Tragarse el sapo

Ha dicho el coordinador de la campaña del Referéndum de Autonomía, Díaz Trillo, tras su rotundo fracaso, que “la democracia es así”. Y no señor, nada de eso. Una democracia en la que los dos tercios se abstienen de participar es una democracia enferma y quien no quiera aceptar eso es que tiene de la voluntad democrática una opinión muy mísera. ¡Cómo va a “ser así” un sistema que se basa precisamente en conocer la voluntad de los ciudadanos, cómo va a dar lo mismo que la asamblea participe o que se quede en casa! Lo que se demostró el domingo es que a la inmensa mayoría de los onubenses no les interesa ni poco ni mucho cuestiones inventadas que los políticos reputan trascendentales pero que a aquellos (y a Alfonso Guerra, insistamos) les dice su sentido común que ni les van ni les vienen. En todo caso, ojo, porque Huelva ha batido su récord de abstención y eso, no cabe duda, supone un indisimulable parpajazo para quienes convocaban a las urnas. Ellos van por un camino y el pueblo por el suyo. La democracia no es así, don Pepe Juan, lo que le pasa es que está enferma.

La memoria difícil

Es posible que la muerte de Maurice Papon reabra en Francia, imagino que tímida y quizá efímeramente, el debate sobre la recuperación de la memoria que también allí plantean determinados grupos sociales. De momento, un representante de los estudiantes judíos organizados ya ha comentado que, mientras el verdugo ha muerto plácidamente en su cama, sus víctimas no gozaron de ese privilegio en los campos nazis a los que él las envió. No creo, sin embargo, ya digo, que la polémica llegue muy lejos porque ya el proceso en que Papon fue condenado en 1998 dejó claro que Francia –el “país oficial” tanto como el “país real”– no deseaba abismarse de nuevo en la sima de la memoria. Ya dice mucho que Papon haya sido el único funcionario francés condenado desde la Francia democrática y no es ningún secreto que si se le juzgó fue sólo por la tenacidad de sus acusadores que lograron vencer las más altas resistencias, ya que no en vano el acusado había sido hombre de confianza del propio De Gaulle pero también ministro de Giscard y prefecto de Mitterand, con cuya biografía hubo de compartir algunas oscuridades. En mi mocedad todavía se relataba en voz baja por los mentideros de Saint Michel y Odéon sobre la matanza del otoño del 61, una carnicería perpetrada bajo las órdenes del difunto en la que, según la leyenda, entre doscientos y trescientos argelinos murieron masacrados en el patio de un cuartel policial, aunque de este “accidente” no se hablara en el proceso que le montó la justicia girondina, centrado en su papel –descubierto por “Le Canard Enchainé”, no se lo pierdan– en los planes genocidas de la Gestapo bajo el régimen de Vichy. La biografía de Papon constituye un  arquetipo para entender la secreta afinidad que puede existir entre el crimen y la democracia, es decir, para ilustrar eso que, lamentablemente, suele entenderse por “realismo” político en muchas democracias consolidadas. Pero también para ayudarnos a entender la aparente paradoja de ciertas tolerancias democráticas. El flamante ministro español de Justicia ha sostenido en público que la reacción contra el terrorismo de los GAL fue un acto de hipocresía colectiva. Y ahí lo tienen de ministro. Como si nada.
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Lo decisivo del proceso de Papon fue, sin duda, el reconocimiento de que responsabilidades como las suyas no son exclusivas del ciudadano sino que alcanzan al Estado. Los familiares de deportados judíos han pleiteado y vencido a la empresa de ferrocarriles francesa por considerarla colaboradora necesaria del operativo genocida y, de hecho, la sentencia contra Papon implica el reconocimiento de que en los crímenes imputables a ese personaje tenía su arte y su parte el propio Estado, sobre el que recaerían, como consecuencia, la carga de las reparaciones. Y todo ello sin que en Francia se le ocurra a ningún lenguafloja la ocurrencia de que reaccionar contre el crimen de Estado implique hipocresía, ni siquiera conociendo hasta qué punto llegó la inhibición de la sociedad francesa ante el proyecto y las maniobras del exterminio judío. Papon pagó muy poco pero por todos, ésa es la verdad, lo que no supone en modo alguno que su castigo no fuera justo y merecido, pero sí que quiere decir que la sociedad en su conjunto, motivado cada ciudadano o cada grupo por su razón particular, prefirió sacrificar al buco antes que diezmar la cabaña. No hubiera podido ser de otra manera si se piensa en esa misma biografía, en la enigmática impunidad de culpables de primer rango como Papon que no sólo borraron sus huellas en los archivos sino que lograron hacer impresionantes carreras vayan ustedes a saber a costa de qué valiosas discreciones y de cuántos imprescindibles silencios. Estos que mueren serenos en la cama suelen guardar bajo el colchón trilita suficiente para volar medio mundo. Yo creo que los franceses enterraron apresuradamente la memoria precisamente por eso.

