La estafa secreta

Ahora resulta que el Gobierno sabía desde hace mediados del 2005 algo de lo que se cocía en las empresas presuntamente responsables de la colosal estafa filatélica. Filtraciones del propio Gobierno apuntaban hace días al anterior de conocer y desoir esos avisos, pero en lo que estamos es en un pimpampún en el que Rato acusa a Solbes y éste a aquel de haber dejado hacer, es decir, de haber permitido, en evitación de molestas complicaciones, que la estafa continuara, de manera que hasta 40.000 nuevos inversores habrían mordido el anzuelo a pesar después. ¿Avisó el ministerio de Sanidad y Consumo a la Junta de lo que estaba pasando o hemos de creer que el Gobierno trampea incluso a “sus” gobiernos autónomos”? Eso es algo sobre lo que convendría despejar dudas cuanto antes mejor, y si resulta que la Junta conocía, siquiera indiciariamente, el problema, exigir que se depuren responsabilidades.

Casa y carriola

No es por insistir, pero la imagen de la carriola aparcada ante el casoplón que se ha alquilado Cejudo en El Rocío es de las que hacen época. El PP pide la lista de alojados en ella, pero uno cree modestamente que nos e trata de detalles sino de negar la mayor, es decir, el imposible derecho de una Diputación pobre a gastarse otra millonada en irse de romería con camareros y carriola, a costa del contribuyente. A esa “casa de la provincias” tendría derecho a acceder, por supuesto, cualquier onubense y no sólo el puñado de señoritingos que gestiona sus impuestos. Claro que la responsabilidad por este abuso no es exclusiva de Cejudo sino del PSOE provincial y regional, de Chaves en última instancia, que ve con benevolencia este injusto expolio como si fuera normal. Ni a los viejos caciques históricos se les hubiera ocurrido un montaje semejante. En eso ha avanzado a marchas forzadas una Diputación pobre para los ciudadanos pero no para hacer turismo colectivo a Tokio o a Bruselas, o para irse al Rocío en plan nuevo rico, con cochero incluido.

LA PATRIA PERFECTA

¿Se imaginan ustedes un país a estrenar, una patria intacta, un paraíso encontrado, perdido en medio del mar, alejado de todo y de todos, ajeno a la lenta agonía de ‘Sapiens’, a hambrunas y a guerras, nidal jubiloso de aves de paso, rincón de breves auroras rojas y largos ocasos malvas tachonados de azur? Pues ese país existe y se llama ‘Nimark’, o pretende existir, para ser exactos, desde que un artista británico llamado Hartley lo descubrió emergiendo, como un roquedo desafiante, libre al fin de los hielos polares que el nuevo clima anda deshaciendo allá por los neverales de Noruega. Han contado las crónicas que Hartley bajó a tierra al verlo y tomó posesión del territorio, no enarbolando el estandarte como hacíamos los antiguos, sino depositando en una postmoderna lata de judías, en plan Andy Warhol,  su reivindicación bilingüe en la que funda la petición a la ONU para que conceda a su idílica hectárea el estatus de micronación en el (des)concierto de las naciones. ¿Se imaginan, insisto, el sol poniéndose tras el horizonte como un incendio náufrago, el júbilo escandaloso de los albatros y la algarabía de las gaviotas, la brisa cortando finamente el silencio cómplice del oleaje roto como un cendal sobre la playa virgen, la muchedumbre ausente resistiendo en la memoria del solitario el asalto final de la delicia, el íntimo regusto de la felicidad en el edén reencontrado? Nimark –que en noruego dignifica “tierra nueva”—se ha erigido en el confín del frío como una metáfora suprema de la antítesis de la corrupción, como una señal regeneradora para los rebeldes con causa, como un “estado” puro en el que el libro de la Ley está en blanco aguardando la letra de la Razón, el mandamiento nuevo de los regeneradores, un evangelio posible de libertad erigida sobre la renuncia que todo lo posee, sin duelos ni trampas, sin jueces ni choros, ¡sin políticos, Dios, sin políticos!, sin fiscos ni ordenanzas, roca firme y estricta en la que la plomada y el cordel no harán falta para diseñar el ortógono perfecto del hombre imposible. Si Hartley admitiera un corregente andorrano  o un súbdito sin norma en Nimark, que cuente conmigo.

