujetan al hombre voluntariamente a las cadenas de la imaginación. Van a darnos marcianos por un tubo otra temporada, a lo que parece, más ‘Doctor Spock”, más “Star Trek”, más naves extraviadas entre galaxias inconcebibles y héroes especializados en abrirnos a brazo partido ese doméstico agujero negro que es la credulidad. No ha existido jamás un medio tan autodestructivo como la tele, ninguno tampoco que tuviera tanta capacidad para negociar con la basura resultante. Lo que no sabemos en si la gente seguiría la trágica odisea de “Ana Karenina” como sigue suspensa las míseras chorradas de nuestros culebrones. Y mientras el negocio vaya bien, ni falta que hace.

Palabras mayores

El contribuyente andaluz y español tiene delante, en este momento, una variada gama de inexplicables situaciones políticas e impunidades incomprensibles. La de las facturas falsas, desde luego, que hace preguntarse a mucho religioso pagador a Hacienda por qué no van al trullo quienes justifican gastos con ese inconcebible expediente en un Ayuntamiento como el de Sevilla, en una cueva el de Marbella o en una trama como la de Cádiz. Pero luego está el volumen de los “pelotazos”, de los conocidos y de los que tal vez acabemos conociendo, fortunas que, en el caso del “asesor” marbellí sería hoy la cuarta de España, según los criterios empleados por ‘Forbes’, con sus 2.400 millones de euros mangados en tan sólo 14 años. Hemos llegado a un punto en que sería necesario que la autoridad hiciera algún ejercicio público de aclaración de este berenjenal y, de paso, algún gesto de restitución que no fuera ése, tan obvio como poco creíble, que ha propuesto la Junta en Marbella. Esto ya no es una situación lamentable sino un escandalazo que la democracia no puede soportar sin esos apoyos imprescindibles.

La ‘baraka’ y el Recre

Vuelva la inquietud a la sede sociata en la que siempre se han visto los triunfos recreativistas como ventajas objetivas para el Superalcalde. Ya en la anterior campaña de ascenso era manifiesto el canguelo al éxito hasta le punto de que al eterno candidato, Pepe Juan, le dio por ir al Nuevo Colombino donde alguna vez, percatada la afición de la intención electoralista del gesto, hubo de recibir alguna bronquilla sonora. Y ahora, lo que faltaba, otra perspectiva cada día más clara de ascenso a la Liga de las Estrellas y en vísperas de las municipales, nada menos, una eventualidad que –como ya sucediera la otra vez—haría mejorar todavía más las expectativas electorales de Pedro Rodríguez. No hay que arremoplinarse que añun queda liga por delante y obstáculos sobrados. Si lo sacamos a plena luz es porque estas miserias demuestran que, lamentablemente, en estas circunstancias, el Recre también es “más que un club”, al menos para ESa “mesa camilla” que tanto teme a la ‘baraka’ del rival que la tiene hace tres legislaturas a los pies de los caballos.

Problemas sexuales

En un congreso mexicano acaba de plantearse la cuestión del impacto que la tecnología, los afrodisíacos y la violencia puedan acabar acarreando a la vida sexual de las personas. Están preocupados los expertos por la idea de que la actuales circunstancias propician una relación entre los sexos que anula sin remedio la interacción personalizada entre quienes lo comparten, o lo que es lo mismo, por la posibilidad de que la perspectiva individualista, el robinsonismo de entrepierna, acabe por dominar ese ámbito tan delicado. El éxito de la virtualidad que Internet favorece sugiere la posibilidad de acabar produciendo un tipo de amante solipsista, ensimismado, ferozmente individual que rompa el clima de al menos relativa reciprocidad que el sexo impone, especialmente del lado masculino en la medida en que la oferta de estimulantes eréctiles podría constituir un factor de aislamiento psicológico respecto de la otra parte de la relación que no tiene por qué manifestarse receptiva a la urgencia provocada. Hay miedo a que el desarrollo tecnológico, en definitiva, pueda tener efectos no queridos capaces de desnaturalizar el modelo convencional de las relaciones sexuales, y se teme que, por si algo faltaba, la vuelta de la violencia, su tolerancia creciente, pueda repercutir también sobre el ámbito íntimo. Tanto adelanto separaría a la gente al tiempo que propicia su acercamiento, y esta desconcertante paradoja trae de cabeza a unos sabios que ven impotentes como se dispara en la Red tanto la virtualidad en las relaciones como la distribución insensata de drogas que nadie garantiza. Sabemos que estamos ante una revolución del instinto básico pero ignoramos por completo qué la beneficia y que podría malograrla en la panoplia milagrera de recursos que ofrece el desarrollo a sus afortunadas víctimas.

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Por otra parte, encuentro en París, huroneando por las viejas librerías, un libro llamativo desde el título que ha escrito un periodista francés, Daivid Fontaine, habitual del ‘Canard enchainé’, y en el que se recogen testimonios de trientañeros/as decididos a guardar severamente y de forma voluntaria la castidad contra viento y marea, pero no por esto ni por lo otro sino porque han llegado a la conclusión de que, pasadas las primeras experiencias, un poso de desencanto conduce fatalmente a una exigencia mayor. Todo el mundo puede abstenerse en esta vida, sostienen esas cobayas herederas del desmadre mayista, que ciertamente no han visto en la generación paterna lo que se dice un modelo exitoso de relación auténticamente libre y al mismo tiempo humana, pero sobre todo lo que hacen con su experiencia es tratar de cuestionar la lógica en el fondo capitalista del dogma sesentayochista de la economía libidinal que de modo tan espléndido expuso hace años el maestro Lyotard. Les recomiendo, en todo caso, este “No Sex Last Year”, con la misma incredulidad, por supuesto, que les hago la crónica en diferido de las cuitas de esos sabios que (en México, no se lo pierdan) andan avisando sobre los peligros que corren tanto los amantes virtuales como los sostenidos por la farmacopea. Pero yo creo que lo que los traen entre manos esos treintañeros franceses, cada cual con su palo pegado y su experiencia a cuesta, es la aspiración, siempre vigente, a un modelo de relación personal que no separe el sexo del amor de modo tan drástico. Donde menos se piensa salta la liebre, y desde luego toparse en el ‘Canard’ con una experiencia abstinente como la descrita, no resulta menos chocante que dar en México con un grupo desagañitado en defensa de un control sexual sin el cual peligraría, a su juicio, la misma enjundia amorosa. Recuerdo que la Yourcenar decía que el amor es el castigo que merecemos por no haber resistido solos la existencia. Bien sabemos que a los treinta años esa vieja dama no pensaba igual.