Quitarse de en medio

El debate de Canal Sur sobre el Estatuto ha resultado un partido de segunda: ni uno de los líderes de partido estuvieron ante las cámaras como consecuencia de la rajada del presidente Chaves, que no quiere verse en directo ni muerto. Y se comprende. Se pueden predicar las bondades de este Estatuto muñido a cencerros tapados, pero no debe de resultar fácil defenderlo ni siquiera contando con una aplastante mayoría de palmeros. Ahí tienen a Chaves quitándose de en medio y a los demás aprovechando el tirón, porque no les quepa duda de que para todos es más fácil el silencio que lo serían las difíciles, acaso imposibles razones. Si el Estatuto fuera un bombazo para la autonomía Chaves hubiera estado en ese debate llevando la voz cantante. Si se oculta tras la cortina, por algo será, y ese algo no es otra cosa que la dificultad que presenta la defensa de ese texto y de sus circunstancias. La jindama de Chaves le ha venido de miedo a los demás, por supuesto. Pero es él quien ha corrido más deprisa huyendo de la quema.

El festín de Doñana

Me dice un amable espontáneo que el presupuesto de Doñana para el lince es de 26 millones de euros y otro tanto el dedicado al águila imperial. No sé si será cierto o estará tratando de intoxicarme pero de lo que no cabe duda es de que los jerifaltes del Coto comen divinamente a costa del contribuyente, o al menos eso dice la Cámara de Cuentas, según la cual llegaron a gastarse más de cuatro kilos en comilonas, sin incluir las celebradas en Londres, hábitat, como todo el mundo sabe, abarrotado de águilas y linces en peligro de extinción. Y encima nos cuentan que hay agujeros injustificados, también millonarios, en su contabilidad, o que las juntas rectoras no se toman siquiera la molestia de reunirse como dispone la normativa. En Doñana los linces viven de los conejos y los gestores de los linces. Si en el “Juan Ramón Jiménez” faltan médicos y recursos no importa tanto, al parecer.

