La bolsa y la vida

Desde el pasado ferrojunio se viene hablando de cerrar la Bolsa –el edificio, me refiero, no la institución—y, por fin, con la llegada de este septiembre mudadizo, las puertas han sido clausuradas y el parqué se ha visto, al cabo de dos siglos largos, por completo desierto. El dinero ya no es romántico sino cibernético, no hay lugar ya para los Sartorius o los Urquijo, para aquel Salamanca que propaló en falso la noticia de un pronunciamiento y la caída de un Gobierno –socio de la regente Cristina y de Narváez—para hacerse con una fortuna. Hace ya tiempo que el ritual bolsístico ha dejado su sitio al ordenata, es decir, que la Bolsa se ha vuelto anónima y sin rostro, inconcebible ya para aquellos últimos románticos que dicen que se ahorcaban en la Casa de Campo cuando los pelaban en una mala operación, y cerrada para el pequeño inversor, tan castizo, que soñaba cada mañana con forzar su suerte, ludópata sin saberlo. La Bolsa de Madrid ha sobrevivido a guerras y revoluciones, ha funcionado en iglesias y monasterios –¡y hasta en un circo!—antes de plantarse junto a los castaños de India en su rotonda del Paseo del Prado. “Y en qué consiste el juego”, le pregunté a mi Virgilio la mañana en que perpetré mi primera catábasis a aquel ruedo ibérico. “Pues, sencillo –me contestó–: aquí cuando uno gana un duro, otro lo pierde”. Recuerdo el olor a madera vieja, el runrún de los corrillos, la para mí incomprensible liturgia de los oficiantes que hablaban de “acciones” y calculaban en “enteros” mientras el dinero giraba fantasmal en su rueda de la fortuna.

La especie ha pasado del trueque del bien tangible al metal acuñado y de éste al papel impreso –esa fenomenal estafa que garantiza al tenedor su valor en oro– para, al fin, idealizarse en un apunte incorpóreo dentro del laberinto informático en el que los inversores juegan en pijama y zapatillas después de desayunar y leer la prensa. Y eso puede que sea una conquista definitiva, pero una conquista que pertenece ya a otra era, a otros protagonistas, a un tipo de ludópata distinto de aquel que gesticulaba en el parqué lo mismo regalando fortunas que vendiendo humo, para rematar la mañana en la tasca cercana, mohíno con las pérdidas o tarareando el cuplé los días fastos. Se acabó el romanticismo, incluso el financiero, en un planeta reducido a un soplo en el misterio de la fibra óptica. El capitalismo gana cada vez que pierde. Ya nadie se cuelga en la Casa de Campo.

Podemos quiere posar

Vaya berrinche que se han agarrado al alimón “Kichi” de Cádiz y su colega y correligionario de Puerto Real, dos alcaldes en busca de una foto, negros porque el Gobierno central, que es el que ha pagado la construcción del segundo puente gaditano, tardó en invitarlos a su inauguración. Yo creía –a la vista de esta degradación galopante de la indumentaria y de la “sans façon” de los “emergentes”—que la foto era lo de menos. Pero ya ven que la política (con minúscula) reproduce siempre los mismos modelos de conducta e idénticos gestos de protesta y reivindicación. Si alguien ha luchado por ese puente ha sido doña Teófila y no ellos. Puestos a ampliar la foto del evento, ya podrían haber solicitado que también ella estuviera frente al objetivo.

