La ignorancia al poder

El alcalde de Sevilla cree que la astronomía trata y se ocupa del “más allá”, razón por las que –parece que ha dicho– “nos señala el camino a nosotros, los astronautas”. No hay diferencia entre astronomía y astrología para este mandatario desproporcionado, indeciso entre Galileo y Rappel, equidistante entre Tycho Brahe y Lola Montero, que constituye una muestra fenomenal del abismo en que la Política mantiene a la Cultura, no sólo en los niveles escolares sino en las altas esferas. Y lo que es peor: nadie ha dicho nada, ni una sola voz se ha levantado en el patio político siquiera para tomarle el pelo al ignaro, ni entre propios ni entre extraños, como si nadie entre quienes gobiernan la capital de Andalucía y entre los que aspiran a seguirla gobernando fuera capaz de distinguir entre esos hilos elementales. “La ignorancia al poder”. Aquel provocativo eslogan del post-68 es ya una triste realidad.

Poderoso caballero

Hablaba el secretario general del PA en las “Charlas en El Mundo”. Un ciudadano le pide en el coloquio que diga si los numerosos casos de transfuguismos hacia el PSOE registrados en las filas andalucistas de la provincia onubense, se han debido a razones de orden político o simplemente a la tentación económica. Y Julián Álvarez respondió sin dudarlo que lo segundo. Ahí queda eso, para uso de militantes, electores y de los propios tránsfugas a los que su partido acusa de “comprados” por el mejor postor. La desvergüenza política alcanza grados impensables hasta hace poco y está situando a la política partidista onubense en cabeza del despreciable ránking nacional de la traición política y la estafa electoral. Sólo que ahora nos dicen desde arriba, y sin la menor duda, de que la causa decisiva es la pasta, la tentación del dinero con que se ceba a los logreros lo mismo en la tierra llana que en la costa o en la sierra.

La soga y el ahorcado

Unas ignaras y oportunistas declaraciones del secretario de Organización del PSOE-A exigiéndole al profesor Gustavo Bueno la inmediata rectificación de las opiniones críticas vertidas en torno al texto del nuevo Estatuto, han provocado un vendavalillo en el que algunos tirios en nómina junto a algún troyano que pasaba por allí han aprovechado para brindar al sol nuevas opiniones, a cual menos discreta, sobre la presunta injuria del maestro asturiano. A lo que éste ha respondido con una circunstanciada reflexión sobre el estatutario “padre de la patria”, Blas Infante, haciendo especial hincapié en su conversión al Islam en 1924, su famosa peregrinación a la tumba de Mutamid y cuanto ello puede significar políticamente en la coyuntura que vivimos, y anotando, de paso, que en mi anterior comentario no reparara yo en aquella circunstancia, cree Gustavo que tal vez “por no nombrar la soga en casa del ahorcado”. Y no es así. Siempre he sostenido que el recurso a Blas Infante –Vaz de Soto habló en su día de “blasinfantilismo”—tuvo más de clavo ardiente que de recuperación, es decir, que el andalucismo del tardofranquismo echó mano de la experiencia “liberalista” (tan escasamente relevante en todos los conceptos) por no tener nada mejor a mano, incluso por no tener a mano nada absolutamente en el acervo ideológico, como era natural en una región como la nuestra. Es verdad que Blas Infante no dice las tonterías superlativas de Arana, pero también lo es que su “doctrina” no es ningún ‘corpus’ coherente ni funcional sino un centón –muy entretenido, no digo que no, y rebosante de la información cultural de su época— entretejido de una vaga antropología terciada de georgismo y heredera, en definitiva, de la larga tradición fichteana que desemboca donde desemboca y no en otra parte. Profeso pleno respeto y un piadoso afecto a esa víctima de la barbarie franquista, pero me niego a hacer como que me creo que en su difusa obra de “amateur” subyace un fundamento para erigir la autonomía ni ningún otro proyecto político. Ya veo a los lapidadores a sueldo estudiando su cantazo. Aquí está mi cabeza.
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 La aventura espiritual de Infantes no me interesa ni más ni menos que la de Garaudy o la del imán de Fuengirola que ilustró a su feligresía sobre cómo pegar a las mujeres. No censuro a la autonomía andaluza (a sus políticos profesionales) por ocultar esta cara oculta del personaje sino por consagrar como patriarca a quien habló confusamente del “genio hermosamente pagano” de Andalucía, una “civilización”, según él, “completamente original” llamada no a integrarse en Europa sino a realizar la “misión histórica, sustantiva e independiente de nuestra raza”. Sic. A mí me trae al fresco la disquisición infantiana (hoy superada científicamente, por supuesto) sobre los cráneos cromagnones o las mandíbulas trogloditas, pero no que dijera que Andalucía “es el anfictionado de los nueve Estados soberanos provinciales andaluces, incluyendo a Marruecos”. Eso no, porque eso sí que me inquieta, teniendo en cuenta por donde va ya la vera. La  consagración de Infante –moro o cristiano– en el Estatuto es simple oportunismo además de pereza mental y prueba de que ni ellos se lo toman en serio es que le hacen homenajes separados en el aniversario de su martirio y, sobre todo, que ya es una costumbre que el presidente de la autonomía no acuda sino que mande un propio al acto. ¿Mandaría un propio Ibarretxe al aniversario de Arana? Pero sobre todo, ¿qué tendría ya que ver el georgismo con la PAC y la paleontología con el hecho político ‘instaurado’, nada de ‘restaurado’, que es la autonomía? ¿Y qué el esplendor califal, las fuentes rumorosas, el amor udrí o los dátiles sentimentales con esta región europea “objetivo 1”? Nada de esconder la soga, maestro Bueno. Ni a usted ni a mí nos cuadra esa mandanga. Vamos a dejarle eso a Pizarro y compañía.

