Huelva lejana y rosa

Desde hoy tiene Juan Ramón su estatua en Huelva. ¿Qué ciudad hubiera olvidado, durante medio siglo largo, elevarle el monumento a un Premio Nobel que –y eso es lo que importa– figura en el pelotón de cabeza de los grandes poetas del siglo que se fue? En Huelva se escribió en su día impunemente que JRJ era un “poeta de arte menor” y hasta hubo quien, impunemente, autoerigido en funesta e ignara inquisición, quemó sus obras frente a los jardines del Muelle, en la glorieta 12 de Octubre, como en un auto de fe anticuado y cateto. Lo que no había hecho Huelva era declararse su patria, la capital lejana que el poeta veía al atardecer “lejana y rosa” encaramado en su azotea o desde los altos moguereños. A partir de hoy, en fin, pasamos esa página de olvido, en medio de este insólito trienio juanramoniano con más caldo político que tajadas literarias, y del que maman enganchados muchos que tal vez nunca se asomaron a “Piedra y cielo” ni a “Animal de fondo”.

El tabú del incesto

Vuelve la polémica sobre el incesto, ese viejo fantasma de la especie, hace poco reavivada artificialmente a propósito de la recuperación sentimental y estética de los Borgias por el cine. La despierta esta vez la historia de un joven alemán que cumple prisiones por haberse enamorado de su hermana y tenido con ella cuatro hijos, un “crimen” que hace tiempo, en efecto, desapareció de nuestros códigos, pero que en Alemania se mantiene fiel al calvinismo subyacente. Gran abominación, el incesto, por lo visto. Un tío como Georges Murdock se refería a él como un “espantoso horror” dando por supuesta esa universal  “repugnancia instintiva” que a Lévi-Strauss (su mejor estudioso, para  mi gusto) le resultaba sospechosa. Cosas tremendas, en efecto, dijeron sobre esos amores prohibidos desde Tylor a Parsons pasando por el mismísimo Durkheim y el gran Malinowski. Por no hablar de Freud y sus émulos, claro está, atenidos siempre al rigorismo sexista de la secta. Margaret Mead es la teórica más contundente a la hora de plantear la naturaleza universal de esa ‘prohibición’ que atribuía a un sistema de profundas raíces biológicas rematando la faena, sin embargo, con el clásico argumento eugenésico de que el tabú se debe a la experiencia primitiva de que la tara recesiva es más frecuente –echen un vistazo a nuestra dinastías– en las poblaciones cerradas o pequeñas que en las grandes y abiertas. Es verdad que desde Egipto al mundo incaico hay excepciones, al menos en le ámbito reservado de la hierogamia, pero Lévi insiste en que ese tabú funcional no se reconoce en ninguna parte antes de la era moderna, hasta el siglo XVI por lo menos. Lean a Lévi: el incesto existe por todas partes y es más frecuente de lo que imaginamos, aparte de que carece de fundamento la tesis de sus malos resultados matrimoniales. Lo dice un proverbio azande salvado por la antropología: “El deseo de mujer comienza con el deseo de la hermana”. Quizá no hay mejor prueba de esa realidad que la índole sagrada de la prohibición.
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Da que pensar la suerte peregrina de los diversos tabúes en esta sociedad apresurada y como decidida a aliviar, de una vez por todas, el peso de la tradición. Desde ya es posible cambiar de sexo simplemente alegando “disforia” ante el responsable del Registro Civil, por ejemplo. O exigir la muerte voluntaria incluso sin legalizar la eutanasia, sólo por providencia administrativa. Una tras otra van cayendo las prohibiciones que embridaban la existencia supeditando al criterio público la capacidad de disposición del sujeto sobre el cuerpo y la voluntad propios, se derrumban los tabúes ancestrales –el de la fatalidad del sexo biológico, el de la muerte voluntaria– e incluso se celebra la fiesta borgiana, la transmutación pagana del pecado nefando en gozo exclusivo, pero el tabú del incesto fraterno –sobre el que Plutarco se mostró más sociólogo que moralista– ahí está, tan pimpante, como cuando los arapesh recitaban a coro: “Tu propia madre, tu propia hermana, tus propios puercos, no puedes comerlos. Puedes comer las madres de los demás, las hermanas de los demás, los cerdos de los demás”. Sencillo, pura lógica de la exogamia, tal como la aplicaba el Neolítico o el actual estado federal de Alemania, a pesar de que hay sabios que hace tiempo son conscientes del carácter histórico (es decir, social) de la función del tabú. Todavía Voltaire recordaba que si a los griegos igual que a los persas les era permitido el casamiento con la hermana, alguna ley antigua condenaba a la hoguera a los primos amantes. Una pasada. Pero ni siquiera en nuestra era iconoclasta, cuando se legalizan uniones jamás pensadas en nombre de un maximalismo sexual sin límite previsible, aquel “espantoso horror” ha dejado de causar espanto. No estoy nada seguro de que se trate tanto de una paradoja como de una simple consecuencia.