Votar a ciegas

Un militante comunista, que había hecho gala de muy buen argumentario en el coloquio de una de nuestras “Charlas en El Mundo” onubenses, trató el otro día de descalificar mi queja por el desconocimiento masivo del texto del Estatuto que vamos a votar con el argumento de que ése –el mío– era el discurso de la derecha más reaccionaria, añadiendo como prueba, irrefutable para él, que también el anterior el Estatuto, el que ahora va a ser sustituido, fue votado desde la ignorancia, lo mismo que la sacrosanta Constitución vigente, e igual, añadió, ya embalado, que las leyes que hicieron posible la Revolución Francesa. Ni le contesté al último dislate, claro está, pero algo tuve que decirle sobre lo anterior porque me pareció de lo más impropio escuchar en nombre de la izquierda una defensa del gregarismo tan insostenible. ¿Acaso cabe proponer éticamente a un electorado que vaya a las urnas como caballo de picador, dispuesto a votar lo que le echen sin saber siquiera qué está decidiendo con su voto? Un reciente estudio del CIS ha determinado –la sociología es una ciencia empírica dedicada a demostrar obviedades, decía uno de sus fundadores– que nada menos que el 84 por ciento de los electores andaluces no conocen, en efecto, el texto que se les propone en ese Referéndum, o más concretamente, que un 33 por ciento asegura no tener ni la más remota idea de qué va la vaina, un 34 dice poseer sólo un conocimiento ‘bajo’ sobre el texto que se le somete y un 20 por ciento reconoce que apenas posee ese conocimiento en un grado “muy bajo”, es decir que el 18F los andaluces van a votar o a abstenerse sobre un Estatuto del que no tienen ni pajolera idea. No es la primera vez que traigo aquí la frase de Bernanos que venía a decir, más o menos, que las democracias no pueden ser menos hipócritas que las dictaduras cínicas. Los fascistas decían que el mejor destino de la urnas es el de ser rotas. Alguna izquierda sostiene hoy que hay que acercarse hasta ella aunque sea con los ojos tapados.
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En el anecdotario de esta jornada no poco extravagante que es la presente aventura del referéndum brillarán con luz propia propuestas tan estupendas como las que han lanzado Chaves y Pacheco solicitando a los electores, uno fe en él mismo, y el otro confianza en los políticos en general no sólo para acudir a votar como borregos sino para sumarse al voto afirmativo. Un poco lo que Mingote ponía en boca de uno de sus personajes allá por la noche franquista y en víspera de unas pringadísimas elecciones “orgánicas” inventadas por el Régimen: “Vote a Gundisalvo, hombre. ¡A usted qué más le da!”. Sólo que en plena democracia, es decir, cuando la invitación al panurgismo resulta intolerable no ya porque acaso quizá no exista mayor negación del espíritu democrático que el intento de tratar al electorado como un rebaño, sino porque formulada desde la izquierda, esa propuesta de ritualización mecánica del ejercicio del voto  resuena como un sarcasmo. Por supuesto que no se me escapa que estas situaciones son posibles sólo en el marco crítico en que malviven las democracias actuales, unos regímenes de opinión pública que se permiten, como estamos viendo, incluso proponerle a esa opinión que actúe como simple figurante en la comedia pública, de la misma manera que parecen haber asumido la inevitabilidad de la corrupción o de esa supina perversión del sistema que es la confusión de los poderes del Estado. Votar sin conocimiento de lo que se vota es una insensatez y un acto de servilismo partidista y quien diga lo contrario  defiende ambos despropósitos, por más que se invoque la complejidad como coartada de aquella fe. No vaya a ser que lleguemos a la conclusión de que no hay más instrumento de participación política posible que esta oligarquía renovable. En los actuales niveles de ignorancia, un referéndum lo más que puede dar de sí es una burda ficción legitimadora.

Las viviendas ilegales

Gran truco el de las viviendas ilegales. Se permite en beneficio de unos cuantos construir miles de viviendas (Marbella y Chiclana, pero no sólo en esas poblaciones), fuera de la ley, como si el Ayuntamiento y la Junta fueran ciegos, como si los PGOUs fueran papel mojado, y una vez que se arma la marimorena y llega el tío Paco con la rebaja, se decide, con apariencia salomónica, “legalizarlas” por el procedimiento de pagar entre todos el coste de la operación. ¿Por qué han de pagar los ciudadanos con sus impuestos y a prorrata las irregularidades que –en beneficio de unos cuantos, de eso no pueden caber dudas– permiten las Administraciones, por qué asumir entre todos las pérdidas de recaudación  provocadas por unos pocos, por qué pagar conjuntamente los costes de servicios de bienes que disfrutarán sólo sus dueños? La legalización de viviendas ilegales es el truco más retrucado que ha parido esta tropa. Pero también el que más dinero ha repartido por ahí y el que ha arrimado más de un voto a los respectivos partidos.

La Junta en Niebla

No acaba de quedar claro, ni mucho menos, el papel jugado por la Junta de Andalucía en el espinoso asunto de la cementera de Niebla. Hay que darle la razón a los protestantes cuando dicen que si la Junta alega carecer de competencias en materia de gestión de residuos radiactivos no se explica por qué concede la Autorización Ambiental Integrada a esa empresa a sabiendas de que en ella se trabaja con inertizados inorgánicos, y también cuando reprocha a la Junta que diga no tener constancia de la radiactividad de esas substancias habiendo como hay un informe del CSIC que, en su día, fue patrocinado por la propia consejería de Medio Ambiente. ¿Simple mala gestión, intereses que no son fáciles de publicar, compromisos adquiridos? La Junta debe evitar que, una vez más, el problema de los residuos peligrosos intranquilice a los onubenses, pacientes y sufridos frente a unos riesgos que no suelen negarse en ninguna parte del mundo más que aquí.

