Crisis y lujo

La opinión libanesa ha acogido con muy malas maneras la celebración de un baile de “debutantes” en el que la escandalosa exhibición de riqueza resultaba por completo ofensiva a la mísera situación por la que atraviesa ese torturado país. El baile, por descontado, se presentaba como “benéfico”, pero ni esa excusa le ha evitado la crítica furibunda de quienes ven en esas burguesitas disfrazadas de princesas un insulto a todo un pueblo en apuros. Por mi parte, entiendo esa crítica y recuerdo la antigua teoría –Sombart, por ejemplo—de que el lujo, al fin y al cabo, se vuelve productivo en la medida en que ofrece trabajo a los asalariados, postulado bien cínico que hoy parece merecer el mayor crédito. En Nueva York, una feria del lujo celebrada el año pasado ofrecía un repertorio de caprichos, el más barato de los cuales costaba 250.000 dólares, y en España, como en otros países europeos, parece demostrado que esa industria funciona a toda máquina por encima del empobrecimiento colectivo, demostración palmaria de que las crisis no responden tanto al mal comportamiento del consumo como a frías estrategias urdidas entre las potencias financieras. Costa Gavras acaba de intentar demostrarlo en un film, “El Capital”, desmitificador y demagógico a partes casi iguales, en el que el afán del lujo funciona como el protagonista subliminal de la dinámica capitalista. El lujo florece en medio de la miseria sencillamente porque las crisis suponen la ruina de una legión de ciudadanos pero también, sin duda, una ocasión  de oro para las invisibles minorías que manejan los hilos del bululú.

 

Lejos de suponerle un discreto obstáculo en medio de la crisis, el lujo supone para esos beneficiarios de la situación un irresistible “indicador de posición” y una insuperable señal de “diferencia”. Por lo que la crisis está sirviendo, una vez más, para desenmascarar la realidad evidenciando que la desigualdad no es siquiera un efecto periódico asumido como inevitable por los responsables del Sistema, sino el producto de una decidida voluntad de producirla, cualquiera que sea su coste, porque constituye un fin en sí misma y un verdadero instrumento de re-estratificación social. Sombart llegaba a ver en el erotismo un factor principalísimo del desarrollo basado en la necesidad del lujo, aunque en  ninguna parte esté escrito que la lujuria resulte más productiva que la avaricia. El lujo es, según estamos comprobando, el envés de la más deplorable necesidad.

Mal vamos

Dicen que ha crecido el dinero que España dedica a la Educación pero, aunque con alguna mejora, el país sigue situado a la cola del mundo alfabeto y Andalucía, por desgracia, a la cola del país. ¿Inevitable? Pues parece que no, ya que hay autonomías españolas que medio se codean con las naciones más exitosas mientras ella sigue a los pies de los caballos. Y seguirá, por supuesto, mientras no olvide el prurito permisivo, no ponga remedio al absentismo y no imponga una disciplina razonable a la peña. No existe la ciencia infusa (ni la política infusa, que ésa es otra). Lo único que de verdad enseña es la conjunción de una buena pedagogía con un buen trabajo.

Creced y reproducíos

Recuerdo haberle leído hace años al maestro Alfred Sauvy que el dilema demográfico sobre el tamaño de la población sólo podía resolverse con criterios locales. Siempre hubo países quejosos de su escasez de habitantes y países que se lamentaban de lo contrario. En la literatura socioeconómica española del XVI y XVII –la saga valiosísima de los Caxa de Leruela, Luis Ortiz, fray Tomás de Mercado, Sancho de Moncada y demás—resuena y se repite como un “leitmotiv” el lamento, generalmente arbitristra, por la desolación de los campos y, en general, por la baja natalidad, causa indiscutible de ciertas decadencias, en especial tras el gran éxodo que supuso la colonización de América. La dictadura fue consciente del descalabro poblacional que supuso la guerra civil e impuso políticas de estímulo a las familias, pero luego el “baby boom” de los 60 produjo en Europa, y en España en particular, una inquietud notable ante la explosión demográfica luego corregida por una caída en picado de las tasas de natalidad. Hoy nuestros países envejecen, como envejece una China gigantesca que desde los tiempos de Mao no vio mejor solución al hambre que limitar los nacimientos a un solo hijo por pareja, medida que, aparte de producir una reducción de la población activa en tres millones y medio de personas, supuso la amenaza que supone la previsión de que los actuales 200 millones de pasivos actuales se convierta en 400 allá en 2035. Por eso ahora el PC acaba de abrir con cuidado esa veda de manera que se autorice a las familias en la que uno de los cónyuges sea hijo único o en las que el primer vástago sea hembra, a procrear un segundo retoño. El “comunismo capitalista” ha descubierto, al fin, que no hay mayor peligro para un pueblo que su envejecimiento. Algo es algo.

 

Lo que revela este debate es la dificultad –quizá mejor la inutilidad—de jugar con los modelos familiares politizando su libre desarrollo en cualquier sentido en lugar de apoyarlos con las medidas específicas propias de cada situación. Y de paso, que una civilización rica pero exigente como la que estamos viviendo, llena de ventajas pero también de obligaciones, tenderá siempre a reducir sus activos demográficos por obvios motivos egoístas. La inmemorial idea, fisiocrática en el fondo, de que los hijos constituyen riqueza fracasa en un mundo tentador y costoso para el que resulta irreconocible el modelo patriarcal.

