El Rey y la opinión

Por fin, el Rey ha cogido el toro por los cuernos y –no dudo de que con dolor de su corazón—ha desposeído a su hermana la infanta Cristina del ducado de Palma, que es algo por lo que infinidad de españoles clamaba hace tiempo, en especial, desde que impresentable del duque consorte envió aquel correo jugando zafiamente con el título mismo. ¿Podía seguir inhibido el Rey, mirando para otra parte, mientras la infanta se sentaba en el banquillo de los acusados? Lo suyo es contestar que no, como en su día lo fue separarla de la Familia Real, aun respetando la presunción de inocencia, porque esa sola imagen constituiría un atentado a la institución real y una ofensa a una clase como la aristocrática que, sea cual fuere su papel actual, lo menos que puede hacer para sobrevivir es mantener limpia su imagen. También es cierto que otros miembros de la familia –como su augusto padre—han salido de situaciones lamentables con una simple petición de perdón y un proclamado propósito de enmienda, pero el Rey actual pertenece a una nueva era ética y estética y, al menos hasta ahora, va demostrando que tiene los anillos bien sujetos. No debe de ser fácil degradar a una hermana, pero el inexcusable deber de ejemplaridad exigía a voces una medida como la adoptada por un Rey que parece seriamente comprometido con su significación política y con su tarea institucional. Hasta los republicanos hemos de admitir que esa imprescindible y amarga medida constituye un imperativo del honor.

Hemos de confiar, por lo demás, en que si tan alto se pone el listón de la ejemplaridad frente a las corrupciones que nos invaden, el gesto habrá de suponer un respaldo simbólico nada despreciable para una Justicia abrumada por tantas presiones políticas y, lo que es peor, tan desacreditada ante una opinión pública que –aunque suela preferir a Barrabás– no ha perdido del todo el sentido germinal de lo justo y lo injusto. Y ello resulta especialmente trascendente si se considera que de la política y de los políticos –núcleo activo del agio y sus consecuencias—no cabía esperar la catarsis suficiente. Que mediara una necesidad insalvable no quita mérito, a mi juicio, a un joven Rey que debe de saber lo trascendentales que suelen ser los inicios de los reinados. Por desgracia para la infanta, un sujeto como Urdangarín no podía seguir luciendo una corona ducal que él mismo se ha encargado de despreciar. De su penitencia consorte, sólo ella es responsable.

Mal comienzo

Si es cierto eso de que malos comienzos quieren los gitanos, la presidenta Díaz va servida de mano. Lo sugiere el plante de la Oposición en peso en el acto de su investidura, incluido su “socio” provisional”, Ciudadanos, que, la verdad, para este viaje no precisaba alforjas. Añadan al probable caos de la Junta el seguro de los Ayuntamientos, y comprendan que, no ya de aquí a las elecciones generales, sino durante toda la legislatura, Andalucía va a ser un gallinero con demasiados gallos, incluidas las gallinas. ¿Quién dijo que cada pueblo tiene lo que se merece? Fuera quien fuera –Maquiavelo o De Maistre, qué más da—no seré yo, en este momento convulso, quien le contradiga.

Como el sábalo

Me invita amablemente la sevillana Tertulia del Sábalo, creada –dies certus an incertus quandum—por el fiscal-poeta Jesús García Calderón y en la que se cita un escogido grupo de profesionales liberales que incluye desde abogados del Estado a profesores universitarios pasando por jueces y fiscales. El sábalo es un pez que comparte con el salmón la dramática necesidad de bogar contracorriente para desovar en los remansos que suele haber río arriba, y de esa condición han hecho estos amigos un blasón de su pluralidad e independencia de criterio. Hemos charlado hasta la madrugada de lo humano y de lo divino (por ese orden), coincidiendo y discrepando, pero en un tono y con un pulso que me han sugerido la hipótesis de que lo malo de nuestro momento histórico no es, como diría Julien Benda, la traición de los intelectuales –¿y cuándo han sido leales estos Catones?–sino el silencio de las clases ilustradas que ya denunciaba Andrés Borrego en el primer cuarto del XIX. ¡La clase media, el centro topológico de la cultura y la sensibilidad, el sufrido estamento entrillado ente los que ostentan (o detentan, según) el Poder y un pueblo llano que ni es sabio como dicen sus aduladores ni chusma como sostienen los clasistas, porque, lo suyo es aclamar a la Pantoja y a Messi en la puerta de los Juzgados! Bajo este guirigay tertuliano sobrevive con voto pero sin voz esa élite a la que nunca o rara vez ha recurrido la política española.

Ocurrió ya cuando emergió de la nada el PSOE y vuelve a ocurrir ahora con la patulea de oportunistas que andan cogiendo en marcha los nuevos trenes, pero a esa reserva de grandes y sesudos profesionales, no le queda, de momento –y como siempre– más que citarse en una tertulia íntima para evacuar el psicodrama que expresa la crítica inútil que encierra su desaprovechada experiencia. ¡Qué mal va España, joder, cuánto mangante, qué desorden institucional! Y lo dicen no porque envidien ese poder secuestrado, sino porque ven, con la clara perspectiva que les proporciona su experiencia, el penoso espectáculo de la rampante mediocridad de nuestra vida pública, la rapacidad de la política y la impunidad de sus responsables. Hay algo de retrato buñuelesco en esta mesa culta que mira con cierto sentimiento de agravio comparativo la degradación que padece nuestro régimen de libertades. Cuando nos despedimos, me parece ver disgregarse a esa España cautiva de la que la democracia no ha querido nunca ni oír hablar.

