Murciélagos y osos

Un ciudadano de Alcaudete, pueblo de Jaén, ha sido duradamente sancionado por la Justicia con dos penas: una, por un delito contra la fauna, castigada con 1.800 euros; otra, por proceder al sellado de la grieta en la terraza de su propia vivienda en la que una colonia de murciélagos “pipistrellus pipistrellus” habría anidado en régimen de riguroso precario. Total, 2.060 euritos, medio millón bien despachado de las añoradas pesetas, por haber mantenido con esos hematófagos un forcejeo sobre el territorio con un balance de siete dracullillos muertos, una sentencia que a mí me parece que ha de sentar grave precedente en la medida en que cuestiona, de modo insólito, uno de los derechos más sagrados de la historia humana como es el que asiste al dueño de una morada en términos tan absolutos que hasta le autorizan a matar al intruso amenazante. No rige para el murciélago ni para cualquier otra especie protegida el reducto sagrado que la civilización –cualquier civilización conocida–  reconoce en el domicilio, de manera que una ocupación arbitraria de éste por su parte, lejos de implicar la severa condena que recaería sobre el humano que osara perpetrarla, a él no sólo se le consiente de hecho y de derecho sino que se le blinda frente al decaído derecho del dueño realengo. De más está que se alegue el riesgo de rabia que supone la mordedura de ese malfamado mamífero –hace nada y menos, en Perú, se producía un grave suceso saldado con quinientas víctimas y nada menos que veintiún muertos por esa causa– porque el animalismo hace tiempo que superó el prejuicio de la prioridad del hombre sobre el resto de la fauna y, lo que es mucho más decisivo y grave, consiguió que la mentalidad progre hiciera suya esa descomunal idea. Se me viene a la cabeza una cosa divertida que decía Bernard Shaw en el “Breviario del revolucionario”, sobre el que tanto discutíamos (algunos, en fin) cuando éramos jóvenes, y que era más o menos de este tenor: cuando un hombre mata un tigre se habla de deporte, cuando es el tigre el que mata al hombre se habla de ferocidad. Aquí, a lo tonto modorro, hemos acabado por darle la vuelta a esa brillante paradoja.
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¡Ah, los derechos del animal! En Berlín, según leo en una crónica de nuestro diario, hay organizada una buena con motivo del debate entre quienes defienden la vida de un osezno polar que amenizó el Festival de Cine y quienes, movidos por la idea de que un cachorro criado en esas condiciones, habría de sufrir de por vida insuperables desajustes de comportamiento, andan solicitando que se le aplique la eutanasia y santas pascuas. Ya lo ven: los mismos que ven con resignado distanciamiento la muerte diaria de miles de bebés hambrientos se movilizan como panteras ante la mera amenaza a un peluche huérfano al que, ciertamente, en el mejor de los casos, no le aguardaría en la vida otro destino que el de estrella del zoo. Y no sé si atreverme a decir que los mismos que defienden a capa y espada la eutanasia activa (¿o es que hay otra?) cuando se trata de humanos dan la batalla para impedir que se le aplique idéntica compasión a un cachorro de plantígrado. A uno, qué quieren, ambas cosas le resultan ‘humanas’ en el sentido más profundo y severo: la piedad con el humano que sufre inútil e irremediablemente y quiere dejar de sufrir, y la aplicable al pobre bicho que ni siquiera tiene capacidad para reclamar ese legítimo lenitivo. Como le resulta absurdo que se pueda castigar con penas tremebundas al fulano que ocupe por las bravas nuestro domicilio pero tengamos que soportar indefensos y atemorizados la amenaza de una especie que si tiene la fama que tiene, por algo será. Siempre me pareció excesiva la liturgia de la estaca en el corazón pero la verdad es que ni Bram Stoker hubiera imaginado que acabaríamos dándole posada en casa al mismísimo conde Drácula.