Fracaso colectivo

Quedarse en esa cifra de participación en un referéndum al que se le ha atribuido tanta virtud constituye un fracaso del “régimen autonómico” y, en especial, de quienes en él se han profesionalizado. De Chaves, en primer lugar, que fue quien lo inventó y de su partido que lo ha secundado, bien que con algunas protestas inaudibles. De IU que ha ido de monaguillo y, por si algo faltaba, con la extravagante cantinela nacionalista entre dientes. Del PA, ingenuo o desesperado, que vio en el ‘No’ una salida sin darse cuenta de que, en realidad, esa opción no podía ser más que una coartada del ‘Sí’. Del PP forzado por el fantasma de Lauren Postigo que hubo de tragarse de tan mala gana ese sapo intragable. Los ciudadanos le han dado ayer la espalda a la clase política, eso es lo que hay, dejándola en una evidencia tal que, de haber vergüenza torera en ese ruedo, estarían ya rulando las dimisiones. Ya pueden pintarlo como quieran que aquí saben hasta las ratas que lo ocurrido ha sido un rotundo fracaso de todos.

Juegos de cifras

¡Nueve de cada diez votantes apoyan en Huelva el nuevo Estatuto! Lo han dicho y repetido hasta el cansancio, sólo que olvidando un dato: que más o menos siete de cada diez ciudadanos llamados a votar no han aparecido por los colegios electorales. Si sólo hubieran ido a votar 10 onubenses, nueve a favor del ‘Sí’, podrían decir lo mismo: que el éxito de la consulta habría sido apoteósico. En Canal Sur, los portavoces de la Junta hablan de victoria rotunda pero no hay ni una sola mención a esa abstención enorme que si no deslegitima, sí que descalifica una operación política que hasta Alfonso Guerra dijo en su momento que no era más que un trapicheo de políticos. Políticos cada día más lejanos del pueblo, democracia cada día más burocrática: ésa es la única conclusión verdadera que podemos sacar del carnaval de ayer.