El dinero secreto

Si el lector no es suizo y tiene depositado su dinero en la banca suiza, sepa que el miércoles pasado, y tras un inacabable pulso entre Suiza y las potencias extranjeras, la Asamblea Nacional aprobó en Berna el fin del secreto bancario que se producirá en 2018. Suiza ha venido enriqueciéndose como caja fuerte y cámara oscura del dinero internacional hasta el punto de hacer de ese negocio una suerte de seña de identidad y de disponer de una norma bancaria federal que sancionaba en su artículo 47 a los reveladores de ese secreto con una pena de tres años de prisión. Naturalmente, los ciudadanos suizos no se verán afectados por la histórica medida y, por otra parte, los expertos locales sugieren que, en realidad, ese final del secreto no será tal, puesto que lo único que, en realidad, va a ocurrir es que las evasión fiscal se volverá más complicada en adelante y deberá recurrir a trucos más imaginativos que los aceptados hasta ahora en materia de ingeniería financiera. Y un dato: todos los partidos representados en esa Asamblea han apoyado la iniciativa salvo la extrema derecha, sin renunciar, en todo caso, a la posibilidad de que el negocio sea sometido a referéndum para que sea el pueblo en masa el sujeto que se apunte este tanto histórico. En todo caso y en teoría, una vieja muralla acaba de ser demolida y con ella, no sabemos hasta qué punto, uno de los negocios más suculentos de la historia civil y mercantil europea.

¿Se dan cuenta del lío, no imaginan el susto que tendrá en el cuerpo esa legión sin rostro que –comenzando por los propios reyes y, desde luego, siguiendo por los condotieros del Estado del Bienestar– había hecho de suiza la caja fuerte de los grandes dineros europeos? Bueno, tampoco será para tanto, pues paraísos escondidos seguirán existiendo en todas las longitudes y latitudes del planeta haciendo buena la idea atribuida a Brecht de que el verdadero negocio no es el que envidiamos extasiados sino el que no se ve, aquel al que ninguna mano puede llegar, ni siquiera la larga de que dispone la Justicia. ¿Qué ocultas y sofisticadas alcancías habrán inventado los suizos, cuando, al fin, han decidido renunciar a ese privilegio característico creado en los años 30, en virtud del cual han venido siendo cajeros lo mismo del tesoro de la política que el del narco o la prostitución y hasta el oro dental de las víctimas del nazismo? Con el tiempo lo sabremos, no lo duden, pero, de momento, recuperen sin tardanza el viejo calcetín.

Llega la cantera

El PSOE andaluz ha decidido –o sea, ha decidido su jefa—apear de sus cargos a la “vieja guardia” en pleno. ¡Ya está bien, más de 30 años agarrados a la mama nutricia y el carro en el mismo sitio! ¿Y ahora qué hacer?, preguntaría Lenin. Pues ahora dar paso a los canteranos, a los pipiolos amamantados en la oficina del partido, a la cohorte orientada que prefirió la “sede” al Instituto y aprendió que no hay más dios que al “aparato” ni más profeta que aquel que en cada momento mande. Llegan sin imagen, con el colmillo retorcido y sin méritos que exhibir, vale, pero …¡anda que los que se van! Es el destino de todo “régimen”: durar y eclipsarse luego. La que no ha cambiado es Andalucía, que está donde estaba. Y lo que ignoramos es si el cortijo sobrevivirá a los nuevos manijeros.