Las ‘cuotas’ del Defensor

Reelegido Chamizo por unanimidad (y por fortuna) como Defensor del Pueblo Andaluz, los partidos políticos se enfrascan, una vez más, en su actividad favorita: repartirse los cargos y carguetes públicos para repartirlos entre sus fieles clientelas, incluso en instituciones –piénsese en el escándalo sin parangón que estamos viviendo en al Administración de Justicia– que deberían “funcionarizarse”, por así decirlo, es decir, dejar a sus agentes a solas con sus conciencias y sin vínculo alguno con los “aparatos” que los nombran. Los “adjuntos” del Defensor, por ejemplo, que según le ley de la casa sólo a él corresponde proponerlos, forman parte, desde la crisis de la “pinza” para acá, de ese botín a repartir que administran los partidos, y ello a pesar de que esa norma ya fue modificada dos veces precisamente para ampliar el número de adjuntos y que hubiera para todos. ¿Por qué no dejarán que esa Oficina al fin prestigiada funcione siquiera como una Administración normal en vez de cómo un guiñol manejado desde el Parlamento? Eso es algo que Chamizo debería exigir de una vez.

El menú y la carta

Comparten manteles, como era previsible, la fugada de Huelva y la tránsfuga de Gibraleón, en plan oráculo ésta, aquella –reina por un día, ya lo verán– hecha un brazo de mar. Y tienen razones para echar el rato a gusto porque, como dice la propia fugada, corroborando lo obvio, su decisión fue tomada con plena “conciencia del momento”. Sólo le queda decir quién le diseñó el plan y quien le escribió esa instancia al alcalde (fecha 19 de marzo, número de Registro 11213) en que le recuerda que “le asisten los honores, prerrogativas y distinciones propios del cargo, así como los derechos económicos…”. ¿Por qué dirán, entonces, que se va sin cobrar, si no le ha faltado más que pedir un adelanto a la media hora de dimitir? Se percibe a la legua la larga mano de los viejos disidentes, el aliento de los resentidos que trabajan contra el alcalde –en los ratos libres que les dejan sus negocios– por encargo del adversario. Mientras tanto, mesa y mantel para la nueva fugada. No sabe ésa que ya vendrá el verano.

El gen delator

No me ha sorprendido ni poco ni mucho la noticia de que, sólo durante el año pasado, cuatro mil ciudadanos –es decir, más de diez diarios– se sometieron en España a la prueba de paternidad que permite el ADN. La búsqueda del padre es un tema literario bien acreditado, incluso mítico, que en una sociedad progresivamente abierta no tiene más remedio que ir a más, lo que supone, por el revés de la trama, un proceso inevitablemente crítico para la cultura de la honra que ha señoreado durante siglos nuestra convivencia. Sigo husmeando hasta enterarme de que, en el conjunto de Europa, se estima que no son hijos de sus padres declarados uno de cada diez infantes, una cifra demoledora que desarma la resistencia de quienes se resisten a admitir que el mundo en que vivimos no es ya el de nuestros padres ni quien tal lo pensó. En la publicidad, sobre todo en Internet, se tropieza uno cada dos por tres con anuncios de empresas dedicadas a prestar ese servicio que ha hecho posible el hallazgo simultáneo de Watson y Crack –y quien sabe si esa serendipia no es ya de por sí un guiño al destino–, tan asequible ya que hay bulla por ofrecer pruebas hasta en rebajas. Existe el tópico reciente de que el gremio más proclive a la paternidad sigilosa sería el de los toreros, en el que Ostos y El Cordobés encabezan un pelotón que compite sobre fondo rosa en esta liga secreta con campeones como Maradona o genios como el Fary, pero hay que tener muy mala memoria para no recordar al punto que no hay gremio que escape a ese gaje del oficio seductor. Los descendientes indirectos del presidente Jefferson han ganado hace poco un largo pleito que les declara descendiente del señor cuyo rostro luce en la cara del dólar y no habrá que recordar el estremecimiento de la izquierda continental ante la imagen funeraria del entierro de Mitterrand en la que destacaba la hija reconocida sólo dieciocho años después. A Perón le han estado removiendo la huesa a instancias de una presunta hija que ha resultado, me parece, espuria y sin fundamento, justo cuando el ex-presidente Alan García pillaba la delantera a los chantajistas del famoseo reconociendo, junto a su comprensiva esposa, al autenticidad del hijo reclamante al que prometía amor y protección de por vida. Van listos quienes creen que el infame “tomate” de nuestros días es una novedad.
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No es difícil entrever en esa legión de hijos en busca de padres un síntoma más del agente transformador más activo de nuestra convivencia: la inseguridad masculina paralela a la reafirmación de las hembras. Porque entre esos cuatro mil hay, por lo visto, no sólo hijos que reclaman padres y madres que buscan lo que es suyo, sino padres, reales o presuntos, pero en todo caso inseguros que recelan de la fidelidad de las mujeres en un mundo cada día más libre que intranquiliza al varón privado de sus controles tradicionales. Claro que un diez por ciento de hijos de otro, como dicen que hay en Europa, constituye una cifra que por sí sola y sin remedio cuestiona una tradición fundada a ciegas en la presunción de paternidad que es ni más ni menos que la piedra miliar de la cultura de la honra y, de paso, aniquila la ilimitada potestad del macho que el anonimato forzoso hacía posible. No sabía aquel par de sabios el alcance sociológico que, a la larga, habría de tener la genética, ni el golpe de gracia que el desciframiento del cariotipo traería a esta tribu acostumbrada a vivir en silencio sus celotipias y a tragarse en solitario la carga que supuso siempre el fruto del deseo. Maradona, por ejemplo, ha de largarle a su vástago napolitano cuatro mil dólares al mes desde que los sabedores proclamaron que en el nene reclamante existía, en efecto, “un raro haplotipo característico de diecinueve marcadores polimórficos” que no se daba en la muchedumbre de referentes. Ya me dirán que puede hacer ante esa jerga incluso el porteño más locuaz.