La física inmortal

Un artista británico que ha sido cabeza, si no ando yo muy mal informado, de los camicaces del llamado “joven arte británico” de los años 90, es decir, del “arte conceptual” propiamente dicho, Damien Hirts, tuvo hace algún tiempo la idea de probar que, en la mente de un ser vivo,  la muerte es una realidad imposible en términos imaginarios. Dispuso para probarlo un montaje –creo que él lo llamaba “instalación”– consistente en una pecera gigante llena de aldehído fórmico dentro de la cual que nadaba eternamente hacia la Nada, como los faraones antiguos, un tiburón disecado de doce metros bien despachados, que debía sugerir al espectador la filosófica evidencia de la “Imposibilidad física de la muerte en la mente de alguien vivo”, según el propio título de la obra. Y allí ha bogado inmóvil desde entonces el enorme escualo, en efecto, hasta que los conservadores del Museo de Arte Moderno de Nueva York han descubierto en la momia señales también evidentes de descomposición que ellos atribuyen al error de haber utilizado formol en vez de alcohol en el embalsamamiento, gravísimo problema artístico, como comprenderá cualquiera, sobre todo si en cuenta se tiene que desde los 90.000 dólares que por esa “obra de arte” pagó su primer dueño, el precio de mercado anda ya por los doce millones de dólares que es la cifra abonada por su actual dueño, el coleccionista millonario Steven Cohen, quien pensaba donarlo finalmente al MOMA. Por el “The Art Newspaper” me entero también de que el cenáculo conceptual discute ahora sobre la posibilidad de sustituir el tiburón mal disecado por otro capaz de afrontar con éxito el desgaste fatal del tiempo, una solución llena de sentido comercial, por supuesto, pero que cuestiona por su base la idea motriz de esa aventura artística, al tiempo que avisa y previene contra daños similares en la ingente obra construida con materiales degradables por la tropa conceptualista. Un lince el tal Hirts, a ver quién discute eso. Sobre los “expertos” del MOMA, la verdad, no se me ocurre qué decir.
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Volvemos a la vieja obsesión, la vida perdurable, retornamos al sofisma de la eterna existencia basado en la imposibilidad, también conceptual, de la muerte, un tema sobre el que Edgar Morin o Philippe Ariès han escrito páginas memorables y al que Frank J. Tipler consagró hace unos años su divertida “Física de la inmortalidad”, uno de los ejercicios de camelística más señeros que dio el siglo pasado. Los etnólogos nos han mostrado la imagen del animal enterrando el cadáver del congénere, incapaz de soportar el absurdo de la muerte, o la de la manada de elefantes tratando desesperadamente de poner en pie al caído o velándolo desconsolada en su desesperación, y quizá sobre esa base se ha tratado de levantar la tesis de que la muerte supera y desborda la mentalidad humana especialmente cuando se refiere a la propia. A mí ese escualo desencajando la mandíbula, como una seña inútil de agresividad que confirmaría su vida, me resulta un sarcasmo además de un incontestable indicador de una deshumanización del arte que Ortega preconizó con no poco acierto hace la tira. Recuerdo que en “El diablo y el buen dios” también Sartre atribuía la aceptación de la muerte ajena a la incapacidad de aceptar la propia, como recuerdo que alguna sentencia antigua mantuvo que el auténtico final no es la muerte de uno mismo sino el olvido de los otros. Ya ven, sin embargo, que no se trata tanto de pensar como de vender, y de paso, que la impunidad del “arte” ficticio no es un epifenómeno de esta o aquella cultura, sino un ingrediente básico en esta sopa postmoderna que, ciertamente, heredó su fuero de unos embaucadores ni más ni menos responsables que quienes los reciben y celebran a precio de oro. Quizá ese tiburón no habría entrado nunca gratis en un mal museo. Por doce millones de dólares hasta el MOMA parece dispuesto a abrirle sus puertas.

Carnaval en las urnas

“Vamos a vigilar a los votantes del PP, sabemos en qué mesas votan”, Luis Pizarro, secretario de Organización del PSOE-A. “Las vamos a pasar putas con el resultado”, el mismo. “Los que han parido el Estatuto están ahora como dudando de su paternidad”, Pedro Pacheco, secretario general del PSA. “España no se rompe”, Rodríguez de la Borbolla, expresidente de la Junta. “Hay que trincar por las orejas a amigos y vecinos y llevarlos a votar”, Rafael Escuredo, expresidente de la Junta. “Miradme a los ojos: confiad en mí”, Manuel Chaves, presidente de la Junta. “No es el momento de aprenderse de memoria el Estatuto, sino de confiar en lo que hemos ido explicando”, González Cabañas, secretario del PSOE de Cádiz. “Sólo en las dictaduras no importa ir a votar sin conocer lo que se vota”, Juan Antonio Lacomba, catedrático de Historia. “No dejaremos jamás de hablar del Estatuto ni a tolerar que se consume la discriminación de Andalucía con respecto a otros territorios”.