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A mí me ha parecido hallar en la aventura del nuevo elíseo una severa lección para los ganapanes del nacionalismo, esos que estos días calculan en millones de euros el descalabro del ‘Tripartito’ catalán, aquellos otros que en la céltica Galicia apelan a su ascendiente vándalo, a los ilusos y fanáticos que en Vasconia han hecho de la realidad histórica un ‘bucle melancólico’ y de sus pesadillas lugareñas una ‘religión política’, sin olvidar a los pícaros del oportunismo que han descubierto a los andaluces su “realidad nacional”, en algunos casos con el socorrido procedimiento de la nariz tapada. Un peñasco como un campo de fútbol –hablo otra vez de Nimark—podría convertirse en el símbolo debelador de la falacia patriotera, izando la bandera blanca invisible entre la nieve, proponiendo la medicina del exilio y, como único viático, la hogaza candeal de la vergüenza perdida. ¡Con tal de que un día no entre a saco en ella la ONU con su estatuto inaplicable y le cambien el alfabeto de la libertad por el número lotero de sus dudosas legalidades! Un islote surgido de las aguas, témpano o piedra intactos, qué más da, un suelo nuevo para el hombre que sueña como un pájaro y despierta con las alas cortadas, para el que dormita como un pez satisfecho a la deriva de las civilizaciones, para el rinoceronte de Ionesco paciendo en las praderas de escarcha pero libre, al fin, de cazadores de cuernos y furtivos de la vida. Una patria sin patriotas, abierta al civismo genuino bajo el ábrego implacable, protegida por el arcángel aquilón hermano de la soledad. Nimark no es más que una metáfora. Pero sólo su imagen inflama devoradora esa hoguera de las vanidades donde se consume esta piel de toro abandonada definitivamente a su suerte.

EL AJUSTE FINO

Parece garantizada la larga vida del nuevo Estatuto: Chaves está dispuesto a “ajustar todo lo que haya que ajustar” para que así sea. Pero ¿por arriba o por abajo? ¿A base de conseguir que el Congreso corrija al Parlamento regional y eleve nuestro vergonzante concepto de “realidad nacional”  a “nación”, de lograr que el Estado se comprometa, como con Cataluña, a invertir en nuestra comunidad lo que no está en los escritos, acaso a pactar con tirios o troyanos un blindaje similar al que ZP ha regalado a los secesionistas? ¿O se tratará más bien de un “ajuste fino”, es decir, de cambiar che por be, ka por jota y en ese plan todo el rato, de modo y manera que todo el bodrio quede igual que estaba? Claro es que nada se opone a lo que fuere, porque en ese “Estatuto de la mitad” cabe todo en la medida en todo se ha metido en él arbitrariamente, y porque, además, nadie va a reclamar nada habida cuenta de que nadie –salvo los políticos (Guerra dixit)—lo han reclamado nunca. La verdad es que Chaves ha conseguido con ese garlito aislar al PP al precio de supeditarnos como subalternos en lo que quede de  España.

PEPE JUAN

Siempre lo dijimos: Pepe Juan no se comería el turrón ya como candidato. Ha fracasado dos veces y eso es mucho para quien ni siquiera es un peso pesado en el partido, pero peor es para el propio partido fracasar por cuarta vez en la capital. ¿Que no tienen ningún candidato mejor? Bueno, eso es lo de menos, porque en estas tesituras lo que ningún “aparato” hace es quedarse quieto, y porque siempre, por lo demás, hay por ahí ambiciones irrefrenables e intereses que casan, de modo que ya verán como inventa uno/a. La gestión de la larga crisis, en todo caso, ha sido catastrófica, no exclusivamente porque han dejado a Pepe Juan hundirse con lentitud en la miseria, sino porque, una vez más, se demuestra, que la cosa anda floja de candidatos con una categoría siquiera mínima. En cuanto a él, lo menos malo que aún le puede ocurrir es que le den una patada hacia arriba, y lo peor que no le agradezcan ese inmenso servicio prestado que es la disciplina y la conformidad.