Cruces rojas

No me atrevería a dar por buena esa afirmación según la cual la actual persecución que sufren los cristianos en tantos países –de Pakistán a Irak pasando por India o Sudán—pudiera ser la mayor registrada en su historia. Lo que sí está comprobado es que, en los últimos años, esas persecuciones se han reproducido, en ocasiones en términos espectaculares, unas veces provocadas por el fanatismo religioso y en otras ocasiones por razones ideológicas y políticas. El último caso llamativo es el de la reanudación de la “cruzada” anticruces desencadenada por el PC chino hace unos años y que ahora se manifiesta sin ambages en la intervención de la propia policía en la destrucción de las cruces rojas que coronan los templos del inmenso país. Ni que decir tiene que la feligresía cristiana en China representa una diminuta minoría respecto de su población total, pero por alguna razón, acaso derivada del casi extinto espíritu de la llamada “revolución cultural”, ese extraño “comunismo capitalista” o “marxismo de mercado” trata sin lograrlo desarraigar hasta su extinción el sentimiento de una comunidad que se niega en redondo a convertirse –siguiendo el modelo soviético—en un instrumento del régimen. En la región costera de Zhejiang, que reúne en un frente común a trescientos mil católicos con un millón de protestantes, han ardido esas cruces rojas e incluso algunos templos, como en los viejos tiempos de la Guardia Roja de Mao, siguiendo un plan determinado por el partido y el Gobierno, frente al cual los obispos y curas de la región andan fomentando una especie de resistencia pacífica consistente en fabricar nuevas cruces y colocarlas desafiantes en sus casas y hasta en sus vehículos. Otro frente abierto a la comunidad de creyentes que resulta tanto más extravagante considerando el vertiginoso proceso de liberalización que está transformando China.
El conflicto ha provocado que grupos de activistas pro-cristianos hayan solicitado la mediación de Obama ante el primer mandatario Xi Jimping que visitará los EEUU este mes de septiembre, un encargo del que cabe esperar poco dada la cerrazón del poder chino frente a las demandas de respeto a los derechos humanos y también, desde luego, ante el fracaso de su intento de instrumentalizar a esas iglesias en sus estrategias políticas. Pero la persecución misma no deja de constituir un intolerable escándalo en un mundo en el que ya casi nadie civilizado discute la libertad religiosa.

El taxi y la corona

Siempre me ha llamado la atención la diferencia óptica que separa a los americanos de los europeos frente a la institución monárquica. Tal vez ven ellos las coronas como un fósil del Ancien Régime ante el que se inclinan con atención y curiosidad como el paleontólogo contempla reverente la vida petrificada. Ven la monarquía como una antigualla espléndida en manos de la abuela chocha, acaso fascinados por los flecos de sacralidad que las coronas tienen siempre. Pocas emociones americanas como la sentida al ver a Grace Kelly encarnar en la realidad su princesa imaginaria. Y ahora es nada menos que el “Post”, el gran rotativo que derribó a un Presidente, el que se pregunta –con motivo de la visita de nuestros reyes a la Casa Blanca—“si la nieta de un taxista puede contribuir a salvar la monarquía española”, una pregunta que implica mucha ignorancia histórica, desde luego, y que no deja de acusar el sustrato psíquico del clasismo republicano. ¡Dios, lo que han cambiado las cosas en la mirada política de los tiempos, cómo se ha desinflado el globo de la fantasía popular que no hace tantos siglos creía todavía a pies juntillas en la capacidad taumatúrgica de los reyes –ay, olvidado Marc Bloch— que curaban las escrófulas al tocarlas con sus manos! Admira el “Post” la galanura del joven Rey y alaba a la Reina como “inteligente y glamurosa” pero –¡ay! otra vez– definiéndola como “una chica de clase media con una ambición de clase alta”. ¡Serán clasistas! ¡Como si Jacqueline Bouvier descendiera de los Capeto y la Kelly no fuera el penúltimo eslabón de una cadena de humildes emigrantes irlandeses!

¿Puede una esposa discreta (y ambiciosa) como la Clinton salvar a la gran república degradada por el mico rijoso de su marido el Presidente? El gran “Post” que apostó por “Deep throat” desafiando al mayor poder del planeta, podría y quizá debería hacerse muchas preguntas de esta naturaleza si quiere seguir presumiendo de ese admirable espíritu democrático que fue capaz de machacar a Nixon, antes de cuestionar, siquiera sea retóricamente, la descendencia de un discreto taxista. ¿Qué si puede contribuir a la regeneración de la monarquía esa plebeya que ha deslumbrado ya a medio mundo? Esa pregunta llega tarde y no deja de implicar un soterrado complejo clasista que me parece a mí que hubiera detestado un entusiasta Tocqueville que hoy acaso no reconociera ni de frente ni de perfil a su exaltada democracia americana.