La parte cómica

El todavía presidente extremeño, penúltimo barón laminado por ZP, corre habitualmente, como es sabido, con la parte cónica del espectáculo. Cómico serio, especializado en esa seriedad que el payaso dramatiza como ningún actor, Ibarra se ha convertido en especialista de ese número que consiste en alborotar la pista para serenarla a continuación, infundiendo con esa maniobra a la función cierto dinamismo que hace llevadero hasta el aburrimiento. Va esta vez la cosa de recurrir ante el TC el flamante Estatuto de la autonomía andaluza por haber incluido la “falsa competencia exclusiva” sobre la cuenca del Guadalquivir, pero de paso ha dicho ese trueno que, al menos mientras él esté al timón, en Extremadura no habrá reforma estatutaria, es decir, no se dará vía libre al plan de ZP de cambiar el modelo constitucional inutilizando la Constitución a base de reformas de Estatuto. Ibarra suele, por supuesto, desdecirse de sus bombazos nada más recoger el fruto mediático aunque ahora, con un pie en el estribo, cualquiera sabe si aguantará en envite. Verán como Chaves “pasa” del tema y del personaje. La moraleja del pastor y el lobo vale incluso para el ‘bellotari’.

Y encima se va

Se va la concejala lepera que posó para la posteridad como su madre la trajo al mundo en las arenas de La Antilla. Un poco cabreada con la reacción generalizada (yo alcancé a verla en dos periódicos hispanoamericanos), como si fuera posible otra reacción ante su estupendo gesto, reacción que ella califica de “ridícula y surrealista”. En fin, las cosas de la vida, aunque no faltará quien lo lamente pensando que para una vez que hay algo que ver en la política ya ven qué poco ha durado. Pero ya en serio, a uno le parece que esa edila ha derrapado por la izquierda a propias y extrañas poniendo en evidencia, con el extremismo de su imagen, a un cierto feminismo confuso que dista de tener claro qué es lo apropiado y qué lo impropio en esa delicada materia que es el uso de las “armas de mujer”. No veo yo gran diferencia de fondo entre la decisión de una candidata de adecuar su cartel subrayando sus patas de gallo y el desnudo de una concejala que quiso llamar la atención.