El antenista

Muchas familias españolas, estimuladas por el reclamo apocalíptico que repite la tele, viven en un sinvivir ante el temor de que el antenista no llegue a tiempo a sus terrazas y las deje compuestas y sin Mundial de Fútbol. Ya se sabe que las audiencias se fabrican con este tipo de alarmas, que los anuncios de bullas y demandas siembran casi indefectiblemente el desasosiego, pero aún así, en esta ocasión al menos, resulta evidente que lo que se juega es algo grave, algo que trae de cabeza a esta nación de naciones en peso, como es la pasión futbolera. Estos días hemos visto llorar desoladas a muchedumbres que veían esfumarse su categoría pero también a multitudes que alcanzaban al fin el ansiado trofeo, a hombretones lloriqueando sólo por haberse salvado del descenso y hasta a ancianas rezando el santo rosario en la grada por la salvación de su club. Las apoteosis de Sevilla primero y Barcelona después demuestran que no hay nada en España que, ni de lejos, pueda competir con aquella pasión sobre la que Patrick Mignon (“La passion du futball”) escribió no hace tanto tiempo cosas tan interesantes al menos como las que, entre nosotros y sobre nosotros, ha escrito Vicente Verdú. Frente a la banalización del significado de un fenómeno tan colosal como éste del fútbol, hay estudiosos que ven en la rivalidad deportiva un sustitutivo del conflicto ancestral que enfrenta y divide a los hombres, un mecanismo reglado –y en este sentido, pacificador—que viene a llenar el hueco psíquico provocado por la civilización al eliminar la vieja competición instintiva común a todo animal territorial. Los excesos e incluso los brotes de violencia feroz cada día más frecuentes, no serían, en este sentido, más que excepciones forzadas en la estrategia del uso reglado de la violencia, y de ahí que, como se ha dicho alguna vez, la popularidad del fútbol resida en el hecho de que plantea el conflicto y la competición como formas normales de la vida social. Una victoria del Barça sobre el Madrid (¡o sobre el Español!) esconde bajo esta superficie convencional su índole belicosa. Manolo el del Bombo o Rudy Ventura no saben que su papel es el mismo que el del Tambor del Bruch.

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Hay que llamar con urgencia al antenista, no hay que hacer caso de las consabidas monsergas que cuestionan el fútbol como una caprichosa banalidad en la que se refleja la insustancialidad de la opinión. Estos días he oído varias veces esa definición que resume el partido con la manoseada imagen –que ya me contó en el liceo, allá a fines de la primera glaciación, algún profesor atrabiliario– de los veintidós hombres en calzoncillos corriendo sobre el césped tras un balón de cuero. No hagan caso. El fútbol es mucho más que eso aunque no alcance a ser, como propuso algún ironista, una ciencia exacta, y lo prueba el colapso del teléfono del antenista, el comején de las familias obsesionadas por la idea de perderse un Mundial al que la democracia mima hoy con el mismo tacto que la mimó la dictadura. El presidente del Barça es una “fuerza viva”, más viva que nunca desde que tanto CiU como IU han dado por hecho que el éxito en la copa europea favorecerá el “sí” en el arriesgado referéndum que se avecina. No llorarían hombres como castillos, no piafarían como lo hacen sus cáfilas, no se desvivirían como lo han hecho las masas si el fútbol no fuera mucho más que la caricatura citada. ¿A qué acontecimiento concurrirían hoy voluntarios los Reyes, el presidente del Gobierno escoltado por algún ministro/a y los capos del separatismo, incluyendo al presidente del Generalitat? El miércoles, los niñatos ‘convergentes’ ensuciaron los Campos Elíseos con pasquines que hacían saber a la Francia jacobina, ¡en inglés!, que “Catalonia is not Spain”. Para que vean claro los trivializadores. Se decía que una nación era una masa con un ejército y una moneda. Cataluña es hoy poco más (y nada menos) que el Barça y la Caixa.