En el laberinto

El que fuera comandante en jefe de las fuerzas norteamericanas en Afganistán, general Stanley McChrystal, ha dicho alto y claro que los aliados que dicen combatir el llamado Estado Islámico no saben por dónde andan, augurando que, de seguir como van las cosas, no se logrará reducir a ese montaje mostrenco que trae en jaque no sólo a Siria, sino a Irak y a Libia. Se ve que los grandes estrategas que tropezaron tan aparatosamente en Vietnam y se estrellaron luego en Irak, han comprendido, al fin, que los pleitos populares no se arreglan a bombazo limpio ni los bosques aniquilados con defoliante no desaparecen sino que rebrotan con más fuerza. No hay otra victoria posible que la que, sobre el terreno, consigue reducir al enemigo: desde el aire se mata pero no se ganan batallas, y eso lo saben bien los dementes del EI que han hecho de la crueldad su emblema y del fanatismo su arma de destrucción masiva. Nuestro corresponsal Carrión nos cuenta desde las cercanías de Mosul que esos bárbaros no sólo decapitan a sus rehenes, sino que hacen lo propio con los traficantes de tabaco, arrojan a los gays por el precipicio, castigan con ochenta vergajazos a los forofos que siguen las retransmisiones del fútbol español, cercena las orejas a los usuarios de teléfonos móviles y prohíbe rigurosamente el estudio de la música, la historia, el dibujo y la filosofía, al tiempo que se ocupan en “normalizar” la vida en sus territorios garantizando los abastos y el orden público, una vez expulsados y expropiados cristianos e incluso chiíes. La cola del cometa Bush parece interminable.

No llevamos la cuenta de las víctimas provocadas en Oriente Medio desde que Occidente decidió, al iniciarse los 90, controlar el petróleo con la excusa de su papel civilizador y democrático, pero los números deben de ser tremendos a juzgar por las informaciones diarias que desde entonces nos llegan procedentes, no sólo de aquel país, sino un poco de toda la región. Discrepo sin embargo de nuestro corresponsal cuando califica como medieval lo que ahora está ocurriendo, primero, por lo que ello comporta de anacronismo y, en fin, porque la brutalidad primitiva de antaño no es equiparable a las crueldades de este fanatismo. Nuestra civilización, que ya sufrió pruebas límites en el siglo pasado, ha fracasado de plano en el último cuarto de siglo. Y lo malo es que el general lleva razón cuando avisa –¡si lo sabrá él!– de que carecemos de remedio.

Política y politiqueo

Los que reclamaban “más política” deben de estar satisfechos contemplando el paisaje resultante de los pactos. Pero mucho me temo que, más que política, lo que vayamos a tener hasta hartarnos durante esta (¿breve?) legislatura auspiciada por Ciudadanos, va a ser mucho politiqueo, mucho corre-ve-y-dile, muchos arreglos bajo la mesa y un sinfín de traiciones. Con gobiernos municipales tripartitos en Córdoba, cuatripartitos en Marbella, reeditados en Sevilla o en tenguerengue en Huelva, tendremos de todo menos estabilidad. Como me temo que no pocos acaben echando de menos al denostado bipartidismo, sustituido ahora por el frentismo anti-PP. Que Dios reparta suerte, porque va a hacer falta.

Ley y anomía

En la antología de disparates que venimos oyendo desde que entre nosotros alboreó el populismo, pocos habrá tan graves como el compromiso de la alcaldable de Barcelona, Ada Colau –una agitadora de barrio en fin de cuentas—, de que pensaba hacer desde la alcaldía lo que creyera oportuno, ajustada a la ley o, llegado el caso, por encima de la ley. Desde luego no constituye propiamente una novedad el reto al Estado de Derecho lanzado por esa lideresa en un país en el que estamos viendo un día sí y otro también cómo no se ejecutan las sentencias de los más altos Tribunales y cómo se saltan la ley a pídola los mismos encargados de hacerla respetar, pero también es cierto que pocas veces habremos oído semejante provocación expresada con tanto desparpajo. El populismo, ya se sabe, incluye esa licencia que tan bien expresaba la respuesta que dio el edecán a Perón una vez que cuentan que éste le preguntó qué hora era: “La que vos querés, mi general”. Aunque claro que la cuestión sería otra muy distinta si alguien se opusiera a los caprichos de Perón o de Colau, tan conocida es la estricta diligencia con que los líderes populistas suelen imponer sus derechos y aún sus torcidos, pero, en resumen, lo que resulta inasumible es que quien aspira a gobernar un Ayuntamiento tan precipuo como el barcelonés arranque su mandato declarando a los cuatro vientos que la ley para ella es algo supeditado a su voluntad.

Por lo que estamos viendo alrededor, los jueces parecen haberse plantado en mayor o menor grado frente a la delincuencia de altura y eso es ya un alivio para quienes en aquel Estado de Derecho hemos creído siempre. Menudean ya los presos relevantes –infantas, delegados del Gobierno, presidentes regionales, alcaldes y demás—aunque todavía quede a los ropones un largo trecho que recorrer hasta poner en paz y en orden esta majada y esté pendiente el logro de independizar realmente a los poderes del Estado. ¿Quién se ha creído que es la señora Colau para amenazar con saltarse la ley cuando se tercie, y cómo es posible que ese reto ingenuo no haya recibido una réplica terminante para que esta Jauja no se convierta por completo en una garduña? Es posible que este berenjenal político, en el que los “clásicos” se mezclan indiscernibles con los “antisistema”, resulte al cabo efímero y tengamos que volver a empezar, porque lo que no es posible es mantener una convivencia anómica, en suma sometida a la voluntad mesiánica de un oportunista con fortuna.