Guerra y paz

¿Se acuerdan de que Guerra dijo que el nuevo Estatuto no le interesaba a nadie más que a los políticos profesionales? Bueno, pues ahí lo tienen, en posición de firmes, aguardando a que el maestro de ceremonias de la campaña de su partido le diga a dónde tiene que ir a predicar la buena nueva que, por lo visto, ha descubierto tardíamente. También Escuredo, que se retrató en la plataforma o lo que fuere creada por notables para exigir un Estatuto no inferior al catalán, está ya dispuesto y preparado para subirse al escenario de este teatrillo político. Y otros que no merece la pena ni nombrar. Se da el cante, se coloca uno en postura galana criticando con energía y rigor al principio lo que, al final, acaba defendiendo con todas sus consecuencias. Lo raro es que el pueblo soberano no se dé cuenta del camelo y mantenga esa suerte de transigencia pasiva que los políticos se dan traza y modo de reciclar como muestra de adhesión plena. Aquí no se creen lo que predican ni los del ‘Sí’ ni los del ‘No’, cada uno con su cuenta y razón, cada cual  con sus compromisos y le personal en Babia.

Gritos y silencio

Dice el PP que va reclamar “todos los días” una explicación suficiente a la candidata del PSOE a la alcaldía de la capital, Manuela Parralo, por el indudable caso de favoritismo (vamos a dejarlo ahí) en la adjudicación a su hija de una plaza de profesora en el instituto Alto Conquero. Enfrente, se mantiene la estrategia del hermetismo absoluto –la del “ya escampará”—tal vez sin calcular debidamente el perjuicio que a la imagen de la aspirante a sustituir a Pedro Rodríguez está causando este escándalo indisimulable. Desde dentro del propio Instituto se murmura que siempre se supo para quién sería la plaza e incluso se desliza la hipótesis de que semejante gesto fuera la contrapartida a la delega por el mantenimiento del centro en su actual categoría. Demasiadas zonas oscuras, demasiada nueces para tan poco ruido. Si Parralo no explica ese quizá inexplicable enredo –porque si dispusiera de una salida fácil ya la habría tomado– saldrá mal parada del brete, aunque sólo sea porque siempre se ha dicho en castellano que quien calla, otorga. 