El fondo de la cuestión

Se multiplican las reacciones sobre, frente, contra el referéndum de autonomía celebrado el 18-F con tan espectacular abstención de los andaluces. Dice el presidente Chaves que asume la responsabilidad que los ciudadanos quieren echar sobre sus espaldas, como si ese gesto formal supusiera algo real en el marco de esta política-ficción que vivimos, mientras se multiplica el eco del argumento oficial empeñado en justificar la ausencia de votantes en el hecho de que la consulta, apoyada por los dos grandes partidos, estuviera ganada de antemano. El candidato extremeño del PSOE y ex-presidente José Bono, en cambio, esgrimen una teoría mucho más realista y, sin duda, también más profunda, al sostener que el fracaso del proyecto de Chaves no ha de buscarse más que en el desinterés colectivo por el arriesgado proceso de reformas estatutarias puesto en marcha por este Gobierno por imposición de sus socios nacionalistas. El debate es interesante porque tan absurda es la pretensión de que una baja participación electoral deslegitima un resultado como el intento de convencernos de que el volumen del apoyo ciudadano a un referéndum resulta indiferente a efectos de legitimación. ¿Podría decirse cuerdamente que se habría ganado por unanimidad la consulta del 18-F si solamente se hubiera registrado el voto del propio Chaves? Evidentemente no, y esa evidencia nos devuelve al fondo de la cuestión que no es otro, a saber, que esa indiferencia ciudadana ante un proceso de cambio que nadie había solicitado y en el que cualquiera puede percibir riesgos mayores. Los andaluces no han ido a votar ese referéndum porque no les interesa o tal vez porque rechazan un proyecto de cambio efectivo del modelo de Estado consagrado pro la Constitución vigente, proyecto impuesto por el designio extremista de esos nacionalismos regionales con cuyo apoyo –sobredimensionado por el efecto de una injusta ley electoral– piensa el PSOE conseguir la definitiva soledad del PP, es decir, la sustitución del bipartidismo de hecho en que se viene basando la democracia española por una fórmula de alianzas múltiples y eventuales con esos minipartidos incorporados, a estas alturas, a esa deriva disolvente del Estado constitucional. Ni en Cataluña ni en Andalucía, sin embargo, han conseguido los partidos arrastrar a la opinión pública. La democracia sobrevive en ocasiones a pesar de sus propios guardianes.
                                                                xxxxx
Lo que ha fracasado, en definitiva, no ha sido una ocurrencia de Chaves ni un plan secesionista en la práctica como el auspiciado en Cataluña por la coalición PSC-ERC-IU, sino el plan –un auténtico “golpe ‘al’ Estado”, por decirlo suavemente– de desmantelar la España surgida en la Transición con el acuerdo de todos para sustituirla por un imprevisible mosaico de taifas insolidarias, lógicamente impulsadas cada una de ellas por el interés local. Atribuir ese fracaso a un rechazo meditado o a un impulso instintivo es lo de menos, en especial si se considera que nadie ha sido capaz de dar una sola razón grave a favor de la necesidad de la reforma, lo que no deja de ser una causa más que posible del desdén ciudadano por ese negocio que Guerra –es necesario repetirlo siempre– ya explicó que no era, en modo alguno, una cuestión que implicara al interés público sino una porfía exclusiva de los políticos profesionales. Es decir, que el gran derrotado en Cataluña primero y después en Andalucía es el presidente Zapatero, máximo patrocinador del vasto y peligroso movimiento político con el que pretende garantizarse cierto blindaje político al precio de desmantelar el Estado de las Autonomías, no modificando la Constitución, que sería lo suyo, sino a través de esta oprobiosa cadena de reformas estatutarias regionales. Con todo y ser el insensato arbitrista que propició en proceso, Chaves no tiene por qué prestar sus espaldas a ZP.

Fechas claves

No me digan que no tiene delito la convocatoria del referéndum precisamente el domingo de Carnaval y las elecciones municipales precisamente el domingo de Pentecostés, es decir, el día grande de la romería de El Rocío. La primera decisión –‘drug queens’ y comparsistas posando ante las urnas, al margen– bien pude haber contribuido, siquiera mínimamente a la debacle abstencionista, mientras que la segunda –en la que tampoco faltará alguna flamenca y algún caballista papeleta en mano, ya lo verán– está evidentemente calculada por Chaves para dificultar la participación del electorado conservador. EL PP, con la moral del Alcoyano, pide que se refuerce el servicio de Correos para facilitar el voto no presencial desde la presunción, más que razonable, de que las oficinas postales de la zona se colapsarán sin remedio. Ya ven que las fechas no son indiferentes ni su elección casual. Y que la trampa no se cae de la imaginación de estos demócratas con pocos escrúpulos. 

Que no

Que no, que no hay manera de desmentir lo indesmentible, que no basta con proclamar con reiteración la legalidad de un procedimiento cuando sus circunstancias evidencian que, en su gestación y trámite, ha habido un arreglo como un castillo. La actitud del PSOE –es decir, de la “mesa-camilla”– de desmarcarse del “caso Parralo” es discreta aunque insuficiente, porque es obvio que si la presunta “enchufada” fuera la hija de cualquiera de quienes ustedes están pensando, hace semanas que ardía la Troya onubense. En el propio instituto “Alto Conquero” hay voces que sostienen que el claustro entero conoce de sobra el presunto apaño, razón por la que el silencio sindical de IU se demuestra una vez más servil de una IU que huye despavorida del “cobrador del frac” y espera en cambio buenos réditos. Total, que Parralo ha roto el silencio para nada porque nada ha dicho. Pero no es de ella de quien Huelva merece una explicación sino de las autoridades responsables de un presunto aliño que la candidata a la alcaldía Huelva no se puede permitir. 

