Doble yenka

Han perdido la vergüenza y eso tiene mal remedio. Vean en Madrid a un miserable disparando sin pruebas hacia arriba para escurrir el bulto propio. Contemplen en Andalucía al más descarado político de que haya memoria desdiciéndose de la declaración en que retrató el procedimiento que dio lugar a los ERE como el manejo de un “fondo de reptiles”, también para escapar del incendio que él mismo provocó. ¿Y no hay nada que el Juez pueda hacer frente a estos bailarines temerarios de la “yenka” política, acaso semejante burla de la Justicia puede salirles gratis? Al mal ejemplo político se suma un criterio judicial que el pueblo soberano no entiende, quizá porque habla un lenguaje moral diferente. A ese pueblo no le queda sino pagar sus impuestos para que los danzantes se lo lleven por la cara.

La gran fosa

Piden desde Interior que se modere el “buenismo” y deje de reclamar la apertura incondicional de las fronteras como lenitivo a la inmensa inmigración con que ha roto este milenio. Y no le falta razón, en la medida en que la supresión de controles fronterizos suele salir cara –miren lo que le ha costado a la señora Merkel— aparte de que no deja de ser temeraria. Ahora bien, ¿hasta cuándo se va mantener abierta la gran fosa que es hoy el Mediterráneo, ese gran crimen tolerado con indiferencia por nuestras civilizadas democracias? Que antier aumentara esa lista macabra con cinco desaparecidos más, apenas si es ya noticia, como no lo fueron los miles de ahogados anteriores. Miramos impasibles ese mar tenebroso en el que las mafias trafican impunemente con desdichados, Interior sabe de sobra por culpa de quién.

Territorio narco

No se trata de discutir entre la Junta y el Gobierno, sino de aceptar de una vez el secreto a voces de que la costa de Cádiz hace tiempo que es un territorio sin ley, al menos para los narcos. El espectáculo peliculero del asalto al hospital y “rescate” de un narcolíder bajo custodia policial resulta incomprensible pero quizá no tanto como el protagonizado por luego por una cuadrilla de cuarenta delincuentes ¡acosando a una jueza en el mismo aparcamiento del Juzgado! Esa costa es ya una pequeña Colombia y eso es algo que un Estado responsable no puede consentir por más tiempo. Inexplicablemente, se ha dejado prosperar a la más peligrosa garduña, pero es evidente que el drama ha llegado a un punto que supone, simple y llanamente, una autoridad fallida.

Partido y Estado

Muchos belgas y españoles, a poco que recuerden sus respectivas experiencias, es posible que anden mirando con envidia a un país como Alemania, tras repetirse e él, una vez más, la “Grosso Koalition” que permitirá el gobierno a dos manos de la gran nación entre la derecha liberal y la izquierda socialdemócrata. Por supuesto, que se podrán objetar a la señora Merkel sus ligerezas en materia inmigratoria o su tendencia supremacista en el plano económico, y que sobran los observadores que han cargado las tintas sobre el señor Schultz, un líder de talla muy alejada de las de sus antecesores, pero aun así no resultará fácil apreciar en este laborioso acuerdo un ejemplo de capacidad negociadora y, lo que es más importante, de superación de los intereses partidista en favor de la normalidad estatal.

Ya sé que quienes piensan lo contrario insistirán en que lo que ha hecho posible ese acuerdo histórico es, ante todo, el pavor con que, tanto la derecha como la izquierda alemanas, contemplaban la posibilidad de unas nuevas elecciones, de las que, muy probablemente, ambas habrían salido escaldadas, como sé que los críticos a ultranza del bipartidismo –ese régimen que rige, por cierto, en casi toda las grandes democracias actuales— no dejarán de negarle a ambos el pan y la sal. ¿Por qué, acaso resulta preferible el ridículo espectáculo ofrecido por los partidos belgas al mantener al país sin Gobierno durante nada menos que ¡541 días!? ¿O el desfile monclovita de descorbatados ante el Rey, que duró 264? Sí, ya sé también que se bromeó mucho (“mea culpa”, por mi parte) con el argumento de que ese vacío de poder significó poco para la vida diaria, que siguió como si tal cosa de la misma manera que hoy sigue navegando al pairo en Cataluña. Pero si algunos nos arrepentimos luego de aquellas bromas fue, ante todo, porque ellas implicaban un desprecio de la política que en democracia resulta peligroso. Ahí están los espontáneos del asambleísmo populista, viviendo encantados de ese cuento.

Una Política con mayúscula, por muy enérgica que sea, no puede prescindir de la capacidad negociadora, como no debe anteponer los intereses de su partido (ni siquiera alegando que estos son los de su electorado) a los del conjunto del Estado. Algo que estamos viendo a diario y un poco por todas partes en esos forcejeos por el poder que tanto recuerdan a la comida de las fieras. Merkel ha sufrido con buen criterio al ceder a sus rivales las joyas de la corona y Schultz se ha envainado su temerario desdén inicial, para finalmente salir beneficiados todos. En definitiva, los partidos, como avisa su étimo, son excluyentes; el Estado, unificador.

Ma non troppo

La Junta presume de ejemplar tocante a claridades y transparencias, y hasta tiene un portal donde el ciudadano puede enterarse del dinero que gasta. Ah, pero “ma non troppo”, sin pasarse, como diríamos aquí. El último “apagón” de ese portal no permite al contribuyente conocer la factura que esos abogados de campanilla cobrarán por defender a los junteros enjuiciados por los ERE, extraña e inquietante medida que, sin duda, da que pensar. Lo que no se entiende es por qué –teniendo en cuenta que el socio Ciudadanos (C’s), por una vez, también reclama luz— esa Oposición unánime no consigue forzar en el Parlamento el secretismo del “gobiernillo”. Transparencias, las justas y precisas: ni una más. Eso es más o menos lo que parece pensar ese gran jurista que es el portavoz de doña Susana.

Profes indefensos

Los alumnos de un Instituto de Lebrija han protagonizado un explicable motín en protesta por la agresión sufrida por un profe a manos de un escolar. Una más: son cientos ya las registradas y denunciadas sin que la Autoridad (y no sólo la Junta) se plante ante una chulería, por lo general impune, que está convirtiendo los centros docentes en una auténtica selva y que no es sino la consecuencia de una permisividad suicida. El profesor está alcanzando su máximo desprestigio ante la indiferencia de un Poder buenista y obsesionado por su imagen electoral y en estas condiciones no puede ejercerse una docencia eficiente. Los pésimos datos sobre nuestro sistema de enseñanza que ofrecen los observatorios más solventes, seguirán ahí, campando en la estadística, mientras la Junta guiñe el ojo a las familias y la Ley no encuentre el punto de apoyo para su imprescindible palanca.