El gen delator

No me ha sorprendido ni poco ni mucho la noticia de que, sólo durante el año pasado, cuatro mil ciudadanos –es decir, más de diez diarios– se sometieron en España a la prueba de paternidad que permite el ADN. La búsqueda del padre es un tema literario bien acreditado, incluso mítico, que en una sociedad progresivamente abierta no tiene más remedio que ir a más, lo que supone, por el revés de la trama, un proceso inevitablemente crítico para la cultura de la honra que ha señoreado durante siglos nuestra convivencia. Sigo husmeando hasta enterarme de que, en el conjunto de Europa, se estima que no son hijos de sus padres declarados uno de cada diez infantes, una cifra demoledora que desarma la resistencia de quienes se resisten a admitir que el mundo en que vivimos no es ya el de nuestros padres ni quien tal lo pensó. En la publicidad, sobre todo en Internet, se tropieza uno cada dos por tres con anuncios de empresas dedicadas a prestar ese servicio que ha hecho posible el hallazgo simultáneo de Watson y Crack –y quien sabe si esa serendipia no es ya de por sí un guiño al destino–, tan asequible ya que hay bulla por ofrecer pruebas hasta en rebajas. Existe el tópico reciente de que el gremio más proclive a la paternidad sigilosa sería el de los toreros, en el que Ostos y El Cordobés encabezan un pelotón que compite sobre fondo rosa en esta liga secreta con campeones como Maradona o genios como el Fary, pero hay que tener muy mala memoria para no recordar al punto que no hay gremio que escape a ese gaje del oficio seductor. Los descendientes indirectos del presidente Jefferson han ganado hace poco un largo pleito que les declara descendiente del señor cuyo rostro luce en la cara del dólar y no habrá que recordar el estremecimiento de la izquierda continental ante la imagen funeraria del entierro de Mitterrand en la que destacaba la hija reconocida sólo dieciocho años después. A Perón le han estado removiendo la huesa a instancias de una presunta hija que ha resultado, me parece, espuria y sin fundamento, justo cuando el ex-presidente Alan García pillaba la delantera a los chantajistas del famoseo reconociendo, junto a su comprensiva esposa, al autenticidad del hijo reclamante al que prometía amor y protección de por vida. Van listos quienes creen que el infame “tomate” de nuestros días es una novedad.
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No es difícil entrever en esa legión de hijos en busca de padres un síntoma más del agente transformador más activo de nuestra convivencia: la inseguridad masculina paralela a la reafirmación de las hembras. Porque entre esos cuatro mil hay, por lo visto, no sólo hijos que reclaman padres y madres que buscan lo que es suyo, sino padres, reales o presuntos, pero en todo caso inseguros que recelan de la fidelidad de las mujeres en un mundo cada día más libre que intranquiliza al varón privado de sus controles tradicionales. Claro que un diez por ciento de hijos de otro, como dicen que hay en Europa, constituye una cifra que por sí sola y sin remedio cuestiona una tradición fundada a ciegas en la presunción de paternidad que es ni más ni menos que la piedra miliar de la cultura de la honra y, de paso, aniquila la ilimitada potestad del macho que el anonimato forzoso hacía posible. No sabía aquel par de sabios el alcance sociológico que, a la larga, habría de tener la genética, ni el golpe de gracia que el desciframiento del cariotipo traería a esta tribu acostumbrada a vivir en silencio sus celotipias y a tragarse en solitario la carga que supuso siempre el fruto del deseo. Maradona, por ejemplo, ha de largarle a su vástago napolitano cuatro mil dólares al mes desde que los sabedores proclamaron que en el nene reclamante existía, en efecto, “un raro haplotipo característico de diecinueve marcadores polimórficos” que no se daba en la muchedumbre de referentes. Ya me dirán que puede hacer ante esa jerga incluso el porteño más locuaz.