El buen consumidor

La experiencia del “apagón” europeo parece haber sido un éxito por encima de las expectativas. No ha habido gran ciudad del continente que no haya dejado a oscuras sus edificios señeros, desde la Torre Eiffel a la Giralda pasando por otros mil. Se puede contar, mal que bien, con la ciudadanía, pues, no ha muerto del todo el espíritu cívico, a lo que parece, sino que estaba ahí, agazapado, como aguardando la voz convocatoria, como la nota dormida en el arpa becqueriana, y ha despertado –mal que bien, insisto—en cuanto la ha rozado la mano de nieve. No es que se vaya a cerrar el agujero de ozono por eso, ni siquiera que las chimeneas vayan a regularse como quiere un ecologismo que ya alcanza hasta al berzotas de Bush, pero algo es algo: el “apagoncito” ha servido, al menos, para demostrar que el ciudadano/consumidor, tan autómata, tan amaestrado, tan sumiso, por lo general, encierra en sus entretelas un contestatario por lo menos moderado. Unos cientos de toneladas de gases ahorradas a la pobre atmósfera no son un Potosí ni una panacea, pero, miren, menos da una piedra, y es posible que antier mismo, cuando algunos escribíamos sobre el proyecto testimonial, nuestra expectativa de cooperación ciudadana fuera decididamente menor. Se puede, en definitiva, cooperar desde la base, es posible combatir el despilfarro con el ahorro y, sobre todo, queda probado, de una parte, que no se hunde el mundo porque se apaguen durante cinco minutos ni durante cinco horas las luminarias de la opulencia, y de otra, que el sufrido consumidor, ese “sujeto histórico” reducido a oscuro dígito en al penumbra estadística, tiene todavía a su alcance algo, tal vez bastante, que decir a los poderosos de este mundo. La Giralda apagada, vista desde mi azotea, venía a ser un hito insoslayable en la plana sin luz de la noche inverniza. No todo está perdido, quizá. O al menos, ya lo veremos.

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Y ahora los móviles, los “celulares”, el telefonillo indispensable que se ha metido en nuestras vidas adherido como una prótesis imprescindible a la fisiología del gusto, como diría el buscavidas de Savarin, los “móviles” que han adensado la interacción real en que se basa la vida colectiva hasta reducir la visión parsoniana a una vaga intuición. Frente o contra la piratería esquilmadora de las ‘operadoras’ y, en especial, frente o contra el injusto ejercicio de “dumping” que el Gobierno está consintiéndoles –él sabrá por qué–, la resistencia cívica propone ahora a los ciudadanos/usuarios (valga la redundancia del caso) una huelga de “móvil caído” para el próximo día 6 que, a pesar del desdén mostrado enseguida por los filibusteros, nadie sabe qué efectos podría acarrear a medio o largo plazo si se organiza el personal y es capaz de contener esa suerte de “libido communicandi” que ha entrado como un turbión en sus vidas. Ya veremos qué ocurre, pero aunque la sangre no llegue de momento al río rugiente que es la “cuenta de resultados”, tampoco es tan difícil ver que un plante de la gente a la hora de llamar podría, en determinadas circunstancias, condicionar muy severamente ese negocio abusivo. A pesar, incluso, de que la putería empresarial haya logrado disfrazar con tanta eficacia la realidad de un oligopolio retráctil que funciona como un reloj en cuanto alguien le roza una pieza al mecanismo. Aunque sin despreciar un montaje poderoso que cuenta con más de una línea por habitante (unos 46 millones, en este momento) y nos cobra por utilizarlas más o menos el doble que otros países europeos les cobran a sus incontinentes. Tendría guasa que la alienación famosa tuviera una salida tan simple como la santa huelga, y que la tiranía de la oferta acabara implosionando, convertida un agujero negro de móviles silenciosos y derechos reconquistados. La otra noche la Giralda estilizaba el prestigio de su arabesco realzado paradójicamente por la oscuridad. Nadie dice que el silencio no pueda obrar un milagrillo por el estilo.