El paso cambiado

Se dijo en tiempos malos pero  no tanto: los que mandan van por un camino y la opinión pública por otro. Ahí tienen a Chaves convocando hace poco al personal a votar lo que a casi nadie interesaba. Ahí lo tienen ahora defendiendo la excarcelación del asesino en serie (los tópicos no dejan de ser útiles y verdaderos) a contracorriente de un pueblo que estos días anda desconcertado y clamoroso. Y la causa es elemental: a Chaves se le da una higa de la opinión de los ciudadanos pero valora sobre cualquier cosa el interés de su partido, que es el suyo, convencido además –lo ha dicho el partido sin cortarse un pelo– que seguirá ganado elecciones porque la inocencia del electorado lo lleva a votar “la marca y las siglas”. Esta democracia mínima exhorta a votar como un deber cívico y a callar luego, durante toda la legislatura, como una simple imposición. Ya me dirán qué importancia tiene que los que mandan marchen en solitario. Chaves no es la excepción sino la regla.

El derecho de todos

El tiempo dirá si funciona la idea del “botellódromo” (algunas anteriores, en otros lugares, fracasaron con estrépito) y, al menos, se consigue aliviar la intolerable carga de los vecinos “pacientes” sin impedir la diversión a esos sectores juveniles. Hay que recordar que los tiempos han cambiado, que hay ya por ahí varios Ayuntamientos condenados a indemnizar a los vecinos privados de esos “derechos fundamentales” que acaba de proclamar un tribunal andaluz al tiempo que imponía severas condenas de cárcel a dos propietarios de bares ruidosos.       Lo que no quiere decir que el problema se liquide con esta medida, pues el alto riesgo sanitario que la “botellona” implica y que ha sido declarado infinidad de veces por los expertos, ahí sigue intacto. Está bien apostar por la conciliación de los derechos de todos, pero desde ahora será la propia sociedad (la familia, sobre todo) la que tendrá que arrimar el hombro a esa trabajadora. El Poder debe contribuir a buscar soluciones pero tiene en su mano lo que no le corresponde tener.