Cuerpo de mujer

Dos noticias que conciernen a la suerte, triste suerte, de la mujer, me tironean la conciencia estos días. Se refiere la primera de ellas a la protesta de una joven modelo que reclama su “corona” que le ha sido arrebatada por la organización del concurso “Miss España” una vez que se supo que era madre de un niño, gravísimo atentado –uno no lo discutiría si aceptara esos concursos, por supuesto– que ha decidido a nuestro muy sensible Gobierno y a las organizaciones oficiales (iba a decir ‘burocráticas’) dedicadas a la defensa de la mujer a “exigir” (¿) a la empresa organizadora que devuelva su título a la defraudada mamá. La otra nueva consiste en el anuncio de la firma ‘Dolce & Gabbana’ que, colgado en su página web, ofrece la imagen de un grupo de machos –caras agraciadas, músculos relucientes, ‘fashion’ total, ni qué decir tiene– contemplando complacidos como uno de ellos violenta o, si lo prefieren, viola a una bella muchacha, reclamo que no constituye ninguna novedad en una marca que ya se ha servido impunemente de anuncios en los que grupos de siempre bellos jóvenes se amenazaban con armas y adoptaban actitudes inspiradas en una estética de extrema violencia. ¿Hay derecho a que una hembra sea discriminada por el hecho de haber procreado mientras que a los apolos concursantes nadie les pide el libro de familia? ¿Qué hay de inasumible en esos cuidados anuncios que exaltan la violencia varonil o mixta lo mismo para vender zapatos que ropa interior (‘Dolce & Galbana ya recibió de la Junta de Andalucía un buen taco por diseñar…¡una botella de aceite!), mientras prosigue la degollina “de género” un día sí y otro también? Son dos preguntas que, dependiendo de cómo se enfoquen, obtendrán respuestas distintas pero que no dejan de resultar incómodas teniendo en cuenta la apuesta propagandística hecha por un Poder que hasta ha tenido la audacia de exigir a las compañías privadas –sin el menor éxito como es natural– que adopten políticas ‘paritarias’ incluso en sus consejos de administración. Puede que en estos fracasos tengan su arte y parte, sin embargo, algunas hembras. Personalmente pienso que mientras ellas no se nieguen a desnudarse en la piscina ante las cámaras para seducir al hombre y venderle un perfume no habrá nada que hacer.
                                                                   xxxxx
En cuanto a la reclamación de esa “reina” destronada, habría que recordarle al Gobierno y sus burocracias que esos concursos fueron siempre repudiados mientras el progresismo vio en ellos un mísero artificio al servicio de la objetualización del cuerpo femenino, sin contar con que está aún bien reciente el descubrimiento periodístico de la tosca perversión comercial de alguna de sus ediciones. Creo, de todas formas, que mucho más eficaz que una dudosa protesta de las instituciones sería la negativa de la mujer frente a los trampatojos de una publicidad basada en su cuerpo y, desde luego, en su renuncia a basar su promoción personal en la oferta pública de su físico. La imagen de un Gobierno que se postula “socialista” y que tanto ha capitalizado su apuesta “de género”, reclamando juego limpio en los concursos de misses, es toda una intolerable paradoja. Y por descontado, la permisividad de unas autoridades ante un anuncio como ése que no hay manera de no ver como una incitación propagandística a la violencia machista se comenta por sí sola. Sé que hoy el maniquí de un joven ahorcado o el de un Cristo con la entrepierna ilustrada son recibidos como “obras de arte” por el parnasillo mercachifle que nos maneja y que hemos llegado a un punto en que no es tolerado llamar negro a un negro pero en el que se pueden anunciar trapos exhibiendo una violación. Y mucho me temo, por eso mismo, que la mujer va a tener que esperar al menos otro Neolítico antes de liberarse de esas contradicciones y de sí misma.