Marrón del general

Ha muerto el general Alfonso Armada.Nunca sabremos si él era el “Elefante Blanco” que esperaban los golpistas en el Congreso pero la última vez que lo vi andaba cuidando con mimo un bosque de camelias en su pazo gallego, el mismo donde estuvo refugiado Jovellanos. Nunca sabremos, digo, cuál fue su papel en aquel burdo “pronunciamiento”, como no sabremos nunca quién mató a Prim por más que una intensa leyenda gravite sobre él y, de paso, salpique al propio Rey. Lo que sí hemos podido comprobar es su talante, la constancia de su silencio, porque si el hubiera querido -hay que reconocerlo– cualquier versión que hubiera dado, incluyendo la “áurea”, hubiera ido a misa. Son muchos los indicios que apuntan a su complicación en el montaje , eso es cierto, pero ninguno basta para situarle con claridad en la trama. No olvidemos que el propio PSOE — vamos, su Ejecutiva Federal– estuvo calladamente al tanto de sus proyectos, ni que aquellas cosas ocurrían en una España convulsa por la acción terrorista en la que no pocos sectores de la opinión andaban considerando la conveniencia de “sanear” la democracia imponiéndole alguna férula. Lo que fuera en realidad, él se lo ha llevado a la tumba, cumplida su pena prolongada por el autoexilio interior, la boca cerrada a conciencia,  tengo para mí que para proteger a terceros más que nada. El “espadón” supo, en todo caso, apechugar con sus oscuras responsabilidades y si algún día se sabe que lo que hizo fue en nombre de otro, por activa o por pasiva, la imagen del anciano que cuidaba las camelias  sin darle tres cuartos al pregonero aparecería bajo una luz muy distinta. Como dicen los “comunes”,  el general se ha comido el marrón sin abrir la boca.

 

El golpe del 28-F fue el último gesto decimonónico en un país embarcado ya en la aspiración democrática rumbo al siglo XXI. Tipos como Tejero o el propio Milans del Bosch, Pardo Zancada o Muñecas parecen escapados de un esperpento de Valle, de “Los cuernos de don Friolera” sobre todo, dispuestos a reafirmarse en la teoría de que “en el Cuerpo de Carabineros no hay cabrones”. Un anacronismo, en suma, donde ni su relación con el mundo ni la renta per cápita dejaban sitio ya a  la aventura post-romantica. Pero nunca conoceremos a ciencia cierta el papel que jugó en aquel pifostio el Armada que acaba de irse. Y si alguien lo sabe –denlo por seguro– nunca lo dirá. Hay quien sabe dar el pecho a lo hecho. Y gente que no.

 

La UGT a pique

Ninguna culpa tienen los simples militantes ni, seguro, michos dirigentes, pero el lío de UGT está ya tan devanado que resulta obvia su gravedad extrema. No se trata de un incidente superable: el sindicato ha toda fondo y no nos vengan con pamplinas como ésa de que lo que busca la Derecha es desamparar  a los trabajadores (Rubalcaba) o tapar sus propios escándalos (Méndez). Iglesias o Redondo se suicidarían, pero es evidente que esas honras poco o nada tiene que ver con los capitostes actuales. El “sindicato hermano” no saldrá del légamo si no es relevando a fonda una dirigencia que no se merece, pero de arriba abajo. Fernández Sevilla no es más que un mascaron de proa. Méndez debe irse del puente si no quieren hundir definitivamente el barco.

El sol del membrillo

Enorme jaleo ha levantado la difusión del retrato de la familia real noruega en el que Thomas Kluge ha empleado cuatro años de trabajo y en el que aparecen, un poco en plan “Familia Monster”, tres generaciones completas y, en primer plano, el príncipe Christian, plantado con un gesto adulto y una inquietante mirada como para llamar al exorcista. En España se sigue esperando el de la Familia Real que hace diecisiete años encargó Patrimonio al maestro Antonio López y éste azacanea minucioso tal como hiciera con aquel membrillo al sol que ofreció a la maestría cinematográfica de Víctor Erice, pero en este caso se trata de la estricta familia nuclear, es decir, de los Reyes y sus hijos fijados en 1992. Personalmente comparto la teoría del Duque de Segorbe de que el retrato debe mejorar al retratado pues no tendría sentido someterse –como se sometieron los Austrias a la maestría de Velázquez o Carlos IV al ojo implacable de Goya– a una pesquisa severa que descubra los defectos en lugar de disimularlos, y por lo que ya hemos visto en sus bocetos, López se esmera en declarar imparcialmente la verdad de la imagen, sin quitar ni poner. Y menos mal que al Rey se le ocurrió lo de la foto nuclear porque si llega a caer, como daneses o noruegos, en la ocurrencia de la familia extensa, iba listo el pintor con la que está cayendo. Cuando lo del membrillo, el maestro se empeñó en retratar la propia luz –sobre la luz de Velázquez habló, creo que mejor que nadie, mi maestro Maravall–, razón por la que debió eternizarse en su observatorio compadeciendo el fulgor matinal con el resplandor tibio del atardecer y pasando por el reto misterioso del lubricán, cuando, como dice la preceptiva coránica, no se distingue ya el hilo blanco del hilo negro.

 

Ahora, en cambio, su escrupulosa demora no tendrá que vérselas más que con un quinteto esencial que no incluye, menos mal, la traviesa descendencia ni ha de vérselas con Marichalares ni Urgandarines que valgan. Si López se retrasa es porque él no renuncia jamás a la perfección y esa perfección implica, en el caso del retrato, un escrupuloso respeto al análisis y hasta el psicoanálisis de las reales imágenes que justifique el esfuerzo y el gasto. Nada que ver, en todo caso, con el psicodrama de la familia danesa, sino con el compromiso de verdad que su hiperrealismo no puede excusar. Siempre será mejor, digo yo, que aquel christmas del fotoshop con nos engañaron alguna vez al felicitarnos en Navidad.