Chaves y las ménades

Menuda bronca le han armado al bipresidente Chaves las mujeres de los trabajadores lanzados a la calle por la multinacional Delphi tras haber trincado cientos de millones del contribuyente por amabilidad y ligereza de la Junta y el Gobierno. Protestaban esas ménades airadamente ante el camelo y no se conformaban con la putería política especializada en “enfriar” los conflictos en espera de que acaben disolviéndose en el caldo de la propia desesperación, una actitud del todo explicable a la vista de los trajines dilatorios que se traen entre manos los “expertos” y los “comités mixtos” Junta-Gobierno con la intención única de darle largas a un asunto que el propio Joaquín Almunia, desde Bruselas, ya admitió de entrada que no tenía solución. Esa gente quiere una solución y no palabras, quiere un proyecto realista (como los de Valencia o Galicia, ¿es demasiado pedir?) y no el similiquitruqui de estos especialistas en camelos. Al dedo enhiesto de Chaves opusieron esa ménades (ver foto) los suyos exigentes. “Cada uno valemos tanto como vos y todos juntos más que vos”, decía la vieja España a los propios reyes. Y esos dedos lo repetían con justa indignación.

El precio del florero

No quiere ser florero la concejala fugada -¡qué suerte la del PSOE, supuesto que no se trate más que de suerte!– en fecha y circunstancias tan calculadas: se ha dado cuenta de que lo era tras casi siete años de serlo (ingresó en la corporación en 1999) y por eso se va aunque se quede por mantener el compromiso con “los ciudadanos que la eligieron” (pfff) y, por descontado, sin sueldo. Ahora bien, media hora más tarde ya estaba en el registro, ay, su escrito dirigido al alcalde pidiéndole que le mantenga intacto “los derechos económicos y políticos correspondientes”. Gratis, ni a coger duros. Con lo que se repite la historia de los tránsfugas anteriores, desde Huelva a Gibraleón, pero con la variante de contarle al público la milonga de la gratuidad. A falta de mejor salario, valga el precio del florero. Y si cae algo desde enfrente en concepto de compensación, pues mejor que mejor, sobre todo tratándose de una edil (no se crean otras versiones) que no entraba en los planes para la próxima legislatura. Vergüenza sobre vergüenza. Propios y rivales se lo están poniendo éticamente a huevo a los conservatas onubenses.

Muertes de perro

Parece que no hay modo de erradicar el hábito cazador de ahorcar al chucho que ya no rinde en el campo. En cuanto flojea el perro, en cuanto se deja ir una pieza o no adopta la postura expectante con la que delata su presencia, una cuerda, un buen lazo, una recia encina y a otra cosa. Brutal, seguro, pero tengo para mí que no hay gran distancia básica entre el desprecio por la vida y la correspondiente solución propia de ciertos furtivos desalmados, y la que subyace a la idea no tan extraña de que, como la mala yerba, la persona demostradamente peligrosa debe ser eliminada por las bravas. Veo estos días en Internet la estremecedora imagen de una lapidación de dos hombres y una mujer acusados de adulterio, una escena difícil de creer pero que ahí está, en alguna parte al norte de Afganistán: enterrados hasta el cuello son apedreados sin piedad hasta que uno de los bárbaros, ignoro si por un resto de piedad o por simple eficiencia, se acerca y les descerraja unos cuantos tiros en las cabezas destrozadas. Y siguiendo el hilo tropiezo con el nuevo debate suscitado en la sociedad china sobre la pena capital que en aquel gigantesco país se aplica, según las últimas estadísticas, a razón de 8.000 suplicios al año. Ante la fuerte presión de este debate, el propio Tribunal Supremo ha creído discreto exigir o, al menos, solicitar tres condiciones a los jueces que dicten sentencias de muerte: la primera, que las sentencias se funden sobre pruebas (¡), lo que hace suponer que hasta ahora ese requisito elemental no debía de ser forzoso; la segunda, que no se escarnezca a los reos con exhibiciones públicas antes ni después de la ejecución sumaria (allí se ejecuta con un rito en la nuca cuya bala paga, como es sabido, la familia de la víctima); y en fin, la tercera es que una pena tan grave no quede en mano de los remotos tribunales de provincias sino que requiera la confirmación de la suprema instancia. Mal deben de andar las cosas cuando en una nación que aplica por miles la última pena los propios ropones han de tentarse la ropa exigiendo garantías.
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Dicen que en USA aumenta en los últimos tiempos la oposición al suplicio pero, como para compensar, en Francia no hace mucho que un grupo de diputados, entre los que se encontraba algún apellido político destacado,  solicitaba la restauración de la pena de muerte frente al terrorismo, y no faltó siquiera un rifirrafe provocado por la evocación de la guillotina en algún popular programa de radio, datos desoladores a los que hay que añadir el espectáculo montado en el cadalso iraquí por el régimen títere de los ejércitos ocupantes. Sería ingenuo, en todo caso, minimizar esta barbarie sin ver que bajo ella lo que sostiene el tingladillo ideológico es la devaluación progresiva de la propia vida humana, la indecente exhibición de brutalidad que diariamente difunden los medios junto a la resignada asunción de la muerte masiva que acarrea la miseria extrema en este mundo desigual. Ya es significativo que el propio Catecismo de la Iglesia dudara de la manera en que lo hizo a propósito de su ambigüedad ante la pena de muerte que tanto contrastaba con la rotundidad con que, de manera atolondrada, a veces se ha tenido la ocurrencia de equiparar al aborto, incluido el terapéutico. Sólo hace unos días la misma institución repetía el gesto de Pilatos imponiendo el traslado de la mujer que reclamaba su derecho a la eutanasia desde un hospital regido por religiosos a otro de régimen laico, gesto similar en el fondo a aquel otro que aceptaba la pena de muerte alegando la soberanía de los Estados y la autonomía de sus ordenamientos jurídicos. He buscado la noticia de la lapidación que antes refiero y lo más que hallé en algún periódico ha sido un suelto insignificante en el que se daba cuenta al paso de la terrible escena, pero sí que he encontrado una severa profecía que ve en la “apertura” china un factor multiplicará las ejecuciones. La vida no vale ya  un pito. Si buscan razones más escondidas estarán perdiendo el tiempo.

