Políticas de partido

Pego en Málaga la oreja al crecido cabreo que se nota entre sus gentes por la reacción política –sevillita y madrileña– al anuncio de instalación del futuro museo Tyssen en esta “capital económica” de Andalucía que bien podría reclamar también, de seguir la burra a esta paso, la capitalidad cultural. Sobre todo cabrea al personal el silencio de la Junta, el ninguno del importante proyecto, la minimización de su eventual impacto por la consejería de Cultura, pero también la imagen de una ministra de Cultura al borde de un ataque de nervios porque un Ayuntamiento rival logre tan señalado éxito y tratando de que los Tyssen “compensen”, dentro de lo posible, a Sevilla. Gran cabreo, ya digo, y más que justificado en un momento en que la Junta y el Gobierno no se lo piensan dos veces para inaugurar en los feudos adversarios todo lo inaugurable. Pero la Cultura debería estar al margen de restas frondas de partido y ser apoyada siempre desde el poder. Eso es lo que la ministra hubiera dicho mientras trajinaba para llevar los picazos a Málaga y lo que debería hacer ahora que los de enfrente han conseguido arramblar también con los fondos del barón.

La lista eterna

Después de tanto clamor y tanto grito resulta que la “lista” de la candidatura del PSOE onubense aprobada en noviembre por los militantes no está ni mucho menos cerrada. Ahí tienen a la presidenta de la Federación de Vecinos Tartessos –la misma que animó a deslucir la inauguración del parque Moret, tendió su mano a la última tránsfuga o prestó su hombro consolador a la candidata una de las veces en que se vino abajo en el Pleno– anunciada como próximo fichaje en una demostración definitiva del partidismo que anima a dicha institución y al margen de la asamblea de la partido que se ha enterado de este desembarco por los periódicos. No deben de ir las cosas demasiado esperanzadoras cuando la lista va y viene de aquí para allá, como si la fueran rifando, desde hace casi medio año, pero al menos queda claro –a los vecinos federados, a los militantes sin voto y a los votantes en general– el grado de infiltración del poder manipulador en la sociedad civil.

La primera piedra

La foto de prensa reproduce la imagen de una mujer enterrada hasta los hombros. Va vestida de negro riguroso, celosamente cubierta con la pañoleta de la honestidad y en su cara –que aparece rodeada de cantos y pedruscos– muestra las presuntas huellas de los primeros castigos. Pero no es una foto real sino un montaje, una parodia –cierto que conmovedora– que han hecho algunas mujeres iraníes para protestar contra la bárbara práctica de la lapidación, todavía vigente. En Irán fueron efectivamente lapidadas dos mujeres el año pasado y parece ser que en este momento la inspirada Justicia (¿) de los ayatolás mantiene entre rejas y a la espera del suplicio a otras cuatro desgraciadas que, antes de recibirlo, habrán de cumplir sus previas penas de cárcel impuestas siempre por el mismo delito de adulterio. Una de ellas, Hajie Ismaelvand, acaba de ser absuelta tras cumplir siete años en un penal y se ha librado de ser apedreada hasta la muerte sólo porque al juez le ha temblado la mano en el último instante, cuando según aseguran las crónicas, el agujero estaba ya abierto y las piedras prevenidas para rematar la faena. Pero por lo visto, esa celosa y expeditiva “Justicia” es también previsora y su procedimiento tan complejo que, para que una adúltera (o adúltero: hace sólo unos días fueron apedreados hasta morir dos hombres y una mujer) sea condenada son precisas, al menos, un par de condiciones: la primera, que la propia acusada admita varias veces “que ha mantenido relaciones sexuales plenas” fuera del matrimonio; la segunda, que “cuatro testigos justos”– machos por supuesto– ratifiquen que son testigos directos de semejante aberración. Ahora bien, si no se cumplen ninguna de esas dos condiciones, todavía queda una posibilidad de condena y es que el juez dictamine su convencimiento de la culpabilidad guiado de su propia intuición. A Hajie no han podido probarle nada de eso y, por lo visto, el juez que le tocó en suerte, y nunca mejor dicho, no apreció con claridad su culpa, a pesar de lo cual ha debido cumplir siete años de duras prisiones y, por descontado, ha sido desposeída de su prole. Es muy necesario el “diálogo entre civilizaciones” tan distintas, hay que convencerse. De lo que ya no estoy tan seguro es de que quede una posibilidad medianamente viable de lograr la “alianza” entre ellas.