La razón humanitaria

Unanimidad en la opinión contra la excarcelación de De Juana, indignación contra el escandaloso privilegio concedido a uno de los peores asesinos en serie de la historia, decepción y también, como es natural, gran desconcierto. Frente a ello, la teoría de la razón humanitaria. Rubalcaba, para empezar, el “portavoz del Gal”, es decir, el encargado durante los “años de plomo” de negar la existencia de lo evidente y atribuir el terrorismo de Estado a la inquina conspiratoria. ¿Es creíble hoy aquel a quien la Historia acredita como un gran mentiroso o como un panoli supino? A Rubalcaba le da lo mismo, por supuesto, limitado –como entonces, como siempre– a teatralizar su argumentario, centrado esta vez en el humanitarismo. Hay que ser humanitarios. Dejemos la barbarie al asesino De Juana, al secuestrador Otegui, al criminal Ternera. Lo ha explicado el ministro en la tele: no podemos confundirnos con ellos, porque nosotros somos los buenos y ellos los malos, ¿comprenden? Sencillito, para párvulos. ‘A sensu contrario’: si nosotros exigiéramos el fuero de la Ley y el rigor del Estado de Derecho, los derechos de las víctimas o el principio de legalidad, con resultados lamentables para un asesino en serie, pongamos por caso, seríamos iguales que ellos y, ¡por favor!, todo menos eso. ¡Imagínense, nosotros iguales que ellos! Bueno, cuando el GAL acaso lo fuimos (lo fueron), pero es que aquello era mentira, pura “conspiranoia”, inexplicablemente refrendada por la Justicia, pero “conspiranoia”. ¿Cómo si no hubiéramos estado los buenos en la cárcel de Guadalajara vitoreando a dos inocentes considerados secuestradores por el TS? Imposible. Nadie lo ha explicado mejor que el juez de Vigilancia penitenciaria de la Audiencia Nacional: la excarcelación de De Juana, lejos de constituir prueba de injusticia o nota de debilidad es, en realidad, demostración de “la grandeza del Estado de Derecho, conquista de nuestra civilización”. Ahí es nada, ¡como para echar todo eso por la borda! Humanismo, razón humanitaria a todo trapo: dejémosle la barbarie a ellos y no seremos más débiles sino más fuertes, fuertísimos. ¿El fuero de la Ley? Bueno, quien hizo la ley hizo la trampa. ¿Recuerdan lo de Romanones y los reglamentos? Pues a ver por qué se inquietan entonces.
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Se especula con que todo está calculado y que los terroristas pagarán al contado su contrapartida pactada. Es posible. Pero lo que nadie podrá evitar es la unanimidad popular contra el desafuero, el clamor que se ha levantado por doquier contra esa imagen de extrema debilidad de la sociedad organizada. En eso puede que hayan calculado mal los entreguistas: nadie sabe si soltando a De Juana gana terreno ZP
o empieza a derrapar en términos imprevisibles, porque pocas cosas tan lesivas como la quiebra de la confianza pública. Humanitarismo. En los EEUU, en Francia, en Inglaterra, en Italia, en Alemania…, un delincuente de la categoría de De Juana nunca saldría de la prisión sino con los pies por delante. ¡Allá ellos! Nosotros a lo nuestro, que es la causa humanitaria. ¿Que qué pasa con los veinticinco cadáveres de De Juana? Bueno, esa cuenta ya está saldada, a precio de saldo, pero saldada. La Justicia está para servir a los hombres y no al revés, diría el gonzalismo galista, o sea, Rubalcaba mismo. Nosotros somos los buenos, que no se nos caiga eso de la cabeza, y en consecuencia, los misericordiosos. ¡Imaginen si se nos muere De Juana en su cama, junto a su novia! ¿Vamos nosotros a ser igual de malos que él? Quiá, hombre. Escuchen a ese juez benigno si aún les quedan dudas: estamos jugándonos nada menos que “una conquista de nuestra civilización”. Allá los malos con sus conciencias y que los muertos entierren a sus muertos, ¿recuerdan? Lo raro es la unanimidad. ¿Cómo, por qué estarán los españoles en peso contra el humanitarismo de ZP? Denle un par de segundos a Rubalcaba y seguro que les contesta.

60 millones

Nadie debe dudar del apoyo de la Junta, el mejor amigo de los trabajadores, frente a una multinacional  como Delphi que el vice consejero –ni siquiera se ha dignado en comparecer el consejero– describe entrando, campeando a sus anchas, robando y, al final, marchándose sin cumplir la legislación vigente (sic) tras trincar 60 millones de euros ante la ingenuidad de Gobierno y Junta. Aquí se unta sin contemplaciones a cualquier recomendado que viene prometiendo crear empleo, por lo visto sin pedirle siquiera garantías elementales de que cumplirá su parte en el negocio. Y luego se promete –¿cuántas veces lo hemos comprobado ya?– que la Junta será el mejor amigo de los trabajadores estafados (Chaves), que esto y que lo de más allá, en la confianza de que amaine el levante y los 60.000 manifestantes de Cádiz (a mil por millón) vayan dispersándose. Incluso si la siguiente crisis, la de Airbus, sale medio qué, es intolerable que treinta años de autonomía no haya servido para dotar a la costa gaditana, como a tantas comarcas andaluzas, de un medio de vida razonable. Quienes se han puesto las botas, ante el panfilismo de nuestros políticos, han sido los cazadores de subvenciones.