TV y democracia

En Venezuela hay gran expectación ante el anuncio de que el todopoderoso Chávez ha decidido suspender “temporariamente” la emisión de su programa dominical, el famoso “Aló presidente!, foro exclusivo desde el que ese salvador de la patria aplica la letra chica de su “revolución bolivariana”. Van a dar tiempo, por lo visto y oído, a los edecanes y colaboradores del ‘Gran Gorila’ para que “conjuguen sus poderes creadores” (sic: no crean que es coña) de manera que un nuevo formato permita al programa adaptarse a la nueva era revolucionaria que, según el régimen, acaba de comenzar. “Aló presidente” lo oye mucho personal –aunque hay quien dice que una sigilosa inquisición controla hasta en las chabolas quién sitúa y quién no el dial como es debido– y en él se luce el primer mandatario lo mismo enmendando la plana a los burócratas que entorpecen la bonanza revolucionaria que entonando rancheras o vidalitas de su repertorio más bien cuartelero, ésa es la verdad, que por lo visto encantan a sus seguidores. Castro no ha cantado nunca, que uno sepa, en su caja tonta pero sí que ha perpetrado en ella multitud de peroratas que los cubanitos han debido seguir a pie firme soportando el natural cansancio y el ruido de tripas, hasta el punto de que pocas novedades tan intranquilizadoras vive hoy la sociedad cubana como el silencio televisivo al que la enfermedad ha forzado al “conducator”, y por supuesto, pocas esperanzas más contumaces que la de verlo de nuevo en la pantalla y salir de dudas. No quiero ni imaginar que hubieran hecho Goebbels o sus colegas soviéticos caso de disponer de una tele en sus buenos tiempos, pero esta irrefrenable proclividad televisiva de los dictadores hodiernos nos puede dar una respuesta seguramente adecuada para esa pregunta.
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Parece ser que, en todo caso, la emisión del programa presidencial es considerada por el régimen y por el propio líder como una prioridad absoluta y, en consecuencia, como un requisito casi forzoso para la buena marcha del proceso que pretende asentar la “democracia directa” y desechar la fetén –“no queremos una democracia como aquella que, en el primer plebiscito, gritó: “¡Queremos a Barrabás!”, decía Franco– que es considerada como un elemento entorpecedor del progreso y, en definitiva, como una baza antipatriótica de sus rivales. Cuando los manijeros se pongan de acuerdo y el programa, ya remozado, esté adecuado a las exigencias de la nueva era (la tercera, según los cálculos de esa dictadura electiva), Chaves volverá a la pantalla a predicar la buena nueva del “socialismo del siglo XXI” que es, a un tiempo, “el socialismo bolivariano, el socialismo cristiano, indoamericano y venezolano”, todo en una sola y única pieza templada en la forja conceptual de la demagogia más primitiva. Un socialismo que ya no es “científico”, como se pretendió un día, ni siquiera “utópico”, sino sencillamente coyuntural, acumulativo, improvisado como no puede ser de otro modo en un programa cara al público por muy amañado que esté el guión, una doctrina siempre posterior a los hechos, es decir, una simple coartada que habrá que ir improvisando en pleno plató hasta que todo el país real sea, en efecto, un plató virtual y sometido, atento a la seña del regidor para prorrumpir en un cerrado aplauso cada vez que sea menester. Es bien cierto que, salvadas las distancias, no hay diferencias esenciales entre el telerrégimen de Chávez y nuestros sutiles montajes mediáticos como no las hay entre los esbirros de Chávez y los comisarios que aquí, en plena democracia, se pitorrean del imperativo ético y de la madre que lo parió. Después de todo, también nosotros perseguimos, por lo visto, ese “socialismo del siglo XXI” de perfil tan incierto como dudoso pasado. Nos falta, eso sí, ver en la pantalla el busto parlante del Poder prometiendo justicias y cantando rancheras.