Chaves y las ménades

Menuda bronca le han armado al bipresidente Chaves las mujeres de los trabajadores lanzados a la calle por la multinacional Delphi tras haber trincado cientos de millones del contribuyente por amabilidad y ligereza de la Junta y el Gobierno. Protestaban esas ménades airadamente ante el camelo y no se conformaban con la putería política especializada en “enfriar” los conflictos en espera de que acaben disolviéndose en el caldo de la propia desesperación, una actitud del todo explicable a la vista de los trajines dilatorios que se traen entre manos los “expertos” y los “comités mixtos” Junta-Gobierno con la intención única de darle largas a un asunto que el propio Joaquín Almunia, desde Bruselas, ya admitió de entrada que no tenía solución. Esa gente quiere una solución y no palabras, quiere un proyecto realista (como los de Valencia o Galicia, ¿es demasiado pedir?) y no el similiquitruqui de estos especialistas en camelos. Al dedo enhiesto de Chaves opusieron esa ménades (ver foto) los suyos exigentes. “Cada uno valemos tanto como vos y todos juntos más que vos”, decía la vieja España a los propios reyes. Y esos dedos lo repetían con justa indignación.

El precio del florero

No quiere ser florero la concejala fugada -¡qué suerte la del PSOE, supuesto que no se trate más que de suerte!– en fecha y circunstancias tan calculadas: se ha dado cuenta de que lo era tras casi siete años de serlo (ingresó en la corporación en 1999) y por eso se va aunque se quede por mantener el compromiso con “los ciudadanos que la eligieron” (pfff) y, por descontado, sin sueldo. Ahora bien, media hora más tarde ya estaba en el registro, ay, su escrito dirigido al alcalde pidiéndole que le mantenga intacto “los derechos económicos y políticos correspondientes”. Gratis, ni a coger duros. Con lo que se repite la historia de los tránsfugas anteriores, desde Huelva a Gibraleón, pero con la variante de contarle al público la milonga de la gratuidad. A falta de mejor salario, valga el precio del florero. Y si cae algo desde enfrente en concepto de compensación, pues mejor que mejor, sobre todo tratándose de una edil (no se crean otras versiones) que no entraba en los planes para la próxima legislatura. Vergüenza sobre vergüenza. Propios y rivales se lo están poniendo éticamente a huevo a los conservatas onubenses.