Chapapote bueno

Si éramos pocos, parió la abuela: al buque encallado en la bahía de Algeciras con petróleo en la bodega se une ahora el cisterna griego con 44.000 toneladas de fuel a bordo, igualmente varado junto a Gibraltar. Cualquier cosa puede ocurrir, obviamente, pero ni una tímida voz sale de la Junta y menos del Gobierno denunciando el peligro y convocando al voluntariado como en su día se hiciera en Galicia con el ‘Prestige’, la magistral operación de desgaste del Gobierno legítimo perpetrada desde la oposición de entonces. Nada de chapapote, nada de alarmas, menos aún de ‘voluntarios’ salvadores reclutados en toda España, a pesar de que –esta vez no pueden seguir con el cuento de que los riesgos son mínimos– en cualquier momento pueden hacerse realidad los peores vaticinios. ¿Habrá ahora manifestación contra el Gobierno de alcaldes de la zona, irá Chaves a encabezarla en caso de celebrarse, vendrán siquiera las ministras (la presencia de príncipes y presidentes ni se plantea) a dar la cara? En esa costa puede ocurrir lo peor mientras la Junta y el Gobierno aguardan emboscados a que amaine el levante.

Vivir de espaldas

Reaparece el tema de la carretera Huelva-Cádiz, esa conexión reclamada por el sentido común que los políticos han convertido en un sodoku de partido. No es sostenible la excusa de la protección de Doñana, un parque en el que ha ocurrido de todo y que cualquier verano registra varios incendios en su periferia sin que la autoridad vaya más allá de tratar de apagarlos como buenamente se pueda. Ni la yenka que se trae la Junta, que si sí que si no, probablemente porque la exigencia se plantea desde el partido de la oposición aunque sea con el respaldo unánime de los promotores. Ese pleito debe ser sacado de la pelea partidista para buscarle la imprescindible solución en el terreno de nadie que es el de los intereses de todos. ¿Cómo mantener el aislamiento, cómo vivir de espaldas esas dos únicas capitales contiguas que carecen de acceso directo entre ellas? Deben ser los ciudadanos, a través de la opinión pública, quienes exijan ese planteamiento práctico. De los partidos, desgraciadamente, todo indica que no puede esperarse más que partidismo.