xxxxx

A favor de la liberada iraní parece ser que se ha movilizado discretamente la diplomacia europea, cuya influencia, en el contexto de la actual crisis provocada por la detención/secuestro de los marinos británicos por parte de Irán, bien pudiera haber resultado efectiva, pero no la americana, y no sólo por las tensiones de la coyuntura, sino porque, como es natural, los EEUU no son la potencia moral más indicada para reclamar respeto a la vida o exigencias contra la pena de muerte y, lo que es igual o peor, según se mire, ni siquiera para exigir respeto a los derechos humanos en general. Nada puede resultar más lesivo en un Imperio que su falta de solvencia ética, nada tan lesivo para los “provinciales” como el hecho de que la propia culpa metropolitana haga imposible la imposición de un orden justo o razonable patrocinado por el único que tiene poder real para hacerlo. No hay argumento posible a favor de esa barbarie primitiva pero tan claro como ello sería, en fin de cuentas, que habría de resultar impropio contemplar a los torturadores de Abu Grahib o los secuestradores de Guantánamo y los “aviones fantasma” exigiendo a otros países trato humanitario. Europa sí puede, en cambio, y, por una vez, está en condiciones de clamar (incluso de ‘declamar’, como algunos preferirían, por supuesto) y plantarse frente a la barbarie integrista. Ya sólo le falta al viejo continente hacer lo propio frente al Imperio mismo la próxima vez que el juez de la horca decida echar su soga por encima del olmo y darle al caballo en el lomo la palmada fatal.

Los partidos, primero

Los partidos políticos, como las señoras en las antiguas “urbanidades”, deben gozar de prioridad a cualquier efecto. El Parlamento, mismamente, es decir, la representación del Pueblo que ellos mismos ostentan en virtud de esa ventajosa hipóstasis que confieren las elecciones, debe ir tras sus huellas y sin prisas, sin perder el paso del desfile, limitado ni más ni menos que a refrendar, a ratificar o a aplaudir lo que ellos decidan. Ésta es la práctica desde siempre y también, desde ahora, la teoría, según la ha enunciado en la Cámara autonomica el portavoz del PSOE, Manuel Gracia, a propósito de la propuesta de evaluar la llamada “deuda histórica”, cuyo montante estaba tan claro cuando gobernaba el PP y ahora ni siquiera sabemos cuándo será el momento de establecerlo. Que los partidos muñan; tiempo tendrá luego el Parlamento de poner debajo el visto bueno y echarle el garabato a la componenda tramada fuera de él. Ya ni disimulan la realidad de la partitocracia que ha fagocitado al régimen democrático genuino. Los partidos, primero. Detrás de ello, lo que fuere menester, siempre que no estorbe sus innegociables intereses.

El nuevo neolítico

No sé si “lo de menos”, pero desde luego “lo de más” no es el negocio (maldita palabra; escucho al clásico estos días certificar su “estridencia”) del ladrillo, la opción desenfrenada por la construcción como motor de arrastre de nuestra economía y, en definitiva, de nuestras vidas. “Lo de más” podría ser el hecho de que estos locos consentidos y tantas veces compadreados por el Poder están perpetrando un nuevo neolítico, corrigiéndole la plana al modelo de vida que comienza en Jericó hace 8.000 años mal contados, para sustituirlo por otro de imprevisible alcance. Tomen el caso de Cabezas Rubias (junto a los anteriores, claro): millones de metros cuadrados podrían ser edificados para conseguir un pueblo diez veces más grande del actual. No sabemos bien para qué, ni quién lo habitará ni por qué, ni quién pagará los enormes costes derivados. Sabemos únicamente (dentro de un orden) quién trincará la pasta gansa y levantara luego el vuelo hacia otros mundos. El Madroño o Gibraleón, Punta Umbría y los que se tercien: aquí no hay inversión a lo grande si no hay cemento por medio. Con las bendiciones del Poder, por supuesto, y seguramente, con su “amistad política”.

Ante la cámara

Merecería la pena estudiar con atención el efecto profundo que la presencia de la cámara produce en el ser humano, su capacidad para transformarlo en un momento y hacer de una vecindona una discreta o de un sabio un idiota. Cualquier cámara, incluidas las domésticas. En una localidad británica, Shropshire, un ciudadano de mediana edad, Kevin Withrick, se ha descerrajado un tiro ante su “webcam” como empeñado en exponer larrianamente su desdén por la vida ante un auditorio aterrado, hecho que parece sugerir que la presencia de la cámara trastorna al observado hasta el extremo de sacrificarle su propia entidad. Ante la cámara, como ante el espejo (recuérdense las espléndidas reflexiones que hizo Baltrusaitis sobre el tema), el ser humano reacciona presa de una turbación narcisista que quizá saque a la luz una escondida pulsión exhibitoria pero que también concierne a cierta ilusión testimonial que lo hace crecer ante la mirada del otro, aunque sea imaginaria. La modosidad de los contertulios de ZP en la tele, por ejemplo, esas muecas que eran a un tiempo estrategia de disimulo y ejercicio de sugestión, no resultan comprensibles, como la acción del suicida Withrick, si no es en función de la mirada ajena que cada protagonista tiene en la cabeza y presiente que le vigila. Al margen de si su suicidio fue wertheriano u obedeció a causas menos románticas, siempre he creído que Larra no se miraba (sólo) a sí mismo mientras montaba el revólver y apretaba el gatillo, sino que se hacía contemplar imaginariamente por un público que era su último y definitivo referente, es decir, que no buscaba su propia mirada devuelta por el azogue sino la mirada ajena que él sabía agazapada esperando el momento de dar el salto. El suicidio genuino suele ser silencioso y reservado, como los de Belmonte o don Manuel Halcón, y ni siquiera a esos protagonistas debió escapar la evidencia de que evitar el grave espectáculo que inevitablemente provoca la acción suicida resulta casi imposible. Pero a diferencia del espejo, la cámara implica una relación con el prójimo que tiene más de teatralidad que de rito. En cierto modo, quizá pocas cosas definan mejor el cambio psíquico de nuestro tiempo que este éxito de la cámara frente al espejo, es decir, esta publificación de la intimidad impensable fuera de la sociedad mediática.

xxxxx

En la tele los comportamientos difícilmente son espontáneos, por ejemplo, y hay que entenderlo, porque un ‘medio’ con capacidad para famosear a un ciudadano por el mero hecho de preguntarle a un político el precio de un café, no cabe duda de que ha de “mediatizar” los comportamientos. Que ante una lista de cien portugueses famosos en su historia, casi la mitad de nuestros vecinos se hayan pronunciado a favor del dictador Salazar, cuya memoria venía siendo arrastrada por una alborozada mayoría hasta no hace tanto tiempo, ha de interpretarse necesariamente como el resultado de un gesto de afirmación política y no sólo como consecuencia de una libre elección que hasta ayer recaía fatalmente en Camoes o en don Sebastián, “O Príncipe perfeito”, en el rey fundador don Afonso Henriques o acaso en la figura humanísima y nimbada de prestigio del poeta Pessoa. Lo que demuestra, de paso, que el poder influenciador de la cámara ni siquiera precisa de su presencia sino que se basta y sobra con su propio concepto. Los sociólogos valoran el riesgo de ficción deliberada o inconsciente del entrevistado en un sondeo, como saben que la opinión de un mismo sujeto varía si es entrevistado por teléfono o cara a cara, en una encuesta anónima o en un cualititativo realizado ‘vis à vis’. El suicida de la webcam y el público de ZP tienen en común, y no sólo a nivel subliminal, más de lo que parece. El Gran Hermano mira no ya a través de su ojo ubicuo sino con los que esa celada debilidad ha instalado en la conciencia colectiva.